"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

domingo, 18 de diciembre de 2011

El despertar (relato navideño...más o menos)



Como llegamos a estas señaladas fechas, he decidido publicar un relato de hace ya años y que supuso un cambio en la temática de mis historias. Por eso le tengo algo de cariño. Espero que lo disfrutéis.
Y celebréis o no, creáis o no creáis, Feliz Navidad, naturalmente.


El despertar

Él era joven y atractivo. Se trataba de un chico de una actividad incesante. Y también alegre. Al menos hasta el accidente.
A partir de entonces fue decayendo poco a poco según se iba dando cuenta de su estado. Porque había quedado en una especie de "ceguera" casi permanente. Y todo por un accidente de coche en un viernes de madrugada.
Su compañero, el que conducía, había bebido un poco, quizás demasiado. Él no: confió como otras veces en quien no debía hacerlo. No pensaba que los reflejos le fallasen justo en aquel instante. Afortunadamente ninguno murió, ni siquiera el ciclista agredido; pero él se llevó la peor parte y se dañó la cabeza, además de sufrir una lesión en el sistema nervioso que lo dejó ciego. O al menos casi, ya que todavía distinguía las formas y a veces algo más.
De este modo, por culpa de una noche, dejó de vivir. Se tumbaba en la cama e intentaba fijar la vista en aquellos posters de sus deportistas favoritos, o en aquél de Darth Vader que tanto le gustaba, y recordaba los extraordinarios partidos de fútbol con los amiguetes y en general todos los deportes que había practicado, pues era un atleta nato. De manera habitual concluía esta práctica en tristeza y autocompasión, sin conseguir más que borrones. Siempre igual.
Amaneció un día como otro cualquiera. Sus hermanos y hermanas se levantaron pronto y desayunaron, tras las discusiones habituales por conseguir un puesto en el solicitado cuarto de baño. También, de modo invariable, los gemelos impusieron su criterio y se encerraron los dos juntos un buen rato ante las protestas de sus hermanos. El desayuno fue visto y no visto, ya que el autobús no esperaba, y todos desaparecieron trotando por las escaleras, revolucionando en un tris el vecindario.
Después su madre bajó a comprar tras conducirlo hasta la cocina y dejar preparadas unas galletas y un tazón de leche. El silencio volvió a reinar en la casa. Se escuchaba el "tic tac" del antiquísimo reloj de pared, (un reloj que el abuelo había traído de a saber qué lugar en un remoto tiempo, aunque todavía funcionaba) y el ronroneo del gato, que se restregaba incansablemente contra sus piernas mientras suplicaba el alimento como todas las mañanas a esa misma hora.
El muchacho se acercó a trompicones al frigorífico y extrajo el bote de comida del animal. Lo observó unos instantes. Escudriñaba las letras mayores, aunque pronto desistió. Se cansaba mucho y parecía perder algo más de visión por momentos.
"Todo lo que no se usa se atrofia" le decía en otro tiempo su abuelo. Los médicos no andaban tan optimistas y pensaban que poco podría ejercitar ya la vista. Por lo menos, en esta época. Además, se informó a sus padres de que se encontraba en peligro de un aumento de la ceguera, y nada podían hacer excepto someterlo a una nueva operación que a esas alturas no era recomendable, no hasta que transcurriese cierto tiempo. El panorama no era muy positivo, la verdad.
Aparte del gato, el abuelo se encontraba en la habitación del fondo, con sus facultades mermadas por la muerte de su esposa. Ahora era como un "niño viejo" al que había que cuidar y dedicar la atención, algo que recaía en la madre, quien pasaba por una época de estrés por el cúmulo de desgracias recientes.
El abuelo. Él, que había viajado por el mundo y visto y vivido multitud de experiencias que en otro tiempo le permitían ser el "consejero" de la gente que le rodeaba, ahora no podía ni siquiera comer sólo. Así es la vida, aunque como él mismo decía cuando notaba que su mal se acercaba: "Que me quiten lo bailao".
El joven se dirigió hasta la sala de estar apoyándose en los quicios de las puertas. "Dentro de poco, a vender cupones, eah." se dijo riéndose de su desgracia.
Cogió una revista e intentó fijar los ojos en las enormes letras de la portada. Se la aproximó a la cara y después la fue alejando de manera pausada, siguiéndola con la mirada. Esta operación la había repetido desde varios meses atrás, como le habían aconsejado, aunque sus avances eran más bien escasos. Quizás esto último se debiera a la poca motivación, ya que- pensaba él- nada iba a cambiar en su vida hacerlo o no, y en esto los médicos tenían parte de culpa. Sólo uno de ellos había apuntado que no cesase nunca de intentar observarlo todo, y así evitar que su invidencia avanzase; al menos mantendría lo que veía.
Retiró a los pocos minutos la revista y se dirigió al servicio. De camino, tropezó primero con una puerta y después con el pobre gato, quien le seguía como una sombra al ser la única atracción que le ofrecería la mañana, por lo menos hasta echar el siguiente sueñecillo al lado de la estufa. El chico cayó despotricando contra el animal y éste huyó asustado lo más deprisa que pudo tras el sillón.
La agresividad le había aumentado. Se sentía un inútil. No podía realizar nada bien, y lo que antes se trataba de rutina ahora se le convertía en un mundo. En estas ocasiones se daba cuenta de lo valioso que había perdido, como suele ocurrir siempre que se deja de poseer algo. Todo por beber demasiado, no cesaba de repetirse esto último; y sin embargo no guardaba rencor a nadie. Aquello había sido un fallo como otro cualquiera, un error que había costado caro. Llegó al servicio más pesimista por momentos y se miró al espejo ovalado que abarcaba media pared. Continuó sin verse. Bajó los ojos, se lavó la cara y la frotó con fuerza por la rabia que sentía ahora más viva.
"No quiero ser un ciego, no quiero serlo" se repetía en cada restregón. "Soy un mierda".
Se escuchó un golpe. El abuelo. Un golpe sordo, de caída. Y después un lamento.
El muchacho se levantó de sopetón y actuó enseguida. Salió del servicio y esquivó hábilmente al gato, que erizó el lomo al verle avanzar hacia él de un modo poco corriente. Iba rápido y decidido. Al instante llegó a la habitación y encontró al abuelo intentando levantarse del suelo, sin éxito. Sin dudar lo elevó con sus fuertes brazos y lo sentó en la cama, reprendiéndole el que no le hubiese avisado.
"Cuando quieras ir al servicio otra vez, me lo dices, ¿vale, abuelo?".
Este no dijo nada. Sólo lo miró a los ojos y, muy despacio, fue esbozando una sonrisa como hacía años, una sonrisa expresiva e inteligente.
El chico lo observó aturdido. No había captado esa expresión desde antes de su enfermedad. Pero lo más extraño fue que él lo vio claro. Su ansia por salvar a quien apreciaba de verdad le hizo olvidar su mal. Se quedó quieto, mientras aquella sonrisa le penetraba y le abría al mundo, y un torrente de alegría inundaba su ser, a pesar de la ceguera.
Y el gato, subido en la cama entre ambos, miró con sus grandes ojos verdes aquella inusual escena, sin cesar de balancear el rabito.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Vocación truncada


