"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

miércoles, 18 de julio de 2012

Katty

Un nuevo relato de Blanca Miosi, que no dejo de tener presente en los últimos tiempos. Por algo será.
He escogido este relato que me emocionó cuando lo leí.

Refrescáos con él.

Katty
Escuchar el sonido de los pajarillos que hacían de cada madrugada un evento familiar, no restaba el temor de encontrarse en un lugar extraño, ni levantarse todos los días cuando la penumbra aún no abandonaba el cielo y sentirse ajeno; ajeno en costumbres, extraño en despertares. ¡Cómo añoraba volverse en la cama y tocar el cuerpo tibio —y a veces demasiado caliente— de su mujer!, gorda ya, a los cincuenta, pero que él veía como cuando por primera vez le abrió la blusa y le subió el sostén porque estaba apurado, porque necesitaba, requería, deseaba, ver cómo eran los senos que lo obsesionaban, de los que sólo podía vislumbrar la punta de los pezones a través de la telas que actuaban como dos murallas infranqueables: la del dichoso sostén que, después se dio cuenta, no sostenía nada, porque sus pechos se alzaban con la misma gracia que dos cúpulas bizantinas; y la de la blusa, siempre cerrada, como si las quisiera resguardar del avance enemigo. Sí, del avance enemigo como el que tarde o temprano habría de enfrentar en aquella guarnición remota.

Dos años destacado con un cuerpo de soldados en un rincón perdido, porque la paga era buena y le habían prometido una jubilación excelente. Donde la única mujer a la vista era la vieja que preparaba los sofritos aderezados con grasa de pollo, a los que él casi se había acostumbrado sin que su estómago se resintiera. La vieja con canas hasta en los bigotes que lo saludaba con un golpe en la mano de su cuchara de palo, enorme y renegrida de tantas malas lavadas, anticipándose a su próximo movimiento: ¡deje eso ahí! Gritaba con su voz gorjeante, parecida a la de los escasos pajarillos que merodeaban por la colina, buscando quién sabe qué de un terreno yermo con sólo dos árboles vetustos.

Pero esa mañana el cucharón de Katty no salió al encuentro de su mano. La cocina estaba vacía. «La vieja no viene hoy ni mañana», le dijeron. Nadie supo dar más información. Esa noche se revolvió en su colchón pensando en ella, en sus golpes, en su voz atiplada y chillona que parecía desbordarse cuando cantaba y que terminaba en los mentados gorjeos de los que ella parecía enorgullecerse. No notó hasta el tercer día que de veras la extrañaba. No a ella. No. Era la presencia de una mujer, aunque fuese vieja, porque las mujeres tenían su propio modo de hacer las cosas, porque los pasos de una mujer, porque los sonidos de las ollas hechos por una mujer, y los golpes dados por una mujer, no tenían nada que ver con los de un hombre. Y hasta ese momento la presencia de una mujer en el campamento había significado un lazo con todas las demás. Con la suya, la que dormía a su lado en casa y a veces estaba tan caliente que golpeaba su espalda con los talones. La vieja Katty representaba todas las mujeres del mundo, y hacía una semana se había ido y él deseaba tenerla cerca, más que nunca, más que cuando su mujer fue por una semana a casa de su madre. Pero pasaban los días y Katty no regresaba.

Una semana que no dormía, y apenas probaba bocado de las latas que el reemplazo, un tipo flaco y escuálido, se afanaba en abrir como un experto. «Esta es comida saludable, libre de gérmenes» «Estas son albóndigas empacadas al vacío», «en estos lugares debemos cuidarnos...» Más de uno lo mandó a la mierda. ¿A quién le importaba cuidarse en ese agujero? Todos estaban de mal humor, el tipo flaco y escuálido se convirtió en blanco de los insultos que se daban a bocajarro. Antes también se los lanzaban a Katty, pero era divertido. Lo hacían a escondidas o entre dientes, y preferían mil veces las porquerías que lograba condimentar la vieja, al antiséptico contenido de las latas. Todos la querían de regreso pero no lo manifestaban, se presentía en sus gestos, en las miradas a un horizonte plano, sin más árboles que los dos que hacían de quién sabe qué para los pájaros. Y quien esperaba con más ansiedad era él. Sentía que si la vieja Katty no regresaba moriría de mengua. La trataría mejor, haría cumplidos a su comida, le rogaría que gorjease… ¿Por qué nadie decía nada? ¿Volvería algún día? Ya las noches no tenían la mansedumbre que precede a la mañana, cuando sabía lo que le esperaba en la cocina. El canto de los pájaros le traía recuerdos de Katty, de sus pasos arrastrando sus sandalias, tan maltratadas como ella, ¿quién era Katty? Por primera vez se hizo la pregunta. ¿De dónde venía?, ¿tendría marido?, ¿hijos?

