"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

miércoles, 31 de agosto de 2011

El Amazonas (IV), el gran herido: El caucho


>“En la provincia de Esmeraldas crece un árbol llamado hevea. Con una simple incisión segrega un líquido blanco como la leche que se endurece y oscurece poco a poco al aire. Los Indios Maya llaman a esta resina que extraen cahuchu, que significa árbol que llora”

Charles Marie de La Condamine



Cuando el eminente científico La Condamine regresó de su viaje por el Amazonas allá por el siglo XVIII, como ya se contó en el anterior capítulo, llevó a la Academia de Ciencias de París sus escritos, que causaron un gran interés. Pero lo que especialmente llamó la atención fueron las notas en las que hacía referencia a unas “jeringas”:
“Los Portugueses han aprendido de los indios Omagua a fabricar unas bombas de jeringa que no necesitan émbolo. Se llenan de agua y, al presionar, hacen la misma función que una jeringa común”
De este modo aparece a los ojos del mundo el caucho, abriéndose camino a una de las más importantes conquistas de la tecnología industrial europea.

Los indios conocían este elemento desde tiempos inmemoriales, además de las técnicas de su utilización. Así, la pelota con la que jugaban los mayas en centroamérica era de caucho, o también los mazos de los tambores del alto Orinoco, por poner algún ejemplo.
Una vez los europeos observan el partido que pueden obtener de su comercialización se ponen en funcionamiento, aunque en un principio el caucho sólo se utilizará para moldear el látex o realizar botas y recipientes. A partir de 1850 se produce un aumento fulminante de la demanda internacional, principalmente debido al incremento del uso de la bicicleta y automóvil, así como a los hallazgos de algunos inventores. Como nota curiosa, el primer objeto manufacturado de caucho en Europa será la goma de borrar, y se bautizará como “borrador indio”.
Pero el invento del neumático (1839) ligará definitivamente la historia de este árbol al automóvil. En 1888, un veterinario irlandés que arreglaba el triciclo a su hijo de diez años, inventa el primer neumático con válvula y decide patentarlo. Se llama Dunlop. Cuatro años después, un francés, Michelín, fabrica el primer neumático desmontable. Y estalla el boom.

Las plantaciones de caucho se multiplican en poco tiempo en la Amazonia, que pronto consigue el control de los precios y el monopolio total, centrando el principal punto de partida del caucho en Manaos, antiguo fortín portugués que ahora se transformará en el puerto más navegable de todo el amazonas y en una de las ciudades más ricas de todo el mundo (con más habitantes incluso que París o Londres).
Desapareció Manoa, la ciudad del Dorado pero surge Manaos, la Fabulosa. Champagne, whisky, banqueros y mujeres bonitas serán algo habitual en aquel lugar durante los siguientes decenios.

Pero a partir de 1910, en la cúspide de su producción, el comercio cae en picado. ¿La razón? El robo de unas semillas treinta años antes ha dado lugar a unas extensas plantaciones en Malasia, con un rendimiento y precio de coste sin competencia.
Tan fabulosa ciudad sucumbirá de la noche a la mañana, vaciándose como por arte de magia. En 1912 se venderá a la desesperada. Todo desaparecerá engullido por la selva.
Sin embargo, ese mismo año se inaugura una línea de ferrocarril en plena selva para facilitar el transporte del caucho a su destino. Una línea que ha costado cinco años de trabajo y que atraviesa la selva ecuatorial. Años de trabajo y de... muertes; y todo para nada.

Porque comienzan a circular rumores por Londres, rumores nada buenos sobre las compañías que explotan el caucho. Respecto al trato de los indios, claro está. Los amos del caucho, Suárez y Araña, dueños de medio país, han esquilmado y abusado de la selva y sus habitantes de un modo brutal. Se rumorea que los grupos armados de Suárez, y sobre todo, Araña, entran en los poblados para reclutar indios impunemente.
Se forma una comisión de investigación y, justo en ese año de 1912, se revela que la selva es un cementerio de huesos humanos. De los cincuenta mil indios de la región explotada sólo quedan ocho mil, es decir, que cada tonelada de caucho se ha llevado a la tumba unas siete vidas humanas.

Como se ve, el renacer de la leyenda del Amazonas supuso el comienzo del fin de los indios, o al menos la desaparición de millares de ellos por la codicia y racismo europeos.
Quizá eso fue un aviso para lo que se les avecinaba. Un aviso más entre miles.

sábado, 20 de agosto de 2011

El Amazonas (III): El Siglo de las Luces


" Con un entusiasmo capaz de superar todos los obstáculos, escalaron los Andes, descendieron por sombríos y misteriosos ríos, atravesaron desiertos y, a fuerza de luchar, se abrieron camino entre la maraña inextricable de junglas estrelladas de insectos fosforescentes.
De este modo, América fue explorada, codificada, y se dio a conocer a través de una literatura que arrancó por fin al continente del dominio de la fantasía".