Os dejo un más que interesante relato corto de Marta Querol, para todos los fans de ella que le piden algo más que sus novelas. Que se vea que escribe de un modo que engancha y atrapa.

Vocación truncada

Llevaba una hora en la calle pasando frío, y nada. Ni un cliente había parado. «Maldito frío», se dijo. Si no fuera porque le fastidiaba el negocio, se habría enfundado en el anorak acolchado que se había comprado la semana anterior. ¡Qué calentito era! Se estremeció. Una ráfaga helada se abrazó a las muchas partes de su anatomía que quedaban al descubierto. «Mejor», se dijo. El frío hacía más evidentes sus encantos bajo aquella miniblusa transparente. Observó ambos lados de la calzada. Solo un par de compañeras adornaban la acera opuesta.
Miró el reloj y se encendió un cigarrillo. Mantuvo las manos resguardando la llama para calentarlas todo el tiempo que pudo. Sus manos... Las contempló. Eran perfectas: delgadas y finas. Nunca imaginó que terminarían estirando, temblorosas, el bajo de una falda de cuero para tratar de paliar la crudeza de las noches en la calle.
Tan solo seis años antes tenía un futuro prometedor por delante. Buena estudiante, sacó nota para entrar en medicina. Quería ser cirujano. Su madre no podía pagarle la carrera, pero ella le dijo que trabajaría. Lo intentó. Bien sabe Dios que lo intentó. Pero lo más que consiguió fue recibir la atención de algún que otro profesor al que no le pasaba desapercibido su atractivo. Tal vez pudiera sacarle partido, pensó entonces. Decidió, para evitar riesgos, limitar su clientela al personal del Campus. Hizo unas sugerentes tarjetas con su número de móvil y las puso en la ventanilla de los coches que aparcaban allí. No le importaba que la reconocieran. A fin de cuentas, quien requiriera sus servicios tampoco lo iba a pregonar.
Le fue bien desde el principio, incluso mejoraron sus notas en alguna asignatura; pero el dinero no le alcanzaba. El sueldo de su madre daba para poco más que para mantener a sus cuatro hermanos. Ella quería vivir, además de estudiar; quería ganar más y con los asiduos del Campus era insuficiente.
Uno de los clientes habituales controlaba la Farmacia, y no le costó mucho hacerse con sus llaves y sacar una copia. Tan pronto la tuvo, comenzó a hacer visitas clandestinas al laboratorio. Sabía bien qué buscar. Más difícil fue encontrar compradores, pero varias tardes en un Ciber visitando páginas de venta de fármacos ilegales le dieron la pauta a seguir. Era arriesgado, tenía que entregar las dosis en persona, pero resultó ser más rentable que las visitas a la pensión y menos desagradable. La morfina y los derivados de la benzodiazepina tenían una clientela fiel. Procuraba sustraer productos diferentes cada vez, en pequeñas cantidades. Tomaba sus precauciones, usando guantes de latex, vigilaba que no la viera nadie. Era rápida; había llegado a controlar la organización de aquella pequeña botica.
Pero no tardaron en dar con ella. La pillaron entregando dos cajas de Rohypnol a una mujer madura que resultó ser agente de policía. Aparte de la sentencia que le cayó, la expulsaron de la Facultad cuando le quedaba poco para titularse. ¡Con el futuro que tenía! Era cirujana de vocación, y había acabado de puta por necesidad…
Sus pensamientos se interrumpieron al verse deslumbrada por los faros de un coche. Esbozó su mejor sonrisa y sacó pecho. Seguía erizado. Rogó para que aquel vehículo que rodaba con esa lentitud característica de quien está revisando la mercancía, se detuviera frente a ella. O paraba, o se volvía a casa antes de pillar una pulmonía.
Se detuvo.
El propietario del vehículo resultó ser un hombre joven. Treinta y tantos. «Buena pieza para esta noche», se dijo contenta. No le costó nada cerrar el trato, aunque le regateó.
«Qué tiempos», se dijo, «que hasta un polvo está de saldo». Pero aceptó. ¿Cómo lo iba a dejar pasar?
Se dirigieron a la pensión sin apenas hablarse, salvo para darle la dirección y preguntarle un nombre por el que llamarle. Sabía que casi nunca era el auténtico, pero le facilitaba el trabajo.
―Juanjo. Me llamo Juanjo ―respondió el hombre sin mirarla―. ¿Y tú?
―Mónica ―le contestó ella, convencida de que por una vez no se habían inventado el nombre. ¿A quién se le ocurre decir que se llama Juanjo, si no es así? Sonrió. Parecía ingenuo y esos eran los más fáciles.
En quince minutos estaban en la puerta de la pensión. Situada en un lugar apartado y de apariencia cutre, tenía unas habitaciones impensables en un sitio así, donde destacaba la inmensa cama y una bañera estupenda. El dueño cobraba la habitación y un “suplemento”, que Rosario, que es como en realidad se llamaba, pagaba encantada. Aquel sitio le traía suerte. Nunca llevaba a sus clientes a casa, por las muchas complicaciones que eso conllevaba. No quería hacer sufrir a su madre, que bastante había pasado ya.
Durante el viaje había entrado en calor. Miró sus manos; habían dejado de temblar.
A Juanjo le apremiaba la necesidad, pero ella lo convenció para relajarse con un baño de espuma y una copa. Le iba a costar lo mismo y disfrutaría más, le argumentó, risueña.
Lo desnudó con mimo. Estaba en forma. Salió un momento para dejar la ropa de Juanjo en la habitación y, de paso, inspeccionarle la cartera. Los vivarachos ojos de una niña de tres o cuatro años la saludaron desde los brazos de una mujer morena, algo gruesa y no muy agraciada. Rosario volvió a sonreír.
Regresó al baño. A Juanjo los ojos le brillaban, mientras mantenía en la mano la copa que Rosario le había dado. Estaba casi vacía.
―¡Qué rápido! No me has esperado ―le dijo mimosa―. Empieza la cuenta atrás… ―canturreó―. Diez… Nueve… ―se fue desabrochando la minúscula blusa mientras él la observaba embobado― Ocho… Siete… ―su blusa cayó al suelo con la misma lentitud que contaba― Seis… Cinco… ―estaba a punto de caer su falda cuando lo que cayó fue la copa que Juanjo mantenía en la mano, haciéndose añicos.
―¡Joder, que tío más torpe! ―exclamó Rosario, mientras quitaba el tapón de la bañera―. Ahora tendré que recoger los cristales.
Aseo como pudo el lugar para moverse sin riesgos, cogió su teléfono y marcó.
―Tengo uno… ¡Y yo qué sé!, pues treinta y tantos, supongo... Es estupendo, de lo mejorcito… De acuerdo, en una hora lo tendrás disponible. No te retrases como la última vez, y trae el dinero.
Cuando colgó, sacó su maletín, la pequeña nevera portátil, el hielo que guardaba en el congelador del minibar, se lavó las manos y miró el reloj para controlar el tiempo del que disponía hasta que despertara. Sus ojos brillaron. Quien le iba a decir a ella, después de todo lo pasado, que terminaría ejerciendo la cirugía.