Ese día, todos se pusieron de acuerdo sin haber hablado. Tácitamente fueron llegando uno a uno al patio y exigieron una explicación: «¿Dónde estaba Katty?» «¡Queremos a Katty!»

«La señora Katty tuvo que ir a acompañar a su marido al hospital. Está tardando en regresar porque él falleció hace dos días. Mañana vuelve»

Silencio absoluto. ¿Katty era una señora? Fue lo primero que le vino a la mente. Era obvio que sí. Miró a los demás y en sus caras descubrió alegría, satisfacción por la respuesta. Todos empezaron a gritar de felicidad. «¡Katty vuelve!» «¡Katty vuelve!», gritaban como locos, y él también lo hacía. ¿Dijeron que mañana? Esa noche sería como las de antes. Casi un preludio amoroso, esperaría la fría madrugada y estaba seguro de que escucharía el horrible gorjeo que esta vez sonaría a himno.

Mansamente extendió la mano cuando vio a Katty con la cuchara de palo. Ella lo miró con sus ojos como carbones y sonrió con tristeza. No le pegó. Bajó la mirada para ocultar las lágrimas que empezaban a asomar. Él entonces bajó la mano y se acercó a ella. La abrazó. Fuerte, como si quisiera traspasarle todos los abrazos de los hombres, y sintió en sus carnes flojas un cuerpo de mujer. Y Katty, la mujer, la madre, la hija, la esposa, la amante, la prostituta, la joven, la anciana, con el gesto milenario de mujer, le acarició el cabello y lo acunó en sus brazos. De pronto, recobró la compostura, sólo por salvar su honor se alejó de él y le dio un golpe duro, más fuerte que nunca, con la cuchara de palo. Agradecido, él bajó la mirada y se fue con el corazón en su lugar. Sintió que todo era como debía ser.


Blanca Miosi
http://blancamiosiysumundo.blogspot.com.es/

martes, 3 de julio de 2012

El último duelo

Aquí subo un texto de un colega que me ha llamado la atención.
Sin más palabras y sin más dilación, aquí va.


El último duelo- de Jesús Valbuena

Cuando vi los datos del reo condenado en aquellos viejos ficheros me di cuenta de la crueldad que se esconde tras cualquier guerra. Eran las siete y cuarto de la mañana y yo acababa de llegar a la prisión, tras desayunar un poco de café negro con un trozo de pan en el cuartel.

–Tu hombre te espera en la 122. Estos dos te acompañarán.– El sargento se quitó la gorra, se pasó la mano por la cabeza despejada y sacó un cigarrillo de su petaca–. No os demoréis que en el frente os aguardan para la hora de la comida.

Cogí la ficha del reo y comencé a caminar por las galerías de la prisión, escoltado por los dos hombres asignados por el sargento. Con la mirada fija en el final de cada corredor, ajeno a los gritos y a los insultos del resto de presos, ajeno al pestilente olor que desprendían aquellos calabozos llenos de miseria, retrocedí en el tiempo para intentar aminorar la importancia que yo le daba a la presencia de Julián Revenga Martínez en mi corta vida, que apenas superaba los veinte años y que hoy me brindaba el cargo de cabo primero en el Ejército Nacional, a las órdenes de Franco.

–Como me excita cada mañana darle matarile a uno de estos hijos de puta –dijo riendo uno de los soldados que me acompañaban en tan ingrata tarea.

–¡Le ordeno que se calle!– le corté.

