"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

domingo, 19 de diciembre de 2010

¡Más de 1000!

Bueno, pues eso. Que ya son más de mil las entradas en este blog, y que algo debe de interesar, aunque sea para matar el aburrimiento un rato.
Desde aquí doy las gracias de verdad (de la buena, claro) a todos los que os habeis pasado por estas tierras Alcoyanas para ver qué se cocía, o simplemente para leer alguna nueva poesía, comentario o fragmento de texto de obras conocidas y, sobre todo, desconocidas para el gran público.
Como dije, este blog no tiene otro fin que el de mostrar comentarios o textos de nuevos escritores que, o no han publicado a pesar de que más de uno lo merece, o están comenzando su andadura y necesitan impulso.
Desde aquí, gracias.

¡Y Espero que se llegue a otros mil más por lo menos!

domingo, 12 de diciembre de 2010

Una nueva vida germina





Esta entrada la voy a dedicar a un cuento que leí hace unos años. Se trata de un relato de Jean Giono que versa sobre un tema que siempre me ha llamado la atención: la creación de vida.

¿Que por qué lo he elegido? Porque además tiene relación con la novela que he escrito, al menos en parte.

“Desafortunadamente” se trata de un relato inventado por el escritor, aunque parezca que fue un hecho real. Pero nunca se sabe, y estoy más que seguro que algo similar ha ocurrido más de una vez. O, por lo menos, quiero pensarlo así.

Disfrutad del cuento.



El hombre que plantaba árboles
Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.
Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.
Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.
Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida... Tenía que cambiar mi campamento.
Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.
Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.
El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa.
La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil.
Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo homicida.
Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.
Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.
Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros.
Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.
Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación.
Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar.
Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra.
Al día siguiente nos separamos.
Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un "soldado de infantería" apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé.
Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire freco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la "tierra estéril".
El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. "Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante espacio". Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción...
Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido -acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos.
Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar un mínimo abastecimiento de agua.
El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una generosidad tan magnífica y perseverante.
Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeald trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste.
En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un lugar a 12 km. de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al año siguiente.
En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el "bosque natural". La componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer... y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado.
Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la inspección.
El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del paisaje...
En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles.
Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy insistente; "por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabe de ello más que yo". Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió: "¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!".
Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los carboneros.
El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de 1.914.
Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la "tierra estéril"; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús... Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y soledad.
El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra, subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud.
Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de renacimiento.
Además, Vergons era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.
Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados.
Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard Bouffier.
Por eso, cuando reflexiono en aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canaan, me convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de Dios.
(Elzeard Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon).

Jean Giono.

sábado, 4 de diciembre de 2010

La Ira del Dios Oscuro


Después de una prolongada sequía de casi un mesecito, vuelvo a activar este blog con parte de la primera novela de un joven autor gaditano. Con su recién estrenada veintena de años, el chico promete, ya que ha conseguido realizar el sueño que muchos anhelan: publicar.
"La Ira del Dios Oscuro" se llama la historia, de corte fantástico como podréis observar cuando leáis lo siguiente. Forma parte de una saga de diez libros ni más ni menos. Todos escritos y a falta de publicación (excepto el nombrado, que es el primero de ellos).
Así pues, disfrutad y sumergíos en el mundo que se nos muestra.



PRÓLOGO

Estaba sentado en un viejo tronco caído, una sucia y raída capa cubierta de manchas de barro y con miles de pequeños agujeros, cubría su delgado aunque musculoso cuerpo, era alto y tanto su escaso pelo como su poblada barba, estaban encanecidos por el paso inexorable de los años, aquellos años que habían convertido a aquél hombre en alguien muy extraño y especial al mismo tiempo.

Su apacible rostro surcado por algunas arrugas delataba su nerviosismo y cansancio, hacía mucho tiempo desde que se sentó sobre aquél tronco, había perdido la noción del tiempo pero sabía que de todos modos habían pasado años. Aun así, no le importaba en absoluto.

Sintió un ligero cosquilleo en la pierna izquierda, y descubrió que una crisálida estaba abriéndose en su rodilla dando paso a la pequeña mariposa que veía la luz por primera vez. Ya había pasado tanto tiempo desde que se sentó allí, que incluso los insectos lo confundían con el entorno, ya fuera por su total inmovilidad o por la suciedad que le cubría.

Un crujido proveniente del bosque que había a su espalda le sacó de su ensimismamiento, y giró la cabeza por vez primera en trece años. Había una figura alta y luminosa tras él, en sus brazos sostenía un bebé envuelto en un lío de mantas, que seguramente no pasaría del año de edad.

