"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

viernes, 24 de febrero de 2012

La mensajera


Desde hace tiempo tengo ganas de leer relatos de una joven escritora que se va haciendo hueco con su buen hacer. Por ahora lo poco que he leído me está atrayendo. Se llama María Martínez, Anxana en su blog que recomiendo encarecidamente, y sus textos vampíricos y fantásticos (lo poco que he leído suyo por ahora) contrastan con la alegría que destila en conversaciones virtuales.
Habrá que seguir conociéndola.



LA MENSAJERA

Despertó de golpe, con el corazón desbocado y la sensación de estar siendo observada. Se llevó una mano al pecho, como si aquel gesto pudiera tranquilizar su agitada respiración. Miró a su alrededor con aire aturdido, intentando recordar donde se encontraba. Parpadeó para aclarar su visión borrosa, y poco a poco reconoció los muebles, las cortinas, la chimenea que calentaba la estancia… Estaba en su habitación.
Arrebujada bajo las mantas trató de volver a dormir, pero una extraña inquietud se alojó en su pecho, un presentimiento, un temor impulsivo que le encogía el estómago.
Un lobo aulló cerca de allí, otros se unieron a él formando un coro siniestro, lastimero. Giró hacia la ventana a tiempo de ver como algo se apartaba del cristal. Se asomó casi con miedo. La luz de la luna se filtraba a través de los jirones de nubes que arrastraba el viento, desde allí el bosque resultaba espectral, cubierto por un manto impoluto de nieve.
Forzó la vista intentando distinguir qué era aquello que se alejaba con dificultad. Parecía una mujer portando un gran fardo bajo el brazo, y se arrastraba como si estuviera muy débil. Abrió la ventana y la llamó, pero fueron los lobos los que respondieron a su grito. Los vio corriendo entre los árboles, acechantes, cada vez más cerca de aquella pobre mujer.
Tomó la lámpara de aceite y salió al pasillo envuelta en una toquilla, la madera fría crujió bajo sus pies. Empujó la puerta y sin hacer ruido penetró en la habitación de su padre. Se movió con cuidado, mientras contenía la respiración, escondiendo sus pasos bajo los ronquidos del hombre; si se despertaba, no la dejaría salir. Cogió la espada y abandonó de puntillas el cuarto.
Sus pies se hundieron en la nieve y con esfuerzo comenzó a avanzar. El vaho de su respiración se condesaba a su alrededor, como una densa nube que parecía cristalizarse por el frío intenso de aquellas horas intempestivas. Usó la espada como bastón y pronto llegó a la primera línea de árboles. El sudor le regaba el cuello, congelándose a lo largo de su piel.
El viento sopló con fuerza enmarañándole el pelo. La nieve se arremolinó a sus pies, borrando las huellas que la mujer iba dejando y también su propio rastro. Avivó el paso, el aire le quemaba los pulmones y cada jadeo se convirtió en una dolorosa punzada en el pecho.
Unos ojos dorados surgieron de la nada como un fogonazo, para volver a desaparecer de la misma forma. Un poco más adelante otro par de ojos la observaban sin ningún disimulo. Gruñidos hambrientos sonaron a su espalda, se giró empuñando la espada, dispuesta a usarla contra aquellas bestias. Lanzó una mirada de advertencia al lobo de pelo negro y éste se encogió gimiendo. Apretó los dientes y le dio la espalda al animal, canturreando un hechizo que la protegiera del peligro.
Se llevó una mano al cuello y echó en falta su amuleto, mal augurio. Intentó no pensar en ello y continuó buscando a la mujer, no podía estar lejos; parecía enferma, a punto de desfallecer.
El murmullo de la corriente del rio flotó hasta sus oídos, acompañado de un extraño chapoteo, un compás rítmico e inquietante al que siguió hipnotizada. La encontró junto a la orilla, arrodillada sobre una piedra lavaba unas telas en las frías aguas.
–¡Mujer! –la llamó, ésta no le contestó.
Se acercó muy despacio y se arrodilló a su lado. Vestía una capa gris con una capucha sobre la cabeza. Intentó verle el rostro, pero la larga melena rubia lo cubría por completo.
–¿Te encuentras bien? –preguntó. De nuevo el silencio por respuesta.
Se inclinó un poco más sobre ella, intentando ver que era aquello que restregaba contra la piedra con tanta dedicación. Palideció al reconocer su vestido, el mismo que había llevado durante todo el día, y mientras intentaba comprender que estaba ocurriendo, el agua se tiñó de rojo. Olía a sangre y la sangre brotaba del vestido.
Una idea aterradora tomó forma en su mente, la leyenda se tornó realidad ante sus ojos. Tragó saliva para aflojar el nudo que le oprimía la garganta. Posó una mano sobre el hombro de la joven y, muy despacio, sujetó la capucha que le cubría la cabeza. La retiró, y una larga melena surgió en cascada hasta el suelo.
De repente la mujer se giró hacia ella y el tiempo quedó suspendido. Ahogó un grito con las manos y se puso en pie, observando con estupor aquel rostro pálido como un cadáver que le devolvía la mirada, un rostro bañado en lágrimas que brotaban de unos ojos enrojecidos por el dolor y el llanto, tan fríos como un lago helado.
La mujer se puso en pie y extendió sus brazos hacia ella, entonces pudo ver el blanco sudario que la capa cubría. Dio un paso atrás alejándose del abrazo fatal de aquel espíritu de la naturaleza. Su instinto la urgía a correr, a alejarse de allí, pero el miedo la tenía paralizada; y mientras sentía el corazón a punto de estallar dentro del pecho, la mensajera de la muerte se elevó en el aire y de su garganta brotó un triste a la vez que hermoso lamento, un gemido lastimero que acabó transformándose en un alarido penetrante que le heló la sangre. Entonces, con la misma gracia con la que se había elevado en el aire, se lanzó a la fría corriente y desapareció bajo las negras aguas del arroyo.
Los lobos surgieron de las sombras en las que se ocultaban y comenzaron a aullar formando un coro macabro. Dio media vuelta y echó a correr, huyendo de aquella pesadilla. Sabía lo que significaba aquella aparición, la muerte la rondaba.
Los pies se le hundían en la nieve, la hojarasca y las ramas caídas que había bajo el hielo crujían a su paso. Aunque ella sólo podía oír el palpitar de su corazón desbocado y como la respiración le silbaba en la garganta. Sentía como si sus pulmones estuvieran llenos de fuego.
Miró en derredor, asegurándose de que los lobos no la seguían…cuando los vio. Tres hombres avanzaban en su dirección. Corrió hacia ellos, tropezando con las piedras y golpeándose con las ramas, pero al reconocerlos se paró en seco. Giró sobre sus talones tratando de huir antes de que la descubrieran, y chocó contra algo que la hizo caer de espaladas. Una mano áspera y fría la agarró por el cuello y tiró de ella hasta ponerla en pie.
–¡Vaya, vaya, mirad lo que acabo de cazar! –dijo Brian O`Connor, hijo del noble que gobernaba aquellas tierras. La miró con desprecio–. Una bruja. La bruja que ha traído la mala suerte, la hambruna y la desdicha a nuestras tierras.
–Yo no provoco esas cosas, sois vos y vuestro libertinaje.
–La mala suerte se instaló en mis tierras con tu llegada, arpía. Llevas el estigma de las hechiceras, al igual que lo llevaba tu madre –le espetó, agarrándola de su cabellera roja como el fuego–. Y ahora la acompañarás al mundo de los muertos, donde tu magia no dañe a mis buenas gentes.
De un zarpazo Brian le rasgó las ropas, ella intentó cubrirse, pero él volvió a golpearla.
Los dos soldados que acompañaban al joven rompieron a reír, mientras posaban sus ojos lascivos en partes de su cuerpo que ningún hombre había visto antes. En segundos la despojaron de su atuendo, desnuda bajo la luna su cuerpo fue mancillado, y bajo el filo de la espada su pecho exhaló el último aliento. Lo arrastraron por la nieve hasta el arroyo y lo hundieron en las aguas heladas atado a una piedra.
Brian O`Connor regresó a su castillo y los días se sucedieron. El invierno dio paso a la primavera, la primavera al verano, y Mabon trajo el otoño. Con el solsticio de invierno llegaron las primeras nieves y el ritual de Yule se celebró. Durante la noche del festival, Brian O`Connor se adentró en el bosque junto al druida y un par de soldados. Debían elegir el árbol sagrado que ardería en el próximo solsticio y regarlo con sangre en un sacrificio. Tras cumplir la ceremonia, Brian se acercó al arroyo para lavar la sangre de sus manos. Un rítmico chapoteo llamó su atención. Tras unos arbustos descubrió a una mujer vestida con una capa gris, lavaba ropa junto a la orilla, la ropa de un bebe.
Regresó a su castillo con una extraña sensación, un presentimiento. Se acostó en el lecho junto a su esposa, pesadillas ocuparon sus sueños. Cerca del amanecer un grito horrendo lo despertó, un gemido lastimero que al oírlo le partió el corazón. Corrió a la ventana y vio como una figura envuelta en una capa gris se alejaba con esfuerzo sobre el manto de nieve. Ese mismo día enterró a su hijo.
A la noche siguiente, aquel aullido premonitorio volvió a helarle la sangre. Abandonó la cama y a través de la ventana vio a la misma mujer perdiéndose entre los árboles. Salió semidesnudo del castillo, corrió descalzo sobre el hielo tras aquel fantasma de otro mundo, pero no lo alcanzó. Regresó a su habitación cansado y afligido, se tumbó junto a su esposa y la abrazó. Notó su cuerpo rígido, frío, ni el más leve palpitar lo agitaba. Ese día la enterró junto a su hijo.
Llegó la noche. Brian se armó con su espada y a lomos de su caballo se adentró en la espesura en busca del espíritu. Los aullidos de los lobos lo seguían en su peregrino viaje, cada vez más cerca, cada vez más hambrientos.
Llegó al río, ató su montura, y con la espada empuñada fue en busca de la banshee, ya no tenía dudas sobre lo que era. La encontró arrodillada en la misma piedra, y con dedicación lavaba una camisa manchada de sangre. El agua se tiñó de rojo hasta que todo el cauce tuvo ese color. Brian reconoció la prenda, era suya. Blandió la espada dispuesto a asestarle un golpe al hada oscura, pero ésta se puso en pie a una velocidad sobrenatural y lo enfrentó, taladrándolo con una mirada llorosa, enrojecida, que reflejaba la mayor de las penas.
La espada resbaló de sus manos y golpeó el suelo con un sonido sordo. Sus ojos desorbitados no parpadeaban, estaban fijos en aquel rostro pálido y cadavérico, enmarcado en una cabellera del color del fuego.
–¡Tú, bruja! –susurró muerto de miedo.
–Bruja –repitió ella con un sonido inquietante–. ¿Sabes qué le ocurre a una bruja cuando escucha el lamento de una banshee, Brian O`Connor? Que no muere, renace, una nueva banshee viene al mundo. Tú me hiciste sufrir y ahora tú sufres, pero el castigo no será sólo para ti. Mis lamentos anunciarán la muerte de todos aquellos a quienes amas. Mi camino se une al de tu familia para siempre, pero tú no podrás verlo. Esta noche te reunirás con tu mujer y tu hijo en el Annwn.
Se elevó en el aire, extendió los brazos como si quisiera abrazarlo y profirió el grito más profundo y desgarrador que jamás hubo escuchado nadie. A continuación se lanzó a las aguas teñidas de sangre y desapareció bajo ellas.
Esa noche, Brian O`Connor murió devorado por una manada de lobos.




