"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

sábado, 2 de junio de 2012

El espíritu del lince- fragmento

Después de observar el éxito que está teniendo en sus presentaciones Javier Pellicer, autor de este nuevo libro de corte histórico llamado "El espíritu del lince" (por cierto, título muy acertado y con fuerza, pienso yo), no puedo más que dejaros un pequeño fragmento, que con el prólogo que colgué en su día me quedo corto.
Leedlo porque atrapa.



El espíritu del lince






Mi llegada al mundo se produjo un

 año después del casamiento,

y estuvo rodeada de fenómenos

 intrigantes y señales prodigiosas.

A fuerza de escuchar la narración

de boca de mis padres,

tengo una imagen nítida de cada detalle que acompañó a mi

alumbramiento, a semejanza de alguien que lo hubiese estado

observando.

Nací en el crepúsculo de una jornada de cuarto creciente, a

la luz de una lámpara de barro, sin dar un solo berrido. Al principio

creyeron que estaba muerto, pero cuando me dieron dos

azotes balbuceé y abrí los ojos con calma.

—Icorbeles… —suspiró mi madre, agotada por el esfuerzo.

La cuestión de mi nombre ni siquiera había sido discutida.

Entre los edetanos y otros pueblos íberos existía la tradición de

que los niños heredaran el nombre de sus abuelos maternos. Mi

madre sólo se permitió una pequeña variación en mi caso.

—Así sea —asintió mi progenitor, mientras me alzaba por

primera vez con una enorme sonrisa en los labios—. Inundarás

de alegría mi corazón, primogénito.

Poco después, Argitiker, el capataz del caserío, entró en la

habitación con los ojos desencajados y el rostro lleno de asombro.

—Mi señor Icortas, debéis asomaros a la ventana.

Mi padre torció el gesto con cierto malhumor.

—¿Qué es tan importante como para que tenga que interrumpir

este momento de felicidad, Argitiker?

—El cielo… ¡Algo le está sucediendo!

Desconcertado, mi padre se acercó a la ventana, abrió los

postigos y miró hacia arriba, a un firmamento al que poco le

faltaba para quedar completamente velado por la noche. Se

frotó los ojos ante la inconcebible visión: una tras otra, pequeñas

estrellas caían del cielo, rasgando el velo oscuro en una lluvia

titilante que se perdía más allá de la vista. Parecían gotas de luz

que, fugaces, desaparecían por detrás de las montañas. Los

hombres y mujeres del caserío observaban desde la plazoleta.

Algunas madres sujetaban a sus hijos, atemorizadas por el fenómeno.

Todos se preguntaban si aquello era un buen augurio

o la más terrible de las maldiciones.

—Acercadme a la ventana —pidió mi madre.

Con la ayuda de Argitiker, arrastraron la cama hasta la abertura.

Los ojos de mi madre brillaron de emoción al contemplar

el hermoso prodigio. Lo supo desde el primer momento. Era

una señal que marcaba mi grandeza. Me levantó un poco para

que yo pudiera observar el fenómeno.


—¿Lo ves, Icorbeles? Esa lluvia tan bonita es por ti, mi pequeño.

Serás alguien grande, alguien importante.

Mi padre asintió con la cabeza, dando por buena tal intuición.

Las palabras de una mujer siempre son respetadas. Los

íberos tenemos en gran consideración a la figura femenina por

su condición de creadora de vida. ¿Es que existe algo más

grande que parir a un hijo?

La lluvia de estrellas se prolongó durante casi una hora. Pero

las sorpresas apenas habían empezado. Urcetices, el encargado

de la guardia, nos anunció que un grupo de viajeros solicitaba

audiencia con mi padre en el portón del caserío.

—Son cuatro hombres armados y una mujer con los hábitos

de sacerdotisa.

Puedo imaginar la expresión de asombro de mi padre, tal vez

más profunda que la que le había provocado el portento celeste.

La presencia de una sacerdotisa en un paraje tan escondido rivalizaba

con cualquier acontecimiento. Nuestras mujeres sagradas

son personalidades tan insignes que rara vez se apartan de

sus santuarios.

Llegados a este punto, quizás sea apropiado un apunte sobre

nuestra religión, pues entiendo que estas memorias serán leídas

cuando el recuerdo de mi pueblo se haya desvanecido.

Los íberos no creemos en decenas de dioses como los griegos

y los romanos. Para nosotros, la divinidad está presente en

el mundo que nos rodea: bestias, árboles, montañas, ríos, el Sol,

la Luna… La vida, en toda su extensión. La Gran Madre. La

Madre Tierra. Nuestras deidades, si se las puede llamar así, son

el toro, por su vitalidad; el lince, enlace con los espíritus de los

Antepasados; el caballo, símbolo de la nobleza; y el lobo, que

personifica nuestro carácter indomable. Las fuerzas de la naturaleza

y los espíritus de nuestros ancestros nos apoyan o nos

rechazan, nos alientan o nos ponen trabas, nos marcan el camino

a seguir. Sin embargo, aceptamos que son nuestros pies

los que deben dar los pasos. Nuestros actos nos definen.


