Una reflexión interesante del crack que es Daniel Franco.
Ahí la dejo.
El libro de la vida
El libro de la vida es tedioso
y redundante.
Escrito en letras de lo más minúsculas, enumera datos y cifras, describe
rincones escondidos, dibuja mapas olvidados y muestra diagramas de pasos de
bailes de moda y de antaño. Tantos detalles abarca que nadie podría siquiera
alzarlo de su sitio, por lo voluminoso.
Tiene capítulos enteros dedicados a la música, y se rumorea que toda la música
de allí proviene: habrá algunas tonadas que sean casi epifanías, pero en su
mayor parte son pavadas de estultos.
Fue escrito hace tanto tiempo que nadie recuerda siquiera haber comenzado a
leerlo, y uno siempre termina distraído con esas descripciones de cajitas de
obsequios, flores secas prensadas sobre poemas y algunos rizos sedosos atados
con listones de colores que aparecen sin motivo entre capítulos; son justo el
tipo de pequeños trofeos que todos nosotros somos demasiado chicos para
entenderlos…
Y mi único rezo es que quieras leerme más páginas, aunque no puedas saltarte ni
un solo renglón.
Daniel Franco
http://levedesliz.blogspot.com.es/
Dedicado a todos aquellos que han intentado publicar y han sido rechazados una y otra vez. Pues eso, a gente con más moral que el Alcoyano. Si eres uno de nosotros, acomódate. Y si no...también. Bienvenidos todos a la Generación del Alcoyano
"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"
San Agustín
San Agustín
sábado, 23 de junio de 2012
domingo, 10 de junio de 2012
Cuento ratonífero
Un
día, mucho antes de que Aladino encontrase la lámpara, el genio de la misma se
transportó a un lugar escondido donde pensó jamás sería hollado: un parque
cualquiera de Madrid. La ocultó tras unos arbustos, más allá de un arroyo,
entre los habitantes típicos del lugar: cristales, papeles, latas, compresas,
preservativos, jeringuillas…seguro de que nadie la tocaría y así poder
descansar un poco de los que le hacían trabajar.
Pero
no contaba con que unos audaces ratoncillos la hallarían, hartos también de que
las ratas, palomas y gatos que pululaban por doquier a sus anchas no les
dejasen ni a sol ni a sombra. Así que enviaron a uno entre ellos, el más
valiente aunque el más pequeño (con unas enormes orejas y medio sordo, pero
insisto que osado) en su busca. Como si de Indiana Jones se tratase (con sombrero
y todo) este trepó y destrepó, esquivó
y saltó sobre toda la porquería existente, con riesgo extremo para su vida, y
al final alcanzó su objetivo y se escondió en él para descansar.
Allí
despertó al genio, que dormía plácidamente, y lo hizo con genio y carácter.
Pero pronto se apiadó del pequeño ser, que temblaba y hacía que la lámpara se
moviese con él. Así que optó por concederle un deseo si le dejaba continuar
descansando durante un tiempo, a lo que el otro le contó sus penas, que eran
las de todos los ratones del jardín.
-
Mmm, interesante -comentó
el genio mientras se iba encendiendo una lucecita azul en su interior, lo que
consiguió que él mismo se encendiese por dentro y aterrorizase más aún al pobre
animalito que trataba de escapar.
Poco rato después los gatos, las ratas voladoras y, sobre
todo, las enormes ratas terrestres -que eran tan cobardes como su tamaño por
otra parte- vieron aproximarse un extraño artilugio con patas que salió de
entre los arbustos, y huyeron asustados en todas direcciones. Sobre la lámpara,
agarrado con un pequeño cordel para guiar su montura, marchaba el intrépido
ratoncito saludando a sus congéneres, que pronto acudieron extrañados para
observar a su salvador.
Y por mucho tiempo el parque se vio libre de indeseables e
incluso la suciedad disminuyó a placer. Hasta que el alcalde decidió
recalificar el terreno para construir nuevos pisos… aunque esto no sucedió en
mucho tiempo, cuando la omnipresente crisis concluyó y de nuevo la burbuja
inmobiliaria nos visitó de nuevo.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
sábado, 2 de junio de 2012
El espíritu del lince- fragmento
Después de observar el éxito que está teniendo en sus presentaciones Javier Pellicer, autor de este nuevo libro de corte histórico llamado "El espíritu del lince" (por cierto, título muy acertado y con fuerza, pienso yo), no puedo más que dejaros un pequeño fragmento, que con el prólogo que colgué en su día me quedo corto.
