"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

domingo, 7 de octubre de 2012

La increíble historia del capitán Zapata

A veces la historia oculta hechos insólitos que no deberían ser olvidados. Relatos sorprendentes dignos del mejor libro o la mejor película. Os voy a relatar algunas que a mi juicio son de lo más interesante que hallé indagando. Espero que os guste como a mí.
Comienzo con la siguiente.
 
La increíble historia del capitán Zapata
 
Remontémonos al siglo XVI, en plena sudamérica. Tiempo de conquistas y colonizaciones, a la par que exploraciones. Concretamente a una rica villa con más habitantes que Madrid, Londres o París en la misma época. Suena curioso y sorprendente que fuese así, pero cierto fue por las crónicas. Me refiero a la Villa Imperial de Potosí, en Bolivia.
 
En 1561 apareció en tal lugar un capitán llamado Giorgio Zapata, quien afirmaba haber estado al servicio del Duque de Medinaceli y del Virrey de Sicilia. Se convirtió entonces en aprendiz de un minero alemán y poco después descubrió un filón de plata sumamente rico; lo explotó durante diez años en sociedad con un asturiano con el que trabó amistad llamado Rodrigo de Peláez. Zapata se convirtió en uno de los hombres más ricos de Potosí y uno de los más respetados.
Después de quince años, Giorgio Zapata decidió regresar a su país. Obsequió con regalos a todos su amigos y se despidió de ellos, llevando consigo dos millones de reales de a ocho además de 138 kilogramos de oro puro. Pero su destino no fue la península. Se dirigió a Estambul para presentarse al sultán Murad II.
Porque se trataba de su ciudad natal, y el nombre verdadero de Zapata era Amir Çighala. El capitán era súbdito de la Sublime Puerta, el más feroz enemigo de España y de la Cristiandad. Narró sus aventuras al sultán y le regaló parte del oro que traía. Como agradecimiento se le concedió el mando de la flota, en general de las galeras. Cargo desde el cual fue catapultado al de visir del sucesor de Murad II, el sultán Mohamed.
El 11 de octubre de 1588 Çighala participó en la toma de Agria y en otras victorias turcas sobre los cristianos, con lo que hizo méritos para ser designado, finalmente, virrey de Argel.
Mientras Çighala no paraba de escalar posiciones, su socio Rodrigo de Peláez había decidido volver a su tierra natal, Asturias, tan rico como el turco. Pero al cabo de los años, el indiano sucumbió a la nostalgia por las Indias y, resuelto a regresar a Potosí, se dirigió a Cádiz para embarcarse.
 
Corría el año 1596. Los ingleses, comandados por el conde de Essex, bombardearon la Tacita de Plata  mientras el asturiano esperaba su navío y tomaron al asalto la ciudad. Peláez no solo perdió todas sus riquezas sino también su libertad: los británicos lo tomaron como presa de guerra y fue convertido en esclavo.
Como tal viajó a Inglaterra y luego a Francia pasando por distintos amos hasta que cayó en manos de unos árabes que lo condujeron a...Argel. En esa ciudad norteafricana lo vendieron a un poderoso turco, Kara Çigala, hermano menor de Amir Çigala.
Allí lo descubrió su antiguo amigo, el ahora virrey, y lo rescató de su cautiverio. Uno y otro se relataron sus aventuras desde que se despidiesen en la lejana Potosí. Çighala confesó que siempre había profesado la ley de Mahoma, ocultándola a los cristianos durante toda su estancia en América. Dos meses más tarde el otomano envió al asturiano de regreso a España, con una carta escrita en buen español con "algunas frases en árabe" y bien cargadito de regalos de oro.
 
Toda una historia digna del mejor Spielberg, ¿no?
 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Curiosidades cinéfilas

Ahí van unas cuantas de curiositis de cine, para variar.