Las sacerdotisas nos representan ante dichas presencias.

Siempre son mujeres, pues su enlace con la vida es más firme.

Se requiere también sabiduría y una completa entrega al ejercicio

de sus funciones. Estas siervas devotas renuncian incluso a su

propio nombre: se convierten en madre, esposa, hermana e hija

de todo aquel que es leal a las creencias íberas. Sus ropajes son

adecuados a tal distinción: visten una túnica azul de exquisito

lino y una mantilla carmesí sobre el pecho; por encima suelen

portar un grueso manto marrón, como protección ante las inclemencias

del tiempo; sus adornos son muy llamativos, pues

además de las joyas en forma de collares lucen dos grandes rodelas

laterales sobre el tocado de la cabeza, sujetas a una tira

afianzada a la frente gracias a unas finas cadenas.

Mi padre recibió a la sacerdotisa con grandes honores, como

correspondía. La mujer, que parecía más anciana que las montañas,

venía de la ciudad sureña de Ilici, en pleno territorio contestano,

a muchos días de marcha. Aunque estaba agotada por

el viaje, no aceptó la hospitalidad de mi padre sin antes nombrar

el motivo de su presencia en Etemiltir.

—Hace varias semanas tuve una visión en la que se me anunciaba

el nacimiento de un elegido de los Antepasados —explicó,

mientras los sirvientes de mi padre le ofrecían un caldo caliente—.

Los espíritus me dijeron que debía partir al norte de

inmediato, y sólo detenerme cuando la señal se manifestara.

—La lluvia de estrellas... —apuntó mi padre, con tono solemne.

—Así es. ¿Es aquí donde encontraré a quien busco? —preguntó

la mujer.

Icortas no habría dudado al responder, pues para los íberos

resulta impensable mentir a una sacerdotisa. Pero antes de que

sus labios hablaran de nuevo, se alzó un berrido desde los aposentos

de mi madre. Yo mismo me anuncié.

Condujo a la mujer hasta la habitación, donde mi madre me

amamantaba por primera vez. Aretaunin la miró con gran respeto,

pero la sacerdotisa apenas reparó en ella. Su destino no

era atender a la joven madre, sino al hijo. Sin pedir permiso

—su posición social se lo permitía—, me tomó en brazos y me

examinó con gestos inquisitivos. Supongo que buscaba alguna

señal que me identificara como el protagonista de su visión. No

me observaba como a un niño recién nacido, sino como el motivo

del trabajo más importante que jamás afrontaría. Me inspeccionó

concienzudamente, pero no halló en mí más que piel

blanca.

—Hay que someterlo a una prueba —dijo, tras meditar un

momento.

Mi padre, que jamás habría osado contradecirla en circunstancias

normales, no pudo evitar replicar.

—¿Qué tipo de prueba?

—De reconocimiento —respondió—. No hay señales que

me indiquen que éste es el niño que busco.

—¿Acaso no basta con la lluvia de estrellas? —arrugó la nariz.

—No. El fenómeno celeste abarca una gran región del firmamento.

Podría deberse al nacimiento de cualquier otro niño.

Si me detuve aquí fue porque era el lugar habitado más cercano

cuando comenzó. Así pues, el niño debe pasar por la prueba.

Me lo entregarás para que lo deje en el bosque, donde permanecerá

hasta que amanezca. —Mi madre lanzó un gemido—.

Si sobrevive al frío de la noche y a los animales, será la señal de

su grandeza.

Icortas se frotó el rostro con la esperanza de que todo fuera

un mal sueño. Pero al apartar las manos nada había cambiado.

—Se trata de una injusticia —replicó, tratando de sonar respetuoso

a pesar de su creciente enojo—. Si el niño no resultara

ser ese elegido, nos habrás arrebatado a nuestro hijo.

—¿Acaso contradices la voz de los Antepasados? —A pesar

de que mi padre había mostrado sin reparos su disconformidad,

la mujer no parecía enfadada... todavía—. Tu esposa es joven,

puede darte otros retoños. Sea como sea, es mi dictamen, y no

puedes oponerte a él sin sumirte en el total desprestigio.

Desesperado, buscó con la mirada a mi madre. Ella nunca

olvidaría lo que vio en sus ojos: un amor absoluto. Una palabra

suya habría bastado para que se enfrentara a la sacerdotisa, un

delito que habría supuesto su inapelable ejecución. Aretaunin
solía decir que aquél fue el día en que se enamoró de su esposo.

Si aceptó entregarme a la sacerdotisa fue sólo para que él no

cayera en desgracia.

La mujer me tomó sin atender al angustioso llanto de mi

madre y me llevó con ella. Los habitantes del caserío la vieron

salir por el portón y adentrarse en el bosquecillo cercano. Volvió

poco después, sola. Mi padre tuvo que tragarse la rabia. Si no

hubiera sido por las leyes, estoy seguro de que la habría arrojado

por encima de los murallones y habría marchado a buscarme.

Pero aquella era una prueba tanto para mí como para él.