Leedlo porque atrapa.

El espíritu del lince
—¿Lo ves, Icorbeles? Esa lluvia tan bonita es por ti,
mi pequeño.
Las sacerdotisas nos representan ante dichas
presencias.
delito que habría supuesto su inapelable ejecución. Aretaunin
Leedlo porque atrapa.

El espíritu del lince
Mi llegada al mundo se produjo un
año después del
casamiento,
y estuvo rodeada de fenómenos
intrigantes y señales
prodigiosas.
A fuerza de escuchar la narración
de boca de mis
padres,
tengo una imagen nítida de cada detalle que acompañó a
mi
alumbramiento, a semejanza de alguien que lo hubiese
estado
observando.
Nací en el crepúsculo de una jornada de cuarto
creciente, a
la luz de una lámpara de barro, sin dar un solo
berrido. Al principio
creyeron que estaba muerto, pero cuando me dieron dos
azotes balbuceé y abrí los ojos con calma.
—Icorbeles… —suspiró mi madre, agotada por el esfuerzo.
La cuestión de mi nombre ni siquiera había sido
discutida.
Entre los edetanos y otros pueblos íberos existía la
tradición de
que los niños heredaran el nombre de sus abuelos
maternos. Mi
madre sólo se permitió una pequeña variación en mi
caso.
—Así sea —asintió mi progenitor, mientras me alzaba por
primera vez con una enorme sonrisa en los labios—.
Inundarás
de alegría mi corazón, primogénito.
Poco después, Argitiker, el capataz del caserío, entró
en la
habitación con los ojos desencajados y el rostro lleno
de asombro.
—Mi señor Icortas, debéis asomaros a la ventana.
Mi padre torció el gesto con cierto malhumor.
—¿Qué es tan importante como para que tenga que
interrumpir
este momento de felicidad, Argitiker?
—El cielo… ¡Algo le está sucediendo!
Desconcertado, mi padre se acercó a la ventana, abrió
los
postigos y miró hacia arriba, a un firmamento al que
poco le
faltaba para quedar completamente velado por la noche.
Se
frotó los ojos ante la inconcebible visión: una tras
otra, pequeñas
estrellas caían del cielo, rasgando el velo oscuro en
una lluvia
titilante que se perdía más allá de la vista. Parecían
gotas de luz
que, fugaces, desaparecían por detrás de las montañas.
Los
hombres y mujeres del caserío observaban desde la
plazoleta.
Algunas madres sujetaban a sus hijos, atemorizadas por
el fenómeno.
Todos se preguntaban si aquello era un buen augurio
o la más terrible de las maldiciones.
—Acercadme a la ventana —pidió mi madre.
Con la ayuda de Argitiker, arrastraron la cama hasta la
abertura.
Los ojos de mi madre brillaron de emoción al contemplar
el hermoso prodigio. Lo supo desde el primer momento.
Era
una señal que marcaba mi grandeza. Me levantó un poco
para
que yo pudiera observar el fenómeno.
Serás alguien grande, alguien importante.
Mi padre asintió con la cabeza, dando por buena tal
intuición.
Las palabras de una mujer siempre son respetadas. Los
íberos tenemos en gran consideración a la figura
femenina por
su condición de creadora de vida. ¿Es que existe algo
más
grande que parir a un hijo?
La lluvia de estrellas se prolongó durante casi una
hora. Pero
las sorpresas apenas habían empezado. Urcetices, el
encargado
de la guardia, nos anunció que un grupo de viajeros
solicitaba
audiencia con mi padre en el portón del caserío.
—Son cuatro hombres armados y una mujer con los hábitos
de sacerdotisa.
Puedo imaginar la expresión de asombro de mi padre, tal
vez
más profunda que la que le había provocado el portento
celeste.
La presencia de una sacerdotisa en un paraje tan
escondido rivalizaba
con cualquier acontecimiento. Nuestras mujeres sagradas
son personalidades tan insignes que rara vez se apartan
de
sus santuarios.
Llegados a este punto, quizás sea apropiado un apunte
sobre
nuestra religión, pues entiendo que estas memorias
serán leídas
cuando el recuerdo de mi pueblo se haya desvanecido.
Los íberos no creemos en decenas de dioses como los
griegos
y los romanos. Para nosotros, la divinidad está
presente en
el mundo que nos rodea: bestias, árboles, montañas,
ríos, el Sol,
la Luna… La vida, en toda su extensión. La Gran Madre.