-¿Es ya la hora, maestro? –Preguntó el hechicero levantándose del tronco con lentitud.

-Sí, mi querido amigo, es la hora de que cumplas la más importante misión de tu vida.

El hombre que sostenía al bebé poseía una voz grave y potente.

-Maestro, yo no sé nada de bebés, ¿cómo puedo cuidar de él?, no tengo ni idea.

-Tú tal vez no sepas cuidar un niño, pero conoces a alguien que sí puede hacerlo –dijo la alta figura entregándole al pequeño con delicadeza.

-Pero maestro, ella no es adepta vuestra… además… –el hechicero parecía dudar-, tiene un humor de perros.

El dios sonrió de forma indulgente, el carácter de aquella mujer había llegado a sus oídos.

-No debes preocuparte. Aunque no es adepta mía, sí lo es de mi hermano, y él desea que tu misión se cumpla con buenos resultados, en cuanto a su humor…, procura no hacerla enfadar.

-Como deseéis, maestro.

El dios observaba el aspecto del hombre.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí sentado?

-Hace años que perdí la cuenta –contestó el hechicero.

-¿Y no se te ocurrió una forma mejor para desperdiciar todos esos años?

-Maestro, ¿qué son los años para mí? La muerte no me puede encontrar de forma natural y no pienso dejar que nadie se enfrente a mí, pues mi poder es superior. Sólo vos y los otros dioses, pueden acabar conmigo.

El dios se giró y comenzó a caminar para perderse en la espesura mientras con su voz potente decía:

-Cumple con tu misión. Lleva a este niño ante Gathel y cuidadle entre los dos, debéis ser para él como el padre y la madre que han muerto esta mañana. Sé que le protegerás de todo mal hasta que pueda defenderse él solo, y luego le llevaréis ante su destino, tal y como está escrito.

-¿Y si Gathel se niega? –Quiso saber el hombre.

-Ella no se opondrá a cumplir su deber, esto está planeado desde hace mucho tiempo, y la hechicera lo sabe.

-Como digáis, maestro.

El hechicero observó cómo desaparecía el dios entre los árboles del viejo bosque. Tras eso, se transformó en un gigantesco buitre color azabache que agarró el lío de mantas y emprendió el vuelo.


"La Ira del Dios Oscuro" Juan Jesús Hernández Gómez

martes, 9 de noviembre de 2010

El Premio Planeta: ¿filtrado?

Buceando por esto del intenné, he hallado un reciente comentario en varios lugares en referencia al posible "filtramiento" del ganador del Premio Planeta, cosa que siempre se ha rumoreado, por otra parte. Es algo más a lo que hay que enfrentarse en este camino de la publicación, y algo que a mí me apena un poco más. Pero nada de desesperarse. Esto es sólo para conocer este oscuro mundo objeto del deseo (queda bien la frase, vaya).

Aquí os dejo el comentario y, al final, podéis encontrar el link al blog original.



El Premio Planeta, cada vez más “filtrado”
16 Octubre 2010 - 13:04 - Autor: zoomboomcrash

En 2004 me invitó Plaza & Janés (hoy Random House Mondadori) a la cena de entrega del Premio Ciudad de Torrevieja de Novela. En el tren, me reencontré con un camarada periodista, que me dijo: “Soy uno de los finalistas“. Me contó la historia de su novela, basada en a en el Renacimiento y la arquitectura, con algo de intriga.

Al llegar al hotel del evento, le conté con emoción a otro periodista que un amigo mío era uno de los cinco finalistas. “No va a ganar”, me dijo: “El premio se lo dan a Zoe Valdés y el segundo a Javier Sierra“.

¿Ya se sabe?, dije con sorpresa inocente. Me miró y añadió: “Siempre lo filtran antes de la cena para que la noticia entre en primera edición de los periódicos. Pero lo mantenemos en secreto”. Y sonrió.

Como yo era periodista económico, me quedé sorprendido de algo que para el periodismo cultural era tan habitual como para nosotros hablar de juntas de accionistas.

Antes de la cena, en el cóctel, mi amigo finalista se acercó para confesarme que estaba desolado. “Me han dicho que el premio ya está dado”. Y repitió los mismos nombres que yo había escuchado.