María Martínez

http://anxana.blogspot.com/

domingo, 12 de febrero de 2012

El ladrón de compresas (fragmento)


Aquí os dejo un fragmento de "El ladrón de compresas", sugerente título de otra de las novelas con que nos obsequia Sergio G. Ros, infatigable donde los haya.
No necesita más presentación, porque ya se ha hablado de él (y se hablará más) pero el poco tiempo que llevan sus novelas en Amazon está ayudando a valorar positivamente su forma de escribir, rechazada en principio por editoriales al uso. No hay más que ver el tirón de ventas de esta misma novela.
Ale, a leer la angustiosa historia de un secuestro...

El ladrón de compresas

MIÉRCOLES

1
Es curioso; de pequeña me encantaba esconderme en los recovecos de la antigua casona de mi abuela, allá en la sierra. Me fascinaba aquella soledad artificialmente creada, efímera, donde era más consciente de mí misma. Podía “sentirme” rodeada por el silencio y por la oscuridad de mis escondites. Era agradable poder percibir mi propia respiración o el latido de mi corazón.
Pero había algo que me gustaba aún más: el poder que ejercía sobre las personas que me querían. Me ocultaba para infringirles algo de dolor, una especie de venganza infantil provocada por un enfado ocasional cuando era castigada por causas que creía injustas. Entonces disfrutaba. Allí, acurrucada en mi guarida, los escuchaba llamarme, primero en tonos de voz que lindaban el juego o la indiferencia. Después de un rato aquellos timbres derivaban en gritos, tintados de preocupación, de nerviosismo. Se oían pasos agitados, sillas movidas, chirridos de puertas abiertas precipitadamente… pero yo no aparecía: era mi momento estrella. Me sentaba con el rostro apoyado entre los muslos, las piernas rodeadas por los brazos, y trataba de no hacer el más mínimo ruido. Tensaba la cuerda al máximo. Y, cuando el clímax era insostenible, cuando rayaba el llanto o se descolgaban los teléfonos, entonces y sólo entonces, salía de mi escondrijo y corría al encuentro de mis padres, hermanos o abuelos. Durante unos minutos, durante horas quizás, había ejercido un extraño poder sobre ellos. Era dueña de aquella realidad, la creaba y la destruía a mi antojo.