Victor Wolfgang von Hagen




El Dorado y las Amazonas rigieron un tiempo el gran río, acompañados de otros mitos y fantasías que renacían como la espuma en la mente de los europeos. Walter Raleigh, Lope de Aguirre o el mismo Gonzalo Pizarro sucumbieron por su causa, al igual que otros muchos aventureros harían, buscando siempre lo desconocido. ¿ Eran todo invenciones?. El futuro iría colocando las cosas en su lugar, o al menos muchas.
Casi un siglo después del descubrimiento de Orellana (1639) se organizó otra expedición, esta vez desde territorio portugués, en Belem. Su fin era remontar el Amazonas y llegar hasta Quito, en Perú. Una vez alcanzó su objetivo se propuso regresar, esta vez tomando datos sobre el viaje a través de un jesuita español, el padre Acuñá.
De este modo se escribe el segundo relato del inmenso río, en el que ya se comienzan a observar matices de la cercanía del Siglo de las Luces. Las descripciones se hacen ahora exhaustivas, sobre todo en cuanto a las especies animales y vegetales encontradas, así como las plantas que los indios cultivan y sus herramientas y usos en materia de pesca y caza.
Esto no impide que, pocas páginas más adelante del gran relato que escribiese este concienzudo observador, se informase de la existencia de unos gigantes de altura entre diez y dieciséis palmos (más de tres metros), y de enanos " no más grandes que tiernos bebés", además de:
" ...gentes que tienen los pies al revés, de modo tal que, al querer aproximarse a ellos siguiendo sus huellas, no se logra sino, por el contrario, alejarse de ellos".
Respecto a "las Amazonas", este jesuita defiende desde el primer capítulo su existencia, argumentando que se habla de ellas en todas partes (aunque en este viaje no encuentren ni rastro).
Sin embargo, a pesar de las maravillas de las que habla Acuñá, España se dejará arrebatar estos inmensos territorios por su vecino Portugal, aunque una "pequeña" parte de la Amazonia seguirá siendo hispana.

A mediados del siglo XVIII Charles Maríe de La Condamine realiza un viaje con el propósito de medir un grado del meridiano del Ecuador, debido a una controversia que lo enfrentaba con Newton. Botánicos y astrónomos, así como los más prestigiosos sabios franceses de su siglo lo acompañan. Una vez cumplida su misión en Quito, decide emprender el descenso del Amazonas. Serán entonces los franceses los que aporten finalmente más datos "verídicos" sobre el río, cambiando en parte el concepto que hasta ese momento se tenía aunque sin romper tajantemente el sueño y la realidad, sino mezclando ambos.
Según La Condamine y respecto a las Amazonas, todo induce a pensar que "tras una migración de sur a norte, las mujeres guerreras pudieran haberse instalado en el centro de la Guayana". Pero Alexander von Humboldt, otro prestigioso científico estudioso del Amazonas, va más lejos y supone que " algunas mujeres, desde distintas partes de América, se unen hartas de la esclavitud a que las tienen sometidas los hombres".
Tanto La Condamine como Humboldt saben que no tienen suficientes pruebas para zanjar la cuestión de la existencia de "repúblicas de mujeres" en el Nuevo Mundo. Y sin embargo, la leyenda se va minando de un modo u otro. Así, en 1756, el capitán de fragata Solano, enviado por el rey de España, menciona a las mujeres de los Guipuinavi, que acompañaban a sus maridos a la guerra, mostrándose muy bravas y valientes. Esto es lo que dice, para terminar con el asunto de las mujeres guerreras:
"Debemos pensar que estas mujeres u otras semejantes, son las Amazonas de Orellana, aquellas que se veían en medio de los hombres, ya que desde el alto Orinoco hasta el Amazonas, las mujeres participaban en los combates en aquel entonces, igual que hoy."

La ciencia comienza a abrirse paso, a trompicones a veces, en el mundo del Gran Río. Después de la "desaparición" de Las Amazonas lo empiezan a hacer otros mitos, como Manoa, la ciudad de El Dorado, o el lago Parimé, este último considerado como la mayor invención de los geógrafos de todos los tiempos. Dicho lago se suponía más extenso incluso que el mar Caspio(tan enorme que uno se pregunta cómo era posible que no lo viera nadie) y permaneció en todos los mapas de la zona hasta este siglo XVIII. Tiempo después se transformaría en la Sierra Parima, una de las más inexploradas regiones de la Amazonia. Porque los ríos y montañas van encontrando, poco a poco, su lugar verdadero; geómetras y agrimensores empiezan a trazar fronteras que atraviesan tierras aún sin explorar, y por fin se van aclarando diversas dudas que venían de antaño y que hasta entonces se encontraban en completa oscuridad.
A Humboldt, anteriormente nombrado, se le atribuye la gloria del descubrimiento del canal que comunica el Orinoco con el Amazonas, llamado Casiquiare, ya que el propio científico lo remontó personalmente en 1800. Como nota recordemos que el verdadero descubridor fue el rebelde Lope de Aguirre, allá por el siglo XVI, aunque de pura casualidad, eso sí.
La noticia de este descubrimiento tiene su importancia, ya que la ruta del Casiquiare desempeñará un papel transcendental en el rápido desarrollo que va a producirse en la Amazonia, debido en parte a la naciente revolución industrial. Cientos de eruditos se acercan ahora a las orillas del inmenso río para estudiarlo, animados por una inflamada curiosidad europea. Nos encontramos ya en el siglo XIX, época en que las exploraciones están a la orden del día. Estos sabios son, como es natural, los fundadores de la etnografía amazónica. Sus relatos de viajes son hoy indispensables para conocer los hábitos y costumbres propias de gentes y pueblos que actualmente, o están culturizados o, sencillamente, no existen.