Terminó la cena. Alguien se acercó al micrófono, y dijo que allí en su mano tenía las plicas de los ganadores. Yo miré a los compañeros de mesa y pensé en decirles que todos gritásemos que ya lo sabíamos. Me hubiera encantado vociferar. “No sigas: ¡sabemos que son Zoe y Javier!”.

Pero no lo hicimos.

En efecto, Zoe y Javier.

Mi amigo y su mujer estaban anodadados.

En 2008 me invitaron al Premio Planeta. Como yo ya era un experto en premios filtrados, pregunté al comenzar la cena a quién le iban a dar el premio. “Fernando Savater”, confesó un periodista mientras descalabraba un langostino. Se cumplió.

Este año, (ayer por la noche) le han dado el Premio Planeta a Eduardo Mendoza. En el colmo de las filtraciones, el diario elpais.com ya lo tenía en su portada desde ayer por la mañana. O sea, con un adelanto de unas 12 horas. Una buene exclusiva que nunca criticaré a ningún periodista, pero una filtración que no solo daña a la editorial sino a ganador.

Todos los años siempre se habla de lo mismo. ¿Por qué están amañados?

Supongo que para Planeta y para Random House Mondadori, los premios son una inversión muy seria (el planeta con 600.000 euros, y el Torrevieja, con 360.000, están entre los mejor dotados del mundo) pero también una catapulta de ventas, y por ello deben montar un engranaje comercial inevitable. Primero se consigue al autor. Luego, se presenta la obra. Y por último, se le concede un premio. ¿Por qué?

Una vez me explicaron que si no fuera así, el libro no se vendería porque importa mucho que el ganador sea conocido. Y me contaron que es un riesgo enorme no encargar un libro porque la calidad de la inmensa mayoría de las obras presentadas es dudosa, y hasta podría resultar un premio desierto o muy mediocre. Con el arreglo, por lo menos se aseguran que la cara ganadora sea de postín, y que garantice cierta calidad.

No estoy tan seguro. Como han demostrado esas mismas editoriales, no siempre ha sido así: de hecho, Carlos Ruiz Zafón, fue casi descartado del premio Fernando Lara y al final resultó un gran descubrimiento. Un superventas. O sea, el criterio del jurado no es infalible.

De todos modos, para que estos premios no fueran tan criticados, creo que en lugar de organizar una cena, por lo menos deberían presentarlos en una comida. Así todos los periódicos podrían llegar a la primera edición.

Eso sí: siempre que pensemos en el periódico de papel. Pero en internet, nos da igual si es desayuno, almuerzo o cena, porque estamos 24 horas en vela. Lo daríamos ipso facto.



http://blogs.lainformacion.com/zoomboomcrash/2010/10/16/el-premio-planeta-cada-vez-mas-filtrado/

sábado, 30 de octubre de 2010

¡Batiendo récords!: El Esclavo de la Al-Hamra

Hoy le toca el turno al compañero de foros Blas Malo y su Esclavo de la Al-Hamra, ya que se lo merece. Se lo merece porque es un escritor novel, porque hay que darle un empujón en el difícil mundo editorial, y porque la novela es bastante interesante y está causando furor en ventas. Desde aquí le envío muchos ánimos y mis más sinceras felicitaciones. ¡Enhorabuena, Blas!




A continuación os presento un fragmento de la vida de uno de los personajes de la novela. Esto que vais a leer NO está en la misma, ojo. Es un pasaje que Blas muy bien ha escrito como trasfondo a su historia central, lo cual dice mucho en favor de la labor concienzuda que ha realizado para dar verosimilitud a su novela.

Aquí os lo dejo. Qué ustedes gusten.


Hassan siempre había querido ser soldado. Era el destino que pendía sobre su familia. Desde que podía recordar, todos sus parientes masculinos habían vivido por y para el ejército nazarí. Su abuelo había muerto en la terrible derrota del Salado. Su padre había muerto en Iznajar, víctima de los delirios de grandeza de un alarife enloquecido. El primogénito de cada una de las generaciones de la familia de Hassan, desde que su familia llegara allí desde Arabia siglos atrás, estaba predestinado a una muerte violenta.

Por ello, aunque su familia no vio con buenos ojos a que se alistara en el ejército antes de engendrar descendencia, no se opuso a su decisión. Cuando se ofreció voluntario para marchar a la frontera el oficial de reclutamiento se extrañó de su juventud.
—Eres demasiado joven. ¡No durarías ni un día en el campo de batalla!
El joven, de sólo once años, se arrojó contra el oficial, a quien pilló sorprendido. Lo derribó al suelo. Pero el oficial se libró de sus puños y le arrojó contra la pared, le tendió sobre la mesa y le puso un puñal sobre el cuello.
—¡Enséñame!¡Enséñame! —pidió el joven, y el oficial, aún asombrado por su osadía, le destinó a la Qadima, la antigua fortaleza zirí.