Pero ahora es distinto.

Me llamo Sofía Jiménez, tengo veinte años, y he sido secuestrada.
Mi captor me tiene encerrada en una habitación donde huele a viejo, como si todo el aire estuviera viciado. En cierta manera estoy escondida, oculta de mis padres, de mis hermanos, de mis amigas… de la gente que me quiere, como cuando era pequeña. Salvo que ahora, no puedo oír sus gritos, ni sus pasos, aunque sé que me estarán buscando. Por eso digo que es curioso, estoy oculta al igual que cuando era una niña pero la situación es bien distinta. Porque aunque pueda escuchar mi respiración y el ritmo de los latidos de mi corazón, he perdido el control. He perdido el poder. Aunque oyera gritar mi nombre no podría salir de mi escondite y correr hacia ellos. No, no podría.
Sólo me queda llorar.
Tampoco sé exactamente el tiempo que ha pasado desde que me secuestró, creo que cuatro días, quizás tres.
Estoy unida a la pared por una cadena.
Es una cadena gruesa, pesada, metálica. Muere en un grillete que me está haciendo polvo la muñeca derecha. Ese cabrón ha calculado la distancia hasta la puerta, y aunque me estire no puedo llegar, es imposible. Ni siquiera alcanzo el único mobiliario que hay, situado en el lateral de la habitación cerca de la puerta que está en la esquina izquierda, una silla y una vieja mesa de escritorio, casi tan viejos como el cuadro que está clavado en la pared de enfrente, iluminado por la bombilla solitaria que cuelga sin gracia del techo y que crepita de cuando en cuando. El cuadro refleja una antigua tabla periódica. Tampoco le presto mucha atención, siempre he odiado la química. Para mí es de locos creer en los electrones, los átomos y todo eso. Es casi una cuestión de fe, y no soy muy creyente, pero me lo estoy planteando. Entre llanto y llanto me da por rezar, aunque sólo me sepa el Padrenuestro, el antiguo, ése que habla de los deudores.
Entonces reparo en una cosa. Estoy casi desnuda, en ropa interior. No recuerdo cómo ocurrió, pero ese fulano tuvo que quitarme la ropa. Debió ocurrir cuando estaba inconsciente. Al menos, podría haber estado depilada, el vello rizado asoma por los laterales de mis bragas, unas bragas marrones feísimas, por cierto. “Eres gilipollas” ―me digo a mí misma― sólo a ti se te ocurre pensar en la depilación en una situación como ésta. Y me río, es una risa histérica, desesperada y triste. Triste porque nadie puede escucharla.
Y de repente vuelvo a coger el hilo de mi pensamiento original, justo antes de que se me fuera la pinza, cosa que me ocurre a menudo. Mis pantalones y mi suéter están ahí mismo, sobre el respaldo de esa silla polvorienta. Se me ocurre una idea, aunque sé que es imposible que el tipo que me ha secuestrado no haya reparado en ella. “Tonta, no puede ser tan necio” ―me digo. Sin embargo, mi pecho se inflama con la esperanza. Me levanto y camino hasta tensar al máximo la cadena. Estoy descalza y la puta cadena pesa, y mucho. Nada, que no llego. Con el brazo derecho extendido, levanto mi pierna izquierda y la despliego con las puntas de los dedos intentando llegar a la silla. Por poco, casi. Descanso un poco y lo vuelvo a intentar. Una, dos, tres veces. Me tiemblan los hombros, los brazos, la pierna de apoyo…todo. No sé cuanto tiempo estoy así, en esa postura incómoda. Pero al final acabo en el suelo, llorando, exhausta.
Después de un rato, cuando se han secado las lágrimas, me levanto, miro hacia la silla con rabia y lo intento de nuevo, alargo la pierna izquierda, agitando mis deditos con las uñas pintadas de rosa y entonces lo consigo. Logro acariciar los vaqueros, y aprieto los dedos aferrando la tela de mis pantalones. Y temblando los sacudo, levemente de arriba hacia abajo. Nada. Aprieto los dientes y vuelvo a hacerlo. Otra vez. Sintiendo un fuerte dolor en la parte de atrás del muslo soy capaz de lograr una sacudida más fuerte. Y entonces ocurre. Y no puedo creerlo.
Mi teléfono móvil ha caído de uno de los bolsillos. Está ahí mismo. Ha quedado entre el respaldo y el asiento de la silla.
Las siguientes horas las paso forzando al máximo mi cuerpo. Me reprocho una y otra vez mi falta de forma. He perdido la elasticidad, esa maravillosa elasticidad que tenía cuando era pequeña, cuando mis padres me llevaban a las competiciones infantiles de gimnasia rítmica, maquillada como a mí me gustaba, con colores chillones que convertían mi rostro en la cara de una pantera. Y a pesar del dolor, sonrío. Siento el sudor que perla mi frente y toda mi piel. Y estiro, estiro hasta que no puedo más. Llego al límite, hasta al punto donde creo que voy a desmayarme. Y sin saber cómo, lo noto. Siento el frío tacto del teléfonol entre los dedos de mi pie izquierdo. Con sumo cuidado, convulsionada por el dolor, intento traerlo hacia mí. Va a ser difícil, he metido el pie por el hueco que hay entre el posabrazos y el culo del asiento, toda mi pierna tiembla descontroladamente, la rodilla de la pierna de apoyo, la derecha, gime de dolor. Pero lo estoy consiguiendo, poco a poco. Casi está. Entonces ocurre lo peor.
Pasos que se acercan.
Quiero gritar, deseo gritar. El terror me invade, el pie se descontrola y tropieza contra el posabrazos. El móvil está a punto de caer y aprieto mi dedo gordo, lo cierro contra los otros dedos lo más fuerte que puedo. Miles de pensamientos se pasan por mi cabeza en menos de un segundo. El último es la monda: me reprendo a mí misma por no tomar clases de pintura para minusválidos, esos que se ven en reportajes de la tele haciendo cosas impensables con los dedos de los pies.
Los pasos se hacen más fuertes. Se acerca. Estoy totalmente fuera de mí. Empiezo a apretar con el dedo gordo los botones del móvil intentando acertar al de llamada, pero es muy pequeño. Mi uña se clava en el botón central, creo. Aprieto, aprieto… el pie se ha liberado del maldito posabrazos, acerco el aparato hacia mí, y continúo pulsando por el camino. No lo hago de manera consciente, es una mezcla de los escalofríos provocados por el miedo y los temblores derivados del dolor. El móvil hace ruidos, se activan cosas. ¿Estará llamando? No oigo la línea, sólo los pasos.
Y de repente la puerta se abre, y el móvil cae al suelo.
Él se acerca; es un tipo corpulento, grande. Lleva un verdugo en la cabeza, de esos que sólo dejan ver los ojos y la boca. Recoge el móvil del suelo y frunce los labios mientras pulsa los botones. Supongo que quiere comprobar si he conseguido llamar a algún sitio. Sin decir nada avanza, estira su brazo hacia mi cara y por un momento pienso que va a golpearme. Percibo el espray con el que rocía mi rostro.
Todo se hace oscuro.