 
-                      " Gracias a Dios, soy ateo"                     ( Luis  Buñuel )
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-   Una de las mejores producciones realizadas sobre la II Guerra Mundial es, sin duda, Un puente lejano(1977), dirigida por Richard Attemborough. Basada en la operación "Market Garden", el filme se realizó casi como una "operación militar" auténtica, ya que el director formó su propia compañía para rodarla, consiguiendo reunir más de 100 vehículos originales de ambos bandos, aparte de varios aviones. Además, para las escenas del desembarco aerotransportado, colaboró el 1 Batallón de paracaidistas británicos, junto con 30 oficiales de la RAF, que supervisaron el entrenamiento de los "extras". Como dato cabe señalar que se habilitó una fábrica en Holanda para la fabricación de todos los uniformes e insignias, sabiendo que en algunas escenas participaron más de 1500 "extras"( que debían tener el servicio militar cumplido).
Para concluir, se eligió uno de los mejores repartos masculinos que jamás se ha visto en una película: Robert Redford, Sean Connery, Michael Caine, Gene Hackman, Anthony Hopkins, James Caan, etc, etc... Es decir, toda una superproducción al estilo "hollywood".
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-  Bela Lugosi, el mítico actor que encarnase al Conde Drácula en los años 1920-30, solía dormir en un ataúd a imagen y semejanza de éste. Tal era su obsesión por él que al morir lo enterraron vestido como el vampiro, con capa y todo.
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-  Brad Pitt se cortó una mano en Seven(1995) y necesitó cuarenta y nueve puntos y rehabilitación para recuperarse.
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-  Rara es la estrella de cine que no ha tenido alguna vez problemas con el alcohol o las drogas: Drew Barrymore los tomaba de niña, el propio Bela Lugosi consolaba su fracaso con morfina, Judy Garland se levantaba con estimulantes, tomaba adelgazantes durante el día y tranquilizantes para dormir, Cary Grant hablaba maravillas del LSD, el botiquín de Marilyn Monroe era un polvorín de fármacos y, para terminar esta muestra, Dennis Hopper aspiraba rayas de cocaína de la longitud de un bolígrafo.                                      
 
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-  En 1938 , un año antes del estreno de Lo que el viento se llevó, la revista "Photoplay" publicaba una lista prestigiosa de posibles candidatos al papel de Rhett Butler: Clark Gable, Ronald Colman, Errol Flynn, Gary Cooper, etc, etc... e incluso ¿¿¡¡¡Groucho Marx !!??.                                             ------
 
-  Brian de Palma realizó más de 1200 cambios cuando adaptó del cine al formato video su película Los intocables de Elliot Ness(1987).
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-  El director Robert Rodriguez se prestó a ser utilizado como cobaya humana de un medicamento experimental para reunir el dinero necesario para filmar El mariachi(1992). 


-  La semilla del diablo(1968), película de terror psicológico dirigida por el polémico Roman Polanski, fue un auténtico bombazo en la sociedad americana de la época. A pesar de ser calificada por la Iglesia Católica con una C ("Condenada"), fue un éxito de público inmediato. Pero el éxito no fue lo único que trajo el film, sino algo peor. Un año después del estreno , en agosto de 1969, la compañera sentimental del director, Sharon Tate,embarazada de ocho meses, apareció asesinada brutalmente en su casa de una forma que coincidía extrañamente con los rituales diabólicos de los que se habla en la película. Además, por si fuera poco, el compositor de la banda sonora, un tal Komeda, murió unos meses después del estreno de una caída en extrañas circunstancias.   
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-  En cierta ocasión, un perturbado envió a Cher una oreja humana con restos de sangre.
Un regalito para no olvidar a sus muchos "fans", que la quieren...                                    
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-  En los cálculos comerciales de las películas, a pesar de estar tan bien estudiados, a veces se cometen fallos estrepitosos: Cuando se estrenó Toy Story en la Navidad de 1995, al salir de la sala, el público infantil americano iba a las tiendas a comprar los muñecos; pero no los héroes, sino los villanos, los malos mutantes. Esta imprevisión supuso la ligera pérdida de unos 250 millones de dólares.                                           
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-  Entre 1991 y 1994  Charlie Sheen ( Hot Shot I y II, Wall Street) se gastó 60000 dólares en bailarinas porno y prostitutas.
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-  Gazapilandia: Volviendo a Lo que el viento se llevó(1939), en la escena en que Scarlett es atacada por dos bandidos, aparece "Big Sam", su antiguo esclavo negro, que la salva y se dispone a llevarla de vuelta a casa, subiéndose al coche de caballos junto a ella.. En el siguiente plano vemos de nuevo el coche  y...  ¡ "Big Sam" ha desaparecido!. (¿Invisibilidad?)                                           ------
-   En el ataúd de Errol Flynn, se dice, sus colegas metieron seis botellas de whisky.
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-  El cartel anunciador de Acoso(1994), en el que se ve a Demi Moore abalanzándose con una sugerente minifalda sobre el "desventurado" Michael Douglas, provocó serios problemas de tráfico en Francia e Inglaterra; por lo que, para evitar accidentes, se ordenó retirar los anuncios de las paradas de autobuses y todo lugar próximo a las calzadas .                          
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-  Para terminar, quiero hablar sobre el primer famoso león símbolo del estudio de la Metro Goldwyn Mayer, llamado "Leo". Capturado en Sudán, fue casi un milagro el que llegase vivo a América. Su avión chocó antes de despegar, dos trenes colisionaron después de bajarle a él y el barco que le llevó se supo que acabó arrastrado por el agua. Su efecto fue tan devastador, que su llegada coincidió con el terrible terremoto de 1921, durante el cual la "Metro" se incendió. Un león de fuerza arrolladora, sí señor.


