"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

lunes, 16 de abril de 2012

El manuscrito- fragmento (por Blanca miosi)

Blanca Miosi está arrollando con sus ventas, sobre todo con este libro "El manuscrito", un éxito que incluso sorprende a la autora, como suele pasar muchas veces. Pero sucede que no me extraña. No me extraña que su ágil modo de escribir, además de la facilidad con que engancha a sus incautos lectores por medio de su prosa y su más que interesante argumento, etc, etc, hagan aumentar su éxito más y más. Aparte de no cesar de conseguir fans de este y el otro lado del charco (para los que no la conozcan se trata de una autora sudamericana, concretamente del Perú. Por cierto, que ya es hora de que la conozcáis, por otra parte... Por cortesía de la autora aquí os obsequio con un pequeño fragmento. A disfrutar. (soy un plomo presentando...lo sé).
El manuscrito
Esa mañana, como tantas otras, apenas abrió los ojos Nicholas miró alrededor buscando inspiración. Una maldita buena idea era lo que necesitaba y no se le ocurría nada. Se incorporó de la cama y fue directo al ordenador. Claro que tenía ideas, y muchas; pero no como las que se requerían para hacer una novela que lo llevase a la cima. Un par de novelas sin pena ni gloria era todo lo que había logrado desde la primera vez que pensó que iba a morir de felicidad cuando en una editorial le dijeron: «nos interesa su novela, queremos publicarla». ¡Dios! Lo hubiera hecho gratis, pero se dio con la sorpresa de recibir un adelanto que consideró simbólico, pero una paga al fin… e inesperada. Vio la pantalla y sombreó lo escrito la noche anterior. Inaceptable. Pulsó «Enter» y la hoja volvió a quedar en blanco. Tres años desde aquella primera vez, y seguía sin suceder nada, no había cambiado al mundo. Era uno más del montón. Y lo peor de todo era que tenía varias novelas inéditas que antes le habían parecido fabulosas, pero después de leer el último best seller de Charlie Green, pensó que cada vez estaba más lejos de su sueño. El ambiente de la casa lo asfixiaba. Se puso una chaqueta de cuero sobre la camiseta y salió. Caminó sin rumbo fijo y como si sus piernas estuvieran acostumbradas a hacer siempre el mismo recorrido, fue a dar a su banco del Prospect Park. Se fijó con fastidio en el individuo sentado al otro extremo y lo consideró una invasión a su territorio. El pequeño hombre le sonrió como si lo conociera. Aquello multiplicó su contrariedad. No tenía ánimos para ser amable ni para escuchar a nadie y al parecer el hombre deseaba buscarle conversación. No se equivocó.
—¿Viene siempre por aquí?
—Es mi ruta —respondió cortante, sin corresponder a la sonrisa que asomaba a la cara cuarteada del sujeto. Tenía una voz que no concordaba con su persona.
—¿Hacia dónde?
—¿Hacia dónde qué?
—Usted dijo que era su ruta.
—¡Ah!, hacia ninguna parte.
—Comprendo.
Nicholas dejó de observar los árboles de enfrente y lo miró de reojo. ¿Comprendo? ¿Qué podría comprender?, pensó con mal humor. Le molestaba la gente que pensaba que se las sabía todas. Como los escritores de los manuales de comportamiento o de crecimiento personal. Parecían tener la respuesta para todo. Papanatas. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Sería mejor no seguir hablando, tal vez el tipo se fuera y lo dejase en paz. El hombrecillo continuó sentado. Abrió una gran bolsa plástica de color negro de las que se usan para la basura y hurgó en su interior. Extrajo un manuscrito de tapas negras, anillado en un peculiar color verde plateado y lo puso en el banco, en el espacio que quedaba libre entre Nicholas y él.
—¿Sabe qué es esto? —preguntó poniendo la mano en la tapa.
—No.
—Debería saberlo. ¿No es usted un escritor? Nicholas se sentó de lado dándole cara. El hombre había acaparado su atención.
—¿Cómo lo sabe?
—Lo reconocí. Tengo su segundo libro, vi su foto en la solapa. Buscando el camino a la colina; es una buena novela, pero le falta garra. También he leído algunos de sus artículos en el New York Times.
—Ya no trabajo allí. El individuo hizo un gesto de impotencia, se alzó de hombros y miró al frente, a los árboles que parecían danzar con el viento.
—De modo que usted también escribe —dijo Nicholas, dando una mirada a la tapa del manuscrito. —No. No sería capaz. Yo leo. Y me considero un buen lector.
—¿Y el manuscrito?
—No es mío. Lo encontré junto con unos libros en una caja que recogí hace unos días. Me dedico a la venta de libros usados.
  —¿También vende manuscritos?
—Es la primera vez que me llega uno. La caja pertenecía a un escritor que falleció hace dos meses. Según su viuda, nunca había publicado. Ella necesitaba espacio en la casa y quiso deshacerse de todos los libros; al parecer decidió incluir el manuscrito. Yo compro al peso.
—¿Se refiere a que compra libros por kilo? —preguntó Nicholas, con una sonrisa de incredulidad.
—Sí. Tal vez ella pensó que más papel añadiría peso.
—Usted ya lo leyó, supongo.
—Así es. ¿Quiere echarle un vistazo?
Nicholas miró con desconfianza el manuscrito. Lo tomó, no parecía ser muy grueso, corrió las hojas con el pulgar izquierdo y luego abrió la primera página: «Sin título» decía en el centro. No era nada raro. A él siempre se le ocurrían los títulos al final. Pasó a la siguiente página y leyó el prefacio. Dejó de leer muy a su pesar, se giró hacia el hombrecillo y vio el lugar vacío. Había estado tan absorto en la lectura que no se percató de que se había ido. Dos arrugas cruzaron su frente que muy pronto se transformaron en profundas hendiduras entre las cejas. Acostumbrado como estaba a divagar, se preguntó si de veras lo había visto. No le quedaba la menor duda: tenía el manuscrito en las manos. Lo que acababa de leer le había gustado. Tenía los ingredientes necesarios para despertar la curiosidad desde el inicio. Sintió envidia de que fuera otro el de la idea. Dio una mirada más alrededor; pero solo vio los árboles meciéndose con levedad mientras dejaban caer las últimas hojas de otoño en una mañana calmada, sin los acostumbrados ventarrones que barrían el suelo formando remolinos dorados.
Dejó el banco y, con el manuscrito bajo el brazo, regresó a casa.

Blanca Miosi http://blancamiosiysumundo.blogspot.com.es/

sábado, 7 de abril de 2012

La mirada indiscreta


Aquí va un relato que leí hace tiempo y que me gustó. Su autor se llama Julio César Ramos y, aunque hace años que no veo y no sé de su vida literaria, merece la pena dedicar unos instantes a leer estas lineas.
Porque la locura es maravillosa...