La
Madre Tierra. Nuestras deidades, si se las puede llamar
así, son
el toro, por su vitalidad; el lince, enlace con los
espíritus de los
Antepasados; el caballo, símbolo de la nobleza; y el
lobo, que
personifica nuestro carácter indomable. Las fuerzas de
la naturaleza
y los espíritus de nuestros ancestros nos apoyan o nos
rechazan, nos alientan o nos ponen trabas, nos marcan
el camino
a seguir. Sin embargo, aceptamos que son nuestros pies
los que deben dar los pasos. Nuestros actos nos
definen.
Siempre son mujeres, pues su enlace con la vida es más
firme.
Se requiere también sabiduría y una completa entrega al
ejercicio
de sus funciones. Estas siervas devotas renuncian
incluso a su
propio nombre: se convierten en madre, esposa, hermana
e hija
de todo aquel que es leal a las creencias íberas. Sus
ropajes son
adecuados a tal distinción: visten una túnica azul de
exquisito
lino y una mantilla carmesí sobre el pecho; por encima
suelen
portar un grueso manto marrón, como protección ante las
inclemencias
del tiempo; sus adornos son muy llamativos, pues
además de las joyas en forma de collares lucen dos
grandes rodelas
laterales sobre el tocado de la cabeza, sujetas a una
tira
afianzada a la frente gracias a unas finas cadenas.
Mi padre recibió a la sacerdotisa con grandes honores,
como
correspondía. La mujer, que parecía más anciana que las
montañas,
venía de la ciudad sureña de Ilici, en pleno territorio
contestano,
a muchos días de marcha. Aunque estaba agotada por
el viaje, no aceptó la hospitalidad de mi padre sin
antes nombrar
el motivo de su presencia en Etemiltir.
—Hace varias semanas tuve una visión en la que se me
anunciaba
el nacimiento de un elegido de los Antepasados —explicó,
mientras los sirvientes de mi padre le ofrecían un
caldo caliente—.
Los espíritus me dijeron que debía partir al norte de
inmediato, y sólo detenerme cuando la señal se
manifestara.
—La lluvia de estrellas... —apuntó mi padre, con tono
solemne.
—Así es. ¿Es aquí donde encontraré a quien busco? —preguntó
la mujer.
Icortas no habría dudado al responder, pues para los
íberos
resulta impensable mentir a una sacerdotisa. Pero antes
de que
sus labios hablaran de nuevo, se alzó un berrido desde
los aposentos
de mi madre. Yo mismo me anuncié.
Condujo a la mujer hasta la habitación, donde mi madre
me
amamantaba por primera vez. Aretaunin la miró con gran
respeto,
pero la sacerdotisa apenas reparó en ella. Su destino
no
era atender a la joven madre, sino al hijo. Sin pedir
permiso
—su posición social se lo permitía—, me tomó en brazos
y me
examinó con gestos inquisitivos. Supongo que buscaba
alguna
señal que me identificara como el protagonista de su
visión. No
me observaba como a un niño recién nacido, sino como el
motivo
del trabajo más importante que jamás afrontaría. Me
inspeccionó
concienzudamente, pero no halló en mí más que piel
blanca.
—Hay que someterlo a una prueba —dijo, tras meditar un
momento.
Mi padre, que jamás habría osado contradecirla en
circunstancias
normales, no pudo evitar replicar.
—¿Qué tipo de prueba?
—De reconocimiento —respondió—. No hay señales que
me indiquen que éste es el niño que busco.
—¿Acaso no basta con la lluvia de estrellas? —arrugó la
nariz.
—No. El fenómeno celeste abarca una gran región del
firmamento.
Podría deberse al nacimiento de cualquier otro niño.
Si me detuve aquí fue porque era el lugar habitado más
cercano
cuando comenzó. Así pues, el niño debe pasar por la
prueba.
Me lo entregarás para que lo deje en el bosque, donde
permanecerá
hasta que amanezca. —Mi madre lanzó un gemido—.
Si sobrevive al frío de la noche y a los animales, será
la señal de
su grandeza.
Icortas se frotó el rostro con la esperanza de que todo
fuera
un mal sueño. Pero al apartar las manos nada había
cambiado.
—Se trata de una injusticia —replicó, tratando de sonar
respetuoso
a pesar de su creciente enojo—. Si el niño no resultara
ser ese elegido, nos habrás arrebatado a nuestro hijo.