 

 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Monólogo de una fea


Un divertido relato de Blanca Miosi.
Porque las feas también lo valen... (y no va por Blanca)


Monólogo de una fea (Estrictamente autobiográfico)

Cuando nací era tan fea, que mi padre apenas me vio abandonó a mi madre. La pobre tuvo que cargar conmigo porque tenía un amor maternal demasiado arraigado. Ella tenía la firme convicción de que algún día yo resultaría convertida en un hermoso cisne, como el del cuento. El asunto era que yo ni siquiera era como el patito feo. Al paso del tiempo, mi madre no perdía las esperanzas, y ahora que lo pienso, creo que ella realmente me veía hermosa. Luchaba contra cualquiera que me mirara torcido, o que hiciera una mueca de desagrado al mirarme. En el colegio yo siempre me sentaba en el fondo del salón porque la maestra decía que la perturbaba y perdía la concentración, aquello llegó a oídos de mi madre y allá fue ella, blandiendo a diestra y siniestra; la diestra. Abofeteó a la maestra Débora y me echaron del colegio. Cuando estuve en la secundaria, la cosa se puso peor; pero esta vez, competía con otras niñas por el asunto del acné, y cuando había que disfrazarse, generalmente me llamaban porque no necesitaba disfraz, cumplía a cabalidad mi papel de jorobado de Notre Dame, enano de Blanca Nieves, espantapájaros del mago de Oz, y hubiese sido feliz de ser la madrastra de cenicienta pero no era tan bonita, así que tuve que conformarme con ser la esposa de Frankenstein. Dentro de todo, no me puedo quejar, las chicas no encontraban en mí una rival que les quitara el novio, y generalmente era acompañante violinista de mis amigas.
En todo grupo debe haber una gorda, una flaca, una bonita y una fea. Yo cumplía con este requisito, así que me hallaba en la gloria, al fin conseguí mi lugar en la sociedad estudiantil. Pero el verdadero problema empezó cuando terminé la secundaria. Ya no habían más amigas que apoyaran mi fealdad, ni violines que tocar, ni personajes que representar, entonces, mi madre creo que se dio por vencida y cayó en cuenta que debía hacer algo en honor a su belleza, porque ella era muy bonita. Ese era el motivo por el que siempre había pensado que yo algún día también lo sería. ¿Qué sería de mí en un mundo tan competitivo? –decía. Fuimos entonces camino al cirujano plástico. Cuando me vio, el médico preguntó: ¿Qué fue lo que le sucedió? Pensando que yo era producto de un accidente. Para ese momento, yo estaba acostumbrada a ese tipo de reacciones, así que pasé por alto el comentario. Pero mi madre, se enfureció. No sé si fue por eso, o porque el cirujano tenía razón, pero el caso es que él dijo que yo no tenía remedio, que debía esperar los avances de la ciencia para solucionar un problema como el mío, así que regresamos a casa, y en el camino tuve que aguantar las arengas de mi madre que nunca se daba por vencida. Ella aseveraba que debía tener algo dentro de mí que me haría destacar en la vida, y yo trataba de ayudar a encontrarlo, pero falleció sin lograr nuestro objetivo. Poco tiempo después, me di cuenta que podía sacar provecho de mi voz. No precisamente por el canto. La gente que no me conoce, se porta muy amablemente conmigo por teléfono, y en especial, si son hombres.
Cierto día, llamé a un número publicado en el diario, se necesitaban mujeres para la línea caliente. Mi voz les encantó, y yo, por primera vez, siento que soy bien recompensada. ¡No pueden imaginarse la cantidad de cosas que me dicen por teléfono! ¡Y las que digo yo! Aprendí a hacer feliz a los desventurados solitarios, a levantarles el ánimo y otras cosas más, a hacer ejercicios de imaginación que en mi vida podría lograr si no fuera por el invento grandioso de Alexander Graham Bell, a quien estaré eternamente agradecida.
En Internet estoy empezando a dar mis primeros pasos en el arte de escribir. Puedo hablar con mucha gente sin que me vea la cara, es una suerte, porque empieza a caerse mi cabello y ya no puedo tapar con mi pollina los dos extraños bultos que siempre he tenido en la frente, últimamente he notado que mi nariz es cada vez más larga y tiende a ir hacia abajo, lo cual me da un aire severo. ¡Y yo soy tan alegre! Cuando no estoy trabajando, entro a los foros literarios y he hecho magníficas amistades. Estoy segura de que mi madre donde sea que se encuentre finalmente estará satisfecha, pues sé que en el fondo, lo único que ella quería era verme feliz. Sí, mamá, ¡soy muy feliz!
Blanca Miosi

lunes, 3 de septiembre de 2012

Las manos

Un estupendo relato corto de Jesús García. De esos que con pocas palabras consiguen mucho.