La mirada indiscreta
Ayer no estaba. No sé por qué. Nunca había faltado. Desde que cojo este tren nunca había faltado, siempre había estado ahí. Vamos a ver, lo cojo desde Octubre, desde que empezó el curso para los universitarios. Sí, ella debe ser una universitaria. Yo, en cambio, desde hace ya mucho que voy en este mismo tren, siempre a la misma hora, siempre sentado en el mismo asiento. Desde que estoy con ese psiquiatra tan bueno que les recomendaron. Tiene gracia la forma en que le llamó: "incapacidad comunicativa de tintes psicodepresivos". Me gusta eso de psicodepresivos, siempre me han encantado las palabras difíciles de pronunciar. No sé porque no vino. Tal vez si estaba en el tren y no se sentó en ese asiento. Tal vez un hombre gordo le quitó el asiento en su estación y se tuvo que poner en otro. Pero eso no me sirve de nada. Tiene que estar sentada en ese asiento. Sólo en ése. Es la única forma que las ventanas coincidan en ese punto mágico y la pueda ver un instante. El tiempo justo hasta que avisen la salida de su tren y el mío. Tan sólo un segundo para verla indiferente. A veces con la cabeza inclinada. Cuando sobre el pecho inclinas la melancólica frente, una azucena tronchada me pareces. Ya estoy otra vez con versos en la cabeza. El jodido curacocos se empeña en que lea poesía sin parar. No hago otra cosa. Dice que es bueno aprender como se expresan los sentimientos, que la poesía nos expresa las mil formas de decir algo y eso es lo que yo necesito saber. Es un maldito poeta frustrado y lo paga conmigo. Ahora cada vez que veo o pienso en algo me aparece un verso de esos. Llevo meses y meses que lo único que hago a parte de ir a la consulta es leer poemas. Luego él me dice que le diga qué he leido y de qué iba. Siempre la misma historia. Y por eso se debe forrar el muy capullo, deleitándose con poesía.
Tal vez ya no venga. Sería horrible. Me gusta ver su mejilla pegada contra el cristal. Sin poder oírla. Aunque siempre está callada. Me gusta cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Puede que ya haya terminado el curso. Pero todavía estamos en invierno, no puede ser. A veces no distingo muy bien unos días de otros, todos son iguales. Tampoco me importa demasiado que los demás sepan que no les entiendo. Puede que esté enferma. No quiero pensarlo. La angustia se abre paso entre mis huesos, remonta por las venas hasta abrirse en la piel. No tengo que preocuparme, seguramente la veré hoy. Ya quedan menos estaciones, las voy contando. Un día de espera para unos segundos. Pero ayer no vino y perdí el día. Ya queda menos. Están anunciando la estación de Nuevos Ministerios. Es la siguiente. También puede que ayer no coincidieran las dos ventanas al cruzarse los trenes. Pero no me puede haber hecho eso el maquinista. Sería una traición a mí que vengo todos los días. Todo está previsto, la parada en el sitio exacta a la hora de siempre, en las ventanas de siempre. Ella siempre se ha sentado ahí, justo en la que coincide con la mía. No sabe que yo la miro, pero siempre se sienta en el mismo sitio, igual que yo. Es fiel a su asiento, como el maquinista en llegar a tiempo y yo a mi ventana. Todos debemos cumplir, porque si no, nada funciona.
Debe de ser universitaria. Pero no sé que universidad será. El tren es con destino a Tres Cantos, lo oigo todos los días. No sé más. No sé qué estudiara. Me da igual si estudia o si va ver un psiquiatra para leerle poesía.
Vaya, se acaba de meter un niño gitano a pedir unas monedas. A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Me parece que este se va sin ser devorado por nada. No me gusta la gente que pide. Algunos dicen que me falta cordura y yo no ando pidiéndola por ahí a nadie. Entre otras cosas porque mis padres me la comprarían. Lo malo es que lo único que se vende son psiquiatras con mal aliento. No entiendo por qué todos tienen siempre mal aliento. Parece que lo hagan a propósito para que no les dejes decir una palabra y les cuentes que de pequeño le rompiste una mano a tu hermano menor porque te parecía como de chicle. Yo ni siquiera tengo hermano pequeño. A mí no me mires aceituno que voy sin blanca. Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina. La verdad es que no me duele lo más mínimo. Me duele un poco la espalda, pero debe de ser por una mala postura. Ya estamos entrando en la estación. Se levantan como siempre los cagaprisas de turno que quieren colocarse los primeros en la puerta. Aquí hay uno que levanta los brazos para coger su abrigo. Daría la cabeza que no se ha duchado. Seguro que huele a sudor bajo la chaqueta. Por las tierras castellanas, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga. Me parece que no era así. No es que me importe mucho pero ya que me viene a la mente podía venir bien. Este no tiene mucho de caballero, tiene cara de polilla.
Ya queda menos, me parece que ya siento el traquetear especial que hacen las ruedas al entrar. Ya entramos. Ya están aquí las luces blancas después del túnel. Vamos párate maldito, párate ya. ¿Qué pasa?. ¿Por qué no está ya su tren en la vía?... ya entra, menos mal. Pero no queda mucho tiempo. ¡Tranquilos en bajar borregos! Vamos, vamos, que se pare en el sitio exacto. ¡Ahora! Ahí está, reconocería ese pelo y esa nariz hasta en un talgo pendular. Es como un retrato de perfil. Érase una nariz superlativa. ¡No ese no! Es... ¡vaya mierda!, ahora no me viene ninguno a la cabeza. Va con los ojos un poco cerrados, como de sueño. Ni siquiera son las nueve. Ya me voy, ya se pone todo en movimiento y se me escapa su ventana. Ya ha pasado... pero hoy si estaba. No sé por qué ayer no, pero ya me da igual. Todo queda hasta mañana. Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar. A buenas horas aparecen versos. Bien, ya me queda poco para llegar al destino. Creo que salimos a la superficie otra vez. Somos como un topo mirando al sol. Venimos de la noche, como ciudadanos perdidos y ancladas en el tiempo. Este es de un amigo mío: Río Ventura. Era un buen chaval, fue a mi clase hasta que dejé el colegio. Escribía bien y siempre me dejaba sus poemas. Me acuerdo que estaba obsesionado con ganar el premio Hiperión de poesía. Se presentaba todos los años, cada vez con mejores poemas. Pero no tenía suerte. Aunque a lo mejor no tuvo suerte cuando lo ganó. Sus padres dijeron que estaba muy tranquilo y contento pero cuando llegó a su casa se metió todas las pastillas para la tensión de su padre. Bueno, le dejo una para aquella noche. Eso y un mensaje que decía: "Lo he conseguido cabrones". Era un buen tipo. Su madre dijo que le bajó el pulso hasta que se le paró el corazón. Yo lo sé porque estaba escuchando al otro lado del teléfono cuando hablaba con mi madre. Me gusta escuchar en los teléfonos aunque no se diga nada interesante. Era un buen amigo. Por eso me fui a su casa con el bate de béisbol y destrocé el coche de su padre. Necesitaba decirles como lo sentía. Creo que no lo entendió porque me puso una denuncia y casi me encierran... pero sé que tú lo hubieses agradecido compañero del alma, tan temprano.
No ha faltado ningún día desde aquel, hace una semana, en que no vino. También es verdad es que yo he faltado un día y no sé si vino. Yo creo que sí vino. Aunque yo no estuviera. No quisieron comprender que tenía que coger mi tren como todos los días. Mira que intenté decírselo. Querían llevarme a no sé que análisis donde la gente tiene sonrisa falsa. Tampoco se salieron con la suya. Me tuvieron que llevar a que me curaran la mano rota. ¡No estaba casi dura la pared!. Mira que les había dicho que tenía que coger el tren. Pero ellos ni caso. Luego dicen que si soy incapaz de expresar sentimientos y sensaciones, que soy como un minusválido. Son unos mierdosos. No me dejaron ir. Pero me da igual, ya queda poco para que lleguemos a la estación y de nuevo estará sentada en su sitio. Siempre se sienta en la misma ventana, como yo. Tal vez ella también tenga su propio psiquiatra. Ya viene. Ya está mi tren parado. Entra el suyo por el túnel justo a su hora. Todo cumpliéndose en un instante. Dije: Todo, completo. ¡Las doce en el reloj!.
Aquí está otra vez. Hoy lleva el jersey granate que tanto me gusta. Hoy... ¡me ha mirado!. ¡Me ha mirado y sonríe!.
Ya no está, ya se han despedido nuestros trenes. No quiero volver a verla. No sé por qué, pero no quiero volver a verla. ¡Maldita sea, por qué tenías que mirarme!

Hoy los días se rompen como si no existiera el tiempo, la mañana no amanece y, el sueño, ya no es el sueño.

Tal vez debería decirle al tipo de la bata blanca que por primera vez he creado mi propio verso... pero no. No le voy a dar la satisfacción de creer que me está curando.

Julio César Ramos

miércoles, 28 de marzo de 2012

El espíritu del lince- prólogo


¡¡Extra, extra!!

¡He robado el prólogo de "El espíritu del lince", la novela de Javier Pellicer que acaba de salir al ruedo!

¡Leedlo antes de que me denuncien o se haga famoso este interesante texto! (lo que suceda antes...)


El espíritu del lince- Prólogo

El humo de las hogueras de Arse se eleva a mis espaldas. Ensordecedor estruendo: acero contra acero, bravura contra dolor, muerte sobre vida. Visión escalofriante: un tapiz de cadáveres sobre el suelo, ladrones de la blanca pureza de las losas. Odioso hedor: a sangre encharcada y a esfínteres vencidos por el miedo.
Pero para mí no existe nada más que aquellos ojos penetrantes, atentos a los míos: la mirada de mi enemigo. Un rival de tal estirpe que engrandece mi hazaña: Aníbal Barca, el Conquistador, Estratega de Cartago. El mayor héroe de su patria; poseedor, dicen algunos, del espíritu flamígero de su dios Baal. Aníbal el León.
Derrotado.
Y ni aún así humilla el rostro. Tiene el torso recto, los hombros elevados y el pecho hinchado. Tal vez haya derrotado el cuerpo, pero su espíritu sigue indomable. Tienes mi respeto, pero no mi compasión, pienso. No puedo mostrarle piedad, no después del angustioso sendero que me ha llevado hasta este momento. Debo apagar su vida para convertir su destino en el mío: ser leyenda.
Iberia derrotará a Cartago. Iberia tendrá un futuro.
Grito mi nombre en honor a la sangre que corre por mis venas, al pueblo que me ha convertido en hombre: Icorbeles, el Edetano, a quien muchos han llamado Hijo de Iberia. Siento que todas las penurias han merecido la pena, que cada sacrificio, incluso aquel por el cual perdí mi corazón, ha servido para llegar a tan grandioso instante.
Alzo el brazo y me preparo para descargar el golpe que cambiará el curso de la Historia.