Por el momento, la llegada de estos estudiosos detiene de algún modo algo que llevaba sucediendo desde el descubrimiento de América: la matanza de indios. O, al menos, lo aminora por un tiempo. Porque, como La Condamine ya señalaba en sus escritos:
"Los indios van despoblando las orillas de los ríos tan pronto como ven a los europeos, retirándose al interior de la selva fuera de su alcance, no siempre provechoso para ellos".
Además, entre los numerosos descubrimientos que van a sucederse, se produce uno que destaca sobre los demás en cuanto a su valía; pero también en cuanto a lo poco inofensivo que es para los propios indígenas de la época y que, para su desgracia, proporcionará al Amazonas el resurgir de su leyenda: el caucho.

viernes, 5 de agosto de 2011

El Amazonas , el gran herido (II): el nacimiento de los mitos


EL NACIMIENTO DE LOS MITOS


El primer descanso del Amazonas ha concluido.
Como se cuenta en el capítulo anterior, Francisco de Orellana lo realizó en 1542, desde los Andes hasta su desembocadura, en ocho meses. Pero había algo increíble en el relato que contó a su vuelta a España: su encuentro y combate con unas mujeres guerreras, las Amazonas. Nadie le creyó, como es natural, aunque sí logró renacer el antiguo mito de estas feroces guerreras griegas, y con él se puso en marcha la imaginación de todos los que se sentían atraídos por el misterio de la América equinoccial.
¿Había algo de verdad en esta historia? Orellana y los que le acompañaban así lo creían, pues según ellos las habían sufrido en las propias carnes en el transcurso de un combate. Que quede ahí, entonces.
Dejemos por elmomento a estas mujeres y vayamos a otros de los mitos que aparecieron por aquel entonces: el mito de El Dorado. La leyenda asegura que existía un lago, el Parimé, de enormes proporciones, en cuyas orillas se alzaba una ciudad de piedra sin igual en el mundo, llamada Manoa. Esta era la rica capital donde residía El Dorado, un rey que se sumergía en dichas aguas tras ser cubierto de polvo de oro. Entre varios de los que supuestamente vivieron en en esa ciudad, se hallaba un tal Martínez. Habitó allí siete meses:
No le era permitido salir de la ciudad ni ir a parte alguna sin escolta y sin llevar los ojos cubiertos. Al cabo de siete meses se le dejó en libertad con un buen cargamento de oro, aunque los indios de las fronteras le robaron todo excepto dos botellas llenas del dorado elemento porque creyeron que era la bebida de Martínez. Este llamó a la ciudad El Dorado a causa de la cantidad de oro que allí vio. Su ídolos eran de oro macizo, e incluso sus armas.”
Al menos eso es lo que Sir Walter Raleigh, noble y corsario inglés del siglo XVI, afirmaba haber leído en los documentos del gobernador de Trinidad, al que había hecho prisionero. Además, según él, el reino de las Amazonas debía encontrarse cerca de Manoa. Con esto las dos leyendas se fundieron en un doble mito, y numerosos aventureros corrieron en busca de los fabulosos tesoros que se decía que hallarían, como el propio Raleigh, quien creyó tanto en la veracidad de la leyenda que abandonó todas sus posesiones (que no eran pocas) para ir en su busca.
“Las Amazonas entregan a los hombres que van a visitarlas cada año los hijos varones que han parido en el intervalo, si es que no los han matado, y para agradecerles la hembras que se guardan para perpetuar la raza, les regalan unas piedras verdes que sólo encuentran en su territorio. Cada una de ellas promete un caudal de oro y plata, y algunas no tienen rival bajo el sol.”
Las maravillas continuaban fluyendo, presentando como un Paraíso terrenal lo que después sería el Infierno Verde. Pero al pobre Raleigh se le murió aquella que más le apoyaba en sus empresas, la reina Isabel I de Inglaterra y, tras volver de su segundo viaje sin traer un duro de tan increíbles tesoros, no hubo ninguna compasión y su cabeza rodó bajo el verdugo allá en Londres, el lugar que lo vio partir.
El 1560 se organizó una expedición al mando del general español Pedro de Ursúa con el fin de encontrar la ciudad de El Dorado. Apenas llegó al Amazonas, un desconocido suboficial llamado Lope de Aguirre se sublevó, ejecutó al general y se proclamó no solo jefe del ejército, sino también rey de la Amazonia. La aventura de Aguirre le llevó a descubrir, sin saberlo, y más de un siglo antes que los científicos, el canal natural que une el Orinoco con el río Negro. Pero nada más. Después de apoderarse de la isla Margarita fue derrotado por las tropas del rey en Venezuela y, por supuesto, condenado a muerte.
¡Cuántas cabezas cayeron, una tras otra, con los primeros sueños que engendró la Amazonia! Cabezas de héroes, cabezas de bandidos. ¿Qué tenían en común todos estos hombres, además de la codicia, sino un anhelo incombustible por lo sobrenatural, por lo mágico? Y además, ¿no había nada de cierto en todo esto? ¿se trataba de simples embustes?.
Para finalizar de alguna manera, expondré a modo de ejemplo lo único que se sabe con certeza de la historia de El Dorado: existió un reyezuelo, el supuesto El Dorado, que vivía en la cordillera de los Andes, en Colombia, y que se bañaba en un lago de montaña, el Guatavitá, cerca de Bogotá. Allí se sumergía ritualmente, rodeado de ofrendas de vasos y joyas como homenaje al Sol. Pero justo antes de la llegada de los españoles a América dicho rey fue destronado. Así son las cosas.