“Quizás no sea tan ingrata, al fin y al cabo es la vida la que te va colocando en uno u otro lugar. Y a él lo ha puesto en el lado de los malos”, pensé. Mi madre me contó que fue su madre, la de Julián, la que la ayudó en el momento de dar a luz. Era Navidad y la matrona se había ido a pasar unos días con su familia al pueblo de al lado. Fue su madre, la de Julián, la que se encargó de calentar el agua, de preparar toallas y de cortar el cordón cuando salí de las entrañas de mi madre.

Para llegar a la 122 debíamos cruzar el patio. La mañana en la cárcel era más fría que en la calle, si cabe. Los altos muros de la prisión impedían que diera apenas el sol en ese patio. La escarcha y las placas de hielo sobrevivían más días que muchos de los reos que entraban un día por una puerta y salían por la otra, al día siguiente, para ser ejecutados.

Julián llevaba solo tres días entre los muros de Ocaña. Su único pecado era ser hijo del maestro del pueblo, al que habíamos matado los de mi bando, los buenos, nada más proclamarse el levantamiento. Aún recuerdo las tardes que compartimos Julián y yo en su casa, leyendo y escribiendo en los cuadernos de caligrafía que su padre nos proporcionaba. Cada tarde, después de la escuela, nos afanábamos en rellenarlos con una letra redonda y clara. Su madre nos daba para merendar bizcochos con un riquísimo chocolate caliente, aunque aquella mañana quise creer que el chocolate no era más que veneno de rojos. Necesitaba espantar aquellos recuerdos. Yo era cabo del ejército franquista y él no era más que un rojo, como su padre el maestro. Un rojo envenenado, como el chocolate de su madre.

Julián estaba en la cuarta celda después de cruzar el patio. Antes de situarme frente a sus rejas me ajusté bien la gorra, tapando cuanto pude mi cara con la visera. Me eché la capa a los hombros y agarré con fuerza las cinchas de mi fusil. Ya frente a él, pronuncié su nombre con la autoridad que me daba ser cabo en el ejército de Franco. Julián se levantó del suelo y se agarró a los barrotes de su celda. Me sorprendió la dignidad que exhibía debajo de esas ropas sucias, rotas, empapadas en sudor. Julián estaba descalzo. En torno a su pie jugueteaba un pequeño ratón de color pardo, al que apartó de una leve patada.

A nosotros, tras la merienda, nos gustaba salir a jugar fuera. Nos gustaba jugar a los duelos. Con varias tablas de un mueble viejo, Julián y yo construimos un precioso revólver para cada uno. Entonces era precioso, hoy no dejarían de ser cuatro tablas preparadas para la muerte de la inocencia. En el descampado que había frente a su casa nos colocábamos espalda contra espalda. Entonces empezábamos a contar hasta diez. Cada número, un paso. Era una cuenta atrás eterna. Emocionante. Casi tanto como las que se narraban en los libros que nos prestaba su padre en la escuela. Al llegar al número diez, ambos dábamos un giro de 180 grados. Uno frente al otro. Dos niños frente a la muerte. Ahí entraba en juego nuestra imaginación: moría el más lento. Mataba el que menos tardaba en guiñar un ojo. Nuestros párpados eran los gatillos de nuestras armas. Un guiño, una bala. La muerte.

–Sígame, por favor –le dije abriendo las rejas de su celda.

–¡Y tú mírame a la cara, si todavía te quedan cojones! –respondió.

Lo saqué de la celda de un culatazo. Él agachó la cabeza y empezó a andar con las manos a la espalda, sin rechistar. Yo le seguía de cerca. Tras de mí, los dos hombres que me había asignado el sargento. Nuestro desfile por los corredores de la prisión provocó un silencio ensordecedor en todas y cada una de las celdas. Apenas se escuchaban las oraciones que susurraban los reos que rezaban por el alma de Julián.

Cuando uno guiñaba el ojo, el otro caía al suelo, fulminado. La madre de Julián nos solía reñir: “¡Al final os vais a hacer daño!” Nosotros reíamos sin parar y acabábamos a tiros ficticios por el descampado: “¡Pum, pum pum!”

Al cruzar el patio Julián se paró en seco e intentó girarse. Se lo impedí de una patada. Noté como mis botas impactaban con sus huesos, apenas recubiertos de pellejo.