Allí adiestraron a Hassan a sangre y fuego. Antes de concederle el honor de una espada sufrió terribles tormentos. Le hacían subir y bajar cubos de agua días y noches interminables por todas las escaleras de la alcazaba. Le hacían luchar y pelear días enteros sin agua ni comida. Las ratas huían a sus pasos, víctimas de sus trampas y de sus dientes. Las palizas eran diarias. Todas las noches le despertaban para atormentarle.
—¿Por qué no te rindes? ¡Regresa a tu casa! ¡No eres digno de ser un soldado nazarí! —le gritaban día y noche mientras le pegaban.
—¡Alá me ha elegido! ¡Es mi destino!
Y el oficial de reclutamiento recibía informes sobre sus progresos con satisfacción.
Sus músculos se fortalecieron. Su estatura aumentó. Sus huesos se ensancharon por el terrible esfuerzo. Sus puños encontraron al fin un objetivo, un rostro, un cuerpo. Empezaron a temerle. Cada día tenía más y más fuerza. Y llegó el día en que le dieron una espada.

—Eres fuerte, muy fuerte, pero ahora debes mostrarme qué puedes hacer con una espada en la mano —y el oficial se lanzó contra él, para tantearle. Pero lo que no sabía era que en secreto Hassan había practicado, día y noche, dentro y fuera de la fortaleza. Hassan devolvió golpe por golpe, y le arrojó al suelo, amenazándole con matarle. Otros guardias desenvainaron, dispuestos a detenerle.
—Te burlaste de mí. Pero soy un elegido. ¡Alá quiere la gloria para mí!
—Entonces, estás listo para ir a la guerra.

En su primera incursión contra las tierras cristianas de la llanura del Guadalquivir, ganó un gran renombre entre su batallón. Se batió a muerte contra todo aquel cristiano que se cruzó en su camino. La sangre escurría por su hoja, y en medio del fuego, un soldado cristiano se atrevió a detenerle. Era joven, como él, y había fuego en sus ojos.
—¡Ven!¡Acércate, vamos!
—¡Hoy estarás en el paraíso!
El enfrentamiento fue feroz. En los ojos de su contrincante, bien adiestrado, fuerte y vigoroso, leyó lo que había sospechado siempre: que Madinat Garnata estaba condenada. Todos los esfuerzos de su familia habían sido en vano, porque la guerra no podría mantenerse indefinidamente. El reino estaba rodeado de enemigos sedientos de sus riquezas. El reino nazarí era una isla en medio de una mar arbolada de cruces y espadas. Hassan tropezó y cayó al suelo. Su enemigo rió, dispuesto a matarle. Pero por un don divino Hassan comprendió las palabras que le dirigió el castellano.
—¿Crees de verdad que vivirás para siempre? ¡La Al-Hamrā está condenada! ¡Muere y maldice en vano!
Con una ira súbita, Hassan se revolvió, recibió una, dos cuchilladas, pero derribó al cristiano y lo ahogó con sus propias manos, insensible al dolor y a las heridas. Le descubrieron, herido, y le llevaron a un hospital de campaña, donde se debatió entre la vida y la muerte durante días. Soñó con su padre, con su abuelo, con su hermano, todos muertos en batalla.
—Aún no ha llegado tu hora —le dijeron, y regresó de las sombras el día de la visita del ministro Ibn Al-Jatib.
—¿Quién es?
—Hassan ibn Hassan, señor. Ha luchado como un león contra los castellanos. Todos los soldados le aclaman por su valor.
—Entonces, merece una recompensa. Traedme una ūqda. —Era la enseña que se otorgaba al jefe de un escuadrón. En cuanto Ibn Al-Jatib se la puso en las manos, Hassan salió de su inconsciencia.
—¿Quién eres? —preguntó aturdido por la multitud de caras que le miraban.
—Soy Ibn Al-Jatib, Jefe de la Chancillería, y tú, desde ahora, serás Hassan, el nāzir. Ocho hombres dependerán de ti, y serás responsable de sus vidas y de sus almas. ¡El sultán estará orgulloso de ti! ¡Eres un león de la fe, un elegido de Alá!
Hassan sonrió. Lo había sabido siempre.