Las manos

Con las manos manchadas de sangre miraba aterrorizado la consecuencia de un sin saber, de una sin razón, y mis manos, actuando por iniciativa propia, me miraban de frente.


La mente me gritaba: “¡Aléjalas!”, pero por más que lo intentaba no podía. Allí estaban, plantándome cara, desafiantes. “¡Atrévete!”, me decían. Mi corazón, consejero durante años, se lanzó al galope intentando huir.


Luché para detenerlas, pero ellas continuaban en su avance hacia mí. Parecían reírse, burlarse. Miré de soslayo el cuerpo inerte que yacía a mis pies, y sentí pánico.

Intenté gritar, pero una de ellas aferrándose a mi boca me lo impidió, mientras que la otra, amenazante, se acercó a mis ojos. El terror me atenazó.


A ciegas y tambaleándome huí a la desesperada. De pronto, sin saber de dónde, oí un fuerte bocinazo y sentí un golpe.


Ellas habían acabado con el único testigo.

Los titulares del día siguiente rezaban: “El receptor de las manos de un condenado muere atropellado por un camión”.


Jesús García
http://luzypapel.blogspot.com.es

miércoles, 22 de agosto de 2012

Sicario

Profunda como una puñalada en el costado clavo aquí un relato de María Martínez- Anxana en el mundo virtual (ya va siendo hora de que te des un garbeo por su blog, si no lo conoces)
A ver qué piensas de Lilliam...


Sicario

Asentí en respuesta a la cortesía de la secretaria y enfilé el pasillo en busca del aula donde tendría lugar mi primera clase, Historia. Iba a ser una hora muy aburrida, qué podría enseñarle un libro de instituto a alguien que conoce el mundo desde que se creó.

Mientras el profesor me presentaba, recorrí con la mirada cada uno de aquellos rostros que me observaban con curiosidad. La localicé de inmediato. Piel pálida, ojos verdes, larga melena negra como el ébano; bonito envoltorio, aunque el problema estaba en el interior .

Me sonrió cuando tomé asiento a su lado y su luz eclipsó al sol, sumiendo al resto del mundo en las sombras. Le devolví la sonrisa sin darme cuenta e inmediatamente aparté la vista de su rostro, consciente de dónde residía su peligro.

–Podemos compartir el mío –dijo en voz baja.

Su voz sonó como el agua que fluye de un manantial: clara y fresca, vibrante como el eco de las campanillas de un carillón. Me rozó el brazo al mover su libro hacia mí y mi cuerpo reaccionó como si sufriera la sacudida de una descarga eléctrica. Empujé la silla con disimulo, apartándome de ella todo lo que me permitía el pequeño pupitre. Hice todo lo posible para ignorarla, algo que resultaba más y más difícil conforme pasaba el tiempo.

La clase terminó y yo me entretuve comprobando el horario que me habían facilitado en secretaría.

–¡Vaya, tenemos las mismas clases! –exclamó ella, inclinándose sobre mí para ver mejor el horario–. Por cierto, me llamo Lilliam.
Miré la mano que ofrecía, después sus ojos salpicados de máculas doradas, los más bonitos que había visto nunca.
–Lukas –respondí.

–Encantada, Lukas.
Estreché su mano con un rápido apretón y observé como se levantaba y abandonaba el aula abrazando sus libros. Miró una sola vez atrás, y una tímida sonrisa de triunfo se dibujó en su cara al comprobar que yo la miraba fijamente. Se sonrojó y me ocultó sus ojos bajo un lento parpadeo. Aquel gesto me desarmó.
Por primera vez en mi larga vida dudé. ¿Y si no era ella? ¿Y si esta vez las señales no eran correctas?Podía sentir el mal con la misma claridad que la brisa sobre la piel, pero con ella algo fallaba. No conseguía percibir ni el más leve atisbo de su naturaleza, sólo aquellas extrañas sensaciones que se estaban convirtiendo en un dolor físico en mi pecho. Y supe que no sería capaz de llevar a cabo mi cometido, no sin estar seguro de si era Lilliam aquella a quién buscaba. En otro momento no hubiera dudado, habría actuado sin más, una vida a cambio de muchas parecía justo. Aunque esta vez, esa vida parecía un precio muy alto si estaba equivocado.

La observé durante dos días: en clase, a la hora de la comida, en casa. La vigilaba mientras dormía, espiaba sus sueños y con ello, mi desconcierto aumentaba. Era la inocencia en esencia, tan hermosa que hacía daño a mis ojos y a ese punto que latía en mi pecho.

Esa mañana, a pocas horas del nuevo advenimiento, supe que la profecía no iba a cumplirse, no esta vez. Hasta el más sabio puede equivocarse. Ningún ser es perfecto en su forma, incluidos los profetas, sólo el que los creó.