Marta Querol Benèch

www.martaquerol.es

martes, 6 de diciembre de 2011

La solución del sauce


El sauce había consumido todos los cartuchos. Sólo le quedaba una cosa, pero para ello debía moverse, y hacía tiempo que no lo entrenaba (cuando era muy joven se trasladó unos centímetros, como le dijo su padre, pero de eso ya casi ni se acordaba). Esa noche decidió volver a intentarlo. Cenó fuerte y, cuando el último viandante se hubo marchado y el silencio invadía el parque, trató de elevar primero una raíz. Tardó más de una hora en sacarla a la superficie, y otra más en mover la otra fuera del lago. Arrastraba un fango horrible y pesado, pero no le importaba: lo había conseguido. Las demás raíces salieron más fácilmente, y el frescor de la noche se le introdujo por los resquicios inferiores, produciéndole temblores. Solo faltaba cruzar la calle y ponerse a la fila que diariamente se arremolinaba al otro lado. Allí debía encontrarse la solución, puesto que todo el mundo se pasaba las horas muertas uno detrás de otro: la cola del paro.
-Ea-se dijo plantándose ante la puerta del INEM cuando todavía no habían abierto sus puertas- Seguro que aquí encuentro el remedio a mis problemas.

martes, 29 de noviembre de 2011

El hombre bueno que supo hablar (extracto)

Si de algo ha servido siempre este blog ha sido el hecho de mostrar escritos que, en mi humilde e inexperto parecer, merecen la pena ser leídos. Simplemente lo que a mí me apetece leer o creo que hay que dar una oportunidad. En este caso es un colega que últimamente voy descubriendo y que me asombra por su versatilidad. Su nombre es Alberto Lominchar y tiene ya varias novelas publicadas en formato virtual, aparte de ser un apasionado de la poesía. Humor, historia, versos, crítica, etc, etc. Lo que he conseguido leer de él vale la pena (repito que personalmente, como siempre hago)
En este caso aquí os dejo el principio de una novela titulada "El hombre bueno que supo hablar", texto repleto de humor a raudales que te atrapa desde el primer momento. Si dudáis de estas palabras no tenéis más que dedicar unos pocos minutos y comprobaréis que no os engaño.
Allá va.