Fue una noche muy larga. Los escoltas de la sacerdotisa se

turnaron para vigilar el portón en previsión de que alguien pretendiera

salir a recogerme. Con las primeras luces, mi padre fue

el primero en salir del caserío. Siempre lo he visto como un

hombre dueño de sus actos e impulsos, pero aquel día estaba

tan exaltado que se lanzó a la carrera, cruzando la maleza sin

saber siquiera hacia dónde dirigirse. No tuvo más remedio que

esperar a la sibila y seguir su paso cansino, que no hizo más que

aumentar su crispación.

Al fin llegaron a un pequeño claro. Allí, iluminado por un

mañanero haz de luz, estaba yo, sobre el mismo tocón en el que

me había dejado la mujer. Supieron de inmediato que estaba

vivo porque movía los bracitos y las piernas. Pero lo más sorprendente

fue que, junto al muñón, había un magnífico lince de

pelaje leonado. Estaba recostado en el suelo, en actitud calmada

pero vigilante, atento a la diminuta criatura rosada. Cuando advirtió

a mi padre y a la sacerdotisa no reaccionó con agresividad;

se levantó, se desperezó y luego se acercó a mí. Mi padre estuvo

a punto de lanzarse contra el felino, pero la sacerdotisa lo retuvo

del brazo el tiempo suficiente para que ambos comprobaran las

intenciones del lince. La bestia me lamió como lo haría con una

de sus crías. Luego alzó la mirada hacia Icortas un momento

antes de saltar hacia los matorrales y perderse.

A partir de ese día, mi familia adoptó el emblema del lince:

mi protector.




martes, 22 de mayo de 2012

La Historia según los americanos (del Norte, ¿de dónde si no?)


La historia siempre me ha llamado la atención porque es algo de lo que se aprende, desde el hecho más loable y alentador hasta la catástrofe o atrocidad más horrorosa. Está ahí y debería hallarse como referencia para el presente y futuro. Al menos así lo veo yo.

Sin embargo a mucha gente le aburre soberanamente leer sobre ella. Algunos se conforman con ver películas o leer novelas supuestamente históricas. Total, “da igual y es más entretenido”.  Lo malo de esto es creerse lo que no deberían, y de ahí surgen las manipulaciones de las masas, jugando con la incultura, y las famosas “leyendas Negras” o “mentiras históricas comúnmente creídas”, como anunciaba algún que otro libro.

Pero centrémonos en algunas, para aclararlo. Por ejemplo, y refiriéndonos al título de esta entrada, en muchas películas que Hollywood  nos vende, los personajes y hechos se tergiversan según intereses propios o para adaptarse a los gustos de una época o región del mundo (y vender más, claro).

Lo primero que suelto: cualquiera puede pensar, después de haberse tragado cientos de películas de vaqueros, que los caballos de manchas son originarios de los indios norteamericanos. Nada más lejos de la verdad: los caballos se introdujeron en el continente americano con la llegada de los españoles en 1492. Al igual que los perros de gran tamaño (alanos, por ejemplo), que no existían tampoco (los que había en el continente americano eran de pequeño tamaño y no ladraban).

Ahora con Mel Gibson me meto, que últimamente está que se sale, el pobre. William Wallace, el héroe de “Braveheart” era un caballero de noble familia y a su padre no lo mataron los ingleses, sino que luchó para Inglaterra a cambio de un favor político. Por otra parte, las faldas escocesas que lucen en la película con tanta falta de pudor no se utilizaron hasta varios siglos más tarde. O hablando de Benjamín Martin, de “El patriota”, basado en un personaje real llamado Francis “Zorro de los pantanos” Marion. Por lo visto nunca mató él solo a un pelotón de soldados británico. Y sin embargo sí se dedicó a cargarse a docenas de indios Cherokee y violar a sus mujeres. Pequeños cambios de guión para hacer más simpático un personaje.

Hablando ahora de fimosis…(¡¡¡¡????)

Me refiero a lo que quedaría mejor en una historia: que un personaje no pueda hacer el amor por problema de fimosis o que no le de la gana y así especular con problemas más serios con el sexo, inclinación sexual, etc.  Pues eso primero era lo que realmente le ocurría a Luis XVI de Francia, casado con María Antonieta. En la película de Sofía Coppola del mismo título se baraja, entre otras cosas, el conflicto que tuvieron los reyes para tener descendencia, centrándose en el “miedo al sexo” del rey, cuando el pobre debía ver las estrellas cada vez que realizaban el coito…Pero, evidentemente, ese tema no quedaría bien en una película (¿o sí?) Para los que tengan curiosidad, los reyes ciertamente solucionaron el problema unos ocho años después, cuando el “miedoso” rey aceptó operarse.

Y si comentamos de Charton Heston (dejamos la fimosis a un lado) y el Cid Campeador…¿alguien sabe cómo murió este personaje tan hispano? Le mataron en Valencia de un flechazo, ¿no?, como dice la película...pues, evidentemente no. Murió años después de la toma de Valencia, aunque es verdad que en la misma ciudad.  Cosas del cine. Es curioso que además, en este caso, el director contó con la ayuda del historiador Ramón Menéndez Pidal, aunque se ve que no sirvió de mucho en el rigor histórico.