Mi misión había terminado sin que mis manos se mancharan de sangre. Ahora tenía por delante otros cien años de paz, cien años hasta que las señales iluminaran de nuevo el cielo, marcando el punto donde despertaría aquel capaz de conjurar el caos. Y yo iría a su encuentro y acabaría con su vida en el momento exacto. Tal y como había hecho tantas otras veces, ése era mi cometido, para eso fui creado.

Palpé la hoja de la daga bajo mi camisa, sentir su contacto me ayudaba a no olvidar para qué estaba allí. La luz de la habitación que había estado vigilando se encendió y a través de la ventana pude ver su silueta paseando de un lado a otro. Vi cómo se desvestía y se ponía aquel pijama tan inocente e infantil. La luz se apagó.

Aguardé oculto entre las sombras del callejón, con aquel nudo en el estómago que me acompañaba los últimos días. Otra sensación desconocida, abrumadora, que amenazaba con poner patas arriba siglos de autocontrol. Salí de mi escondite con la vista puesta en el cielo, debía terminar con aquello que había venido a hacer, y debía hacerlo ya.

Mis pies se posaron sobre el alfeizar y la ventana se abrió con un leve roce de mis dedos. Dentro olía a nubes de azúcar y a su perfume. Me colmó el olfato y mi respiración se aceleró, como la primera vez que aquel aroma a limón y menta llegó hasta mi como una estela sinuosa a través del aire, golpeándome como una bofetada.

Miré el reloj sobre la mesita, faltaba un minuto para medianoche, y cuando llegara ese momento, mi tiempo allí habría terminado. Me senté a su lado, en la cama. Aún no entendía por qué en esta ocasión me costaba tanto regresar. Sabía que tenía que ver con Lilliam, pero no conseguía vislumbrar aquel lazo invisible que me mantenía atado a ella. El deseo de tocarla ocupó mi pensamiento. Con la primera campanada, mi mano se deslizó por su larga melena desparramada sobre la almohada. Mis dedos acariciaron su mejilla hasta rozar sus labios entreabiertos, eran suaves y estaban húmedos. Sentí un leve cosquilleo en los míos y sin saber muy bien por qué, me incliné sobre ella buscando el contacto de su aliento. La respiración me silbaba en la garganta, y se transformó en un gemido cuando mi boca se posó en la suya.

Entonces, sonó la última campanada, y Lilliam abrió los ojos. Pude ver mi reflejo en ellos, ya no eran verdes sino negros. Moví mi brazo, saqué la daga y la alcé en el aire. Tras de mí, el umbral se abrió inundando de luz la habitación. Sólo disponía de una décima de segundo, no necesitaba más.

–¿Lukas?

Noté su filo abriéndose camino en mi pecho, llegó hasta mi corazón y se clavó en lo más profundo, pero no dejó de latir, al contrario, su palpitar cobró fuerza. Podía sentirlo en la garganta, ascendiendo hasta adueñarse de mi cabeza. La daga se escurrió de entre mis dedos y cayó al suelo con un golpe sordo, mientras el umbral se cerraba con la misma rapidez con la que había aparecido.

Me llevé la mano al pecho, para comprobar asombrado que no tenía ni la más mínima herida. Me había desarmado y vencido con una sola palabra. El sonido de su voz al pronunciar mi nombre fue lo único que necesitó para despojarme de mi voluntad.

–Lukas –susurró ella mientras se incorporaba.

Cerré los ojos extasiado.

–Dilo otra vez.

–Lukas –repitió posando su mano sobre la mía.

Me estremecí al descubrir el deseo en el tono de su voz. Estaba condenado, supe que jamás podría vivir sin ese sonido. Abrí los ojos y la miré. Lilliam sonrió al ver mi cara de sorpresa, con un rápido movimiento se sentó a horcajadas sobre mi y me abrazó. Sobre nosotros estalló la tormenta, los edificios comenzaron a desmoronarse y bajo nuestros pies el suelo escupía fuego. Nada me importaron los gritos, ni los lamentos, sólo su cuerpo entre mis brazos y sus labios susurrando junto a mi oído.

“No hay mayor poder que la fuerza del amor. No lo olvides nunca, Lukas. Cada vez que levantes tu daga, piensa en estas palabras y aleja tus remordimientos”, eso me decía mi padre cada vez que afloraban mis dudas, y yo le creía. Por eso mataba una y otra vez, para salvar vuestras almas, porque mi amor por vosotros era infinito.

Y mi padre tenía razón, no hay mayor poder que la fuerza del amor, por eso alzo mi daga una y otra vez. Vuestros cuerpos se extienden como una alfombra a mis pies y mis remordimientos desaparecen bajo la sonrisa de Lilliam al recibir vuestras almas. No hay nada más fuerte que el amor, y mi amor por ella es infinito
María Martínez
http://anxana.blogspot.com.es/

lunes, 13 de agosto de 2012

Luciano Wong I. Mâ.