"EL HOMBRE BUENO QUE SUPO HABLAR" (fragmento)

CAPÍTULO ÚNICO: UN GRAN HOMBRE.

Mi abuelo era un hombre extraordinario.

FIN

(Al terminar la novela he mandado el manuscrito a mi editor, Don
Pedro Mota del Pliego. Éste a su vez me ha remitido por correo su
parecer acerca de ella: Piensa que indudablemente demuestro ser un
escritor de talento, pero que la obra carece de “detalles”. Su consejo
editorial, formado por dos gallinas, un pollino, tres ovejas y seis
gorrinos –todos ellos gente ilustrada y competente- le ha expuesto,
tras un exhaustivo análisis de mi trabajo, que la novela tiene
“fuerza”, pero que ganaría mucho si diera más datos sobre la vida de
mi abuelo. “Datos, detalles...” pienso yo. ¿Así que es eso? ¿De eso se
trata? ¿Para editar una novela hay que explicar a fondo las andanzas
de sus personajes? ¡Dónde vamos a ir a parar! Ahora que, es normal,
vivimos en la sociedad del “culebrón”, así que, por lógica, la gente
demanda conocer las interioridades de los protagonistas de cada
historia. La sociedad del morbo...En fin, D. Pedro me ha
transmitido que sin más información mi librito no verá la imprenta.
Bien; habiéndoseme presentado un argumento tan contundente
–con buenas razones a mí se me lleva a cualquier lado- no me
queda más remedio que contar en profundidad –para deleite de los
cotillas- los alucinantes avatares del existir de mi egregio pariente.

CAPÍTULO II: EL ARBUSTO GENEALÓGICO.
Antes de empezar por el comienzo, me gustaría contar una
anécdota reveladora de la personalidad del abuelo. Era yo aún muy
niño – tendría apenas unos veintisiete años y poca experiencia en la
vida- cuando D. Orlando me llevó al cuarto de los trastos, rincón
sagrado de su casa. La estancia estaba repleta de esos objetos
absurdos e inservibles que los mayores suelen guardar sin un
propósito definido: Dinosaurios, bombas atómicas sin explotar y
totalmente caducadas, algún masai recuerdo de una excursión por
el África, una o dos pirámides del Antiguo Egipto... Me llevó, digo,
a ése su lugar dilecto y una vez allí nos sentamos en el suelo
polvoriento y repleto de arañitas del tamaño de rinocerontes. Antes
había sacado de un vetusto baúl un álbum de fotos sucio y ajado.
Juntos empezamos a repasar las instantáneas: Tatarabuelos,
bisabuelos, abuelos del abuelo, fotos del abuelo mismo...En un

momento dado, D. Orlando interrumpió sus explicaciones y,
mirándome fijamente, repletos los ojos de orgullo, me dijo:
- Nieto mío: has de saber que nuestros antepasados han sido,
durante toda su trayectoria, gente admirada y respetada, auténticos
prohombres y promujeres de la sociedad que les tocó vivir: Unos
fueron piratas, otros –como mi padre- contrabandistas. Tuvimos
también algún magnífico tahúr, varios chamarileros...Vamos, la flor
y nata de su tiempo. Sin embargo, y aunque tenían motivos por
sus méritos para ser soberbios y engreídos, ninguno de ellos dejó
que el éxito se le subiera a la cabeza. Recuerda, pues, esto, nieto:
Nuestra familia siempre ha sido y debe seguir siendo una familia
modesta. Es por ello por lo que, durante generaciones, rehusamos
referirnos a nuestro linaje como “el árbol genealógico”. Nos gusta
llamarlo, simplemente, nuestro “arbusto familiar”, en honor a esa
modestia que nos caracteriza. Aprende, pequeño, esta lección y que
ella te acompañe en la vida.”

Así lo hice; Ahora intento conducirme siempre por la senda de la
humildad-aunque esté llena de brozas y matojos- . En ella empiezo,
ya sí, la verdadera e increíble historia de mi abuelo.

CAPÍTULO III: EL PRIMER NACIMIENTO.
En la época del abuelo la mayoría de las personas no nacía como en
la actualidad. En realidad, muchos individuos venían al mundo
siendo ya adultos, con dos carreras universitarias y vestidos con traje
de gala. El nacimiento era un evento social de primera magnitud,
sólo comparable al día de la primera baja laboral, que también era
muy celebrado por aquellos tiempos. El abuelo nació por vez
primera el veinte de Mayo de hace chorrocientos años. Sus
progenitores: don Obdulio y doña Eulalia. El parto fue sencillo y
enseguida llegó Orlandito, un ejemplar sanote de veintitrés años
con las carreras de ingeniería y filosofía debajo de su lustroso brazo.
La familia no pudo por menos que quedar admirada ante ese
mocetón que lucía un frac deslumbrante al llegar a este mundo.