            Llegando, cómo no, a la Leyenda Negra que tristemente acompaña a los españoles y que nos afamamos por seguir manteniendo. Felipe II es retratado en la mayor parte de los filmes extranjeros- y algún español- como un monarca fanático religioso, oscuro, feorro y hasta encorvado y con voz aflautada. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, y en pleno siglo XXI, con la película “Elisabeth”. Quizás este tipo de cine se acerca bastante a lo que comenté al principio, ya que, si lo tomamos como lección de historia, el Imperio español de la época sería el Mal Absoluto, al más puro estilo de la Leyenda Negra, mientras que Isabel I y su corte serían el bien que debe defenderse de los “malditos invasores”. Según la historia, afortunadamente, ni Felipe II era tan malo (ni tan feo, lo que no ocurre con la reina Isabel I) ni vestía de negro de forma continua (por lo visto solo lo hizo al final de su vida), ni la intolerancia religiosa de, en este caso, los ingleses, era mucho menor que la de los hispanos. Pero ale, sigamos tragándonos la “historia” que les convenga a los demás, que así nos va.

Continuando con Spain pero en época diferente: en Gladiator el emperador Cómodo mata a su padre, Marco Aurelio, pero en la realidad no fue así: Marco Aurelio proclamó a su hijo Cómodo su sucesor, y no murió de forma violenta (probablemente de peste). Aunque es verdad que Cómodo era un poco “rarito” y que murió después asesinado…aunque unos trece años después. Evidentemente no hay paciencia humana para esperar tantos años a que Russell Crowe acabe con él.

Y en cuanto a la famosísima bandera pirata… ¿una calavera con dos tibias cruzadas? ¿Verdad que sí? Pues parece que no, ya que la bandera que más utilizaban estos hombres intrépidos y de no tan buen corazón como nos hacen parecer en las pelis, era de color rojo, mucho más vistosa que la negra. La bandera roja significaba que se habían acabado las ofertas (si es que había existido alguna) y que era tiempo de atacar sin piedad. Lo que ocurre es que en el cine quedaba mejor y más tenebrosa una con huesos de por medio…
Por cierto, los barcos piratas en realidad eran de pequeño tamaño, no los galeones con que nos deleitan en el cine épico. El motivo no era otro que la mayor movilidad para una rápida y veloz fuga si la cosa se ponía mal. Pero mira, disfruto más viendo unos tremendos abordajes a cañonazo limpio que desde un barquichuelo de tres al cuarto. ¿Vosotros no?

domingo, 13 de mayo de 2012

Presentación de "Numancia contra el tirano"

Alberto Lominchar es una de esas personas  que tengo el placer de conocer de manera viva. Con esto me refiero a "no virtual", como ahora viene a ser lo habitual cuando se frecuenta blogs, foros y facebooks varios. Con varios libros de poesía a sus espaldas y ya su segunda novela, es uno de estos escritores que promete. Humor, cultura, crítica social y ahora historia- en el  libro que se va a presentar al público en breve- se encuentran mezclados de forma amena en casi todo lo que he leído de él hasta ahora. Sin embargo, que yo sepa, Alberto no espera a que una editorial se fije en él para publicar- y menos en estos momentos. Desde el principio lo está haciendo de modo virtual y con presentaciones ocasionales. Lo que le importa es escribir, y eso lo lleva realizando desde hace años por puro placer. Sinceramente animo al público a que eche un corto vistazo a alguno de sus escritos si tiene la ocasión, y que compruebe por sí mismo.

Por lo pronto, el próximo viernes día 25 de mayo, a las 20:00 horas, en el bar la Tetería de la localidad de Aranjuez realizará la presentación de su nuevo libro "Numancia contra el tirano", un ameno escrito de corte histórico sobre la figura de un joven y desconocido Espronceda que sorprenderá a más de uno. Fielmente documentado, difícil por cierto según me comentó por la escasez de documentos que retratan el tema de la juventud del escritor romántico, y con pasajes que sorprenderán a más de uno y que son dignos de película, invito a los que puedan a pasarse y escuchar a este joven escritor hablar de un personaje que le obsesiona más y más según descubre nuevos datos sobre su apasionante vida y la de sus coetáneos.

Aquí dejo un corto fragmento.