Sergio Ross se merece que se propaguen sus escritos por su extrema generosidad para con los demás escritores noveles. Con su blog y foros ha promocionado a muchos, y no voy a dejarle olvidado. Pero sobre todo lo hago porque escribe, y bien, qué demonios. Además de ser versátil, que es algo que yo valoro. Luciano Wong es lo último que ha publicado en formato digital, en concreto en Amazon, y aquí suelto un fragmento del primer capítulo, para que lo devoréis.

Luciano Wong (extracto)



La Habana, 1954.

En medio del frío y de la oscuridad, Zhang Li se aferraba a su vieja y tosca bicicleta cargada de frutas. Regresaba del mercado del puerto atravesando los húmedos callejones que conducían al Barrio Chino cuando tuvo la mala suerte de encontrarse con tres marines norteamericanos.

Apestaban a alcohol.

Uno de ellos, el más gordo, estaba orinando en una esquina y fue el primero en verla. Levantó la mano para señalarla y, sin molestarse en guardarse el miembro, comenzó a gritar algo ininteligible que hizo que los demás, que hasta entonces entonaban una especie de canción, guardaran silencio. Era un silencio que aterrorizaba. Zhang viró en redondo, dejando caer la bicicleta y toda la mercancía, y comenzó a correr, pero fue apresada a los pocos metros.

Su endeble figura de adolescente fue sepultada por rudos cuerpos. Las sombras del callejón se llenaron de insultos y de risas que ahogaron sus gritos. Zhang arañó y pataleó en vano mientras que manos gruesas la despojaban de sus pantalones y lanzaban sus zapatillas por los aires.

―Cógele los tobillos ―dijo el monstruo gordo en inglés.

Zhang gritó más fuerte, hasta que una mano callosa le tapó media cara y otros brazos llenos de tatuajes aplastaron su menudo cuerpo contra el suelo. Sintió un hondo escalofrío al notar que le abrían las piernas.

Cerró los ojos.

No pudo ver al muchacho, apenas un adolescente, que se lanzaba en medio de los hombres. El muchacho empujó al marine gordo para luego abalanzarse sobre el que aferraba las piernas de Zhang. La sorpresa le ayudó a ganar la espalda del hombre para intentar agarrarlo por el cuello. Pero era un tipo fornido, con un cuello corto y grueso, así que su maniobra acabó en un sinfín de arañazos sin ninguna fuerza, por lo que se vio obligado a montar a horcajadas sobre la espalda del hombre.

Zang Li abrió entonces los párpados y pudo ver cómo el hombre se movía violentamente hacia los lados intentando sacudirse al chico de encima al tiempo que vociferaba contra sus compañeros que, apremiados por los insultos, se decidieron a ayudarle. Aprovechando el desconcierto Zhang se levantó, esquivó al otro marine que se incorporaba aún con los pantalones bajados y huyó calle arriba.

No volvió la cabeza ni por un momento. Si lo hubiera hecho habría presenciado cómo uno de los marines agarraba al chico y lo estampaba contra el suelo. Luego los hombres comenzaron a patearle. El muchacho se escurrió entre las piernas y consiguió levantarse, pero el tercer hombre le cerró el paso. Un puñetazo le hizo caer de bruces.

Borrachos y ciegos de ira, se ensañaron con él.

Más tarde, cuando comenzaba a despuntar el día y ya estaban cansados de pegarle, un viejo enjuto se plantó ante ellos. Era un hombre tan pequeño que despreciaron su presencia con miradas de mofa. Pero el viejo se acercó sin vacilar hasta que tocó el hombro del marine que tenía más cerca.

Fue como si una tormenta de arena barriese la calle. El hombre salió proyectado hacia atrás cual guiñapo tirado por una cuerda. Los otros dos marines se miraron desconcertados, poniéndose en guardia. El primero de ellos atacó al viejo con un directo pero éste lo detuvo con un potente giro de cintura y respondió con un gancho que ascendió como una flecha. El marine voló por los aires.

Quedaba el hombre gordo, y debía sacarle más de dos palmos de altura. Aún con su sobrepeso, sabía moverse: había sido campeón amateur en sus tiempos de estudiante. Pero el viejo no tuvo problemas en engañarlo con una finta, simulando un ataque con el dorso de la mano al estómago, para rotar después sobre sí mismo y golpearlo con un puño invertido al cuello. El tipo se tambaleó, no obstante trató de abalanzarse sobre el viejo, pero éste lo detuvo en seco con un golpe recto a la nuez.