—¿Acaso contradices la voz de los Antepasados? —A pesar
de que mi padre había mostrado sin reparos su
disconformidad,
la mujer no parecía enfadada... todavía—. Tu esposa es
joven,
puede darte otros retoños. Sea como sea, es mi
dictamen, y no
puedes oponerte a él sin sumirte en el total
desprestigio.
Desesperado, buscó con la mirada a mi madre. Ella nunca
olvidaría lo que vio en sus ojos: un amor absoluto. Una
palabra
suya habría bastado para que se enfrentara a la
sacerdotisa, un
delito que habría supuesto su inapelable ejecución. Aretaunin
solía decir que aquél fue el día en que se enamoró de
su esposo.
Si aceptó entregarme a la sacerdotisa fue sólo para que
él no
cayera en desgracia.
La mujer me tomó sin atender al angustioso llanto de mi
madre y me llevó con ella. Los habitantes del caserío
la vieron
salir por el portón y adentrarse en el bosquecillo
cercano. Volvió
poco después, sola. Mi padre tuvo que tragarse la
rabia. Si no
hubiera sido por las leyes, estoy seguro de que la
habría arrojado
por encima de los murallones y habría marchado a
buscarme.
Pero aquella era una prueba tanto para mí como para él.
Fue una noche muy larga. Los escoltas de la sacerdotisa
se
turnaron para vigilar el portón en previsión de que
alguien pretendiera
salir a recogerme. Con las primeras luces, mi padre fue
el primero en salir del caserío. Siempre lo he visto
como un
hombre dueño de sus actos e impulsos, pero aquel día
estaba
tan exaltado que se lanzó a la carrera, cruzando la
maleza sin
saber siquiera hacia dónde dirigirse. No tuvo más
remedio que
esperar a la sibila y seguir su paso cansino, que no
hizo más que
aumentar su crispación.
Al fin llegaron a un pequeño claro. Allí, iluminado por
un
mañanero haz de luz, estaba yo, sobre el mismo tocón en
el que
me había dejado la mujer. Supieron de inmediato que estaba
vivo porque movía los bracitos y las piernas. Pero lo
más sorprendente
fue que, junto al muñón, había un magnífico lince de
pelaje leonado. Estaba recostado en el suelo, en
actitud calmada
pero vigilante, atento a la diminuta criatura rosada.
Cuando advirtió
a mi padre y a la sacerdotisa no reaccionó con
agresividad;
se levantó, se desperezó y luego se acercó a mí. Mi
padre estuvo
a punto de lanzarse contra el felino, pero la
sacerdotisa lo retuvo
del brazo el tiempo suficiente para que ambos
comprobaran las
intenciones del lince. La bestia me lamió como lo haría
con una
de sus crías. Luego alzó la mirada hacia Icortas un
momento
antes de saltar hacia los matorrales y perderse.
A partir de ese día, mi familia adoptó el emblema del
lince:
mi protector.
Javier Pellicer Moscardó
martes, 22 de mayo de 2012
La Historia según los americanos (del Norte, ¿de dónde si no?)
La historia
siempre me ha llamado la atención porque es algo de lo que se aprende, desde el
hecho más loable y alentador hasta la catástrofe o atrocidad más horrorosa.
Está ahí y debería hallarse como referencia para el presente y futuro. Al menos
así lo veo yo.
Sin embargo a mucha gente le
aburre soberanamente leer sobre ella. Algunos se conforman con ver películas o
leer novelas supuestamente históricas. Total, “da igual y es más entretenido”. Lo malo de esto es creerse lo que no
deberían, y de ahí surgen las manipulaciones de las masas, jugando con la
incultura, y las famosas “leyendas Negras” o “mentiras históricas comúnmente
creídas”, como anunciaba algún que otro libro.
Pero centrémonos
en algunas, para aclararlo. Por ejemplo, y refiriéndonos al título de esta entrada, en muchas películas que Hollywood
nos vende, los personajes y hechos se tergiversan según
intereses propios o para adaptarse a los gustos de una época o región del mundo
(y vender más, claro).
Lo primero que
suelto: cualquiera puede pensar, después de haberse tragado cientos de
películas de vaqueros, que los caballos
de manchas son originarios de los indios norteamericanos. Nada más lejos de
la verdad: los caballos se introdujeron en el continente americano con la
llegada de los españoles en 1492. Al igual que los perros de gran tamaño
(alanos, por ejemplo), que no existían tampoco (los que había en el continente
americano eran de pequeño tamaño y no ladraban).