Estos y otros mitos rigieron por un tiempo la vida del Amazonas, aunque poco a poco se volvió la vista hacia este lugar con otros ojos, cuando los científicos comenzaron a aparecer y participar masivamente en esta nuestra historia.

lunes, 25 de julio de 2011

Semana Negra 2011

En plena Semana Negra de Gijón escribo estas lineas.
Para el que no lo sepa lo cuento: La Semana Negra de Gijón es un evento anual con veintitantos años a las espaldas dedicado, originalmente, a la literatura "negra" o de detectives, misterios, asesinos, etc, etc. Digo "originalmente" porque se ha aumentado a otro tipo de géneros, como la fantasía, la aventura y la historia. Al evento acuden escritores a presentar sus últimas novelas a unas carpas habilitadas para los actos y a donde acude cualquiera que quiera aguantar un rato escuchando lo que tienen que decir.
Pero esto que he contado es el germen. Está realizado de tal forma que a su alrededor surgen puestos de comidas, bebidas, escenarios donde se dan conciertos gratuitos, exposiciones de Fotoespaña y comics, espectáculos de magia, puestos de venta de libros, ropa, o multitud de chiringuitos donde devorar pulpito (o lo que se quiera) del bueno. Veinticuatro añitos de festival, lo que no está nada mal.
Único y controvertido, culto y sencillo, familiar y masivo. Donde la grasa de los churros se mezcla con la mejor poesía y la literatura sabe a bocadillo de calamares. Así es esto, porque lo mejor del asunto es que no hace falta ser un erudito para disfrutar de la mejor cultura. La unión de ésta con la diversión se realiza casi sin darse cuenta uno, y eso es lo genial. Quizás ahí está el secreto y lo que hace tan especial esta Semana.
Esta tarde, por ejemplo, con un durum en una mano y una cocacola en la otra, me adentré en la carpa donde exponía su último libro Alfonso Mateo-Sagasta. Una novela de aventuras que me pareció de lo más interesante. Y ayer Laura Gallego hizo las delicias a decenas de jovenzuelos que escucharon embobados la presentación de su última novela, y la asaetearon con preguntas de lo más diferentes. Además, posteriormente pudieron ver firmados sus libros tras esperar, eso sí, en una fila que casi dio la vuelta al recinto.
-Ahora mismo firmaré los libros- dice Paco Ignacio Taibo II para concluir la presentación de su última novela- pero sentado a un metro hacia afuera de la carpa porque me muero de ganas por fumar, y ya llevo demasiados minutos sin hacerlo...
Así es también la Semana Negra.
Fernando Marías, Carmen Posadas, Jason Goodwin, Susana Vallejo, Elia Barceló, Ana Merino o Eduardo Monteverde son algunos otros de los variados autores en esta ocasión.
Pero este año para mí está siendo de lo más especial, ya que he tenido la ocasión de relizar una entrevista particular a una de las autoras noveles que vengo siguiendo desde hace algo más de un año: Montse de Paz, ganadora del Premio Minotauro de este 2011. Sólo por eso ya ha merecido la pena venir hasta aquí.
La entrevista la colgaré más adelante, ya que esto aún no ha terminado. Simplemente quería hacer un inciso para trasmitir mi entusiasmo y animar a todo el que quiera, y esté no muy lejos de Gijón, claro está, que todavía está a tiempo hasta el 31 de julio.
Si tenéis más interés podeis visitar la página www.semananegra.org

jueves, 21 de julio de 2011

El Amazonas, el Gran Herido (I)


Para cambiar de tercio, sumerjámonos en la Historia un ratejo. Aqui os dejo el primero de una serie de artículos dedicados al Amazonas que su día publiqué para una revista cultural. Espero que os sean interesantes.
Haceos unas palomitas y...a la selva.



EL DESCUBRIMIENTO


“Quiero que sepan la causa de por qué los indios se defendían de tal manera. Han de saber que ellos son sujetos y tributarios de las amazonas, y al saber de nuestra venida les fueron a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que estas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios como capitanas, y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaron volver las espaldas, y al que las volvía delante de nosotros le mataban a palos.” (Padre Gaspar de Carvajal)


El Amazonas, el río más caudaloso del mundo. Tercero en longitud, primero en superficie de cuenca, que abarca unos siete millones de kilómetros. Su majestuosidad queda patente en otros detalles numéricos: en su desembocadura, por ejemplo, el caudal es de cien mil kilómetros por segundo (100.000 km/s) y sus orillas distan casi diez kilómetros una de la otra. De un extremo al otro del delta hay más de trescientos kilómetros. Mar adentro, a cien millas de la costa, el barco que aún no haya avistado América se topa con un enorme flujo de aguas fangosas y dulces, sobre los que flotan los deshechos de la selva. Es el Amazonas, tan potente que necesita todo ese recorrido para empezar apenas a deshacerse en las aguas oceánicas.
Y, sin embargo, este enorme río no fue descubierto por los europeos hasta bien entrado el siglo XVI, más o menos unos cincuenta años después del descubrimiento de América. Además no por su desembocadura, sino por los Andes.