Antes de caer inconsciente, entre la razón y la asfixia, la mente del marine bulló tratando de asimilar aquel golpe. Nunca había visto algo así. Un puño con la mano cerrada sobre los nudillos medios.
Era un puño de leopardo.

Sergio Ross
http://elalmaimpresa.blogspot.com.es/2012/05/luciano-wong-i-ma-la-nueva-novela-de.html

miércoles, 8 de agosto de 2012

El puente

Un relatillo oscuro de los que le van a J.J. Hernandez.
Mola, mola, para estas noches veraniegas.
Ahí os dejo un saludo lúgubre...


El puente 


Detuvo el ciclomotor, molesto. El motor se había parado solo y no llevaba el móvil encima. Tendría que empujar durante cuatro kilómetros sin nadie que pudiese ayudarle. Se bajó y suspiró.

Disfrutaba cada vez que le era posible de sus paseos nocturnos, cogía su moto para conducirla por los caminos, abandonados desde que se construyera la carretera nueva.

Hacía frío, una brisa suave que arrastraba perezosas nubes por el cielo, que no llegaban a ocultar la hermosa luna. Se había detenido sobre el puente, un viejo puente romano que ya no usaba nadie. Desde su posición podía ver, a bastante distancia, el puente nuevo que cruzaba el río, ahora seco.

Pocas veces había visto el río, últimamente sólo quedaban matojos y suelo reseco por donde pasaba el agua tiempo atrás. Se acercó a la baranda de piedra y miró hacia abajo en medio de la noche. Habría unos cuatro metros, apenas llegaba a ver un par de matojos y alguna criatura nocturna que correteaba entre estos.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el paquete de tabaco, su último cigarrillo estaba allí, algo arrugado. Se lo llevó a la boca y empezó a fumárselo con calma. Escuchaba el sonido de la naturaleza, a cierta distancia los árboles se alzaban fundiéndose sus copas con la noche, el olor del combustible quemado se perdía para dar paso a un olor que no reconocía, dulzón.

Miró el extremo encendido del cigarro y dio otra larga calada antes de tirarlo por el puente. Se giró para mirar su moto y suspiró, pensando en lo que haría ahora.

-¡Cuidado! –Protestó una voz femenina.

Se quedó helado unos momentos, la voz venía del lecho seco del río. Corrió para asomarse y descubrió el ascua del cigarrillo tirada en el suelo y el reflejo de la luna en dos ojos. Había alguien allí abajo mirándolo. El sonido de pisadas subiendo por una pequeña cuesta de tierra y vegetación lo alarmaron, pero pronto se encontró cara a cara con aquella persona.

Era una chica, tal vez un poco más joven que él. Lo miraba con aquellos ojos, el reflejo de la luna los hacía brillar, pero parecían capaces de brillar por sí solos. Tenía una melena dorada que enmarcaba un rostro delicado de labios carnosos, era hermosa, tan hermosa que miró de nuevo al lecho seco pensando que estaría allí con su novio. No había nadie.

-Lo siento, no sabía que estabas ahí debajo –dijo, avergonzado.

Era una muchacha preciosa y él había estado a punto de quemarla con un cigarro.

-No esperaba encontrarme con nadie en un sitio tan apartado –murmuró ella, pensativa-. No mires más, no hay nadie ahí abajo. Me llamo Ana.

-Yo Diego –respondió.

Estaba tenso, había algo en la mirada de Ana que lo desconcertaba. Era preciosa, pero no se trataba de eso, sino de otra cosa que lo mantenía alerta. Ella se acercó un paso y Diego no pudo evitar apartar ligeramente uno de sus pies, cosa en la que pareció reparar ella.

-Bonita moto –dijo, señalando.

-Bueno, al menos cuando arranca lo es –protestó, acercándose a su ciclomotor.

-¿Has probado a encender el motor de nuevo?

Tenía el extraño deseo de salir pitando de allí, algo en su interior lo hacía preocuparse. Giró la llave y apretó en encendido para escuchar la respuesta del motor en forma de ronroneo suave y constante.

-Me has traído suerte –dijo, mirándola.

La luna se reflejaba en un colgante con forma de colmillo, parecía de metal.

-Bueno, a lo mejor podrías darme un paseo –dijo ella, con tono cauto-, he venido a pasar unos días con mis tíos y este paisaje es bonito.

No se negó, no podía negarse ante un rostro tan agradable. Avanzaron por el camino durante un rato, el motor respondía bien de nuevo y Diego sentía las manos de la muchacha alrededor de su estómago, agarrándose con fuerza con cada bache.

-Este sitio es bonito –susurró ella en alguna parte cerca de su oído.

-Seguro que donde tú vives también hay campos de cultivo, no es para tanto –respondió él, disfrutando-. ¿Quieres que te lleve a alguna parte?