Numancia contra el tirano- fragmento

Espronceda dejó aparecer su figura por el corredor abalconado del tercer piso de la casa de vecinos. Antes de que los de abajo pudieran interrogarle, Pepe Espronceda –todo cabellera oscura y rizada- exclamó:
- ¡Allá que voy!
Cabalgó sobre la barandilla del balcón y de ahí, con agilidad animal, se abrazó a un canalón de hojalata que desde el tejado bajaba al patio. El canalón crujió y se cimbreó, pero el muchacho llegó al final del descenso sano y salvo, para asombro del par que en el suelo le esperaba.
Saludó a Valls con un movimiento de cabeza y una radiante sonrisa, tendiendo después a Escosura ambas manos. Con doce años recién cumplidos, examinó a Patricio con una mirada penetrante y profunda que surgía de unos ojos negros, rasgados y exultantes.
En la forma de acceder a la cita, Patricio cayó en la cuenta de que Espronceda no era joven que gustara seguir los caminos trillados, las convenciones vulgares; necesitaba la atracción fascinadora del peligro. En él pudo ya adivinar al muchacho inclinado más hacia la acción que hacia la contemplación, gentil, amable, simpático y de reflejos felinos. La sinceridad de su amplia sonrisa le revelaba al zagal entrañable y más que constante en los afectos.
Superada la inicial sorpresa, Pepe explicó a los que le esperaban:
- He llegado a la cita antes de tiempo y, harto de esperar, me he puesto a trepar por el canalón para hacerle una visitilla a Antonio, el amiguete del tercero. ¡Qué se le va a hacer, no puedo parar quieto! En cuanto os he oído, me he dicho: “Pepe, muchacho, haz una entrada triunfal”. Y aquí me tenéis, dispuesto a lo que sea.
- ¿Lo ves, Patricio? –preguntó Valls-. ¿No te dije que aquí Pepito no nos iba a defraudar?
- ¡Ya lo creo! ¡Menuda entrada en escena! –exclamó Patricio-. A fe mía que nuestra espera ha merecido la pena.
- Pepe Espronceda –añadió el recién aterrizado, alargando su mano derecha hacia Patricio-. Para servirte en lo que gustes.
- Patricio de la Escosura –dijo, estrechando con firmeza la mano tendida-. Tu fiel camarada desde este momento.
Éste fue el curioso inicio de una amistad profunda y leal, que sólo la muerte pudo llegar a deshacer.



Alberto Lominchar Pacheco

http://erratico.bubok.es/

miércoles, 2 de mayo de 2012


Instrucciones para Armar la gorda
(más o menos)


Componentes:
Armar: (verbo) Poner o dar armas, preparar para la guerra.
La: (artículo determinado femenino singular). Se antepone a un sustantivo femenino singular para indicar que el referente es conocido por el hablante y el oyente.
Gorda: (adjetivo)  De mucha carne o grasa.

Contenido del envase:
Frase hecha: producirse una pelea o un alboroto entre una o muchas personas.

Indicaciones:
Proceso mediante el cual organizamos un alboroto en momentos indicados, debido a actos pensados y cavilados previamente o, simplemente, como consecuencia de otros espontáneos.


Contraindicaciones:
Este acto no debe realizarse en ciertas situaciones si estas se escapan al control o se vuelven contra uno mismo.

Precauciones:
Armar la gorda debe realizarse con control y con un motivo a ser posible. Esta expresión es sinónimo de “Armar o montar la de Dios”, “Armar o montar la de Cristo”, “Hacerla buena” o “Montar la gorda” entre otras; pero no vale “Armar la flaca” o “Montar la flaca o delgada”, ya que no nos llevaría a los objetivos deseados.
También debe tenerse cuidado de tomarse literalmente la frase, ya que nos puede llevar a efectos no deseados, sobre todo si escogemos a una señora (o señorita) algo gruesa (o mucho), y le ofrecemos gentilmente una serie de armas, ya sea un sencillo cuchillo de cocina o un obús. Además, cuanto más gruesa sea la dama y las armas sean más contundentes, más peligro puede encerrar el asunto (dependerá sobre todo de la animadversión que le tenga hacia usted o sus alrededores).
Idem para “Montar la gorda” en cuanto a la frase literal, ya que estaríamos entrando en terreno escabroso y de efectos totalmente distintos a los buscados en principio.
Interacciones:
Especial cuidado con no confundir y tomarse literalmente la frase (¡ojo!), y menos si también se realiza del modo correcto, ya que los efectos pueden ser desastrosos por la mezcla de sentidos, potenciados si cabe por las circunstancias (animadversión de la gruesa mujer hacia uno mismo, la cantidad de armas dadas y la dimensión de la pelea o alboroto realizado).
Posología:
Suministrar paulatinamente las armas una vez escogida la mujer, con las debidas precauciones, llenando sus bolsillos con granadas de mano, dagas, cuchillos y alguna pistola. Además un buen cinturón porta armas puede ser útil para completar el armado. Después continuar con armas más contundentes y pesadas, colgadas a la espalda y en ambos brazos. Puede haber sido útil vestirla de camuflaje y tiznar su cara (si se deja) según circunstancias. El proceso debe seguirse hasta que nos diga “basta” o hasta que nosotros juzguemos si tiene todavía movilidad o no, por lo que deberíamos retirarle alguna de las armas. Lista para el combate.

lunes, 16 de abril de 2012

El manuscrito- fragmento (por Blanca miosi)