Javier Pellicer Moscardó
http://tierradebardos.blogspot.com.es/

martes, 20 de marzo de 2012

El desatascador

Recién leído otro relato de mi bienamada Montse de Paz, de la que hace tiempo no cuelgo nada. Lo que consigue un desatascador...


El desatascador

Subió los oxidados peldaños de hierro de dos en dos. Se dio el consabido coscorrón con el dintel del último rellano, dejó ir el acostumbrado “¡coño!” entre dientes y rebuscó en sus bolsillos antes de dar con las llaves. Los goznes chirriaron y el olor a piso cerrado, a pizza revenida y a calcetín de dos días le dio la bienvenida. Cuando la puerta se cerró de golpe, respiró hondo. Se despojó de la cazadora y lanzó sus zapatos a un rincón, dejando caer la pesada bolsa deportiva sobre la cama deshecha.

¡Por fin en casa!

Diego vivía en un palomar. Al menos, así lo llamaban los vecinos. Era un cubículo de apenas cuatro por cuatro, comedor-cocina-dormitorio todo en uno, con un WC y un plato de ducha empotrados en un pedazo de pared, detrás de un biombo apolillado. Estaba situado en lo alto de un decrépito bloque de pisos del casco antiguo de la ciudad y en su tejado anidaba una bandada de no menos de doscientas palomas callejeras, grises, ruidosas y plagadas de parásitos. Al principio las detestó. Odió el batir de alas, los despegues y aterrizajes, el cu-cu-rru-cú insistente, la lluvia de excrementos sobre el pequeño terrado. Pero, con el paso del tiempo, se acostumbró a su compañía y acabó reconciliándose con ellas. Su arrullo lo acompañaba durante sus largas sesiones de trabajo, lo adormecía por las noches y, al despuntar el día, lo desvelaba como el más sincronizado despertador.

Se sentó ante la ventana, en el escritorio atestado de papeles, con su tintero, su plumilla, sus lápices… y se sumergió en su trabajo.
Mojó la pluma en tinta y comenzó a retocar los dibujos de la tira que ya tenía ilustrada. Le gustaba hacerlo así, a mano. Rechazaba las nuevas tecnologías porque disfrutaba tanto inventando historias como sintiendo el tacto de la pluma entre sus dedos, la tinta deslizarse sobre el papel, rellenando huecos, trazando líneas, jugueteando en las curvas. Era un placer casi físico, que por nada hubiera querido cambiar.

Aquella tarde comenzó con Joshua. Su primer personaje. Aparentemente, resultaba una curiosa mezcla de Charlie Brown y Bart Simpson, pero él estaba convencido de que era original y mucho más ácido. Con Joshua, Diego arremetía contra las convenciones sociales y la familia tradicional, decía. Sus amigos, Lolo y Chema, insistían que aquel nombre no pegaba ni con cola para un personaje de cómic humorístico, pero Diego se defendía, alegando que era muy intencionado, todo un homenaje a las marujas y a una generación de niños llamados así. Sin embargo, las redacciones de periódico a las que había enviado sus viñetas debían compartir la opinión de sus amigos, pues jamás se habían dignado a darle respuesta.

Cuando acabó la tira de Joshua, anochecía. Encendió el pequeño flexo y suspiró, mirando a la niña de sus ojos. Angelina. Esta vez, el nombre era un homenaje a su actriz favorita y amor platónico, Angelina Jolie. El personaje en cuestión era una adolescente de piernas largas y negros cabellos erizados, “la versión manga de Mafalda”, bromeaban sus amigos. Angelina era su arma política, sostenía Diego, y con ella desmenuzaba los avatares políticos de actualidad, pasándolos por el filtro de su humor más cáustico y demoledor. Chema y Lolo, sin embargo, no le encontraban la genialidad a las tiras de Angelina y, una vez más, las editoriales debían pensar lo mismo, pues tampoco habían respondido a los envíos de sus mejores selecciones.

Era igual, pensaba Diego. El disfrutaba así. Aunque no ganara un duro con su arte… Sin embargo, el hambre obliga a ser realista y se había procurado otro trabajo alternativo que, al menos, le diera qué comer. También era fruto de su creatividad. Porque, además de artista, Diego era inventor.

El invento había sido un accidente, de hecho. Un día, en que la roña amenazaba peligrosamente su integridad en el palomar, Diego bajó al colmado de la esquina, decidido a comprar jabón y lejía. Omar el pakistaní entendía tan poco como él de productos de higiene hogareña, pero se las apañó para venderle las “joyas” de su colección –a saber, las botellas más polvorientas y trasnochadas de su variopinto stock-, sacándose de encima un par de litros de limpiahogar de la era jurásica y otro par de un producto de sospechosa apariencia, en cuya etiqueta, perdida entre caracteres chinos, había impresa una calaverita con dos tibias cruzadas que ni uno ni otro acertó a ver.

Llegado a su cubículo, y sin saber cómo emplear tanto líquido corrosivo, optó por una solución diplomática. Llenó medio cubo de agua y a continuación vació en él dos botellas, una de cada producto. Metió el mocho y removió… Tosió un poco y se enjugó los ojos llorosos. Pero hizo caso omiso del humillo que se elevaba del cubo y la emprendió con las desconchadas baldosas del palomar. A continuación, mojó una esponja en la mezcla y frotó con ahínco los azulejos del minúsculo baño. Y, para acabar, cuando ya el olor a ácido le perforaba los pulmones y se había visto obligado a abrir la puerta y la ventana, vació el contenido del cubo –negro, negro y espumeante- en la taza del inodoro. Se apartó unos segundos, tosió… y luego tiró de la cadena. Cerró la tapa de golpe y, a los dos segundos, volvió sobre sus pasos. “Coño, cómo brilla. ¡Y ha tragado!” Hay que señalar que el WC llevaba dos meses atascado y que, cada vez que tiraba de la cadena, debía andarse con tiento, pues el sumidero se llenaba hasta los bordes y tardaba su buena media hora en evacuar… Súbitamente inspirado, Diego decidió probar. Mezcló de nuevo: dos partes iguales de producto, una de agua. Esponja y a frotar. En pocos minutos, la pica del lavabo, la mesa de formica, el respaldo de sky de la silla… ¡hasta los cristales!, relucían. Diego se acostó aquel día, con las manos enrojecidas y la nariz irritada, y una idea insistente dándole vueltas en la mente. Pensó. Pensó en su madre, que lo creía compartiendo apartamento con sus amigos. “Un piso céntrico”, le había dicho. Sí, céntrico. Tan céntrico como el barrio chino… el barrio de las prostitutas, de los drogatas y la miseria. El distrito cutre. Donde, sin embargo, las marujas aún limpiaban. Pensó en las mujeres musulmanas. Ciento y la madre en un piso. En las viejecitas acartonadas del siglo pasado, sin fuerzas para fregotear. En las latinas. En las gordas del barrio de toda la vida. En los locutorios y los bares de shawarmas y falafel, en los pisos de citas... ¿Cuántos váteres, cuántas picas debían atascarse en los lóbregos tugurios de aquel marasmo de calles?

Así fue como, de la noche a la mañana, Diego desarrolló su fórmula y comenzó a venderla. Hizo un pacto con Omar: le proporcionaría la materia prima a precio de coste y, a cambio, él le pasaría una comisión sobre las ventas. Omar se frotó las manos: tenía todo un palet de aquel innombrable producto chino con fecha de caducidad y no sabía cómo darle salida. Sellaron el acuerdo tomándose una cerveza en las Ramblas. Y así dio comienzo su negocio. Incluso ilustró las etiquetas para su producto: Desatascador “el Ariete”. No hay roña que lo resista. Lolo y Chema se rieron aún más fuerte cuando lo supieron, pero sus carcajadas cesaron cuando su amigo les mostró las primeras ganancias obtenidas de su última creación. Diego no era muy guapo, pero sabía cómo seducir a las marujonas, mirándolas con ojos inocentones y ladeando la cabeza. Su mejor argumento era la prueba. In situ, les mostraba los prodigiosos efectos del “Ariete” vertiendo un chorro de líquido en los inodoros, amarillentos y con incrustaciones de lustros. La reacción era inmediata. Y a una venta se sucedía otra, pues sabido es que no hay mejor propaganda que el boca-oreja… “Joder, tío, aún te harás rico vendiendo esa mierda”. Diego reía con ganas. Rico no se haría, no… Pero, al menos, tenía con qué vivir. Y con qué pagar su pasión.