–¡Venga coño! ¡No me lo pongas más difícil!

Seguimos andando hasta alcanzar la puerta de la prisión. Desde allí, caminamos otros dos kilómetros, más o menos, hasta la tapia del cementerio. Mis dos esbirros colocaron a mi amigo de espaldas a la pared y regresaron junto a mí. Les ordené colocarse detrás. Obedecieron, sin más. Agarré el fusil y apunté a Julián, que no dudó en aguantarme la mirada. Como cuando éramos niños.

Empezaba a amanecer. El cielo enrojecía con la aparición de los primeros rayos de sol. Las piernas me temblaban, el dedo índice no atinaba en el gatillo.

–¡Venga! ¡Dispara, valiente! –gritó Julián.

Pero no disparé. Al menos a tiempo. Con la mirada de Julián clavada en mis ojos, yo guiñé el derecho y no disparé hasta que no cayó al suelo. El balazo hizo un pequeño rasguño en la tapia del cementerio. Julián, tumbado en el suelo, no se movía. Como cuando niños, supo fingir muy bien la muerte. Sin embargo, dos disparos rompieron el tenso silencio que ambos manteníamos en nuestro último duelo.

–Señor, me pareció que respiraba. Por eso he decidido rematarlo.

–Volvamos a la cárcel, a ver si hay chocolate caliente –dije yo.
Jesús valbuena

sábado, 23 de junio de 2012

El libro de la vida

Una reflexión interesante del crack que es Daniel Franco.
Ahí la dejo.


El libro de la vida

El libro de la vida es tedioso y redundante.

Escrito en letras de lo más minúsculas, enumera datos y cifras, describe rincones escondidos, dibuja mapas olvidados y muestra diagramas de pasos de bailes de moda y de antaño. Tantos detalles abarca que nadie podría siquiera alzarlo de su sitio, por lo voluminoso.

Tiene capítulos enteros dedicados a la música, y se rumorea que toda la música de allí proviene: habrá algunas tonadas que sean casi epifanías, pero en su mayor parte son pavadas de estultos.

Fue escrito hace tanto tiempo que nadie recuerda siquiera haber comenzado a leerlo, y uno siempre termina distraído con esas descripciones de cajitas de obsequios, flores secas prensadas sobre poemas y algunos rizos sedosos atados con listones de colores que aparecen sin motivo entre capítulos; son justo el tipo de pequeños trofeos que todos nosotros somos demasiado chicos para entenderlos…

Y mi único rezo es que quieras leerme más páginas, aunque no puedas saltarte ni un solo renglón.



Daniel Franco

http://levedesliz.blogspot.com.es/

domingo, 10 de junio de 2012

Cuento ratonífero


Un día, mucho antes de que Aladino encontrase la lámpara, el genio de la misma se transportó a un lugar escondido donde pensó jamás sería hollado: un parque cualquiera de Madrid. La ocultó tras unos arbustos, más allá de un arroyo, entre los habitantes típicos del lugar: cristales, papeles, latas, compresas, preservativos, jeringuillas…seguro de que nadie la tocaría y así poder descansar un poco de los que le hacían trabajar.

Pero no contaba con que unos audaces ratoncillos la hallarían, hartos también de que las ratas, palomas y gatos que pululaban por doquier a sus anchas no les dejasen ni a sol ni a sombra. Así que enviaron a uno entre ellos, el más valiente aunque el más pequeño (con unas enormes orejas y medio sordo, pero insisto que osado) en su busca. Como si de Indiana Jones se tratase (con sombrero y todo) este trepó y destrepó, esquivó y saltó sobre toda la porquería existente, con riesgo extremo para su vida, y al final alcanzó su objetivo y se escondió en él para descansar.

Allí despertó al genio, que dormía plácidamente, y lo hizo con genio y carácter. Pero pronto se apiadó del pequeño ser, que temblaba y hacía que la lámpara se moviese con él. Así que optó por concederle un deseo si le dejaba continuar descansando durante un tiempo, a lo que el otro le contó sus penas, que eran las de todos los ratones del jardín.

-        Mmm, interesante -comentó el genio mientras se iba encendiendo una lucecita azul en su interior, lo que consiguió que él mismo se encendiese por dentro y aterrorizase más aún al pobre animalito que trataba de escapar.