Blanca Miosi está arrollando con sus ventas, sobre todo con este libro "El manuscrito", un éxito que incluso sorprende a la autora, como suele pasar muchas veces. Pero sucede que no me extraña. No me extraña que su ágil modo de escribir, además de la facilidad con que engancha a sus incautos lectores por medio de su prosa y su más que interesante argumento, etc, etc, hagan aumentar su éxito más y más. Aparte de no cesar de conseguir fans de este y el otro lado del charco (para los que no la conozcan se trata de una autora sudamericana, concretamente del Perú. Por cierto, que ya es hora de que la conozcáis, por otra parte... Por cortesía de la autora aquí os obsequio con un pequeño fragmento. A disfrutar. (soy un plomo presentando...lo sé).
El manuscrito
Esa mañana, como tantas otras, apenas abrió los ojos Nicholas miró alrededor buscando inspiración. Una maldita buena idea era lo que necesitaba y no se le ocurría nada. Se incorporó de la cama y fue directo al ordenador. Claro que tenía ideas, y muchas; pero no como las que se requerían para hacer una novela que lo llevase a la cima. Un par de novelas sin pena ni gloria era todo lo que había logrado desde la primera vez que pensó que iba a morir de felicidad cuando en una editorial le dijeron: «nos interesa su novela, queremos publicarla». ¡Dios! Lo hubiera hecho gratis, pero se dio con la sorpresa de recibir un adelanto que consideró simbólico, pero una paga al fin… e inesperada. Vio la pantalla y sombreó lo escrito la noche anterior. Inaceptable. Pulsó «Enter» y la hoja volvió a quedar en blanco. Tres años desde aquella primera vez, y seguía sin suceder nada, no había cambiado al mundo. Era uno más del montón. Y lo peor de todo era que tenía varias novelas inéditas que antes le habían parecido fabulosas, pero después de leer el último best seller de Charlie Green, pensó que cada vez estaba más lejos de su sueño. El ambiente de la casa lo asfixiaba. Se puso una chaqueta de cuero sobre la camiseta y salió. Caminó sin rumbo fijo y como si sus piernas estuvieran acostumbradas a hacer siempre el mismo recorrido, fue a dar a su banco del Prospect Park. Se fijó con fastidio en el individuo sentado al otro extremo y lo consideró una invasión a su territorio. El pequeño hombre le sonrió como si lo conociera. Aquello multiplicó su contrariedad. No tenía ánimos para ser amable ni para escuchar a nadie y al parecer el hombre deseaba buscarle conversación. No se equivocó.
—¿Viene siempre por aquí?
—Es mi ruta —respondió cortante, sin corresponder a la sonrisa que asomaba a la cara cuarteada del sujeto. Tenía una voz que no concordaba con su persona.
—¿Hacia dónde?
—¿Hacia dónde qué?
—Usted dijo que era su ruta.
—¡Ah!, hacia ninguna parte.
—Comprendo.
Nicholas dejó de observar los árboles de enfrente y lo miró de reojo. ¿Comprendo? ¿Qué podría comprender?, pensó con mal humor. Le molestaba la gente que pensaba que se las sabía todas. Como los escritores de los manuales de comportamiento o de crecimiento personal. Parecían tener la respuesta para todo. Papanatas. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Sería mejor no seguir hablando, tal vez el tipo se fuera y lo dejase en paz. El hombrecillo continuó sentado. Abrió una gran bolsa plástica de color negro de las que se usan para la basura y hurgó en su interior. Extrajo un manuscrito de tapas negras, anillado en un peculiar color verde plateado y lo puso en el banco, en el espacio que quedaba libre entre Nicholas y él.
—¿Sabe qué es esto? —preguntó poniendo la mano en la tapa.
—No.
—Debería saberlo. ¿No es usted un escritor? Nicholas se sentó de lado dándole cara. El hombre había acaparado su atención.
—¿Cómo lo sabe?
—Lo reconocí. Tengo su segundo libro, vi su foto en la solapa. Buscando el camino a la colina; es una buena novela, pero le falta garra. También he leído algunos de sus artículos en el New York Times.
—Ya no trabajo allí. El individuo hizo un gesto de impotencia, se alzó de hombros y miró al frente, a los árboles que parecían danzar con el viento.
—De modo que usted también escribe —dijo Nicholas, dando una mirada a la tapa del manuscrito. —No. No sería capaz. Yo leo. Y me considero un buen lector.
—¿Y el manuscrito?
—No es mío. Lo encontré junto con unos libros en una caja que recogí hace unos días. Me dedico a la venta de libros usados.
  —¿También vende manuscritos?
—Es la primera vez que me llega uno. La caja pertenecía a un escritor que falleció hace dos meses. Según su viuda, nunca había publicado. Ella necesitaba espacio en la casa y quiso deshacerse de todos los libros; al parecer decidió incluir el manuscrito. Yo compro al peso.
—¿Se refiere a que compra libros por kilo? —preguntó Nicholas, con una sonrisa de incredulidad.
—Sí. Tal vez ella pensó que más papel añadiría peso.
—Usted ya lo leyó, supongo.
—Así es. ¿Quiere echarle un vistazo?
Nicholas miró con desconfianza el manuscrito. Lo tomó, no parecía ser muy grueso, corrió las hojas con el pulgar izquierdo y luego abrió la primera página: «Sin título» decía en el centro. No era nada raro. A él siempre se le ocurrían los títulos al final. Pasó a la siguiente página y leyó el prefacio. Dejó de leer muy a su pesar, se giró hacia el hombrecillo y vio el lugar vacío. Había estado tan absorto en la lectura que no se percató de que se había ido. Dos arrugas cruzaron su frente que muy pronto se transformaron en profundas hendiduras entre las cejas. Acostumbrado como estaba a divagar, se preguntó si de veras lo había visto. No le quedaba la menor duda: tenía el manuscrito en las manos. Lo que acababa de leer le había gustado. Tenía los ingredientes necesarios para despertar la curiosidad desde el inicio. Sintió envidia de que fuera otro el de la idea. Dio una mirada más alrededor; pero solo vio los árboles meciéndose con levedad mientras dejaban caer las últimas hojas de otoño en una mañana calmada, sin los acostumbrados ventarrones que barrían el suelo formando remolinos dorados.
Dejó el banco y, con el manuscrito bajo el brazo, regresó a casa.