Sin embargo, aquella tarde Diego regresó a su casa descorazonado. Más que eso, ligeramente asustado. Al parecer, una extraña plaga se había extendido entre las viviendas del barrio: una inexorable corrosión había atacado todas las tuberías y sistemas de desagüe de los decrépitos edificios y toda una brigada de fontaneros no daba abasto a reparar fugas, inundaciones y atolladeros. Las perspicaces amas de casa no tardaron en relacionar tales catástrofes domésticas con el uso del nuevo producto y, como consecuencia, aquel día Diego se había topado con un puñado de miradas hostiles y caras agrias, más alguna insinuación de denuncia, entre dientes. Así que había regresado al palomar apresuradamente, con su mercancía intacta, barruntando cómo escapar de aquella. Como tantas otras veces, fueron Joshua y Angelina quienes lo rescataron de la negra depresión. Y se enfrascó en su trabajo.

El móvil sonó. Riiiiiing. Riiiiiing. Riiiiing. Lo ignoró, como solía hacer cuando estaba concentrado. En ese momento, daba los últimos retoques a una preciosa cola de caballo de su Angelina, disfrutando de cada pincelada… Dejó sonar el aparato hasta que se detuvo. “Ya me dejarán el mensaje”. Y continuó con la siguiente viñeta. Riiiiiing. Riiiiing. Riiiiiing. Otra vez, insistente. “Me cago en la…”. De pronto, una idea lo sacudió. “Un periódico. Puede ser de una redacción…” Aquella semana había enviado sus tiras a varias. Podían estarlo llamando. “Mierda. ¿Dónde estás?”.

Revolvió el arrugado edredón, tropezó con la pata de la cama y a punto estuvo de darse de narices contra la pica del lavabo. Por fin lo encontró, en el bolsillo de la cazadora.

-¿Diga?
-¿Es usted el señor Diego Garrido?
-Sí… ¿quién es?
-Señor Garrido –Dios, sonaba tan serio… Señor Garrido. Se irguió, inconscientemente-. Verá, quisiéramos hacerle un pedido.
-¿Un… un pedido? –sonaba extraño, pero también prometedor-. Sí, por supuesto. ¿Han visto lo que les envié? ¿Le ha gustado?
Silencio al otro lado del teléfono.
-¿Me… me oyen?
-Por supuesto, señor Garrido. No, no hemos recibido nada –leve carraspeo-. Debe de tratarse de una confusión. Usted no nos conoce… Deje que le explique.
Con el corazón saltándole en un puño, Diego tragó saliva.
-Hemos sabido que usted comercializa un desatascador de probada eficacia, vendiéndolo puerta a puerta.
Toda la ilusión se esfumó de golpe y Diego se dejó caer en la cama, desinflado.
-Bueno, la verdad es que… el producto necesita… eh… necesita perfeccionarse un poco, ¿sabe? De hecho…
La voz pareció sonreír. Era masculina. Grave pero correcta.
-Tal como está ahora, nos resulta perfecto –dijo.
¿Ignoraría el misterioso y futuro cliente los devastadores efectos secundarios de su invento? Diego sintió un leve escalofrío. Algo le decía que no.
-¿Quieren que les lleve producto a su casa? –preguntó, tragándose la inquietud.
-No, no se trata de eso. Escuche, le voy a dar una dirección. Preséntese allí mañana, muy puntual, a las 8 de la tarde. No es necesario que traiga su producto. Lo elaborará in situ. Nosotros aportaremos los materiales que hagan falta. Ah, señor Garrido… Le pagaremos muy bien por esto.
-Sí… bueno –ahora sintió que el corazón trepaba hasta su garganta-. Claro... deberíamos hablar de las condiciones. Como comprenderán, este pedido es un poco…
-Sé que se sale de sus previsiones –lo interrumpió la voz del teléfono, amable-. No se preocupe. Firmaremos un acuerdo por escrito. Todo quedará muy claro. Y usted saldrá ganando, se lo aseguro.
“Maldita sea, quieren apoderarse de la fórmula. Debí patentarlo antes y ahora podría venderlo por una fortuna… ¿Cómo no se me ocurrió?”
-Oigan, ¿si lo que quieren es comprarme la patente o algo así, creo que deberíamos hablarlo antes.
Leve risa comprensiva.
-Oh, no se preocupe. No es nada de eso, se lo aseguro. No pensamos arrebatarle la fórmula, ni siquiera nos interesa saber cómo lo fabrica. Tan sólo queremos que fabrique una cierta cantidad, para un cliente que lo precisa, y nada más. Le pagaremos al contado y muy generosamente, créame. Y usted podrá volver a su trabajo y a vender su producto como lo hace cada día… No tiene por qué preocuparse.
¿No? Diego asintió, mientras su mente racional protestaba dentro de su cabeza.
-De acuerdo. Mañana a las ocho. ¿En qué dirección?

* * *

Las señas lo llevaron hasta un enorme rascacielos de cristal, situado en la moderna villa olímpica, junto al mar. Diego miró hacia arriba, casi con vértigo. Jamás había entrado en un edificio como aquel… Se preguntó cómo debían sentirse los trabajadores de aquella urna transparente, dotada con la más moderna tecnología. “Joder, cuando se lo cuente a Lolo y a Chema… ¡No se lo van a creer!”.

Lo esperaba a la puerta un hombre de cráneo rapado e impecable traje gris, junto a otro mucho más alto y robusto, con gafas oscuras y vestido con cazadora y vaqueros negros. Le dio un vuelco el corazón cuando vio la forma de un revólver colgando de su cinturón. “Dios, es un guardaespaldas… ¿Dónde me he metido?”. El hombre calvo le alargó una mano, rápida y seca.

-¿Señor Garrido? Encantado.

Diego farfulló un saludo. El hombre no se presentó, ni presentó a su acompañante. Tampoco reveló quién era su cliente. Y Diego comenzó a sentir un doloroso hormigueo en la boca del estómago. “La mafia… Son mafiosos, seguro. Y me han llamado para un trabajo sucio… Dios, ¿cómo escapo de ésta?”. Si echaba a correr, podía oír las balas silbando sobre su cabeza.

El vestíbulo del edificio estaba desierto. Se dirigieron al ascensor y, apenas las puertas se cerraron, el hombre calvo marcó el -2. “Me llevan a los sótanos, al parking…” Las imágenes de decenas de películas, crímenes horribles, asesinatos en garajes desiertos, poblaron su mente. Se mordió los labios, intentando ocultar su temblor.

Lo condujeron por un largo pasadizo hasta una sala iluminada por fluorescentes, con las paredes de cemento y varios enormes cuadros eléctricos. En el centro habían instalado varias mesas con caballetes, un ordenador, impresora, teléfono y fax. Había también una pica de agua, muchos bidones, cubos y embudos. En una esquina, Diego vio aparcado un pequeño toro mecánico. Un par de hombres de piel pálida y cabello rubio, con suéteres y vaqueros, los recibieron con breves gestos de saludo.

El calvo del traje gris lo hizo sentarse en una de las mesas y él ocupó una silla enfrente.

-Señor Garrido, éste será su lugar de trabajo… Digamos que su laboratorio, durante unas horas –esbozó una leve sonrisa-. Le explicaré en qué consiste su trabajo…
“No ha dicho pedido, sino trabajo”, se dijo él. “Joder, ¿en qué lío me he metido?”
-¿Cree que podría producir mil litros de desatascador en una noche?
Diego abrió mucho los ojos.
-¿Mil… litros? ¿En una noche?
-Exactamente.
-Bien, déjeme calcular cuánto necesitaría…
Uno de los hombres le alargó una calculadora. Diego se obligó a despejar su mente y se concentró en los números.
-Veamos… -tecleó, intentando pensar con rapidez-. Me ha dicho mil litros de producto. Diluido en una proporción del veinticinco por ciento… Son doscientas cincuenta ampollas de producto base concentrado. O sea, ciento veinticinco de cada. Pero eso… ¡es imposible de fabricar de golpe!
El hombre sonrió, benévolo.
-Para usted, que trabaja de forma artesanal, sí lo es. Pero nosotros le proporcionaremos todo el producto y el material necesario. Díganos qué necesita y se lo traeremos.
-Bueno… en realidad, mi proveedor principal es un tendero del Raval, un pakistaní… No creo que él tenga tanto stock. No…
-No se preocupe por eso. Denos sus señas y hablaremos con él.

Incrédulo, Diego les dio la dirección del colmado de Omar. ¿Qué pretendían hacer con tal cantidad de producto corrosivo? La imaginación se le disparó. “Joder, armas químicas… Esos tipos planean un atentado, por lo menos”. Tragó saliva y maldijo la hora en que contestó aquella llamada. Ya era tarde para volverse atrás. El guardaespaldas no le quitaba el ojo de encima y Diego vio, con alarma creciente, cómo bajo su cazadora llevaba en bandolera un rifle de asalto.