Poco rato después los gatos, las ratas voladoras y, sobre todo, las enormes ratas terrestres -que eran tan cobardes como su tamaño por otra parte- vieron aproximarse un extraño artilugio con patas que salió de entre los arbustos, y huyeron asustados en todas direcciones. Sobre la lámpara, agarrado con un pequeño cordel para guiar su montura, marchaba el intrépido ratoncito saludando a sus congéneres, que pronto acudieron extrañados para observar a su salvador.

Y por mucho tiempo el parque se vio libre de indeseables e incluso la suciedad disminuyó a placer. Hasta que el alcalde decidió recalificar el terreno para construir nuevos pisos… aunque esto no sucedió en mucho tiempo, cuando la omnipresente crisis concluyó y de nuevo la burbuja inmobiliaria nos visitó de nuevo.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

sábado, 2 de junio de 2012

El espíritu del lince- fragmento

Después de observar el éxito que está teniendo en sus presentaciones Javier Pellicer, autor de este nuevo libro de corte histórico llamado "El espíritu del lince" (por cierto, título muy acertado y con fuerza, pienso yo), no puedo más que dejaros un pequeño fragmento, que con el prólogo que colgué en su día me quedo corto.
Leedlo porque atrapa.



El espíritu del lince






Mi llegada al mundo se produjo un

 año después del casamiento,

y estuvo rodeada de fenómenos

 intrigantes y señales prodigiosas.

A fuerza de escuchar la narración

de boca de mis padres,

tengo una imagen nítida de cada detalle que acompañó a mi

alumbramiento, a semejanza de alguien que lo hubiese estado

observando.

Nací en el crepúsculo de una jornada de cuarto creciente, a

la luz de una lámpara de barro, sin dar un solo berrido. Al principio

creyeron que estaba muerto, pero cuando me dieron dos

azotes balbuceé y abrí los ojos con calma.

—Icorbeles… —suspiró mi madre, agotada por el esfuerzo.

La cuestión de mi nombre ni siquiera había sido discutida.

Entre los edetanos y otros pueblos íberos existía la tradición de

que los niños heredaran el nombre de sus abuelos maternos. Mi

madre sólo se permitió una pequeña variación en mi caso.

—Así sea —asintió mi progenitor, mientras me alzaba por

primera vez con una enorme sonrisa en los labios—. Inundarás

de alegría mi corazón, primogénito.

Poco después, Argitiker, el capataz del caserío, entró en la

habitación con los ojos desencajados y el rostro lleno de asombro.

—Mi señor Icortas, debéis asomaros a la ventana.

Mi padre torció el gesto con cierto malhumor.

—¿Qué es tan importante como para que tenga que interrumpir

este momento de felicidad, Argitiker?

—El cielo… ¡Algo le está sucediendo!

Desconcertado, mi padre se acercó a la ventana, abrió los

postigos y miró hacia arriba, a un firmamento al que poco le

faltaba para quedar completamente velado por la noche. Se

frotó los ojos ante la inconcebible visión: una tras otra, pequeñas

estrellas caían del cielo, rasgando el velo oscuro en una lluvia

titilante que se perdía más allá de la vista. Parecían gotas de luz

que, fugaces, desaparecían por detrás de las montañas. Los

hombres y mujeres del caserío observaban desde la plazoleta.

Algunas madres sujetaban a sus hijos, atemorizadas por el fenómeno.

Todos se preguntaban si aquello era un buen augurio

o la más terrible de las maldiciones.

—Acercadme a la ventana —pidió mi madre.

Con la ayuda de Argitiker, arrastraron la cama hasta la abertura.

Los ojos de mi madre brillaron de emoción al contemplar

el hermoso prodigio. Lo supo desde el primer momento. Era

una señal que marcaba mi grandeza. Me levantó un poco para

que yo pudiera observar el fenómeno.


—¿Lo ves, Icorbeles? Esa lluvia tan bonita es por ti, mi pequeño.

Serás alguien grande, alguien importante.

Mi padre asintió con la cabeza, dando por buena tal intuición.