Ella no dijo nada durante un buen rato, luego susurró:

-Me gustaría ver este sitio desde más arriba.

Diego asintió, aceleró y tomó uno de los caminos, en busca de un lugar perfecto. Sabía que ella se refería a la sierra, desde allí se dominaba toda la zona. Cuando detuvo la moto ella no dijo nada, sólo miraba en silencio.

A lo lejos el pueblo rompía la oscuridad, al igual que montones de puntos luminosos dispersos por los campos. El frío atravesaba su piel para morderle en los huesos, pero estaba a gusto allí, al lado de aquella joven.

-Gracias, al principio no estaba segura de si podía fiarme de ti, pero veo que sí –dijo Ana empleando un tono pensativo-. ¿Podríamos volver? Se hace tarde.

-¿Dónde viven tus tíos?

-No, a casa de mis tíos no, al puente –pidió.

Se giró para mirarla, parecía tremendamente triste, sus ojos eran bonitos pero por el brillo de la luna apenas lograba ver su color, parecían verdes.

-No creo que sea un buen lugar para dejarte.

-Por favor –insistió ella.

Asintió, dispuesto a llevarla de vuelta.

Hacía mucho más frío ahora, pero la chica contemplaba el puente, más cercano cada vez, apretó con más fuerza al muchacho.

-Gracias por ser bueno conmigo –dijo en un susurro.

Detuvo la moto y ella se bajó, sonrió con tristeza y miró al cielo.

-Ahora tengo que irme –suspiró-, toma, quiero darte esto como regalo por haberte comportado tan bien conmigo.

Le ofrecía algo pequeño que brillaba en su mano, un colmillo de metal, su colgante. El viento se detuvo y de nuevo aquél olor dulzón, parecía más fuerte ahora.

-Lo dices como si no nos fuésemos a cruzar más –respondió, preocupado por aquella mirada.

Se lo puso en las manos y sonrió.

-Tal vez no –dijo, caminando de espaldas-. Ahora vete, no quiero que me sigas.

Miró el colgante, suspiró al ver cómo bajaba de nuevo por la cuesta y negó lentamente, sin entender nada de lo sucedido. Guardó el colgante en el bolsillo de su chaqueta y se dispuso a marcharse.

Escuchaba algo, un lamento que venía del lecho seco, un llanto que rompía la armonía de la noche. Ana estaba llorando. Bajó de la moto y se asomó, debía estar debajo del puente. Se acercó a la cuesta para bajar y sintió el olor, más fuerte aún. Bajó con cuidado para evitar caerse, ayudándose con algunas ramas. El sonido del llanto cesó.

-¡No debes seguirme! –Protestó ella.

No le importaba, estaba llorando y quería saber qué pasaba allí.

Asomó para descubrir a la chica, sus ojos brillaban aún aunque no había luna que se reflejase en ellos, estaba agazapada en el suelo al lado de un bulto oscuro. El olor era ya insoportable, el de la carne en descomposición. Un paso adelante y pudo entender que Ana estaba incorporada delante de su propio cuerpo.

Lo miraba, furiosa.

-No debiste seguirme –lamentó, levantándose.

Su rostro ya no era hermoso, ahora se trataba del rostro del cuerpo tirado en el suelo. Diego dio media vuelta y subió corriendo la cuesta, sabía que estaba tras él. Arrancó la moto y aceleró.

Sintió unos dedos fuertes que se clavaban en su brazo, estaba en la moto, tras él, lo arañaba con fuerza y el olor empezaba a marear a Diego. El dolor, el miedo…

Rodó por el suelo, escuchando en sus oídos el llanto de Ana.





Despertó rodeado de gente, el sol había salido y había gente allí. Un enfermero lo miraba con ojo crítico, atento a sus heridas.

-Has tenido suerte, no parece que te hayas caído desde el puente.

No lo creía, no se había caído del puente, lejos, cuando perdió el control de la moto y cayó a la cuneta.

-La moto está allí arriba, destrozada, me alegro de que hayas corrido mejor suerte –dijo el enfermero-. La policía quiere hablar contigo, parece que has caído cerca de un cuerpo, una pobre chica que lleva días desaparecida.

No era posible, miró hacia la gente y pudo ver cómo levantaban un bulto cubierto con una tela blanca para apartarlo.

-Pero no puede ser…

-Tranquilo, sabemos que no has tenido nada que ver, te has pegado una buena.

Negó, no podía ser real, todo lo de aquella noche…
 
Rebuscó en su bolsillo y sacó el colgante de Ana, estaba allí, el colmillo de metal. Todo había sido real. Miró entre la gente, policía y curiosos que pasaban por la zona. La vio allí, caminando entre la gente, sonrió a Diego y, como si nunca hubiese existido, desapareció.

J.J. Hernandez