Sergio G. Ross

http://elalmaimpresa.blogspot.com/
http://www.amazon.es/compresas-detectives-cargada-suspense-ebook/dp/B005Z4RV7G

lunes, 6 de febrero de 2012

El enigma de los vencidos (fragmento)


Armando Rodera se encuentra en plena ascensión.
Hace pocos días se anunció que Ediciones B ha elegido esta novela suya, "El enigma de los vencidos" para su formato digital, B de books, lo que, unido a la extraordinaria trayectoria que lleva en Amazon junto a su otra novela "El color de la maldad", lo hacen escalar puestos como si de una bala se tratase. Y pienso que lo merece,a pesar de haber leído poco suyo. Además, la próxima primavera la propia El enigma de los vencidosserá impresa en papel...
Y ya para colmo, resulta que nos hemos cruzado por los pasillos del insti en una época pasada...así que, en fin, no puedo dejar de dedicarle esta entrada, vaya.

Aquí os dejo este intrigante fragmento, con prosa ágil y bien escrito. Un cafetito y a leer.

El enigma de los vencidos

No pude discernir bien lo que allí se nos mostraba. Un engendro mecánico, con multitud de partes diferentes casi incomprensibles, se plantó delante de nuestros ojos. Sólo al exhibirse en todo su esplendor pudimos contemplarlo con más calma. Se trataba de una especie de tablero primigenio, rectangular, que ocupaba prácticamente la mitad de la maqueta original. Era algo extraño. Se asemejaba a un juego de mesa, y pudimos distinguir unos caminos pintados, con casillas de diferentes tamaños y colores, en plan juego de la oca pero muchísimo más complicado. En algunas casillas se veían pequeñas maquetas a escala asemejándose a edificios antiguos. En ambos laterales se apreciaba también una suerte de túnel donde se encontraban dos bolas metálicas, a imagen y semejanza de las máquinas de petacos que tanto gustaban a los niños.
En el centro mismo del tablero había surgido una pieza muy extraña que no supe descifrar en ese momento. De la misma brotó una pequeña caja que quedó a nuestra merced en pocos segundos. Desde luego aquel cacharro era un prodigio mecánico, digno del mejor ingeniero, y nos había dejado completamente alucinados.
La cajita estaba forrada de una tela muy suave, en color azul. La abrí lentamente sin saber bien a qué me enfrentaba, aunque necesitaba averiguarlo. Los chavales se habían quedado mudos y me dejaron hacer, temerosos del resultado por sus gestos nerviosos. En el interior de la caja me topé con dos dados muy pulidos, uno de color violeta, y el otro amarillo con vetas rojizas. Estaban pulcramente tallados, en un material que no supe discernir a simple vista, pero que brillaba una barbaridad. Al tacto eran suaves pero a la vez daban la sensación de ser duros y fuertes. Tenían seis caras, como todos los dados, pero con una diferencia con los considerados normales. En una cara no había nada serigrafiado, se encontraba en blanco, mientras en las demás caras distinguí los números desde el uno hasta el cinco, siempre con puntitos de color negro marcados en la superficie.
Al lado de los dados hallé dos fichas con sus mismos colores. O en ese momento intuí que eran fichas, debido a la similitud que había creído encontrar entre el artilugio y un juego de mesa tradicional, aunque como ustedes pueden comprender sólo era un parecido razonable. Las fichas, por así llamarlas, se asemejaban a dos animales mitológicos, aunque no era capaz de encontrarle sentido alguno a aquellas formas infrahumanas.
Me fijé más detenidamente en el supuesto tablero y noté que tenía dos salidas, cada una pintada con los mismos colores hallados en las restantes piezas. Era sumamente curioso; me fijé que si partíamos de cualquiera de las dos salidas habría que pasar por el resto de casillas de las que podrían denominarse principales, esas más grandes con una maqueta en su interior, antes de llegar al destino, al final de aquel ingenio.
Dicho final era una casilla más grande que las demás, de color verde azulado.
Albergaba algo parecido a un sarcófago, tallado a mano, que se encontraba al lado de un signo rarísimo grabado en la superficie. Reparé entonces en dicho signo, una especie de clave de sol deformada. Se encontraba también dibujado en la tapa de la cajita recién abierta y en algunas otras partes del tablero. Esas coincidencias me chocaron bastante.
Los túneles laterales discurrían por el exterior del tablero, paralelos a él. Noté que seguían dos direcciones y desembocaban en una pequeña abertura situada junto a las dos supuestas salidas. Dos pequeñas bolas de acero esperaban al llegar a esa altura, dispuestas a empezar el juego, o eso me pareció en ese instante.
Pude apreciar entonces que en el interior de la pequeña caja se encontraba un documento doblado. Era una hoja de un papel especial, de alto gramaje y color hueso, muy deteriorada por el tiempo. Tenía palabras escritas pero no las podía leer en aquellas condiciones. Quizás después de todo pudiéramos comprender de qué iba todo aquello que nos tenía completamente ensimismados, casi sin percatarnos del tiempo transcurrido. El mismo signo ya descrito aparecía como marca de agua en la hoja que tenía entre mis manos. Acerqué la linterna y comencé a leer:
“EL ENIGMA DE LOS VENCIDOS:
Reglas:
1 – Cada jugador tomará una ficha y se encaminará a su salida correspondiente, dispuestos a comenzar el juego según el orden que dictaminen los dados, lanzados de manera conjunta para dilucidar el primero en salir. Como comprobarán, el número de jugadores es dos.
2 — Posteriormente se apretará el botón que se encuentra en la parte inferior izquierda del tablero para que las dos bolas metálicas se coloquen en su posición natural, paralelas pero por debajo de las fichas dispuestas en el tablero.
3 – Comienza la partida el jugador que haya sacado más puntuación al tirar ambos dados. En la siguiente tirada ya sólo se procederá con el dado correspondiente a su color.
4 – El dado sólo se puede tirar en el habitáculo específicamente destinado para ello, que se encuentra en la parte frontal del tablero. Si por cualquier motivo el dado sale fuera de dicha zona, habrá que repetir la jugada.
5 – Una vez lanzado el dado se avanzarán tantas casillas como marque su numeración, entre una y cinco en cada caso. Como habrán podido comprobar, la mayoría de las casillas son neutras, no ocurrirá nada, y sólo al caer en algunas de las principales tiene motivo este juego.
6 — Cuando el jugador caiga en una de dichas casillas, decoradas con diferentes motivos arquitectónicos, se le mostrará inmediatamente lo que tiene que hacer a continuación. Sólo avanzaremos que el jugador tendrá que efectuar una prueba para poder avanzar a la siguiente casilla. En caso contrario quedará atascado en esa posición sin poder continuar el juego.
7 – Si no se siguen estas premisas el juego no podrá terminarse, es imposible concluirlo sin cumplir las reglas. Para llegar al final y solucionar el enigma correspondiente tiene que encontrarse tanto la ficha en superficie como la bolita de acero por debajo, en paralelo. Y ésta no se mueve si no se cumple lo anterior.
Hay que seguir los pasos y resolver las distintas pruebas. El dado no funcionará si no se ha pasado una prueba, y sí, podremos mover la ficha con la mano a otra casilla, pero el resto del juego no se activará. Incluso podría bloquearse y
desaparecer igual que llegó.
8 – Sólo si se siguen todas las instrucciones podrá llevarse a cabo esta pequeña aventura. Como verán se encuentran dentro de un pequeño mapa del centro de Madrid, así que el conocimiento de dicha zona ayudará a solucionar los enigmas.
9 – Este juego fue inventado para salvaguardar ciertos secretos que ahora pueden salir a la luz. Sólo usted, jugador avezado, podrá solucionarlo con paciencia, sabiduría y algo de suerte. Si es así, enhorabuena, porque habrá conseguido desentrañar el misterio y devolver todo a su situación natural.