-Ahora, hablemos de sus honorarios.

“Honorarios”. Diego tragó saliva y apenas pudo murmurar un sí de consentimiento cuando vio el folio que escupía la impresora sobre la mesa y leyó las cifras.

-Sí, señor Garrido. Ha leído bien. Le pagaremos por cada litro veinte veces más de lo que pide usted cuando lo vende. Y será en efectivo, apenas acabe su trabajo. Tiene toda la noche por delante.

* * *

Las siguientes horas las pasó concentrado en su trabajo de mezclar y diluir botellas de producto en grandes cubetas. Los hombres rubios de vaquero y suéter entraron el toro mecánico cargado de botellas de detersivo chino, lejía, limpiahogar, bidones de agua, cubos, mangueras y embudos… El guardaespaldas trajo mascarillas para todos, y Diego intentó hacer oídos sordos a las conversaciones susurradas a media voz, en un idioma que se le antojó rarísimo y desconocido, bien distinto del chino, el árabe o el paquistaní que ya se había acostumbrado a oír en el barrio. “Ruso”, concluyó. Y se obligó a no pensar en todas aquellas películas de acción que le habían atiborrado la mente, presentando la mafia rusa como la más brutal de todas las organizaciones criminales. Pero no podía ignorar las entradas y salidas del hombre calvo y trajeado, cada vez más impaciente, sus continuas llamadas telefónicas, sus cuchicheos con los otros hombres, las miradas frías que le lanzaba… Finalmente, captó una conversación en español. Sus oídos se aguzaron y lo que oyó lo dejó atónito.

-Sí, ¡ja, ja, ja! … Como lo oye. Con esa mierda, nos ahorraremos al menos medio millón de euros por día. Sí… Reducirá todos los costes de la tuneladora… Ja, ja, así es. Cuando vean la demostración nos otorgarán la concesión de la obra… Por supuesto.

La tuneladora. De pronto, Diego lo vio claro como el día. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Su fenomenal producto abrasivo iba a substituir el trabajo lento, penoso y carísimo de una gigantesca máquina excavadora.
Reduciría el trabajo. Reduciría los costes. Y aquellos mamones, pensó, conseguirían la concesión de innumerables obras y se forrarían de millones a costa de su producto. De su invento.

Y, de pronto, se indignó. Cuarenta mil miserables euros no pagaban aquel negocio redondo.

Su reloj marcaba las cinco de la madrugada cuando tuvieron los mil litros de preparado, convenientemente mezclado y envasado en las garrafas. El calvo alargó a Diego un papel, del cual apenas pudo leer nada. “Un recibo”, le indicó el hombre de la calva, en un tono que no admitía réplica.

Con dedos torpes, Diego firmó.

El guardaespaldas extrajo el fajo de una maleta, que a buen seguro contenía otros muchos como aquel, se sacó una goma de pollo del bolsillo y sujetó con ella los billetes. El calvo se lo tendió pero cuando Diego alargó la mano, se detuvo.

-Recuerde una cosa, señor Garrido –su voz sonó amenazadoramente serena-. Este dinero paga su trabajo y su silencio. ¿Me entiende?

Diego asintió, tragando saliva, y lo embutió en su bolsillo, tembloroso.

Apretón de manos, escolta hasta el ascensor, subida al vestíbulo y a la calle. El sol lo deslumbró pero apenas tuvo tiempo de mirar a su alrededor. El guardaespaldas lo obligó a meterse en el vehículo y lo dejó lejos de allí, junto al parque de la Ciudadela, despidiéndolo con un gesto. Diego regresó andando a su casa, con la mente en una nube y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón.

Cuando por fin ganó la seguridad del palomar, apenas sintió el dintel tras el consabido coscorrón. Trastabillando, llegó a la puerta, introdujo la llave en la cerradura casi a tientas y, tras cerrar la puerta, se derrumbó en la cama deshecha, sin quitarse la cazadora ni los zapatos siquiera. Lo último que recordó, antes de caer dormido, fue el tacto del abultado fajo de billetes en el bolsillo del pantalón y el escozor intenso en los ojos.

Despertó a media tarde, con el currucucú de las palomas armando alboroto en la azotea. Alguna atolondrada golpeteó el cristal de la ventana, antes de revolotear hasta el tejado. Diego entreabrió los párpados, doloridos e irritados, y desvió la mirada hacia el reloj digital de su muñeca.

¿Las seis? ¿Hasta tan tarde había dormido? Se puso en pie, sobresaltado. “Joder, ¿qué hago acostado… con zapatos? El peso en el lateral de su pantalón lo devolvió a la realidad. Palpó los billetes. Se frotó la frente. Caminó arrastrando los pies hasta el espejo del lavabo. No, no había sido una pesadilla.

Contó y recontó los billetes, esparciéndolos y amontonándolos sobre su escritorio, entre los lápices, las borraduras de goma y las tiras de Joshua y Angelina. Cuarenta mil euros. ¿Qué demonios hacer con todo eso?
Descartó abrir una cuenta en el banco. Jamás había tenido una, ni la necesitaba. “Sería sospechoso. Viviendo en este barrio, tendría a la poli detrás de mí en un periquete”. Podía mudarse e ir vivir a un apartamento grande, moderno, limpio… Aunque, pensándolo bien, una casa grande sólo le daría más trabajo. Más espacio que ordenar, más que limpiar. “Bah, ya estoy bien aquí. Además, en el barrio todos me conocen y nadie me molesta cuando quiero dibujar…” No vale la pena. Luego pensó que podría autoeditar su obra, lanzar una tirada de sus comics e intentar distribuirla y venderla por todas las librerías. ¡Sí, esa sería una buena inversión! Pero pronto se desanimó. La distribución sería cara, tendría que luchar por vender cada uno de los libros… No, valía más esperar que alguna editorial la valorara en su justa medida, y ahorrarse tantos afanes. También podía montar una pequeña imprenta digital, pensó, y así publicar sus obras y las de tantos artistas anónimos muertos de hambre, como él. Su veta solidaria afloró, durante unos minutos de euforia soñadora. Pero la realidad se impuso de nuevo. Una cosa es la inversión inicial, otra mantener el negocio… Si no funciona, en poco tiempo puedo estar en la ruina de nuevo. Mejor no complicarse la vida.
Una lucecita perversa se encendió en su mente. Ah, podía emplear otros métodos… Con esa cantidad, podía sobornar a algún periódico de gran tiraje para que publicara sus viñetas, al menos durante un tiempo. Estaba convencido de que los personajes gustarían tanto que los propios editores le pedirían que continuara trabajando para ellos. Sí, esa era una buena idea… que acabó descartando, también. Y no por exceso de de honradez, sino por orgullo. “No. Si mis tiras se publican, será por mérito propio, no porque haya comprado a nadie. Será porque lo valen”.

Y así, dándole vueltas al asunto y manoseando los billetes nerviosamente, Diego cayó en la cuenta de que todo aquel dinero no le serviría para ayudarlo a alcanzar sus sueños.

* * *

Transcurrieron varios días de inquietud e insomnio, días en que hasta la inspiración huyó de él, instalándose en el palomar un permanente desasosiego, un negro temor. Como fugado de la justicia, Diego rehuyó la presencia humana de sus vecinos, de Omar e incluso de sus amigos, Lolo y Chema, quienes se cansaron de dejarle mensajes en el móvil. Escondió los billetes en los lugares más inverosímiles de su cubil, cambiándolos de escondite cada dos por tres, temiendo ser descubierto de un momento a otro. Salía al anochecer, tan sólo para comprar coca cola, un shawarma para cenar y la prensa diaria, temiendo ver, cualquier día, una noticia alarmante en portada: “Terroristas rusos perpetran un atentado con productos químicos explosivos”. “Descubierto laboratorio de armas químicas en un sótano de la villa olímpica”. “Socavón inexplicable en las obras del AVE en…”

Por fin tomó una determinación. En un súbito arranque de inspiración, decidió invertir sus cuarenta mil euros en aquello que accidentalmente le había procurado la prosperidad: su desatascador.

* * *

Decidió mejorar la fórmula. Hizo pruebas. Con menor concentración de producto, “el Ariete” podía funcionar… Y funcionó. Se asoció con Omar, el paquistaní. Alquilaron un localito y compraron producto al por mayor. Contrataron a una administrativa y un par de comerciales a comisión dura, dos latinos sin papeles con una labia sin igual. Diego diseñó nuevas etiquetas, que, esta vez, hizo imprimir a todo color. Compró un ordenador portátil nuevo y creó una página web. Y se dispusieron a distribuir “el Ariete”, puerta a puerta, por toda la ciudad, y en la red.

Al cabo de un año, Diego abría su primera cuenta bancaria con ciento treinta y cinco mil euros en depósito.