Retrocedamos hasta esa época de conquistas y colonizaciones. Corría el año 1540, en Cuzco, capital del Perú. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, el conquistador de los Incas, sale hacia Quito para hacerse cargo de ese lugar al mando de doscientos hombres. Pero sus intentos van más allá. Se dispone a organizar una expedición hacia el interior de los Andes, en busca del algo tan preciado en esa época como el oro: la especia. Así lo comunica a su primo Francisco de Orellana, y juntos y una vez hechos los preparativos en Quito parten hacia el interior de la cordillera al mando de un gran contingente de tropas.
Pero la expedición fracasa. Además de perder a la mayoría de los hombres, encuentran falsos árboles de canela, tan escasos que no son aprovechables. Han cruzado las montañas y ahora se encuentran en plena selva, muy cerca de un río. Allí construyen un pequeño bergantín llamado “El Barco” con el que comienzan a explorar esos terrenos desconocidos.
Entonces Orellana propone a Pizarro adelantarse a reconocer el terreno con unos sesenta hombres, con el fin de hallar víveres ya que se habían acabado. Nunca volverán a encontrarse. Cansado de esperar, Pizarro volverá hacia Quito creyéndose traicionado por su primo. Mientras Orellana se irá deslizando por las aguas hasta alcanzar el caudal principal del río más grande del mundo.
Tras cierto tiempo, Orellana y los suyos abandonan la idea de retroceder para encontrarse con Pizarro debido a las dificultades de remontar el río, por lo que prosiguen su curso y construyen otro bergantín. Atraviesan pueblos de indios pacíficos y hostiles, aunque cada vez hallarán más de estos últimos según se ensancha el río.
Entonces la leyenda de las Amazonas parece hacerse realidad. En 1542 llegan a un pueblo de cierta importancia en el que se encentran una plaza con estatuas y relieves que llaman bastante la atención de los españoles:
“Se preguntó a un indio que aquí se tomó qué era aquello o por qué memoria lo tenían en la plaza, y el indio dijo que ellos eran sujetos y tributarios a las Amazonas, y que no las servían de otra cosa sino de plumas de papagayos para forros de los techos de las casas de sus adoratorios” cuenta el padre Gaspar de Carvajal, cronista de la expedición. Pero no quedó ahí la cosa. El 24 de junio tiene lugar un encuentro memorable con las Amazonas en el transcurso de un combate en el que los españoles tuvieron que salir huyendo. Las Amazonas “andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios”, escribe Carvajal. Nueva emboscada al día siguiente. El único herido es el mismo padre Carvajal: “y de todos no hirieron sino a mí, que me dieron un flechazo por un ojo que pasó la flecha a la otra parte. De esta herida he perdido el ojo y no estoy sin fatiga y falta de dolor”.
La expedición continúa descendiendo el río con cada vez más indios amenazándoles, ahora incluso con flotas de piraguas y lanzando flechas envenenadas. Después de muchos días de calvario salen al mar, por fin, aunque los dos barcos cada uno por su lado. Es el 26 de agosto de 1542. El descenso y sus aventuras han concluido. Ocho meses desde los Andes al Atlántico, mientras que se necesitaron diez para atravesar los mismos Andes.
El río se llamó con el nombre que los españoles dieron a estas feroces guerreras, Amazonas, mujeres que parecían surgir de las leyendas y mitos de la antigua Grecia. Aunque, por supuesto, esta historia nadie la creyó en la corte española de su tiempo…al menos en un principio. No obstante en el interior de las mentes se comenzaron a alimentar nuevos mitos, tan dados los europeos de la época a mezclar lo desconocido y lo fantástico. Y eso da para otra historia…

miércoles, 13 de julio de 2011

Publicar en Kindle

Creo que lo siguiente es de lo más interesante. Yo que tú no perdería detalle.


Desde hace unos pocos meses, KINDLE se ha abierto a la publicación de libros en lengua castellana y se ha convertido en una de las opciones más recomendables para ti, escritor debutante, ya que no te ocasiona ningún gasto y va a colocar tu libro en su tienda para que lo pueda descargar cualquier cliente de AMAZON que disponga de un KINDLE.

Además, Amazon ha llegado a un acuerdo con Apple para que todos los libros que están en su librería se puedan descargar sobre un iPad. No olvides que Apple ha vendido en una semana un millón de estos gadgets…

Para dar de alta tu libro electrónico en la base de datos de KINDLE AMAZON, a través de su página web, tienes que seguir un procedimiento bastante sencillo en inglés. Para ayudarte en la tarea, he aquí algunas instrucciones, pero antes, has de tener disponible el siguiente material, ya que te lo va a pedir a lo largo del proceso de inscripción:
Título de la obra.
Descripción o sinopsis.
Palabras clave para la búsqueda posterior de tu libro en la librería de Amazon.
Categorías: Te permitirá seleccionar hasta 5 categorías o géneros, para clasificar tu libro (narrativa, historia, ficción, país, época, etc).
Biografía del autor.
Portada. Es la imagen que aparecerá en la librería para identificar tu libro. Creo que es importante trabajar en ella para atraer el cliente.
Texto de la obra en WORD y el sistema lo reconvierte al formato de lectura de KINDLE. Utiliza un tamaño de letra de tipo medio (10 ó 12), alineación justificada y que evites la portada y el índice, de forma que el lector pueda empezar a leer el texto desde la primera página. Las primeras páginas de información general sobran en un libro electrónico.


Si tienes dispuesto este material, ya puedes iniciar el proceso:

1.- Entra en amazon.com y regístrate

2.- Entrar en https//dtp.amazon.com/mn/signin (te recomiendo que incluyas estas dos páginas web entre tus favoritos, para acceder directamente). Aparece una ventana que dice “Welcome to Digital Text Platform”

3.- Elegir el país o continente. En nuestro caso, Europa.

4.- Pinchar en sign in, a la derecha.

5.- Introduce el título de tu novela. Add New title. Esperar a que cargue (louding).

6.- Aparecen 4 secciones que hay que rellenar. En la medida en que se vayan completando, te aparecerá una luz verde y te indicará “Complete”.