En Madrid, a 25 de julio de 1957. “

No podía creérmelo, aunque lo tuviera delante. Volví a leer punto por punto el texto, todavía sorprendido. Los niños me miraban de hito en hito, sin decir nada, pendientes de mi reacción. Les leí el contenido, mientras sus ojos centelleaban y la boca se les abría de puro asombro.
Decidimos averiguar algo más sobre el juego, por lo que estudiamos detenidamente la maqueta con cuidado de no tocar ningún mecanismo inapropiado. Si hurgábamos
demasiado era posible que pudiera desaparecer de la misma manera que había llegado hasta nosotros, casi como por arte de magia. Al agacharme noté que en la parte inferior del soporte de la maqueta había una especie de resalto; el mismo que había pulsado accidentalmente Rubén, justo en el momento en que la locomotora principal circulaba por la marca ya descrita. Quizás ese era el modo de comenzar la partida, tendríamos que investigarlo a fondo.

Armando Rodera Blasco
http://vivenciasdeunescritornovel.blogspot.com/
http://www.elenigmadelosvencidos.es/

martes, 17 de enero de 2012

Cuando los ciegos dominan el mundo


Que no se tiene vista en algunos casos es algo evidente en el mundo en que vivimos. Concretamente, ahora me refiero a los “cazatalentos” que vagan escogiendo a aquel o aquella que puede destacar en lo que realiza. Aparte de los muchos que saben realizar su trabajo, han existido siempre casos en que su sagacidad ha brillado por su ausencia, pasando de largo gente con cualidades más que valorables que, si la persona sigue insistiendo y llamando a distintas puertas, al final han salido a la luz. Y esto no les debe haber sentado nada bien a los que los rechazaron al principio.
Por ejemplo, empiezo por lo que cuenta Blas Malo en su inicio del blog: A Ernest Heminway le negaron más o menos unas veintisiete editoriales antes de que recibiese el Premio Pulitzer primero y después el Premio Nobel. Casi nada. O este otro algo menos conocido: John Kennedy Toole jamás llegó a publicar su narración en vida, una novela que él consideraba una obra maestra. Sólo una de las editoriales se sintió interesada en principio por ella, aunque después la descartaron al pensar que “no trataba realmente de nada”, como le comentaron. Estos rechazos sumieron en la desesperación a Toole, que jamás se recuperó y terminó por suicidarse en 1969. Tras años de intentos, su madre halló al final una persona que accedió a leer el libro y quedó impresionado. Se trata de La conjura de los necios y se publicó en 1980, ganando el Premio Pulitzer y el premio a la mejor novela extranjera en Francia ese mismo año. Otro pequeño error, sin duda.
¿Y qué decir de Albert Einstein? Cuando tenía unos 15 añitos un lumbreras de profesor le dijo que “nunca conseguiría nada en la vida”. Vaya vista. ¿O envidia quizá? Puede que esto último, aunque nunca lo sabremos. Y otra de profes: Alejandro Amenabar fue suspendido repetidas veces en una asignatura en la carrera de Ciencias de la Información, y esto junto a las escasas prácticas que recibía le hicieron abandonar justo cuando estaba a punto de licenciarse. Dedicó la mayor parte del tiempo a realizar su ópera prima, Tesis. Ya se sabe que esto le consagró como director de cine. Por cierto, como curiosidad, en esa película el director dio el nombre del malvado profesor a ese tal que le suspendía…
En 1961 C.S Lewis, autor de la saga fantástica de Las Crónicas de Narnia, propuso la candidatura para optar al Premio Nobel de Literatura a su amigo J. R. R Tolkien. Sobre la prosa de su libro El Señor de los Anillos, sin embargo, el jurado opinó que se trataba de “segunda categoría” y que no se encontraba en modo alguno “a la altura de la narración de más alta calidad”. Así que fue rechazado. Actualmente esta novela se encuentra situada, según muchos, entre los mejores libros escritos hasta el momento. Sin más comentarios.
Y si continuamos con Premios – que habría para una novela- por qué no recordar a Camilo José Cela, que recibió el Premio Nobel seis años antes que el Premio Cervantes, nuestro galardón de las letras hispanas por excelencia. Como siempre ocurre en este país, los de fuera nos tienen que valorar lo nuestro para que nos demos cuenta de lo que poseemos. Vaya por Dios.
Podría seguir y seguir. En fin, para concluir esta sarta de “errores”, ahí va una anécdota curiosa: Burt Reynolds y su amigo Clint Eastwood fueron rechazados a la vez en su día en la productora Universal. A Reynolds le dijeron que no sabía actuar. A Eastwood que tenía la nuez demasiado pronunciada para hacer carrera en el cine.
- Al menos- comentó Reynolds a Clint- yo puedo a prender a interpretar, pero no sé qué vas a hacer tú…

Un saludo a todos en este mundo de linces.