Las palabras de una mujer siempre son respetadas. Los

íberos tenemos en gran consideración a la figura femenina por

su condición de creadora de vida. ¿Es que existe algo más

grande que parir a un hijo?

La lluvia de estrellas se prolongó durante casi una hora. Pero

las sorpresas apenas habían empezado. Urcetices, el encargado

de la guardia, nos anunció que un grupo de viajeros solicitaba

audiencia con mi padre en el portón del caserío.

—Son cuatro hombres armados y una mujer con los hábitos

de sacerdotisa.

Puedo imaginar la expresión de asombro de mi padre, tal vez

más profunda que la que le había provocado el portento celeste.

La presencia de una sacerdotisa en un paraje tan escondido rivalizaba

con cualquier acontecimiento. Nuestras mujeres sagradas

son personalidades tan insignes que rara vez se apartan de

sus santuarios.

Llegados a este punto, quizás sea apropiado un apunte sobre

nuestra religión, pues entiendo que estas memorias serán leídas

cuando el recuerdo de mi pueblo se haya desvanecido.

Los íberos no creemos en decenas de dioses como los griegos

y los romanos. Para nosotros, la divinidad está presente en

el mundo que nos rodea: bestias, árboles, montañas, ríos, el Sol,

la Luna… La vida, en toda su extensión. La Gran Madre. La

Madre Tierra. Nuestras deidades, si se las puede llamar así, son

el toro, por su vitalidad; el lince, enlace con los espíritus de los

Antepasados; el caballo, símbolo de la nobleza; y el lobo, que

personifica nuestro carácter indomable. Las fuerzas de la naturaleza

y los espíritus de nuestros ancestros nos apoyan o nos

rechazan, nos alientan o nos ponen trabas, nos marcan el camino

a seguir. Sin embargo, aceptamos que son nuestros pies

los que deben dar los pasos. Nuestros actos nos definen.


Las sacerdotisas nos representan ante dichas presencias.

Siempre son mujeres, pues su enlace con la vida es más firme.

Se requiere también sabiduría y una completa entrega al ejercicio

de sus funciones. Estas siervas devotas renuncian incluso a su

propio nombre: se convierten en madre, esposa, hermana e hija

de todo aquel que es leal a las creencias íberas. Sus ropajes son

adecuados a tal distinción: visten una túnica azul de exquisito

lino y una mantilla carmesí sobre el pecho; por encima suelen

portar un grueso manto marrón, como protección ante las inclemencias

del tiempo; sus adornos son muy llamativos, pues

además de las joyas en forma de collares lucen dos grandes rodelas

laterales sobre el tocado de la cabeza, sujetas a una tira

afianzada a la frente gracias a unas finas cadenas.

Mi padre recibió a la sacerdotisa con grandes honores, como

correspondía. La mujer, que parecía más anciana que las montañas,

venía de la ciudad sureña de Ilici, en pleno territorio contestano,

a muchos días de marcha. Aunque estaba agotada por

el viaje, no aceptó la hospitalidad de mi padre sin antes nombrar

el motivo de su presencia en Etemiltir.

—Hace varias semanas tuve una visión en la que se me anunciaba

el nacimiento de un elegido de los Antepasados —explicó,

mientras los sirvientes de mi padre le ofrecían un caldo caliente—.

Los espíritus me dijeron que debía partir al norte de

inmediato, y sólo detenerme cuando la señal se manifestara.

—La lluvia de estrellas... —apuntó mi padre, con tono solemne.

—Así es. ¿Es aquí donde encontraré a quien busco? —preguntó

la mujer.

Icortas no habría dudado al responder, pues para los íberos

resulta impensable mentir a una sacerdotisa. Pero antes de que

sus labios hablaran de nuevo, se alzó un berrido desde los aposentos

de mi madre. Yo mismo me anuncié.

Condujo a la mujer hasta la habitación, donde mi madre me

amamantaba por primera vez. Aretaunin la miró con gran respeto,

pero la sacerdotisa apenas reparó en ella. Su destino no

era atender a la joven madre, sino al hijo. Sin pedir permiso

—su posición social se lo permitía—, me tomó en brazos y me

examinó con gestos inquisitivos. Supongo que buscaba alguna

señal que me identificara como el protagonista de su visión. No

me observaba como a un niño recién nacido, sino como el motivo

del trabajo más importante que jamás afrontaría. Me inspeccionó

concienzudamente, pero no halló en mí más que piel

blanca.