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domingo, 17 de octubre de 2010

El final del Ave Fénix


Marta Querol es una joven escritora actual con un gran futuro. Finalista del Premio Planeta del 2007 gracias a "El final del Ave Fénix", acaba de reeditar su novela en manos de una nueva editorial (Aladena). Con un escrito de fácil lectura, fresco y con "garra", desde aquí le envío un fuerte ánimo en su nueva andadura, porque se lo merece. En mis pocos meses en que hemos contactado a través de foros, adivino una personalidad positiva, activa y muy trabajadora. Actitud que, sin duda, le ayudará a hacerse un hueco en el difícil mundo de las publicaciones.
Con su permiso, aquí he colocado un fragmento del primer capítulo, para que lo saboreéis.
¡Mucho ánimo, Marta!


Fragmento del Capítulo primero.

Nacida en Ávila, en el seno de una familia muy
estricta, Dolores Atienza era la más pequeña de cuatro hermanos.
Su padre, Don Gonzalo, era militar. De mano firme
y correa suelta, a sus hijos varones los había criado
siguiendo el popular dicho español de entonces, la letra y la
disciplina, con sangre entra, lo que venía a ser lo mismo que a
correazo limpio. Quedó viudo con cuatro niños pequeños,
y pronto pidió el traslado a Alicante donde un familiar le
había buscado una esposa joven y dispuesta que le cuidara
de la casa y los hijos, algo muy habitual en aquellos
tiempos. Hubo suerte, y la mujer elegida resultó ser una
persona excepcional, una verdadera madre para aquellos
cuatro niños, huérfanos, con un padre que paraba poco en
casa y que, cuando lo hacía, parecía continuar arengando a
la tropa. Ascensión, que así se llamaba, era paciente y
sumisa, condiciones necesarias para sobrevivir al carácter
intempestivo y colérico de Don Gonzalo, y le encantaban
los niños. No era fuerte, y siempre temió no poder
engendrar, así que para ella fue una alegría encontrarse con
aquellos niños aún por criar. La convivencia junto a Don
Gonzalo no iba a ser un camino de rosas, lo sabía, pero,
¿quién tenía un camino de rosas en aquellos años? No le
pedía mucho a la vida y estaba recibiendo más de lo que
había soñado. Si el precio era aguantar a aquel hombre diez
años mayor que ella de modales rudos, pues qué le iba a
hacer.
Dolores casi no recordaba a la madre que la trajo al
mundo, ya que cuando murió, ella tenía sólo tres años, pero
su nueva madre, aquella mujer dulce y buena, de finas maneras
y educación impecable, se convirtió en su refugio y
punto de referencia en aquella casa con exceso de
testosterona.
Lolo, como la habían apodado desde pequeñita, rara
vez se veía bajo las presiones y castigos físicos a los que su
marcial padre infligía a sus hermanos. Ella sabía como aplacarlo.
Era una niña tranquila, dulce y de apariencia sumisa,
que daba pocos problemas. Tenía cara de ángel. El pelo,
suave y castaño, se ondulaba creando bucles amplios y
brillantes que caían hasta media espalda. La cara era un
óvalo perfecto de un blanco traslúcido, con una amplia
frente muy proporcionada que parecía un lienzo donde
dibujarse aquellos ojos de un azul clarísimo, en los que
siempre se adivinaba un ligero desdén. Sus andares
pausados, le daban un aire ingrávido. Y ya a temprana edad
era consciente de sus encantos, moviéndose con una gracia
innata, esa que muchas mujeres adultas se esfuerzan por
conseguir y nunca logran.
No era de extrañar que aquel gigante con botas y
correa de cuero ablandara su autoridad cuartelaria ante
aquella jovencita angelical. Lolo no le temía. Muy al
contrario, sentía adoración por él y sabía cómo salirse
siempre con la suya, sin aspavientos ni rabietas, bordeando
los límites de la férrea disciplina paterna.
Desde muy niña admiraba su marcialidad, con aquel
porte que le daba el almidonado uniforme a pesar de su
oronda figura. Lolo gustaba de acariciar las dos estrellas de
seis puntas que adornaban su guerrera, casi tanto como
tirarle del fino bigote, siempre tieso, que se erguía sobre las
comisuras de los gruesos labios, aunque esto último a su
padre le resultaba insoportable. La niña pensaba que debía
ser el hombre más importante del ejército, ignorando que el