6.1.- Enter Product details. Tienes que completar las casillas que están marcadas con un asterisco:

- Title (título del libro).

- Description (la sinopsis con un máximo de 4000 caracteres).

- Authors. Pincha en Add/Edit, escribe el nombre del autor o de los autores, primero el apellido y luego el nombre.

- Publisher (el nombre del editor que puede ser el mismo que el autor).

- ISBN (no necesario).

- Language (idioma).

- Pub date. Pincha en el icono y selección a la fecha del día. No sé lo que es.

- Searche Keywords. Palabras clave para la búsqueda separadas por comas.

- Categories. Pincha en Add/Edit. Se abre una ventana con una lista para elegir un máximo de 5. Selecciona las que te convengan y pincha en Add Categories y luego en Confirm.

- DRM. Aceptar la opción “Enable digital Rights Management DRM, para permitir a AMAZON que imponga restricciones a las copias ilegales.

- Edition number, Series Title y Series Volume: en blanco si tu obra es un solo tomo.

- Product image. Pincha en Upload image. Introduce la portada que habrás de bajar de un archivo de tu ordenador.

Pinchar en “SAVE ENTRIES” y verás que el apartado “Enter Product Details” está señalado con una luz verde y el anuncio de “Complete”.

6.2.- Confirm Content Rights. Hay que rellenar dos casillas:
Territories (Worlwide Rights, es decir, todo el mundo).
I confirm that I have all Rights necessary…

Pinchar en “SAVE ENTRIES” y se encenderá otra luz verde e Complete.

6.3.- Upload & Preview Book. Pinchando en Browse, tienes que bajar el texto de tu libro en WORD, seleccionándolo en un archivo de tu ordenador. A continuación, pinchas en UPLOAD y verás cómo avanza la descarga en una pequeño recuadro con imagen intermitente… tarda un buen rato.

Cuando termina la descarga, pincha el PREVIEW y allí te aparece el formato que el lector encontrará en su pantalla de KINDLE. Si no te gusta, corrige tu texto en WORD y vuelve a empezar. También el sistema te da instrucciones en inglés para hacer directamente las correcciones. Pinchar en “SAVE ENTRIES”.

6.4.- Enter suggested Retail Price. Aquí tienes que definir el precio al que quieres vender tu libro, en concepto de “Derechos de autor”. El precio del libro tiene que estar comprendido entre 0,99 y 200 US$, en función de su tamaño, pero Amazon te pone algunas restricciones. Entre 3 y 10 megabytes, el precio mínimo ha de ser 1,99 US$ y para más de 10 megabytes, 2,99 US$. Luego Amazon aplica un beneficio. Como ejemplo, yo propuse un precio de referencia de 2,99 US$ y Amazon calculó el precio de venta final en 4,60 US$. La diferencia es su beneficio y quizá pagar algún impuesto. Pincha en “SAVE ENTRIES” para confirmar.

7.- Ya tienes completado el proceso y verás que los 4 indicadores de cada fase están “complete” con la luz verde. Ahora sólo te queda dar a AMAZON tus coordenadas para que te transfieran los beneficios. Para ello, tienes que pinchar en ACCOUNT INFORMATION y escribir tus datos personales: Nombre completo, dirección y teléfono. Con PAYMENT INFORMATION, te pregunta cómo quieres recibir el dinero. Para Europa, sólo te admite una opción “CHECK”, es decir, te enviarán un cheque con tus beneficios. Pinchar en “SAVE ENTRIES”.

8.- Para terminar, pinchar en “PUBLISH”, es decir, “PUBLICAR”.

9.- Vuelves a la página principal “My Self”. Pinchas en READY y verás un mensaje que te informa que tu obra está siendo examinada por el equipo técnico de AMAZON y será dada de alta en el plazo de 2-3 días laborables.

Es muy probable que, al día siguiente, el equipo técnico de AMAZON te escriba un e-mail para pedirte una prueba de que tú eres el propietario de los derechos de autor. Tienes que enviar una copia escaneada de tu ISBN. Si no lo tienes (suele tardar 7-8 meses desde que lo pides), quizá es suficiente enviar la solicitud de inscripción o cualquier otro documento acreditativo.


Texto que puedes encontrar en el blog http://serescritor.com/publicar-en-amazon-kindle/ de Manu de Ordoñana

sábado, 2 de julio de 2011

Un día de playa


Para comenzar el veranito, y antes de colgar una serie de documentos sobre el Amazonas que publiqué en su día en una revista y que creo que merecen ser rescatados por su interés, he preferido dejaros este relato desenfadado y muy divertido sobre lo que te puede ocurrir en un día de playa...según su autor, Jesús García. En fin, mejor que os lo leáis.

Disfrutadlo y refrescaos con él.

Ah, y feliz verano lo paseis como lo paseis.