—Hay que someterlo a una prueba —dijo, tras meditar un

momento.

Mi padre, que jamás habría osado contradecirla en circunstancias

normales, no pudo evitar replicar.

—¿Qué tipo de prueba?

—De reconocimiento —respondió—. No hay señales que

me indiquen que éste es el niño que busco.

—¿Acaso no basta con la lluvia de estrellas? —arrugó la nariz.

—No. El fenómeno celeste abarca una gran región del firmamento.

Podría deberse al nacimiento de cualquier otro niño.

Si me detuve aquí fue porque era el lugar habitado más cercano

cuando comenzó. Así pues, el niño debe pasar por la prueba.

Me lo entregarás para que lo deje en el bosque, donde permanecerá

hasta que amanezca. —Mi madre lanzó un gemido—.

Si sobrevive al frío de la noche y a los animales, será la señal de

su grandeza.

Icortas se frotó el rostro con la esperanza de que todo fuera

un mal sueño. Pero al apartar las manos nada había cambiado.

—Se trata de una injusticia —replicó, tratando de sonar respetuoso

a pesar de su creciente enojo—. Si el niño no resultara

ser ese elegido, nos habrás arrebatado a nuestro hijo.

—¿Acaso contradices la voz de los Antepasados? —A pesar

de que mi padre había mostrado sin reparos su disconformidad,

la mujer no parecía enfadada... todavía—. Tu esposa es joven,

puede darte otros retoños. Sea como sea, es mi dictamen, y no

puedes oponerte a él sin sumirte en el total desprestigio.

Desesperado, buscó con la mirada a mi madre. Ella nunca

olvidaría lo que vio en sus ojos: un amor absoluto. Una palabra

suya habría bastado para que se enfrentara a la sacerdotisa, un

delito que habría supuesto su inapelable ejecución. Aretaunin
solía decir que aquél fue el día en que se enamoró de su esposo.

Si aceptó entregarme a la sacerdotisa fue sólo para que él no

cayera en desgracia.

La mujer me tomó sin atender al angustioso llanto de mi

madre y me llevó con ella. Los habitantes del caserío la vieron

salir por el portón y adentrarse en el bosquecillo cercano. Volvió

poco después, sola. Mi padre tuvo que tragarse la rabia. Si no

hubiera sido por las leyes, estoy seguro de que la habría arrojado

por encima de los murallones y habría marchado a buscarme.

Pero aquella era una prueba tanto para mí como para él.

Fue una noche muy larga. Los escoltas de la sacerdotisa se

turnaron para vigilar el portón en previsión de que alguien pretendiera

salir a recogerme. Con las primeras luces, mi padre fue

el primero en salir del caserío. Siempre lo he visto como un

hombre dueño de sus actos e impulsos, pero aquel día estaba

tan exaltado que se lanzó a la carrera, cruzando la maleza sin

saber siquiera hacia dónde dirigirse. No tuvo más remedio que

esperar a la sibila y seguir su paso cansino, que no hizo más que

aumentar su crispación.

Al fin llegaron a un pequeño claro. Allí, iluminado por un

mañanero haz de luz, estaba yo, sobre el mismo tocón en el que

me había dejado la mujer. Supieron de inmediato que estaba

vivo porque movía los bracitos y las piernas. Pero lo más sorprendente

fue que, junto al muñón, había un magnífico lince de

pelaje leonado. Estaba recostado en el suelo, en actitud calmada

pero vigilante, atento a la diminuta criatura rosada. Cuando advirtió

a mi padre y a la sacerdotisa no reaccionó con agresividad;

se levantó, se desperezó y luego se acercó a mí. Mi padre estuvo

a punto de lanzarse contra el felino, pero la sacerdotisa lo retuvo

del brazo el tiempo suficiente para que ambos comprobaran las

intenciones del lince. La bestia me lamió como lo haría con una

de sus crías. Luego alzó la mirada hacia Icortas un momento

antes de saltar hacia los matorrales y perderse.

A partir de ese día, mi familia adoptó el emblema del lince:

mi protector.