domingo, 8 de enero de 2012

Allá marchó el 2011









Para empezar este año que promete ser de lo más interesante quiero hacer un resumen del 2011 en cuanto a reseñas del blog presente.
Con algo más de un año en marcha, y dedicándome a medio gas por deberes familiares mayormente- aunque en espíritu estoy más que en cuerpo, todo sea- no quería dejar pasar una entrada dedicada a los libros y gente que he descubierto gracias al mundo virtual y que he mostrado por esta página.
Para empezar, Blanca Miosi y su excelente prosa, que cada día nos encandila más y más con relatos, comentarios y nuevos libros. Un poderío de mujer que está arrasando en Amazon en el poco tiempo que lleva (véase “El manuscrito”, por ejemplo), y que promete lo suyo en este difícil mundo tan competitivo. Como persona, además, y con los pocos meses de trato virtual, es excelente. Desde aquí un saludo. (http://blancamiosiysumundo.blogspot.com)
Otro que avanzó de la nada y va escalando a lo más alto en clave histórico es Blas Malo, que con "El Esclavo de la Al-Hamra", su primera novela, lleva más de un año en las librerías. Está claro que una buena prosa y exhaustiva documentación están dando sus frutos. Aquí solo puse un fragmento de su obra, pero creo que es un buen ejemplo de lo que nos espera si nos adentramos en sus páginas. Además, en este año nos llega su segunda novela, "El Mármara en llamas", también de género histórico. Mucha suerte, Blas. (http://lenegaron27.blogspot.com )
Qué decir de Marta Querol, finalista del Premio Planeta 2007 con "El final del ave fénix" con un agradable y muy correcto estilo que más de uno quisiera. Con años de artículos en el periódico Las Provincias así como no tan numerosos pero sí aceptables relatos (mira que le he pedido, pero solo he conseguido uno que lancé hace poco en esta página) tiene, pienso yo, un futuro prometedor en el mundo de las letras. A ver cuándo nos deleita con otra novela. ( http://www.martaquerol.es )
Sergio Ross es otro que merece ser reseñado, aunque solo sea por su amor a la lengua, su tesón y generosidad. Al final se ha lanzado (cobarde de mí) a Amazon al no ver publicado ninguno de sus libros por ninguna editorial y...oh, mira por dónde, no parece ser tan malo escribiendo. Eso lo dice el aumento paulatino de las ventas. “El Valle del Demonio”, del que podéis leer aquí un fragmento que gustosamente me cedió Sergio, o “El Ladrón de Compresas”, con un título más que sugerente que puede haber sido la clave del tirón en ventas que está llevando, son muestras de que este chico vale y no hay que dejarle escapar. Yo por lo menos seguiré sus pasos. ( http://elalmaimpresa.blogspot.com )
A Jesús García y su excelente blog de relatos ( http://luzypapel.blogspot.com ) llevo más de un año siguiéndole la pista desde que lo conocí en el foro deProsofagos. Su imaginación desbordante es algo que para mí destaca sobre otros que he leído, y siempre que puedo realizo una visita a su página. Aquí podéis hallar varios de sus relatos que me llamaron en su día la atención. ¿Para cuándo una novela, querido Jesús? ¿O es que las editoriales tampoco lo ven? Espero que la ceguera dure poco y tampoco te dejen escapar, de verdad.
Alberto Lominchar, amigo no virtual que he descubierto hace poco tiempo por la increíble novela "El Hombre bueno que supo hablar" (publicada en www.bubok.es ), es otro autor desconocido para el gran público pero que animo a todos a leer si tenéis suerte y queréis pasar un buen rato. Aquí dediqué una entrada hace relativamente poco con parte de su novela. Humor absurdo y crítico muy bien escrito, rápido de devorar. Además este hombre cultiva y bastante bien la gran olvidada por todos: la poesía. (http://www.bubok.es/libros/175433/EL-HOMBRE-BUENO-QUE-SUPO-HABLAR)
Daniel Franco. Este hombre me da miedo por las maravillas que hace con el léxico. Aunque es muy incisivo y rezo por el que le critica.... Con varias novelas en formato kindle (de Amazon) es una persona que lleva participando en foros de escritura mucho más que yo, y además, ahora de administrador de uno excelente (http://www.prosadictos.com ). Yo me daría un paseo por sus escritos que podéis hallar en el mismo foro. Su dominio del lenguaje me atrapó desde el principio. (http://levedesliz.blogspot.com)
Una docena de libros fantásticos mas otros cuantos que la calenturienta mente de Juan Jesús Hernandez Gómez está preparando es lo que nos amenaza con un buen abordaje si las cosas van bien. Por lo pronto, ya podemos conseguir dos de la saga fantástica "Los Diez Reinos", escritos por este joven y prolífico (y crítico) gaditano. Tampoco le voy dejar de seguir los pasos, os lo aseguro, y seguiré colgando material si me permite.
Y no me olvido de Montse de Paz, por supuesto, de la que he colgado varios relatos. Tuve la suerte de conocerla este verano en una de mis visitas obligadas a la Semana Negra de Gijón, en una entrevista que también tenéis la oportunidad de leer http://generaciondelalcoyano.blogspot.com/2011_09_01_archive.html . Muy amablemente se ofreció a responder a mis pesadas preguntas horas antes de atender su verdadera razón de estar allí: el Premio Minotauro por su novela "Ciudad sin estrellas". Ya he dicho bastante sobre esta excelente autora, con su prosa precisa, fluida y de gran calidad personal. Como he añadido ya varias veces, el tiempo lo dirá.( http://comollegarapublicar.blogspot.com )
A todos los anteriores les deseo mucha suerte y espero seguir dedicándoles entradas este año, así como a mucha otra gente que no voy a nombrar pero que me hallo en seguimiento en los últimos tiempos. Pronto colgaré reseñas suyas, lo prometo.
Y deseo no haberme dejado en el tintero a gente a la que también publiqué, pero mi única neurona no da para más. Si de alguno me olvidé ya mismo le pido perdón.
Echadme la bronca si os place. Lo tendré bien merecido.

domingo, 18 de diciembre de 2011

El despertar (relato navideño...más o menos)



Como llegamos a estas señaladas fechas, he decidido publicar un relato de hace ya años y que supuso un cambio en la temática de mis historias. Por eso le tengo algo de cariño. Espero que lo disfrutéis.
Y celebréis o no, creáis o no creáis, Feliz Navidad, naturalmente.