Ahora con Mel Gibson me meto, que últimamente
está que se sale, el pobre. William Wallace, el héroe de “Braveheart” era un caballero de noble familia y a su padre no lo
mataron los ingleses, sino que luchó para Inglaterra a cambio de un favor político.
Por otra parte, las faldas escocesas que lucen en la película con tanta falta
de pudor no se utilizaron hasta varios siglos más tarde. O hablando de Benjamín
Martin, de “El patriota”, basado en
un personaje real llamado Francis “Zorro de los pantanos” Marion. Por lo visto
nunca mató él solo a un pelotón de soldados británico. Y sin embargo sí se
dedicó a cargarse a docenas de indios Cherokee y violar a sus mujeres. Pequeños
cambios de guión para hacer más simpático un personaje.
Hablando ahora
de fimosis…(¡¡¡¡????)
Me refiero a
lo que quedaría mejor en una historia: que un personaje no pueda hacer el amor
por problema de fimosis o que no le de la gana y así especular con problemas
más serios con el sexo, inclinación sexual, etc. Pues eso primero era lo que realmente le
ocurría a Luis XVI de Francia, casado con María
Antonieta. En la película de Sofía Coppola del mismo título se baraja,
entre otras cosas, el conflicto que tuvieron los reyes para tener descendencia,
centrándose en el “miedo al sexo” del rey, cuando el pobre debía ver las
estrellas cada vez que realizaban el coito…Pero, evidentemente, ese tema no
quedaría bien en una película (¿o sí?) Para los que tengan curiosidad, los reyes
ciertamente solucionaron el problema unos ocho años después, cuando el “miedoso”
rey aceptó operarse.
Y si
comentamos de Charton Heston (dejamos la fimosis a un lado) y el Cid Campeador…¿alguien sabe cómo
murió este personaje tan hispano? Le mataron en Valencia de un flechazo, ¿no?,
como dice la película...pues, evidentemente no. Murió años después de la toma
de Valencia, aunque es verdad que en la misma ciudad. Cosas del cine. Es curioso que además, en este
caso, el director contó con la ayuda del historiador Ramón Menéndez Pidal,
aunque se ve que no sirvió de mucho en el rigor histórico.
Llegando, cómo no, a la Leyenda Negra que tristemente acompaña a los españoles y que nos
afamamos por seguir manteniendo. Felipe II es retratado en la mayor parte de
los filmes extranjeros- y algún español- como un monarca fanático religioso, oscuro,
feorro y hasta encorvado y con voz aflautada. Eso es lo que ocurre, por
ejemplo, y en pleno siglo XXI, con la película “Elisabeth”. Quizás este tipo de cine se acerca bastante a lo que
comenté al principio, ya que, si lo tomamos como lección de historia, el
Imperio español de la época sería el Mal Absoluto, al más puro estilo de la
Leyenda Negra, mientras que Isabel I y su corte serían el bien que debe
defenderse de los “malditos invasores”. Según la historia, afortunadamente, ni
Felipe II era tan malo (ni tan feo, lo que no ocurre con la reina Isabel I) ni
vestía de negro de forma continua (por lo visto solo lo hizo al final de su
vida), ni la intolerancia religiosa de, en este caso, los ingleses, era mucho
menor que la de los hispanos. Pero ale, sigamos tragándonos la “historia” que
les convenga a los demás, que así nos va.
Continuando con
Spain pero en época diferente: en Gladiator
el emperador Cómodo mata a su
padre, Marco Aurelio, pero en la realidad no fue así: Marco Aurelio proclamó a
su hijo Cómodo su sucesor, y no murió de forma violenta (probablemente de
peste). Aunque es verdad que Cómodo era un poco “rarito” y que murió después
asesinado…aunque unos trece años después. Evidentemente no hay paciencia humana
para esperar tantos años a que Russell Crowe acabe con él.
Y en cuanto a
la famosísima bandera pirata… ¿una
calavera con dos tibias cruzadas? ¿Verdad que sí? Pues parece que no, ya que la
bandera que más utilizaban estos hombres intrépidos y de no tan buen corazón
como nos hacen parecer en las pelis, era de color rojo, mucho más vistosa que
la negra. La bandera roja significaba que se habían acabado las ofertas (si es
que había existido alguna) y que era tiempo de atacar sin piedad. Lo que ocurre
es que en el cine quedaba mejor y más tenebrosa una con huesos de por medio…
Por cierto,
los barcos piratas en realidad eran de pequeño tamaño, no los galeones con que
nos deleitan en el cine épico. El motivo no era otro que la mayor movilidad
para una rápida y veloz fuga si la cosa se ponía mal. Pero mira, disfruto más
viendo unos tremendos abordajes a cañonazo limpio que desde un barquichuelo de
tres al cuarto. ¿Vosotros no?