Blanca Miosi http://blancamiosiysumundo.blogspot.com.es/

sábado, 7 de abril de 2012

La mirada indiscreta


Aquí va un relato que leí hace tiempo y que me gustó. Su autor se llama Julio César Ramos y, aunque hace años que no veo y no sé de su vida literaria, merece la pena dedicar unos instantes a leer estas lineas.
Porque la locura es maravillosa...

La mirada indiscreta
Ayer no estaba. No sé por qué. Nunca había faltado. Desde que cojo este tren nunca había faltado, siempre había estado ahí. Vamos a ver, lo cojo desde Octubre, desde que empezó el curso para los universitarios. Sí, ella debe ser una universitaria. Yo, en cambio, desde hace ya mucho que voy en este mismo tren, siempre a la misma hora, siempre sentado en el mismo asiento. Desde que estoy con ese psiquiatra tan bueno que les recomendaron. Tiene gracia la forma en que le llamó: "incapacidad comunicativa de tintes psicodepresivos". Me gusta eso de psicodepresivos, siempre me han encantado las palabras difíciles de pronunciar. No sé porque no vino. Tal vez si estaba en el tren y no se sentó en ese asiento. Tal vez un hombre gordo le quitó el asiento en su estación y se tuvo que poner en otro. Pero eso no me sirve de nada. Tiene que estar sentada en ese asiento. Sólo en ése. Es la única forma que las ventanas coincidan en ese punto mágico y la pueda ver un instante. El tiempo justo hasta que avisen la salida de su tren y el mío. Tan sólo un segundo para verla indiferente. A veces con la cabeza inclinada. Cuando sobre el pecho inclinas la melancólica frente, una azucena tronchada me pareces. Ya estoy otra vez con versos en la cabeza. El jodido curacocos se empeña en que lea poesía sin parar. No hago otra cosa. Dice que es bueno aprender como se expresan los sentimientos, que la poesía nos expresa las mil formas de decir algo y eso es lo que yo necesito saber. Es un maldito poeta frustrado y lo paga conmigo. Ahora cada vez que veo o pienso en algo me aparece un verso de esos. Llevo meses y meses que lo único que hago a parte de ir a la consulta es leer poemas. Luego él me dice que le diga qué he leido y de qué iba. Siempre la misma historia. Y por eso se debe forrar el muy capullo, deleitándose con poesía.
Tal vez ya no venga. Sería horrible. Me gusta ver su mejilla pegada contra el cristal. Sin poder oírla. Aunque siempre está callada. Me gusta cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Puede que ya haya terminado el curso. Pero todavía estamos en invierno, no puede ser. A veces no distingo muy bien unos días de otros, todos son iguales. Tampoco me importa demasiado que los demás sepan que no les entiendo. Puede que esté enferma. No quiero pensarlo. La angustia se abre paso entre mis huesos, remonta por las venas hasta abrirse en la piel. No tengo que preocuparme, seguramente la veré hoy. Ya quedan menos estaciones, las voy contando. Un día de espera para unos segundos. Pero ayer no vino y perdí el día. Ya queda menos. Están anunciando la estación de Nuevos Ministerios. Es la siguiente. También puede que ayer no coincidieran las dos ventanas al cruzarse los trenes. Pero no me puede haber hecho eso el maquinista. Sería una traición a mí que vengo todos los días. Todo está previsto, la parada en el sitio exacta a la hora de siempre, en las ventanas de siempre. Ella siempre se ha sentado ahí, justo en la que coincide con la mía. No sabe que yo la miro, pero siempre se sienta en el mismo sitio, igual que yo. Es fiel a su asiento, como el maquinista en llegar a tiempo y yo a mi ventana. Todos debemos cumplir, porque si no, nada funciona.
Debe de ser universitaria. Pero no sé que universidad será. El tren es con destino a Tres Cantos, lo oigo todos los días. No sé más. No sé qué estudiara. Me da igual si estudia o si va ver un psiquiatra para leerle poesía.
Vaya, se acaba de meter un niño gitano a pedir unas monedas. A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Me parece que este se va sin ser devorado por nada. No me gusta la gente que pide. Algunos dicen que me falta cordura y yo no ando pidiéndola por ahí a nadie. Entre otras cosas porque mis padres me la comprarían. Lo malo es que lo único que se vende son psiquiatras con mal aliento. No entiendo por qué todos tienen siempre mal aliento. Parece que lo hagan a propósito para que no les dejes decir una palabra y les cuentes que de pequeño le rompiste una mano a tu hermano menor porque te parecía como de chicle. Yo ni siquiera tengo hermano pequeño. A mí no me mires aceituno que voy sin blanca. Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina. La verdad es que no me duele lo más mínimo. Me duele un poco la espalda, pero debe de ser por una mala postura. Ya estamos entrando en la estación. Se levantan como siempre los cagaprisas de turno que quieren colocarse los primeros en la puerta. Aquí hay uno que levanta los brazos para coger su abrigo. Daría la cabeza que no se ha duchado. Seguro que huele a sudor bajo la chaqueta. Por las tierras castellanas, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga. Me parece que no era así. No es que me importe mucho pero ya que me viene a la mente podía venir bien. Este no tiene mucho de caballero, tiene cara de polilla.