El despertar

Él era joven y atractivo. Se trataba de un chico de una actividad incesante. Y también alegre. Al menos hasta el accidente.
A partir de entonces fue decayendo poco a poco según se iba dando cuenta de su estado. Porque había quedado en una especie de "ceguera" casi permanente. Y todo por un accidente de coche en un viernes de madrugada.
Su compañero, el que conducía, había bebido un poco, quizás demasiado. Él no: confió como otras veces en quien no debía hacerlo. No pensaba que los reflejos le fallasen justo en aquel instante. Afortunadamente ninguno murió, ni siquiera el ciclista agredido; pero él se llevó la peor parte y se dañó la cabeza, además de sufrir una lesión en el sistema nervioso que lo dejó ciego. O al menos casi, ya que todavía distinguía las formas y a veces algo más.
De este modo, por culpa de una noche, dejó de vivir. Se tumbaba en la cama e intentaba fijar la vista en aquellos posters de sus deportistas favoritos, o en aquél de Darth Vader que tanto le gustaba, y recordaba los extraordinarios partidos de fútbol con los amiguetes y en general todos los deportes que había practicado, pues era un atleta nato. De manera habitual concluía esta práctica en tristeza y autocompasión, sin conseguir más que borrones. Siempre igual.
Amaneció un día como otro cualquiera. Sus hermanos y hermanas se levantaron pronto y desayunaron, tras las discusiones habituales por conseguir un puesto en el solicitado cuarto de baño. También, de modo invariable, los gemelos impusieron su criterio y se encerraron los dos juntos un buen rato ante las protestas de sus hermanos. El desayuno fue visto y no visto, ya que el autobús no esperaba, y todos desaparecieron trotando por las escaleras, revolucionando en un tris el vecindario.
Después su madre bajó a comprar tras conducirlo hasta la cocina y dejar preparadas unas galletas y un tazón de leche. El silencio volvió a reinar en la casa. Se escuchaba el "tic tac" del antiquísimo reloj de pared, (un reloj que el abuelo había traído de a saber qué lugar en un remoto tiempo, aunque todavía funcionaba) y el ronroneo del gato, que se restregaba incansablemente contra sus piernas mientras suplicaba el alimento como todas las mañanas a esa misma hora.
El muchacho se acercó a trompicones al frigorífico y extrajo el bote de comida del animal. Lo observó unos instantes. Escudriñaba las letras mayores, aunque pronto desistió. Se cansaba mucho y parecía perder algo más de visión por momentos.
"Todo lo que no se usa se atrofia" le decía en otro tiempo su abuelo. Los médicos no andaban tan optimistas y pensaban que poco podría ejercitar ya la vista. Por lo menos, en esta época. Además, se informó a sus padres de que se encontraba en peligro de un aumento de la ceguera, y nada podían hacer excepto someterlo a una nueva operación que a esas alturas no era recomendable, no hasta que transcurriese cierto tiempo. El panorama no era muy positivo, la verdad.
Aparte del gato, el abuelo se encontraba en la habitación del fondo, con sus facultades mermadas por la muerte de su esposa. Ahora era como un "niño viejo" al que había que cuidar y dedicar la atención, algo que recaía en la madre, quien pasaba por una época de estrés por el cúmulo de desgracias recientes.
El abuelo. Él, que había viajado por el mundo y visto y vivido multitud de experiencias que en otro tiempo le permitían ser el "consejero" de la gente que le rodeaba, ahora no podía ni siquiera comer sólo. Así es la vida, aunque como él mismo decía cuando notaba que su mal se acercaba: "Que me quiten lo bailao".
El joven se dirigió hasta la sala de estar apoyándose en los quicios de las puertas. "Dentro de poco, a vender cupones, eah." se dijo riéndose de su desgracia.
Cogió una revista e intentó fijar los ojos en las enormes letras de la portada. Se la aproximó a la cara y después la fue alejando de manera pausada, siguiéndola con la mirada. Esta operación la había repetido desde varios meses atrás, como le habían aconsejado, aunque sus avances eran más bien escasos. Quizás esto último se debiera a la poca motivación, ya que- pensaba él- nada iba a cambiar en su vida hacerlo o no, y en esto los médicos tenían parte de culpa. Sólo uno de ellos había apuntado que no cesase nunca de intentar observarlo todo, y así evitar que su invidencia avanzase; al menos mantendría lo que veía.
Retiró a los pocos minutos la revista y se dirigió al servicio. De camino, tropezó primero con una puerta y después con el pobre gato, quien le seguía como una sombra al ser la única atracción que le ofrecería la mañana, por lo menos hasta echar el siguiente sueñecillo al lado de la estufa. El chico cayó despotricando contra el animal y éste huyó asustado lo más deprisa que pudo tras el sillón.
La agresividad le había aumentado. Se sentía un inútil. No podía realizar nada bien, y lo que antes se trataba de rutina ahora se le convertía en un mundo. En estas ocasiones se daba cuenta de lo valioso que había perdido, como suele ocurrir siempre que se deja de poseer algo. Todo por beber demasiado, no cesaba de repetirse esto último; y sin embargo no guardaba rencor a nadie. Aquello había sido un fallo como otro cualquiera, un error que había costado caro. Llegó al servicio más pesimista por momentos y se miró al espejo ovalado que abarcaba media pared. Continuó sin verse. Bajó los ojos, se lavó la cara y la frotó con fuerza por la rabia que sentía ahora más viva.
"No quiero ser un ciego, no quiero serlo" se repetía en cada restregón. "Soy un mierda".
Se escuchó un golpe. El abuelo. Un golpe sordo, de caída. Y después un lamento.
El muchacho se levantó de sopetón y actuó enseguida. Salió del servicio y esquivó hábilmente al gato, que erizó el lomo al verle avanzar hacia él de un modo poco corriente. Iba rápido y decidido. Al instante llegó a la habitación y encontró al abuelo intentando levantarse del suelo, sin éxito. Sin dudar lo elevó con sus fuertes brazos y lo sentó en la cama, reprendiéndole el que no le hubiese avisado.
"Cuando quieras ir al servicio otra vez, me lo dices, ¿vale, abuelo?".
Este no dijo nada. Sólo lo miró a los ojos y, muy despacio, fue esbozando una sonrisa como hacía años, una sonrisa expresiva e inteligente.
El chico lo observó aturdido. No había captado esa expresión desde antes de su enfermedad. Pero lo más extraño fue que él lo vio claro. Su ansia por salvar a quien apreciaba de verdad le hizo olvidar su mal. Se quedó quieto, mientras aquella sonrisa le penetraba y le abría al mundo, y un torrente de alegría inundaba su ser, a pesar de la ceguera.
Y el gato, subido en la cama entre ambos, miró con sus grandes ojos verdes aquella inusual escena, sin cesar de balancear el rabito.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Vocación truncada


Os dejo un más que interesante relato corto de Marta Querol, para todos los fans de ella que le piden algo más que sus novelas. Que se vea que escribe de un modo que engancha y atrapa.