Un día de playa


Un día mirándome al espejo observé con horror que tenía la piel tan blanca como la leche. ¡Estaba claro! Necesitaba con urgencia un buen baño de sol. Así que, decidí tomarlo.
¿Lo primero? El bañador. Abrí el armario, y después de buscar y rebuscar, revolver toda la casa y recitar aquello de: «San Cocufato, San Cocufato, si no lo encuentro los golondrinos te ato», siguió sin aparecer. ¿Y la toalla de playa? Ni flores. Parecía que la playa no hubiera existido nunca. ¡Qué alegría!, encontré una pala y un cubito de plástico.
Como no era cuestión de ir en ropa interior y con una toalla de baño, de las de cuarto de baño, con mi letra bordada en negro con fondo blanco. Que las tengo muy cucas, por cierto. Decidí equiparme.
Entré en unos grandes almacenes y me dirigí a la planta de ropa para hombre, sección de baño. Busqué un dependiente y, ¡oh, sorpresa!, estaban todos ocupados, todos los hombres, claro, así que esperé. Al rato una dependienta muy amable, y por qué no decirlo, muy guapa aunque algo bajita, se me acercó. «¡Vaya! —pensé—, la única mujer del departamento, y me toca a mí». No es que esté en contra de que una mujer sea dependienta de ropa para caballeros, no, pero eso de tener que explicarle a una mujer desconocida cual es la talla usada por mis caderas, o que sea un tipo de bañador no opresor de las partes más sensibles. ¡Caray, que uno tiene su pudorcito!, y no va por ahí alardeando de cosas grandes.
Por no hacerle un feo respiré hondo y me lancé, a decirle qué quería comprar, claro. Fue nombrarle la palabra bañador, y con un: «Sígame», tuvo suficiente para que yo fuera detrás de ella como un perrito faldero. Al llegar a un mostrador repleto de todo tipo de trajes de baño, surgió la pregunta: «¿Qué talla usa?». Yo podría haberle contestado con firmeza y seguridad: la cuarenta y dos, y no hubiera pasado nada en absoluto. Pero cuando una mujer preciosa te pregunta en un sitio público, mirándote la pernera del pantalón y en voz alta, qué talla de bañador usas, o eres un pasota, o… ¡Caramba, corta al más flamenco!, casi estuve a punto de taparme con las manos.
Con timidez le susurré la cuarenta y dos. Ella, sin perder de vista de mis caderas y haciendo una mueca de desaprobación, dijo: «Le voy a dar la cincuenta y dos, se la prueba y a ver qué tal le va». ¡Pero, bueno, ¿quién piensa que tiene delante?, si soy el George Clooney de la ciudad!, al menos era lo que pensaba hasta verme en un espejo de allí cerca.
Total allá fui, camino de los probadores con varios tipos de bañadores, todos de la talla cincuenta y dos. ¿Los probadores? eran diminutos, para el uno ochenta que mido aquello era un cuartito, y recalco lo de: “ito”, sin techo, con las paredes tan bajas que sin ningún esfuerzo podía casi ver al vecino. Eso sí, tenía un espejo muy estrecho, y una diminuta percha, que más parecía un clavo, y con una cortina que le faltaba tres palmos para llegar al suelo, ¡como para no tener vergüenza, que uno se iba a poner en bolas en aquel…! Bueno, cerré la cortina y comencé el ritual para probarme los bañadores.
Me desnudé de cintura para abajo, y comenzó la primera pelea. Sí, sí, una verdadera lucha con la percha, pues no quería albergar mis pantalones, y acabaron por el suelo a la vista de quien estuviera al otro lado de la cortina. Mis codos, acostumbrados a espacios más anchos, tropezaban con las paredes de madera, ¡qué digo madera, parecían cartón! Me vino a la cabeza una tira de “Quino”, con todos los probadores en el suelo, y un hombre semidesnudo, quieto como una estatua, reflejando en su cara una sonrisa avergonzada.
Después de darme por vencido con aquel clavo, en el que sólo pude colgar mi ropa interior, cogí el primer bañador y me lo probé. ¡Ajá! Qué vista tenía la dependienta. ¡Era mi talla! No pude evitar mirarme en el espejo, y de perfil, que era la única forma en que podía verme, volví a descubrir la barriga cervecera.
Una vez probados todos los bañadores —con muchos malabarismos, todo sea dicho— y elegido el que luciría en la playa, me surgió una duda: ¿Todos esos bañadores habrían sido probados por otros, como yo lo acababa de hacer, así sin ropa interior, con los golondrinos al aire? ¡Qué asco!, abandoné el probador con la idea de lavar la prenda escogida y darme un buen restregón con jabón desinfectante.
La dependienta, sonriente, me preguntó con cual me quedaba. No me preguntó si me venían bien o no, ¡noooo!, bien lo sabía ella. «A saber a cuantos… —pensé mientras la miraba desde arriba—, les habrá elegido prendas». Y luego vino la toalla, ¡já!, las había de todos los tamaños, formas y colores, me costó decidirme, llevándome al final la elegida por la dependienta. Total, salí equipado para pasar un día de playa.
A la mañana siguiente me levanté temprano, desayuné fuerte, me vestí para la ocasión, y cogiendo el coche me encaminé a la playa. Era un día maravilloso, un clásico, ni una sola nube en el cielo y con un sol radiante.
Cuando llegué serían las nueve de la mañana, más o menos, y al encontrarme con todo un enorme espacio vacío, dudé dónde aparcar mi vehículo. Pensé que lo más cerca de la arena sería lo mejor, y así lo hice. La playa estaba desierta, bueno salvo dos o tres personas a lo lejos. Extendí mi toalla con grandes letras que decían: «¡Estoy soltero y busco!», y me tumbé al sol con mi flamante bañador.