Ya queda menos, me parece que ya siento el traquetear especial que hacen las ruedas al entrar. Ya entramos. Ya están aquí las luces blancas después del túnel. Vamos párate maldito, párate ya. ¿Qué pasa?. ¿Por qué no está ya su tren en la vía?... ya entra, menos mal. Pero no queda mucho tiempo. ¡Tranquilos en bajar borregos! Vamos, vamos, que se pare en el sitio exacto. ¡Ahora! Ahí está, reconocería ese pelo y esa nariz hasta en un talgo pendular. Es como un retrato de perfil. Érase una nariz superlativa. ¡No ese no! Es... ¡vaya mierda!, ahora no me viene ninguno a la cabeza. Va con los ojos un poco cerrados, como de sueño. Ni siquiera son las nueve. Ya me voy, ya se pone todo en movimiento y se me escapa su ventana. Ya ha pasado... pero hoy si estaba. No sé por qué ayer no, pero ya me da igual. Todo queda hasta mañana. Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar. A buenas horas aparecen versos. Bien, ya me queda poco para llegar al destino. Creo que salimos a la superficie otra vez. Somos como un topo mirando al sol. Venimos de la noche, como ciudadanos perdidos y ancladas en el tiempo. Este es de un amigo mío: Río Ventura. Era un buen chaval, fue a mi clase hasta que dejé el colegio. Escribía bien y siempre me dejaba sus poemas. Me acuerdo que estaba obsesionado con ganar el premio Hiperión de poesía. Se presentaba todos los años, cada vez con mejores poemas. Pero no tenía suerte. Aunque a lo mejor no tuvo suerte cuando lo ganó. Sus padres dijeron que estaba muy tranquilo y contento pero cuando llegó a su casa se metió todas las pastillas para la tensión de su padre. Bueno, le dejo una para aquella noche. Eso y un mensaje que decía: "Lo he conseguido cabrones". Era un buen tipo. Su madre dijo que le bajó el pulso hasta que se le paró el corazón. Yo lo sé porque estaba escuchando al otro lado del teléfono cuando hablaba con mi madre. Me gusta escuchar en los teléfonos aunque no se diga nada interesante. Era un buen amigo. Por eso me fui a su casa con el bate de béisbol y destrocé el coche de su padre. Necesitaba decirles como lo sentía. Creo que no lo entendió porque me puso una denuncia y casi me encierran... pero sé que tú lo hubieses agradecido compañero del alma, tan temprano.
No ha faltado ningún día desde aquel, hace una semana, en que no vino. También es verdad es que yo he faltado un día y no sé si vino. Yo creo que sí vino. Aunque yo no estuviera. No quisieron comprender que tenía que coger mi tren como todos los días. Mira que intenté decírselo. Querían llevarme a no sé que análisis donde la gente tiene sonrisa falsa. Tampoco se salieron con la suya. Me tuvieron que llevar a que me curaran la mano rota. ¡No estaba casi dura la pared!. Mira que les había dicho que tenía que coger el tren. Pero ellos ni caso. Luego dicen que si soy incapaz de expresar sentimientos y sensaciones, que soy como un minusválido. Son unos mierdosos. No me dejaron ir. Pero me da igual, ya queda poco para que lleguemos a la estación y de nuevo estará sentada en su sitio. Siempre se sienta en la misma ventana, como yo. Tal vez ella también tenga su propio psiquiatra. Ya viene. Ya está mi tren parado. Entra el suyo por el túnel justo a su hora. Todo cumpliéndose en un instante. Dije: Todo, completo. ¡Las doce en el reloj!.
Aquí está otra vez. Hoy lleva el jersey granate que tanto me gusta. Hoy... ¡me ha mirado!. ¡Me ha mirado y sonríe!.
Ya no está, ya se han despedido nuestros trenes. No quiero volver a verla. No sé por qué, pero no quiero volver a verla. ¡Maldita sea, por qué tenías que mirarme!

Hoy los días se rompen como si no existiera el tiempo, la mañana no amanece y, el sueño, ya no es el sueño.

Tal vez debería decirle al tipo de la bata blanca que por primera vez he creado mi propio verso... pero no. No le voy a dar la satisfacción de creer que me está curando.

Julio César Ramos