Vocación truncada

Llevaba una hora en la calle pasando frío, y nada. Ni un cliente había parado. «Maldito frío», se dijo. Si no fuera porque le fastidiaba el negocio, se habría enfundado en el anorak acolchado que se había comprado la semana anterior. ¡Qué calentito era! Se estremeció. Una ráfaga helada se abrazó a las muchas partes de su anatomía que quedaban al descubierto. «Mejor», se dijo. El frío hacía más evidentes sus encantos bajo aquella miniblusa transparente. Observó ambos lados de la calzada. Solo un par de compañeras adornaban la acera opuesta.
Miró el reloj y se encendió un cigarrillo. Mantuvo las manos resguardando la llama para calentarlas todo el tiempo que pudo. Sus manos... Las contempló. Eran perfectas: delgadas y finas. Nunca imaginó que terminarían estirando, temblorosas, el bajo de una falda de cuero para tratar de paliar la crudeza de las noches en la calle.
Tan solo seis años antes tenía un futuro prometedor por delante. Buena estudiante, sacó nota para entrar en medicina. Quería ser cirujano. Su madre no podía pagarle la carrera, pero ella le dijo que trabajaría. Lo intentó. Bien sabe Dios que lo intentó. Pero lo más que consiguió fue recibir la atención de algún que otro profesor al que no le pasaba desapercibido su atractivo. Tal vez pudiera sacarle partido, pensó entonces. Decidió, para evitar riesgos, limitar su clientela al personal del Campus. Hizo unas sugerentes tarjetas con su número de móvil y las puso en la ventanilla de los coches que aparcaban allí. No le importaba que la reconocieran. A fin de cuentas, quien requiriera sus servicios tampoco lo iba a pregonar.
Le fue bien desde el principio, incluso mejoraron sus notas en alguna asignatura; pero el dinero no le alcanzaba. El sueldo de su madre daba para poco más que para mantener a sus cuatro hermanos. Ella quería vivir, además de estudiar; quería ganar más y con los asiduos del Campus era insuficiente.
Uno de los clientes habituales controlaba la Farmacia, y no le costó mucho hacerse con sus llaves y sacar una copia. Tan pronto la tuvo, comenzó a hacer visitas clandestinas al laboratorio. Sabía bien qué buscar. Más difícil fue encontrar compradores, pero varias tardes en un Ciber visitando páginas de venta de fármacos ilegales le dieron la pauta a seguir. Era arriesgado, tenía que entregar las dosis en persona, pero resultó ser más rentable que las visitas a la pensión y menos desagradable. La morfina y los derivados de la benzodiazepina tenían una clientela fiel. Procuraba sustraer productos diferentes cada vez, en pequeñas cantidades. Tomaba sus precauciones, usando guantes de latex, vigilaba que no la viera nadie. Era rápida; había llegado a controlar la organización de aquella pequeña botica.
Pero no tardaron en dar con ella. La pillaron entregando dos cajas de Rohypnol a una mujer madura que resultó ser agente de policía. Aparte de la sentencia que le cayó, la expulsaron de la Facultad cuando le quedaba poco para titularse. ¡Con el futuro que tenía! Era cirujana de vocación, y había acabado de puta por necesidad…
Sus pensamientos se interrumpieron al verse deslumbrada por los faros de un coche. Esbozó su mejor sonrisa y sacó pecho. Seguía erizado. Rogó para que aquel vehículo que rodaba con esa lentitud característica de quien está revisando la mercancía, se detuviera frente a ella. O paraba, o se volvía a casa antes de pillar una pulmonía.
Se detuvo.
El propietario del vehículo resultó ser un hombre joven. Treinta y tantos. «Buena pieza para esta noche», se dijo contenta. No le costó nada cerrar el trato, aunque le regateó.
«Qué tiempos», se dijo, «que hasta un polvo está de saldo». Pero aceptó. ¿Cómo lo iba a dejar pasar?
Se dirigieron a la pensión sin apenas hablarse, salvo para darle la dirección y preguntarle un nombre por el que llamarle. Sabía que casi nunca era el auténtico, pero le facilitaba el trabajo.
―Juanjo. Me llamo Juanjo ―respondió el hombre sin mirarla―. ¿Y tú?
―Mónica ―le contestó ella, convencida de que por una vez no se habían inventado el nombre. ¿A quién se le ocurre decir que se llama Juanjo, si no es así? Sonrió. Parecía ingenuo y esos eran los más fáciles.
En quince minutos estaban en la puerta de la pensión. Situada en un lugar apartado y de apariencia cutre, tenía unas habitaciones impensables en un sitio así, donde destacaba la inmensa cama y una bañera estupenda. El dueño cobraba la habitación y un “suplemento”, que Rosario, que es como en realidad se llamaba, pagaba encantada. Aquel sitio le traía suerte. Nunca llevaba a sus clientes a casa, por las muchas complicaciones que eso conllevaba. No quería hacer sufrir a su madre, que bastante había pasado ya.
Durante el viaje había entrado en calor. Miró sus manos; habían dejado de temblar.
A Juanjo le apremiaba la necesidad, pero ella lo convenció para relajarse con un baño de espuma y una copa. Le iba a costar lo mismo y disfrutaría más, le argumentó, risueña.
Lo desnudó con mimo. Estaba en forma. Salió un momento para dejar la ropa de Juanjo en la habitación y, de paso, inspeccionarle la cartera. Los vivarachos ojos de una niña de tres o cuatro años la saludaron desde los brazos de una mujer morena, algo gruesa y no muy agraciada. Rosario volvió a sonreír.
Regresó al baño. A Juanjo los ojos le brillaban, mientras mantenía en la mano la copa que Rosario le había dado. Estaba casi vacía.
―¡Qué rápido! No me has esperado ―le dijo mimosa―. Empieza la cuenta atrás… ―canturreó―. Diez… Nueve… ―se fue desabrochando la minúscula blusa mientras él la observaba embobado― Ocho… Siete… ―su blusa cayó al suelo con la misma lentitud que contaba― Seis… Cinco… ―estaba a punto de caer su falda cuando lo que cayó fue la copa que Juanjo mantenía en la mano, haciéndose añicos.
―¡Joder, que tío más torpe! ―exclamó Rosario, mientras quitaba el tapón de la bañera―. Ahora tendré que recoger los cristales.
Aseo como pudo el lugar para moverse sin riesgos, cogió su teléfono y marcó.
―Tengo uno… ¡Y yo qué sé!, pues treinta y tantos, supongo... Es estupendo, de lo mejorcito… De acuerdo, en una hora lo tendrás disponible. No te retrases como la última vez, y trae el dinero.
Cuando colgó, sacó su maletín, la pequeña nevera portátil, el hielo que guardaba en el congelador del minibar, se lavó las manos y miró el reloj para controlar el tiempo del que disponía hasta que despertara. Sus ojos brillaron. Quien le iba a decir a ella, después de todo lo pasado, que terminaría ejerciendo la cirugía.


Marta Querol Benèch

www.martaquerol.es