domingo, 13 de mayo de 2012
Presentación de "Numancia contra el tirano"
Alberto Lominchar es una de esas personas que tengo el placer de conocer de manera viva. Con esto me refiero a "no virtual", como ahora viene a ser lo habitual cuando se frecuenta blogs, foros y facebooks varios. Con varios libros de poesía a sus espaldas y ya su segunda novela, es uno de estos escritores que promete. Humor, cultura, crítica social y ahora historia- en el libro que se va a presentar al público en breve- se encuentran mezclados de forma amena en casi todo lo que he leído de él hasta ahora. Sin embargo, que yo sepa, Alberto no espera a que una editorial se fije en él para publicar- y menos en estos momentos. Desde el principio lo está haciendo de modo virtual y con presentaciones ocasionales. Lo que le importa es escribir, y eso lo lleva realizando desde hace años por puro placer. Sinceramente animo al público a que eche un corto vistazo a alguno de sus escritos si tiene la ocasión, y que compruebe por sí mismo.
Por lo pronto, el próximo viernes día 25 de mayo, a las 20:00 horas, en el bar la Tetería de la localidad de Aranjuez realizará la presentación de su nuevo libro "Numancia contra el tirano", un ameno escrito de corte histórico sobre la figura de un joven y desconocido Espronceda que sorprenderá a más de uno. Fielmente documentado, difícil por cierto según me comentó por la escasez de documentos que retratan el tema de la juventud del escritor romántico, y con pasajes que sorprenderán a más de uno y que son dignos de película, invito a los que puedan a pasarse y escuchar a este joven escritor hablar de un personaje que le obsesiona más y más según descubre nuevos datos sobre su apasionante vida y la de sus coetáneos.
Aquí dejo un corto fragmento.
Numancia contra el tirano- fragmento
Espronceda dejó aparecer su figura por el corredor
abalconado del tercer piso de la casa de vecinos. Antes de que los de abajo pudieran
interrogarle, Pepe Espronceda –todo cabellera oscura y rizada- exclamó:
- ¡Allá que voy!
Cabalgó sobre la barandilla del balcón y de ahí, con
agilidad animal, se abrazó a un canalón de hojalata que desde el tejado bajaba
al patio. El canalón crujió y se cimbreó, pero el muchacho llegó al final del
descenso sano y salvo, para asombro del par que en el suelo le esperaba.
Saludó a Valls con un movimiento de cabeza y una
radiante sonrisa, tendiendo después a Escosura ambas manos. Con doce años recién
cumplidos, examinó a Patricio con una mirada penetrante y profunda que surgía
de unos ojos negros, rasgados y exultantes.
En la forma de acceder a la cita, Patricio cayó en la
cuenta de que Espronceda no era joven que gustara seguir los caminos trillados,
las convenciones vulgares; necesitaba la atracción fascinadora del peligro. En él
pudo ya adivinar al muchacho inclinado más hacia la acción que hacia la
contemplación, gentil, amable, simpático y de reflejos felinos. La sinceridad
de su amplia sonrisa le revelaba al zagal entrañable y más que constante en los
afectos.
Superada la inicial sorpresa, Pepe explicó a los que
le esperaban:
- He llegado a la cita antes de tiempo y, harto de esperar,
me he puesto a trepar por el canalón para hacerle una visitilla a Antonio, el
amiguete del tercero. ¡Qué se le va a hacer, no puedo parar quieto! En cuanto
os he oído, me he dicho: “Pepe, muchacho, haz una entrada triunfal”. Y aquí me
tenéis, dispuesto a lo que sea.
- ¿Lo ves, Patricio? –preguntó Valls-. ¿No te dije que
aquí Pepito no nos iba a defraudar?
- ¡Ya lo creo! ¡Menuda entrada en escena! –exclamó
Patricio-. A fe mía que nuestra espera ha merecido la pena.
- Pepe Espronceda –añadió el recién aterrizado, alargando
su mano derecha hacia Patricio-. Para servirte en lo que gustes.
- Patricio de la Escosura –dijo, estrechando con firmeza
la mano tendida-. Tu fiel camarada desde este momento.
Éste fue el curioso inicio de una amistad profunda y
leal, que sólo la muerte pudo llegar a deshacer.
Alberto Lominchar
Pacheco
http://erratico.bubok.es/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