Todo iba la mar de bien, de miedo, hasta el funesto día en que don
Obdulio se acercó al registro civil para dar de alta a la criatura en la
nómina del planeta. El buen hombre, robusto y grandote, con unas
barbas luengas y pobladas –algunos decían que de pigmeos,
habladurías por otra parte- que se le iban enredando entre las
piernas, llegó al recinto funcionarial ufano y orgulloso. Tras una
pequeña rebusca de ventanillas que tan sólo le llevó unas cuantas
horas, don Obdulio se encontró frente a la adecuada. Esperó
pacientemente su turno y llegado el momento comentó al
encargado:
- ¡Buenos días! Vengo a inscribir a mi hijo en el registro.
- ¡Ya! ¿Nombre y apellidos?
- Orlando. Orlando Penacho del Roble.
- ... del Roble. ¿Fecha de nacimiento?
- Veinte de Mayo del presente año.
- Veinte de Mayo... Veamos las actas registrales de turnos para
nacimientos...-El funcionario se encasquilló bien los lentes y con
soltura se puso a ojear los mamotretos. De repente, posó un dedo
en una de las páginas y soltó:
- Pero, oiga, si su hijo se ha adelantado; ¡debía de haber nacido el
veintisiete de Mayo!
El bisabuelo barruntaba que no podía ser cosa fácil el dar solución a
una cuestión de papeleo como ésta, pero aun así, en tono ingenuo,
comentó:
- Estooo... ¿y qué importancia tiene eso, buen hombre?
- ¿Que qué importancia tiene? ¿Es que se cree usted que en este país
se puede nacer cuando a uno le dé la gana? ¡Menudo desorden
entonces!
- Bueno... Pero estando la criatura ya en circulación... Que digo yo
que...
- ¡No, señor mío! –contestó indignado el del tenderete- Aquí hay
que seguir unas normas que no nos podemos saltar.
- ¿Y si pasamos por debajo de ellas? –preguntó el bisabuelo, por
quitarle tensión al asunto.
- ¡He dicho que no! El chaval tendrá que volver dentro de su madre
y nacer el día que le corresponde.
El bisabuelo Obdulio comprendió que había chocado con el alto y
tupido muro funcionarial y que, ante eso, poco se podía hacer.
Regresó a casa desolado para anunciar que el nene debería volver a
nacer el día veintisiete, como era de ley.

CAPÍTULO IV: EL SEGUNDO NACIMIENTO.
Mucha gente suele afirmar que segundas partes nunca fueron
buenas. Ahora, en el caso de mi abuelo es evidente que ese dicho se
cumplió. Como ya hemos narrado anteriormente, don Obdulio no
pudo formalizar el primer nacimiento de su hijo y, habiéndolo dado
por nulo –cual salto de longitud- el funcionario correspondiente,
tuvo que regresar al hogar y explicar la mala nueva a doña Eulalia.
Así pues, llegado el día veintisiete de Mayo el parto se tuvo que
repetir y esta vez con nefastas consecuencias. Si el primer
alumbramiento fue un éxito –exceptuando su faceta burocrática-,
el segundo resultó todo lo contrario: De éste la bisabuela Eulalia
tuvo, como sucede en la actualidad, un bebé mondo y lirondo. El
hecho fue toda una rareza, es cierto, pero de vez en cuando se
daban casos así. El abuelo resultó ser un niño pequeño, no un
jovenzuelo apuesto con sus dos licenciaturas y su trajecito de altos
vuelos. Lloraba, se hacía sus cositas encima y no había cristo que
razonara con él. El palo fue, como puede comprenderse, enorme
para sus progenitores. Las visitas encontraban al niño gracioso y
“muy espabilado para su edad” (todo ello entre risitas sofocadas e
ironías muy poco disimuladas), pero a espaldas de los bisabuelos
desataban sus desvergonzadas lenguas recreándose en la desgracia
familiar. A este nacimiento, como era de esperar, un funcionario
orondo y repantigado no puso ninguna objeción.