¡Qué delicia notar el calorcito del sol sobre la piel!, me sentí tan a gusto que durante un rato no me enteré de nada. Una pelota que impactó en mi tripita desnuda hizo que despertara de aquel sueñecito bajo el sol, y, ¡oh, Dios!, la playa estaba abarrotada. A tan sólo dos centímetros había toda una maraña de toallas ocupadas por cuerpos dorados, morenos e incluso tostados. Vamos, que yo era la gotita de leche que cae en el centro de una taza de chocolate. Y digo yo, si aquella multitud ya había erradicado el blanco de su piel: ¿Por qué seguían tumbados en la playa? ¿Acaso querían cambiar de raza?
En fin, como sentí mucho calor decidí darme un bañito, así que levanté mi metro ochenta, hinché pecho, metí barriga y creyéndome “Tarzán”, me encaminé a la orilla, eso sí, pidiendo perdón y permiso por toda la alfombra humana que ocupaba los cincuenta metros hasta el agua. Cuando mis pies, chamuscados por la ardiente arena, notaron frescorcito respiré aliviado, pero una muralla humana me impedía refrescarme de cuerpo entero. Si la parte seca de la playa estaba que no se podía ver ni un centímetro, la parte húmeda estaba peor, los jugadores ocasionales de Bádminton sorteaban, con sus raquetas recién estrenadas, las cabezas que tenían alrededor. Los niños jugaban a salpicarse, mientras que sus madres o abuelas, sentadas en el agua, les gritaban que no molestaran. Alcé la vista y pude distinguir un lugar libre de multitud, ideal para tomar un buen baño, no había olas y parecía estar todo en calma, y allí me dirigí, volviendo a pedir permiso para pasar, claro está.
Cuando por fin llegué, no sin antes tener que nadar un poco pues no hacía pie, comencé a flotar boca arriba haciendo el muerto y a la deriva. ¡Qué maravilla!, el sol en la cara, mi cuerpo fresquito, y sin que nadie molestara.
Una voz llamó mi atención. Un hombre en una barca, pescador sin duda, se interesaba por mí. Quedé algo sorprendido, ¿qué hacía esa barca tan cerca de la orilla?, la respuesta fue evidente, pues apenas pude distinguir las cabezas de los que invadían la playa. Estaba claro, las corrientes marinas, caprichosas en exceso, me alejaron tanto, que un poco más y tropiezo con el Titanic.
Algo abochornado, le pedí al buen hombre que me acercara a la playa. Dijo que lo tenía prohibido, por aquello de la seguridad de los bañistas. ¿Seguridad? ¡Pero si allí si no estás de pie no te dejan levantarte y te ahogas! En fin, el pescador se ofreció amablemente a llevarme al embarcadero del que salió de madrugada. Cuando llegamos salté a tierra con la misma elegancia que lo habría hecho Colón en tierras americanas. Bueno con tanta gracia posiblemente no, porque casi me doy de morros contra en duro suelo al no calcular la distancia entre la barca y el malecón. Y así fue como con mi bañador nuevo, descalzo y abrasado por el sol, comencé a recorrer el paseo marítimo en busca de la playa donde aquella mañana decidí dorar la piel, piel que comenzaba a tener un color ligeramente rojizo.
Ni que decir tiene que fui el objetivo de toda clase de miradas y comentarios. Los que habían decidido pasear, en lugar de ir a tomar el sol como lagartos, se apartaban sorprendidos, y preguntándose qué narices hacía yo allí y con esa pinta. Cuando divisé la playa respiré aliviado, pero antes de alcanzarla, otra voz, esta con autoridad, sonó fuerte ordenándome que fuera hacia él. Era un guardia municipal, algo alterado al ver un hombre semidesnudo por un lugar tan decente como el paseo marítimo. Cumpliendo las ordenanzas me impuso una multa por desorden público, y otra por deambular indocumentado. A punto estuvo de llevarme a la comisaría, pero al explicarle lo ocurrido comenzó a reírse, y con un: «¡Ande, ande continúe!», me dejó marchar.
Doloridos los pies por andar descalzo por terreno empedrado. Con la piel reseca y rojiza, sediento y con un calor abrasador, llegué al lugar donde por la mañana temprano iba a pasar un día estupendo. Tuve que esquivar, con dificultades, a los lagartos que tumbados al sol dedicaban improperios a mi persona, y a mi santa madre.
Cansado recogí mi toalla y mis pertenencias, que afortunadamente seguían intactas, decidí volver a casa y descansar de un día de asueto, no sin antes volver a oír los piropos dirigidos a mi santa madre camino del coche. Cuando llegué a él y abrí la puerta, una bocanada de aire caliente salió de su interior, tal fue la bofetada que casi me tira de espaldas. Al cabo de un buen rato conseguí airearlo, después de abrir todas las puertas y ventanas, y pude entrar para poner en marcha el motor y el aire acondicionado. Pero aún quedaba un obstáculo.
El espacio para aparcar, se encontraba a rebosar de vehículos, y tuve que hacer gala de todos los conocimientos aprendidos en la autoescuela, para poder salir y encaminarme hacia mi hogar. Cuando lo conseguí, iba cerrado a mi paso todos los espejos retrovisores de los coches aparcados.
Cuando por fin llegué a casa, ¡ah, dulce hogar!, tuve que buscar una farmacia, y comprar toda la crema hidratante existente para aliviar los efectos del sol sobre mi dulce y delicada piel blanca, que se había convertido en la de un cangrejo.
Ahora, cuando miro mi cuerpo blanco como la nieve, me acuerdo de lo ocurrido en la playa. Entonces decido tumbarme en el sillón, con una cerveza bien fría, y pongo en el vídeo: Los vigilantes de la playa. Es lo más cerca que llegaré a estar de ella desde aquel día que se me ocurrió tomar un baño de sol.





Jesús García
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