Al cabo de dos, abrió su primera sucursal, con oficina y central de llamadas. Omar era el gerente, tenía diez empleados y los latinos –ya con papeles- actuaban como jefes de comerciales y responsables de exportaciones. Facturó doscientos mil euros más.

Al cabo de tres, habiendo perdido la cuenta de sus ganancias, se presentó a un concurso. No de cómic, ni de dibujo, sino de “jóvenes emprendedores”, organizado por la federación de empresarios de la ciudad. Por su brillante y original iniciativa de venta de productos higiénicos a domicilio y por Internet… quedó finalista.

En la cena de entrega del premio, ocupó mesa junto a sesudos señores de la élite empresarial y política barcelonesa… Y, ¿quién era aquel señor barbudo, con su pipa, vestido de traje negro y con gemelos de brillantes, que lo miraba escrutador? Nada menos que el “director”. El director del periódico en el que siempre había soñado publicar…

Angelina y Joshua lo habían acompañado siempre. Jamás había dejado de tener un tiempo para ellos, en sus años de expansión empresarial. Y Diego supo que aquella noche era su oportunidad. Allí, en la mesa redonda, entre copas de cristal de bohemia, puros habanos y centros de orquídeas, supo que debía presentar batalla.

Y la libró. “Envíeme unas muestras”, le dijo el director.

* * *

Cuatro años y un mes después de una llamada singular, Diego Garrido publicó su primera tira de Joshua en un gran rotativo de la ciudad. Seis meses después, Angelina se convirtió en la heroína de miles de adultos y adolescentes, ávidos de inocencia mezclada con cáustico humor. Y una conocida empresa de ropa se lanzó a comercializar bolsitos de charol y camisetas con su efigie.

* * *

Seis años después, Diego ya no vive en un lóbrego palomar del Raval. Pero aún lanza sus zapatos al aire cuando entra en el elegante ático de la Avenida de Sarriá; aún se derrumba vestido en la cama de metro sesenta con edredón de seda, que la chica de limpieza se empecina inútilmente en alisar, y su inmenso escritorio de metacrilato, iluminado por un foco halógeno, no da abasto para contener los papeles, la tinta, los lápices y las borraduras de goma…

A veces se detiene a pensar. Nunca supo más del hombre calvo del traje gris, de su guardaespaldas ni de sus compinches. Pasaron por su vida como un sueño, una pesadilla fugaz. Pero dejaron algo muy real. En medio de la abundancia, Diego mira por los ventanales impolutos de doble cristal de su ático. A un lado ve el Tibidabo, al otro puede ver el mar. Sólo echa de menos una cosa. Las palomas. Nunca creyó que las llegaría a añorar. Aún recuerda el cucurrucú, el jaleo de alas revoltosas, el olor que llegó a detestar… Lo añora intensamente, cuando sale ya anochecido para recorrer las calles del Raval, para encontrarse con Omar a pasar cuentas y tomarse un Shawarma en el garito de la esquina, en compañía de Lolo y Chema, a la sombra del bloque destartalado que fue su hogar.


Montse de Paz
http://comollegarapublicar.blogspot.com

domingo, 11 de marzo de 2012

Instrucciones para leer un libro


Según la Real Academia Española un libro es un conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen. Centrándonos, únicamente, en el formato tradicional de papel, claro está.
Cuando nos hemos aventurado a llegar a la estantería y aún más a escoger uno de estos extraños artilugios, viene la compleja acción de intentar abrirlo. Para ello, se puede realizar en el mismo lugar, de pie, si se tiene prisa, o mejor aún, sentado. Lo mejor sería esto último si pretendemos leerlo. Para ello, lo primero que hemos de hacer es mirarlo de frente. De canto o inclinado sería difícil para la operación de lectura. Una vez hecho esto debemos tener cuidado en colocarlo de forma que las letras de la portada sean lo primero que veamos, y además que las podamos leer correctamente (no al revés). Lo mejor sería que en estos instantes tuviésemos a nuestro lado una taza de café o té, o que una relajada música nos envolviese. O todo unido. Si esto no es posible por las circunstancias, lo que es más que probable, procederemos igualmente.
Lo segundo que hay que tener en cuenta, si es que nos hace falta, es conseguir unas gafas de ver de cerca. Nos facilitará el asunto.
Una vez preparados, debemos abrir el libro con la mano izquierda, mientras sujetamos con la derecha el tomo. Como podemos observar, hay que iniciarlo por la primera página, ya que hay que empezar por el principio. Es más que conveniente si se desea comprenderlo bien, aunque no es necesario si se trata sólo de hojear alguna parte o tramo elegido. Con cuidado, vamos pasando las hojas de una en una, sin rasgarlas o arrancarlas. No hay que olvidar algo importante: se lee de arriba a abajo, y de izquierda a derecha. Esta es una norma básica si se quiere llegar a comprender lo leído. Otra norma es que el idioma sea conocido por nosotros, no hay que olvidarlo.
Un vez seguido lo anterior sólo hay que tener la vista en cada una de las páginas y ¡voilá !, disfrutar leyendo hasta que deseemos. E importante: al detenerse es también conveniente dejar una referencia para retomar la lectura donde lo dejamos, a no ser que hayamos finalizado lo que nos interesaba, o que el libro en sí no nos hace gracia.
Entonces solo hay que dejarlo donde lo hallamos y elegir otro, o hacer otra cosa.

viernes, 24 de febrero de 2012

La mensajera


Desde hace tiempo tengo ganas de leer relatos de una joven escritora que se va haciendo hueco con su buen hacer. Por ahora lo poco que he leído me está atrayendo. Se llama María Martínez, Anxana en su blog que recomiendo encarecidamente, y sus textos vampíricos y fantásticos (lo poco que he leído suyo por ahora) contrastan con la alegría que destila en conversaciones virtuales.
Habrá que seguir conociéndola.