CAPÍTULO V: DON OBDULIO Y DOÑA EULALIA.
Hacemos aquí un breve receso en la historia del abuelo Orlando
para explicar quiénes eran y cómo se conocieron los queridos
bisabuelos. Don Obdulio, como ya hemos dicho, era un hombre
fortote, enérgico y de grandes barbas. Éstas fueron su orgullo, su
seña de identidad... ¡y le venían de miedo para su trabajo! Y es que
el bisabuelo ejercía el viejo y noble arte del contrabando, oficio para
atletas y virtuosos de la técnica; Para atletas porque el buen señor
debía recorrer leguas y leguas a través de montes y valles cualquiera
que fuera el clima (tornados, tsunamis, lluvias de meteoritos,
huracanes fuerza 9´5...) y para virtuosos de la técnica, ya que había
que demostrar una habilidad y pericia fuera de todo orden con
objeto de engañar a los sagacísimos agentes de la ley. Don Obdulio
poseía ambas cualidades y pasaba controles y fronteras
desapercibido cual nazareno en Semana Santa. Hacía su “excursión”,
se proveía de la mercancía necesaria (televisores, excavadoras,
tabaco ruso, tambores y tambores de detergente “limpiol”, árboles
de exóticas especies...) y la camuflaba bajo sus tupidas barbas. Así
mismo, utilizaba un amplísimo gabán con más de un millón de
bolsillos donde cobijar los más extraños trastos. De esta guisa, y
abultando treinta veces su tamaño natural –ya de por sí enorme-,
se presentaba de vuelta en la aduana. Allí ya era conocido y el
encargado aduanero le saludaba:
- ¡A la paz de Dios, Don Obdulio!
- ¡Con el espíritu protector de los funcionarios de fronteras, Simón!
- ¡Qué barbaridad, Don Obdulio! ¡Si cada día que pasa está usted
más relleno! Como no se cuide, su profesión va a acabar con su
salud –y es que el aduanero estaba creído que el bisabuelo trabajaba
en la prueba y control de calidad de colchones, una labor muy
demandada en aquella época (¡váyase a saber por qué!)-.
-¡Qué se le va a hacer, Simón! Ya sabes que me debo a mi labor... ¡Y
yo soy un profesional!
Había que reconocer que el bisabuelo fue enormemente bueno en
lo suyo y así le fue concedido varias veces el premio de “Traficante
del año”. También ejerció de presidente del gremio de
“conseguidores” (de esta forma les gustaba a ellos llamarse) durante
varias legislaturas. Desde luego, todo un personaje Don Obdulio.
En cuanto a Doña Eulalia, decir que fue mujer circense, en el
sentido literal de la palabra. Trabajaba en el mayor espectáculo del
mundo desde muy joven y el bisabuelo la conoció en una de sus
actuaciones. Por si no lo he mencionado antes, Doña Eulalia tenía
dos especialidades: El funambulismo –ese eterno caminar por la
delgada línea recta aunque ligeramente combada- y el trapecio –los
vestigios evolutivos que nos recuerdan nuestra procedencia
simiesca-. Fue una tarde en la que el bisabuelo se había acercado en
“viaje de negocios” al país vecino y, haciendo tiempo para que su
contacto le trajera las “provisiones”, decidió comprar un billete para
ese evento que pone un “¡oh!” permanente –e hilillos de baba- en
la boca del que lo observa. Don Obdulio devoró cada actuación con
ansia infantil, pero no fue hasta el número de funambulismo que
finalmente se le desencajó la mandíbula: El suceso lo produjo una
joven y arrebatadora gimnasta que parecía volar de rama en rama
–perdón, de trapecio en trapecio- con una gracia y una sutileza
absolutamente fuera de este mundo. En el punto álgido del evento,
Doña Eulalia –“Eulalita voladora”, por entonces- dio setenta y
cuatro volteretas antes de intentar alcanzar la barra de sujeción,
pero un inesperado mareo le hizo fallar su último giro y cayó entre
el público, justo en los brazos de Don Obdulio. La mirada entre los
dos lo dijo todo y el bisabuelo camufló a la artista en sus barbas con
presteza. Como el tema de los papeles del pasaporte estaba aún peor
que ahora, Don Obdulio decidió pasar a Doña Eulalia de
contrabando por la ya conocida aduana.
- ¿Qué hay, Don Obdulio? –preguntó Simón, el aduanero.
- Poca cosa, Simoncito –contestó Don Obdulio-. A propósito, que
sepa usted que me caso y está invitado a la boda.
- Pues que sea enhorabuena y gracias por el convite. ¡Ah! Y
descuide, no faltaré.
En esos momentos, entre las vellosidades faciales del bisabuelo, la
trapecista apenas podía contener una inocente sonrisilla.
Pasó el tiempo y, aunque ya casada, Doña Eulalia nunca abandonó
su afición por el circo y durante las “visitas turísticas” de Don
Obdulio ella utilizaba la casa como pista central: Saltaba de lámpara
a lámpara dentro del hogar o entre las cuerdas del tendedero del
patio para practicar con el trapecio. El funambulismo lo
rememoraba en las barandillas de los balcones: Los viandantes
observaban su actuación, la aplaudían y le pedían bises. Y es que el
veneno de la farándula cala muy hondo; ¡Qué se lo dijeran a Doña
Eulalia!


Alberto Lominchar Pacheco
http://erratico.bubok.es/

sábado, 12 de noviembre de 2011

El Valle del Demonio


Ahí os dejo un fragmento escogido de una de las últimas novelas publicadas de Sergio G. Ross, un chico que últimamente no para de publicar, y se merece una atención, la verdad. La novela promete misterio e inquietud o si no leedlo.


El Valle del Demonio (fragmento)