bronceado de su tez evidenciaba las largas horas pasadas en
el patio lejos de puestos de auténtica responsabilidad. En
realidad no era más que un teniente, y mandaba más en
casa que en el cuartel. A Don Gonzalo no le pasaba desapercibida
aquella devoción de su hija, e hinchaba el pecho,
ufano, esperando sus muestras de admiración; y la niña,
más consciente que él de la situación, manejaba su dulzura
con mano de hierro para conseguir lo que quería.
Sus hermanos no tenían tanta suerte, por lo que Lolo,
que los adoraba, conforme fue creciendo, aprendió a utilizar
también sus habilidades para apaciguar los arranques de
su colérico padre y librarlos de más de una paliza. Era
cómplice en sus juegos y salidas, cubriendo sus escapadas
para evitarles un castigo seguro. Compartían conversaciones
y confidencias; a través de sus hermanos, Lolo había
llegado a tener un conocimiento de la psicología masculina
que le sería de mucha utilidad en años venideros. Con el
que más complicidad sentía era con Javier, el que la precedía
en edad.
La familia disfrutaba de una posición acomodada para
la época. Dolores se había criado con doncella y cocinera, a
las que manejaba y ordenaba con una firmeza impropia de
una niña. Había heredado el famoso genio de los Atienza y
la belleza de su difunta madre. Una combinación peligrosa.
Desde niña tuvo claro que esa era la vida para la que
había nacido. Eran tiempos difíciles, con unas marcadas
diferencias sociales de las que la pequeña Lolo fue consciente
muy pronto, y su determinación fue mantenerse
siempre en el lado afortunado.
A los dieciséis años ya sabía lo que quería para su
futuro y era evidente que para conseguirlo debía salir del
hogar paterno, donde sus ansias de libertad estaban coartadas.
Adoraba a su padre, pero no el control al que los
sometía y que, llegada a esa edad en que empiezas a tener
voluntad propia, le pesaba tanto o más que a sus hermanos,
que por ser hombres tenían cierta libertad de movimiento.
Ahora era ella la que se encontraba recluida en un aburrido
cuartelillo del que luchaba sin éxito por escapar. Madura y
decidida a pesar de su juventud, tenía claro que la única
salida decente en aquellos tiempos, era casarse. Estaba
convencida de que no le sería difícil encontrar el hombre
adecuado.
Con los años se había convertido en una atractiva
joven, con gran seguridad en sí misma. Sus proporciones
eran perfectas. Más alta que la media, presumía de unas
piernas largas y bien torneadas, terminadas en unas proporcionadas
caderas, la cintura menuda y un pecho generoso y
bien puesto, que había aprendido a lucir con la discreción
justa y necesaria. Siempre mantenía un aire altivo y distante,
que desaparecía a voluntad cuando dispensaba su codiciada
sonrisa.
Tenía un gusto exquisito para la ropa, elegante, sobrio
y femenino, el complemento perfecto para la delicada educación
que se habían esmerado en darle. Su formación
había sido corta en ciencias pero selecta en humanidades.
Declamaba, tocaba el piano, bailaba, bordaba, y escribía
con una letra digna de una princesa. Una auténtica dama.
Su capacidad para seducir era infinita y, sabedora de ello,
estaba dispuesta a utilizarla.
Muchos jóvenes y no tan jóvenes pretendían su favor.
Compañeros y amigos de sus hermanos habían intentado
acercarse, armados de valor, a la joven y distante Lolo, pero
ninguno reunía los requisitos que ella buscaba. Demasiado
inmaduros, demasiado sosos, demasiado pobres… Debía
elegir bien a su futuro marido. Su atractivo era tal, que
incluso algún compañero de su padre la miraba con anhelo,
aunque sabiendo como se las gastaba Don Gonzalo se cuidaban
de hacer ningún comentario. Y tampoco ella les daba
alas, que aquellos, por supuesto, eran demasiado mayores.
La Nochevieja de 1932 iba a ser muy especial. Su
padre había accedido a que cenara en el Club de Regatas
con los mayores. Acababa de cumplir diecisiete años y su
puesta de largo ya había sido un pequeño acontecimiento
en la alta sociedad alicantina. La fiesta de Fin de Año tenía
que ser la guinda a su entrada en sociedad. Estaba emocionada.
¡El Club de Regatas! Ese iba a ser su día. Y no
se equivocaba.


Marta Querol Benèch
www.martaquerol.es