LA MENSAJERA

Despertó de golpe, con el corazón desbocado y la sensación de estar siendo observada. Se llevó una mano al pecho, como si aquel gesto pudiera tranquilizar su agitada respiración. Miró a su alrededor con aire aturdido, intentando recordar donde se encontraba. Parpadeó para aclarar su visión borrosa, y poco a poco reconoció los muebles, las cortinas, la chimenea que calentaba la estancia… Estaba en su habitación.
Arrebujada bajo las mantas trató de volver a dormir, pero una extraña inquietud se alojó en su pecho, un presentimiento, un temor impulsivo que le encogía el estómago.
Un lobo aulló cerca de allí, otros se unieron a él formando un coro siniestro, lastimero. Giró hacia la ventana a tiempo de ver como algo se apartaba del cristal. Se asomó casi con miedo. La luz de la luna se filtraba a través de los jirones de nubes que arrastraba el viento, desde allí el bosque resultaba espectral, cubierto por un manto impoluto de nieve.
Forzó la vista intentando distinguir qué era aquello que se alejaba con dificultad. Parecía una mujer portando un gran fardo bajo el brazo, y se arrastraba como si estuviera muy débil. Abrió la ventana y la llamó, pero fueron los lobos los que respondieron a su grito. Los vio corriendo entre los árboles, acechantes, cada vez más cerca de aquella pobre mujer.
Tomó la lámpara de aceite y salió al pasillo envuelta en una toquilla, la madera fría crujió bajo sus pies. Empujó la puerta y sin hacer ruido penetró en la habitación de su padre. Se movió con cuidado, mientras contenía la respiración, escondiendo sus pasos bajo los ronquidos del hombre; si se despertaba, no la dejaría salir. Cogió la espada y abandonó de puntillas el cuarto.
Sus pies se hundieron en la nieve y con esfuerzo comenzó a avanzar. El vaho de su respiración se condesaba a su alrededor, como una densa nube que parecía cristalizarse por el frío intenso de aquellas horas intempestivas. Usó la espada como bastón y pronto llegó a la primera línea de árboles. El sudor le regaba el cuello, congelándose a lo largo de su piel.
El viento sopló con fuerza enmarañándole el pelo. La nieve se arremolinó a sus pies, borrando las huellas que la mujer iba dejando y también su propio rastro. Avivó el paso, el aire le quemaba los pulmones y cada jadeo se convirtió en una dolorosa punzada en el pecho.
Unos ojos dorados surgieron de la nada como un fogonazo, para volver a desaparecer de la misma forma. Un poco más adelante otro par de ojos la observaban sin ningún disimulo. Gruñidos hambrientos sonaron a su espalda, se giró empuñando la espada, dispuesta a usarla contra aquellas bestias. Lanzó una mirada de advertencia al lobo de pelo negro y éste se encogió gimiendo. Apretó los dientes y le dio la espalda al animal, canturreando un hechizo que la protegiera del peligro.
Se llevó una mano al cuello y echó en falta su amuleto, mal augurio. Intentó no pensar en ello y continuó buscando a la mujer, no podía estar lejos; parecía enferma, a punto de desfallecer.
El murmullo de la corriente del rio flotó hasta sus oídos, acompañado de un extraño chapoteo, un compás rítmico e inquietante al que siguió hipnotizada. La encontró junto a la orilla, arrodillada sobre una piedra lavaba unas telas en las frías aguas.
–¡Mujer! –la llamó, ésta no le contestó.
Se acercó muy despacio y se arrodilló a su lado. Vestía una capa gris con una capucha sobre la cabeza. Intentó verle el rostro, pero la larga melena rubia lo cubría por completo.
–¿Te encuentras bien? –preguntó. De nuevo el silencio por respuesta.
Se inclinó un poco más sobre ella, intentando ver que era aquello que restregaba contra la piedra con tanta dedicación. Palideció al reconocer su vestido, el mismo que había llevado durante todo el día, y mientras intentaba comprender que estaba ocurriendo, el agua se tiñó de rojo. Olía a sangre y la sangre brotaba del vestido.
Una idea aterradora tomó forma en su mente, la leyenda se tornó realidad ante sus ojos. Tragó saliva para aflojar el nudo que le oprimía la garganta. Posó una mano sobre el hombro de la joven y, muy despacio, sujetó la capucha que le cubría la cabeza. La retiró, y una larga melena surgió en cascada hasta el suelo.
De repente la mujer se giró hacia ella y el tiempo quedó suspendido. Ahogó un grito con las manos y se puso en pie, observando con estupor aquel rostro pálido como un cadáver que le devolvía la mirada, un rostro bañado en lágrimas que brotaban de unos ojos enrojecidos por el dolor y el llanto, tan fríos como un lago helado.
La mujer se puso en pie y extendió sus brazos hacia ella, entonces pudo ver el blanco sudario que la capa cubría. Dio un paso atrás alejándose del abrazo fatal de aquel espíritu de la naturaleza. Su instinto la urgía a correr, a alejarse de allí, pero el miedo la tenía paralizada; y mientras sentía el corazón a punto de estallar dentro del pecho, la mensajera de la muerte se elevó en el aire y de su garganta brotó un triste a la vez que hermoso lamento, un gemido lastimero que acabó transformándose en un alarido penetrante que le heló la sangre. Entonces, con la misma gracia con la que se había elevado en el aire, se lanzó a la fría corriente y desapareció bajo las negras aguas del arroyo.
Los lobos surgieron de las sombras en las que se ocultaban y comenzaron a aullar formando un coro macabro. Dio media vuelta y echó a correr, huyendo de aquella pesadilla. Sabía lo que significaba aquella aparición, la muerte la rondaba.
Los pies se le hundían en la nieve, la hojarasca y las ramas caídas que había bajo el hielo crujían a su paso. Aunque ella sólo podía oír el palpitar de su corazón desbocado y como la respiración le silbaba en la garganta. Sentía como si sus pulmones estuvieran llenos de fuego.
Miró en derredor, asegurándose de que los lobos no la seguían…cuando los vio. Tres hombres avanzaban en su dirección. Corrió hacia ellos, tropezando con las piedras y golpeándose con las ramas, pero al reconocerlos se paró en seco. Giró sobre sus talones tratando de huir antes de que la descubrieran, y chocó contra algo que la hizo caer de espaladas. Una mano áspera y fría la agarró por el cuello y tiró de ella hasta ponerla en pie.
–¡Vaya, vaya, mirad lo que acabo de cazar! –dijo Brian O`Connor, hijo del noble que gobernaba aquellas tierras. La miró con desprecio–. Una bruja. La bruja que ha traído la mala suerte, la hambruna y la desdicha a nuestras tierras.
–Yo no provoco esas cosas, sois vos y vuestro libertinaje.
–La mala suerte se instaló en mis tierras con tu llegada, arpía. Llevas el estigma de las hechiceras, al igual que lo llevaba tu madre –le espetó, agarrándola de su cabellera roja como el fuego–. Y ahora la acompañarás al mundo de los muertos, donde tu magia no dañe a mis buenas gentes.
De un zarpazo Brian le rasgó las ropas, ella intentó cubrirse, pero él volvió a golpearla.
Los dos soldados que acompañaban al joven rompieron a reír, mientras posaban sus ojos lascivos en partes de su cuerpo que ningún hombre había visto antes. En segundos la despojaron de su atuendo, desnuda bajo la luna su cuerpo fue mancillado, y bajo el filo de la espada su pecho exhaló el último aliento. Lo arrastraron por la nieve hasta el arroyo y lo hundieron en las aguas heladas atado a una piedra.
Brian O`Connor regresó a su castillo y los días se sucedieron. El invierno dio paso a la primavera, la primavera al verano, y Mabon trajo el otoño. Con el solsticio de invierno llegaron las primeras nieves y el ritual de Yule se celebró. Durante la noche del festival, Brian O`Connor se adentró en el bosque junto al druida y un par de soldados. Debían elegir el árbol sagrado que ardería en el próximo solsticio y regarlo con sangre en un sacrificio. Tras cumplir la ceremonia, Brian se acercó al arroyo para lavar la sangre de sus manos. Un rítmico chapoteo llamó su atención. Tras unos arbustos descubrió a una mujer vestida con una capa gris, lavaba ropa junto a la orilla, la ropa de un bebe.
Regresó a su castillo con una extraña sensación, un presentimiento. Se acostó en el lecho junto a su esposa, pesadillas ocuparon sus sueños. Cerca del amanecer un grito horrendo lo despertó, un gemido lastimero que al oírlo le partió el corazón. Corrió a la ventana y vio como una figura envuelta en una capa gris se alejaba con esfuerzo sobre el manto de nieve. Ese mismo día enterró a su hijo.
A la noche siguiente, aquel aullido premonitorio volvió a helarle la sangre. Abandonó la cama y a través de la ventana vio a la misma mujer perdiéndose entre los árboles. Salió semidesnudo del castillo, corrió descalzo sobre el hielo tras aquel fantasma de otro mundo, pero no lo alcanzó. Regresó a su habitación cansado y afligido, se tumbó junto a su esposa y la abrazó. Notó su cuerpo rígido, frío, ni el más leve palpitar lo agitaba. Ese día la enterró junto a su hijo.
Llegó la noche. Brian se armó con su espada y a lomos de su caballo se adentró en la espesura en busca del espíritu. Los aullidos de los lobos lo seguían en su peregrino viaje, cada vez más cerca, cada vez más hambrientos.
Llegó al río, ató su montura, y con la espada empuñada fue en busca de la banshee, ya no tenía dudas sobre lo que era. La encontró arrodillada en la misma piedra, y con dedicación lavaba una camisa manchada de sangre. El agua se tiñó de rojo hasta que todo el cauce tuvo ese color. Brian reconoció la prenda, era suya. Blandió la espada dispuesto a asestarle un golpe al hada oscura, pero ésta se puso en pie a una velocidad sobrenatural y lo enfrentó, taladrándolo con una mirada llorosa, enrojecida, que reflejaba la mayor de las penas.
La espada resbaló de sus manos y golpeó el suelo con un sonido sordo. Sus ojos desorbitados no parpadeaban, estaban fijos en aquel rostro pálido y cadavérico, enmarcado en una cabellera del color del fuego.
–¡Tú, bruja! –susurró muerto de miedo.
–Bruja –repitió ella con un sonido inquietante–. ¿Sabes qué le ocurre a una bruja cuando escucha el lamento de una banshee, Brian O`Connor? Que no muere, renace, una nueva banshee viene al mundo. Tú me hiciste sufrir y ahora tú sufres, pero el castigo no será sólo para ti. Mis lamentos anunciarán la muerte de todos aquellos a quienes amas. Mi camino se une al de tu familia para siempre, pero tú no podrás verlo. Esta noche te reunirás con tu mujer y tu hijo en el Annwn.
Se elevó en el aire, extendió los brazos como si quisiera abrazarlo y profirió el grito más profundo y desgarrador que jamás hubo escuchado nadie. A continuación se lanzó a las aguas teñidas de sangre y desapareció bajo ellas.
Esa noche, Brian O`Connor murió devorado por una manada de lobos.




María Martínez

http://anxana.blogspot.com/

domingo, 12 de febrero de 2012

El ladrón de compresas (fragmento)


Aquí os dejo un fragmento de "El ladrón de compresas", sugerente título de otra de las novelas con que nos obsequia Sergio G. Ros, infatigable donde los haya.
No necesita más presentación, porque ya se ha hablado de él (y se hablará más) pero el poco tiempo que llevan sus novelas en Amazon está ayudando a valorar positivamente su forma de escribir, rechazada en principio por editoriales al uso. No hay más que ver el tirón de ventas de esta misma novela.
Ale, a leer la angustiosa historia de un secuestro...