Aparte del morral de piel, el viejo había traído una bolsa de plástico consigo, una de buena calidad, resistente.
Antes de que Pedro se fuera, la había descargado del coche.
La bolsa pesaba bastante, así que la dejó apoyada contra la pared de la casa donde habían almorzado. Luego se santiguó y fue hacia la ermita, campo a través, sorteando las ortigas y mirando bien dónde pisaba, ya que el sendero que conducía hacia ella se había difuminado con la maleza y la falta de tránsito.
De lejos, la antigua capilla no parecía tan deteriorada, pero al acercarse pudo ver los trozos de pared caídos, el techo hundido, y la gran puerta carcomida, cerrada. El sencillo campanario, de un blanco impoluto, era lo único que parecía intacto.
Se acercó hasta la entrada evocando las veces que había estado allí cuando era niño, antes de que todo se descontrolase. Por aquellos tiempos, él debía rondar los diez u once años, todavía no se había construido la iglesia del poblado de Los Girasoles. Los vecinos subían por el sendero que llegaba desde la carretera hasta la base del monte, en una peregrinación que se repetía todos los domingos, hiciese el tiempo que hiciese.
El niño que era Antonio tardó poco en darse cuenta de que la gente de los dos poblados (el de arriba se llamaba “Los Tomillos”) mantenía cierta tirantez, cierta tensión, que era palpable como el frío en invierno. La gente de arriba, del monte, era sumamente reservada, de una religiosidad extrema y extraña. Los hombres llevaban barba, aunque fueran jóvenes, y vestían siempre de negro. Todos parecían conocerse la Biblia de carrerilla. Las mujeres sin excepción cubrían sus cabellos con pañoletas, y nunca hablaban con desconocidos. Muy rara vez con los hombres del otro pueblo.
Las malas lenguas decían que las gentes de ese poblado se casaban entre ellas. Los hermanos con las hermanas, y cosas así. Para Antonio, por aquel entonces la palabra “casarse” sonaba muy distante, se imaginaba que estar casado sólo llegaba cuando uno era viejo. Si se ponía a pensar, sus padres siempre habían sido personas maduras. En los tiempos de la posguerra civil española, tiempos duros, los hombres y mujeres perdían pronto las pinceladas de juventud. La piel curtida, las manos callosas y los cabellos canos eran señales inequívocas de la forma de vida, la forma de ganarse el pan.
Los vecinos de los Girasoles procuraban no subir mucho a la base del monte, sólo para cazar o los domingos para ir a misa. Nadie hablaba abiertamente de ello, y cuando lo hacían, procuraban que ningún niño lo oyera.
Había algo siniestro en ese silencio.
“Si te portas mal te dejaré sólo en el poblado de arriba”.
Fuese cual fuese la auténtica razón, no tardaron mucho en empezar a construir una pequeña iglesia en el poblado de los Girasoles, y con el pasar de los años, se fue perdiendo la poca conexión con los de arriba. Como mucho, el pastor de cabras, el panadero, o pequeños intercambios de productos: queso, y algunas cosas que los de Los Tomillos hacían realmente bien: jabones, sombreros y trajes. Las mujeres del extraño poblado eran consumadas costureras.
Clac.
Una rama se partió bajo la bota del viejo. Dejó de pensar en el pasado y se concentró en el presente. Miró a través de la puerta carcomida. Los bancos de madera estaban llenos de polvo y vegetación, alguna viga de madera del techo obstruyendo el paso, y al fondo, el sitial con una Biblia mohosa. Y el olor a humedad putrefacta.
¿Qué esperabas, viejo? ¿Un grupo de feligreses vestidos de negro rezando?
Suspiró.
Dejó atrás la ermita, bordeándola hasta llegar al recinto trasero. Un cementerio de estacas y cruces apretadas. Sólo unas pocas estaban grabadas con nombres, el resto eran anónimas. Había vegetación por doquier, una frondosa higuera y unos palmitos. Pasó una pierna por encima de la verja astillada y caminó por entre la hierba y las lápidas sin nombre.
La de su hermano pequeño estaba en la octava fila, empezando por el sur.
Padre Nuestro que estás en El Cielo…
La turba bajo sus botas estaba descolorida por el sol. Al pie de la estaca, antaño una cruz cuya tabla horizontal se había perdido, una fila de incansables hormigas arrastraban los restos de un escarabajo. Antonio cayó de rodillas, temblando, entrelazando sus dedos y cerrando los ojos con fuerza.
Santificado sea tu nombre…
¿Cuánto tiempo había pasado?

……..

4:20 a.m.
La Fábrica nunca dormía.
Quizá sus sonidos cambiaban, sus tuberías crujían de un modo distinto, al igual que las chapas de metal que la forraban. Algunas veces eran los cambios que los hombres provocaban en su interior, abriendo y cerrando válvulas, aumentando o disminuyendo la cantidad de producto que circulaba por sus venas. Otras veces, dependía del frío de la noche o del calor de la mañana.
El metal se comportaba de forma curiosa con la temperatura.
Pero no siempre era así. Cuando la gente tenía sueño, cuando los operadores se refugiaban en las casetas a dormitar y ella estaba prácticamente sola… Cuando nadie caminaba por sus pasarelas y los ojos no se fijaban en sus manómetros, ni en los ruidos de sus bombas, la Fábrica se liberaba del yugo de los hombres. Crujía a su antojo, y se desperezaba como un niño travieso.
Un ser vivo, que sudaba por los poros de su piel, que no eran otros que las purgas de sus líneas, con sus propios olores, pestilentes y nauseabundos. Y como ser vivo, tenía sentimientos.
Si estaba triste, los motores giraban más despacio, y si estaba alegre era capaz de dar más brío a los ventiladores y a los filtros rotativos.
Ahora era distinto. Estaba enfadada, realmente disgustada con los hombres.
Él le había dicho que ellos pensaban traicionarla, que estaban tramando desconectar la corriente que alimentaba sus órganos. Luego traerían máquinas que la cortarían a trozos, desmembrándola para siempre, demoliendo sus cimientos.
Estaba tan desquiciada que no se paraba a preguntarse cómo Él sabía esas cosas. Tampoco quién le había enseñado a hablar su lenguaje.
Pero lo cierto es que allí estaba, subido en su nueva torre, en lo más alto, con apariencia de mujer voluptuosa, siseando, murmurando, con aquella voz seductora e irresistible.




Sergio G. Ross
http://elalmaimpresa.blogspot.com

sábado, 5 de noviembre de 2011

Aventuras de un opositor en apuros


Sólo queda una semana.
Ya no sé ni cuántos meses llevo en el mismo sitio, escuchando lo mismo por la ventana abierta y viendo los mismos dibujos de la pared. Me encuentro en un zulo, vamos.
“La Dirección General de producción Agropecuaria se encarga de la intervención de los mercados alimentarios” Uff, se me quedó al fin en la cabeza.
Es que una oposición es algo de lo más ingrato y solitario, aunque tengas el apoyo de la familia. Todos los días lo mismo, ya sea en casa o en la biblioteca donde, por cierto, a veces hay más marcha que en cualquier otro lugar. Por ejemplo en el mes de agosto a las cinco de la tarde, con los estudiantes que se presentan en septiembre y que se acaban de dar cuenta de los pocos días que les quedan después de pasarse un verano sin dar golpe. A veces hay hasta peleas por un sitio, incluso con amenazas escritas en los apuntes del vecino si te ha movido el libro unos centímetros cuando aprovechaste para ir al servicio en un instante de debilidad.
Mi mente vuela como las aves, pensando en lo bien que estaría yo en la calle, tomando unas copitas o viendo la luz del sol únicamente (mi piel luce como la de un vampiro). Hace un día de miedo, vamos, y yo aquí.
No, otra vez no. Concentración, que ya queda menos. Como la rama Tuk a la que se refería Tolkien en su libro, cargada de fuerza y valentía, contrastando con el lado débil y cobarde de los Bolsón, me reprendo a mí mismo. Me conformaré con la ventana abierta, única relación con el mundo externo.
Parece mentira en ese sentido, pero sin darte cuenta puedes analizar la vida de los demás en su rutina si quieres, trazando un calendario y horario cual entrenado espía: los niños del quinto se van a clase a las nueve en punto, como un reloj, con su padre aullando tras ellos para mantenerlos dentro “de la raya” (expresión suya); o el otro vecino, ya jubilado, con su paseo matutino a comprar el periódico y para aprovechar-ahora que no nos oye- a fumarse un par de cigarrillos escondido detrás de una viga que hay a la salida del portal; o la pareja que discute cada dos días con sus portazos incluidos, con su lenguaje –el de ella por lo menos élfico o swahili, no sé- incomprensible para todo bicho viviente, aunque creo que son de un barrio de Parla.
Vaya, el vecino ha puesto la música, qué bien. Es verdad, este también. Es un rapero o hiphopero (perdón mi incultura en este sentido) que abre la ventana con la música a todo trapo, no precisamente clásica, y da unos cuantos berridos cuando se despierta, entre las cinco y seis de la tarde. El otro día mi mujer le pilló en la ventana emocionado, dando giros a lo Michael Jackson a la par que tendía unos gallumbos. Qué visión.
Por suerte parece que se tiene que ir y la música se detiene pronto, incluso antes de que mi dolor de cabeza me haga cerrar la ventana y el contacto con el exterior. Bien, podré seguir escuchando de fondo a Billie Holliday. Tengo un acopio de cintas y cds de toda clase y condición, para acompañarme en mis días solitarios. New age o Chilout, como quieras llamarlo, jazz de todo tipo, clásica, o hasta flamenco, etc. Música no precisamente de disco pero que me relaja y abstrae sin, por el contrario, distraerme en los últimos días de suplicio. De vez en cuando mi cabeza piensa en todo lo que voy a realizar una vez termine, salga bien o mal, aunque la mitad se me olvidará probablemente minutos después. Parece mentira la actividad cerebral que se genera en estas épocas, la capacidad de retención, atención y velocidad que la necesidad te proporciona. Si tuviese tiempo escribiría un libro en un santiamén, pienso.

Bueno, parece que hoy me ha cundido. Más o menos me miré lo que tenía planeado, que ya es bastante. Hay días en que uno no está para nada por diversos motivos, y otros sí se tiene la cabeza dispuesta, pero asuntos ajenos al examen- últimamente mi hija y su nuevo novio nos trae de cabeza- se interponen y rompen el día perfecto (para estudiar, claro, si es que se puede hablar de “días perfectos”). Si hubiese decidido opositar hace años…pero en fin, uno piensa en hacer de todo cuando termina la carrera menos en seguir estudiando…Como se suele decir, la vida te lleva por otros derroteros.

-¡¡Cago`n Dios y la puta Virgen!!- suelta una melodiosa voz que engalana la tarde.
Este es el vecino que faltaba, se me había olvidado, triste de mí. Hay un hombre, jubilado o en paro, no lo sé, que ameniza los instantes sublimes con estas estupendas y armoniosas frases, dulces como la empalagosa miel de azahar. Da igual la hora. Lo mismo a las ocho de la mañana como a la una de la madrugada lo he escuchado en su terraza. Primero un golpe y después un taco, no hay variación. De vez en cuando saco la cabeza por la ventana, a ver si atino a descubrir en qué piso es, ya que nunca lo he visto. Pero estar está, como las meigas. Y si me olvido, cada cierto tiempo me recordará su presencia. Deduzco que está construyendo algo. Pero qué algo, digo yo. Porque le escucho desde hace tres largos años ya. Creo que El Escorial se edificó en menos tiempo…

En estas me encuentro cuando un súbito piar se acerca a mi ventana y pasan volando dos golondrinas en vuelo rasante, una detrás de otra. Ah, ya van a intentarlo otra vez. El otro día descubrí que existe un nido a un metro por encima de una de mis ventanas. Está claro que les gusta el lugar y no me importaría que criasen, aunque lo veo difícil. Pero cosas más complejas se han conseguido, como sacarse oposiciones.
En fin, que me dejo de tonterías y creo que voy a darle otro repaso, que hace falta.
A ver, la Dirección General de producción agropecuaria se encargaba de…¡maldita sea!

viernes, 28 de octubre de 2011

¡¡¡5000 visitas!!!


¡Por fin!

Debió ser el martes o miércoles cuando se llegó a la cifra. Me refiero a las cinco mil visitas a esta página. Gracias a todos los que visitáis este blog, nada del otro mundo por otra parte, pero con un granito más que añadir a la multitud que pupulan por internet. Gracias por seguir visitanto esta página, aunque a veces los comentarios escaseen. Algo interesa y me alegro, y por eso este lugar permanece y os pertenece, un lugar donde expongo noticias, comentarios o relatos de compañeros que aman la escritura como yo, o más aún; amigos que comienzan su andadura y necesitan un pequeño empujón, o, por lo menos, un lugar más donde exponer sus escritos. Y en general a todos los que os consideráis de la Generación del Alcoyano.
A todos, gracias.