El ladrón de compresas

MIÉRCOLES

1
Es curioso; de pequeña me encantaba esconderme en los recovecos de la antigua casona de mi abuela, allá en la sierra. Me fascinaba aquella soledad artificialmente creada, efímera, donde era más consciente de mí misma. Podía “sentirme” rodeada por el silencio y por la oscuridad de mis escondites. Era agradable poder percibir mi propia respiración o el latido de mi corazón.
Pero había algo que me gustaba aún más: el poder que ejercía sobre las personas que me querían. Me ocultaba para infringirles algo de dolor, una especie de venganza infantil provocada por un enfado ocasional cuando era castigada por causas que creía injustas. Entonces disfrutaba. Allí, acurrucada en mi guarida, los escuchaba llamarme, primero en tonos de voz que lindaban el juego o la indiferencia. Después de un rato aquellos timbres derivaban en gritos, tintados de preocupación, de nerviosismo. Se oían pasos agitados, sillas movidas, chirridos de puertas abiertas precipitadamente… pero yo no aparecía: era mi momento estrella. Me sentaba con el rostro apoyado entre los muslos, las piernas rodeadas por los brazos, y trataba de no hacer el más mínimo ruido. Tensaba la cuerda al máximo. Y, cuando el clímax era insostenible, cuando rayaba el llanto o se descolgaban los teléfonos, entonces y sólo entonces, salía de mi escondrijo y corría al encuentro de mis padres, hermanos o abuelos. Durante unos minutos, durante horas quizás, había ejercido un extraño poder sobre ellos. Era dueña de aquella realidad, la creaba y la destruía a mi antojo.

Pero ahora es distinto.

Me llamo Sofía Jiménez, tengo veinte años, y he sido secuestrada.
Mi captor me tiene encerrada en una habitación donde huele a viejo, como si todo el aire estuviera viciado. En cierta manera estoy escondida, oculta de mis padres, de mis hermanos, de mis amigas… de la gente que me quiere, como cuando era pequeña. Salvo que ahora, no puedo oír sus gritos, ni sus pasos, aunque sé que me estarán buscando. Por eso digo que es curioso, estoy oculta al igual que cuando era una niña pero la situación es bien distinta. Porque aunque pueda escuchar mi respiración y el ritmo de los latidos de mi corazón, he perdido el control. He perdido el poder. Aunque oyera gritar mi nombre no podría salir de mi escondite y correr hacia ellos. No, no podría.
Sólo me queda llorar.
Tampoco sé exactamente el tiempo que ha pasado desde que me secuestró, creo que cuatro días, quizás tres.
Estoy unida a la pared por una cadena.
Es una cadena gruesa, pesada, metálica. Muere en un grillete que me está haciendo polvo la muñeca derecha. Ese cabrón ha calculado la distancia hasta la puerta, y aunque me estire no puedo llegar, es imposible. Ni siquiera alcanzo el único mobiliario que hay, situado en el lateral de la habitación cerca de la puerta que está en la esquina izquierda, una silla y una vieja mesa de escritorio, casi tan viejos como el cuadro que está clavado en la pared de enfrente, iluminado por la bombilla solitaria que cuelga sin gracia del techo y que crepita de cuando en cuando. El cuadro refleja una antigua tabla periódica. Tampoco le presto mucha atención, siempre he odiado la química. Para mí es de locos creer en los electrones, los átomos y todo eso. Es casi una cuestión de fe, y no soy muy creyente, pero me lo estoy planteando. Entre llanto y llanto me da por rezar, aunque sólo me sepa el Padrenuestro, el antiguo, ése que habla de los deudores.
Entonces reparo en una cosa. Estoy casi desnuda, en ropa interior. No recuerdo cómo ocurrió, pero ese fulano tuvo que quitarme la ropa. Debió ocurrir cuando estaba inconsciente. Al menos, podría haber estado depilada, el vello rizado asoma por los laterales de mis bragas, unas bragas marrones feísimas, por cierto. “Eres gilipollas” ―me digo a mí misma― sólo a ti se te ocurre pensar en la depilación en una situación como ésta. Y me río, es una risa histérica, desesperada y triste. Triste porque nadie puede escucharla.
Y de repente vuelvo a coger el hilo de mi pensamiento original, justo antes de que se me fuera la pinza, cosa que me ocurre a menudo. Mis pantalones y mi suéter están ahí mismo, sobre el respaldo de esa silla polvorienta. Se me ocurre una idea, aunque sé que es imposible que el tipo que me ha secuestrado no haya reparado en ella. “Tonta, no puede ser tan necio” ―me digo. Sin embargo, mi pecho se inflama con la esperanza. Me levanto y camino hasta tensar al máximo la cadena. Estoy descalza y la puta cadena pesa, y mucho. Nada, que no llego. Con el brazo derecho extendido, levanto mi pierna izquierda y la despliego con las puntas de los dedos intentando llegar a la silla. Por poco, casi. Descanso un poco y lo vuelvo a intentar. Una, dos, tres veces. Me tiemblan los hombros, los brazos, la pierna de apoyo…todo. No sé cuanto tiempo estoy así, en esa postura incómoda. Pero al final acabo en el suelo, llorando, exhausta.
Después de un rato, cuando se han secado las lágrimas, me levanto, miro hacia la silla con rabia y lo intento de nuevo, alargo la pierna izquierda, agitando mis deditos con las uñas pintadas de rosa y entonces lo consigo. Logro acariciar los vaqueros, y aprieto los dedos aferrando la tela de mis pantalones. Y temblando los sacudo, levemente de arriba hacia abajo. Nada. Aprieto los dientes y vuelvo a hacerlo. Otra vez. Sintiendo un fuerte dolor en la parte de atrás del muslo soy capaz de lograr una sacudida más fuerte. Y entonces ocurre. Y no puedo creerlo.
Mi teléfono móvil ha caído de uno de los bolsillos. Está ahí mismo. Ha quedado entre el respaldo y el asiento de la silla.
Las siguientes horas las paso forzando al máximo mi cuerpo. Me reprocho una y otra vez mi falta de forma. He perdido la elasticidad, esa maravillosa elasticidad que tenía cuando era pequeña, cuando mis padres me llevaban a las competiciones infantiles de gimnasia rítmica, maquillada como a mí me gustaba, con colores chillones que convertían mi rostro en la cara de una pantera. Y a pesar del dolor, sonrío. Siento el sudor que perla mi frente y toda mi piel. Y estiro, estiro hasta que no puedo más. Llego al límite, hasta al punto donde creo que voy a desmayarme. Y sin saber cómo, lo noto. Siento el frío tacto del teléfonol entre los dedos de mi pie izquierdo. Con sumo cuidado, convulsionada por el dolor, intento traerlo hacia mí. Va a ser difícil, he metido el pie por el hueco que hay entre el posabrazos y el culo del asiento, toda mi pierna tiembla descontroladamente, la rodilla de la pierna de apoyo, la derecha, gime de dolor. Pero lo estoy consiguiendo, poco a poco. Casi está. Entonces ocurre lo peor.
Pasos que se acercan.
Quiero gritar, deseo gritar. El terror me invade, el pie se descontrola y tropieza contra el posabrazos. El móvil está a punto de caer y aprieto mi dedo gordo, lo cierro contra los otros dedos lo más fuerte que puedo. Miles de pensamientos se pasan por mi cabeza en menos de un segundo. El último es la monda: me reprendo a mí misma por no tomar clases de pintura para minusválidos, esos que se ven en reportajes de la tele haciendo cosas impensables con los dedos de los pies.
Los pasos se hacen más fuertes. Se acerca. Estoy totalmente fuera de mí. Empiezo a apretar con el dedo gordo los botones del móvil intentando acertar al de llamada, pero es muy pequeño. Mi uña se clava en el botón central, creo. Aprieto, aprieto… el pie se ha liberado del maldito posabrazos, acerco el aparato hacia mí, y continúo pulsando por el camino. No lo hago de manera consciente, es una mezcla de los escalofríos provocados por el miedo y los temblores derivados del dolor. El móvil hace ruidos, se activan cosas. ¿Estará llamando? No oigo la línea, sólo los pasos.
Y de repente la puerta se abre, y el móvil cae al suelo.
Él se acerca; es un tipo corpulento, grande. Lleva un verdugo en la cabeza, de esos que sólo dejan ver los ojos y la boca. Recoge el móvil del suelo y frunce los labios mientras pulsa los botones. Supongo que quiere comprobar si he conseguido llamar a algún sitio. Sin decir nada avanza, estira su brazo hacia mi cara y por un momento pienso que va a golpearme. Percibo el espray con el que rocía mi rostro.
Todo se hace oscuro.

Sergio G. Ross

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