¿Queréis saber más sobre la novela revelación en formato digital? ¿Quieres saber algo más de "La leyenda del bosque que nunca existió", Top 100 desde el primer día en www.amazon.es ?
Aquí tienes diez frases para ello:
““Permanecieron mirándose inalterables, mientras el silencio del lugar los cautivaba. Entonces aconteció algo que solo lo vivió Dédalo. Duró un instante, aunque para su mente no fue tal: las plantas comenzaron a crecer a su alrededor, de un modo rapidísimo, y en breve se encontraron rodeados de un espeso bosque que los envolvía con su verde manto. No se atisbaba el sol y los pájaros revoloteaban sobre ellos.
—Eres mago —afirmó ella al fin, rompiendo el hechizo. Todo desapareció tal y como había llegado.””
“”Pronto notó que algo le tocaba y cerró los ojos. Los pelillos de la nuca se le erizaron. Un brazo arrugado y con la piel a tiras se posó en su hombro. Y después otro en la espalda, y otro más. Una gran cantidad de extremidades infrahumanas comenzó a agarrarle entre lamentos y quejidos de ultratumba. Ahora sentía el frío tacto de la muerte.””
“”El burro se giró y le lanzó una coz en un brazo que lo hizo voltear y a punto estuvo de nuevo de caer al vacío.
—Animal de bellota… —Se repuso el hombretón ayudado por su compañero, quien logró agarrar por fin a la bestia—. Yo era luchador en mis tiempos, te vas a enterar ahora. —Y le arreó un puñetazo en el morro que lo dejó tendido en el suelo, inconsciente, tal era su fuerza.””
““Comenzó evocando un día, ya lejano, cuando una parte de los cimientos de la nueva construcción del noble cedió, aplastando a unos pobres trabajadores que, según el médico de Egirno, “sanarían con unas cuantas sangrías y algo de reposo”. Y efectivamente poco después se vio que el reposo fue eterno para todos ellos. “”
“”Espoleó su cabalgadura y lanzó un grito de guerra al más puro estilo visigodo. Fue directo a Mérinton, abriéndose paso entre los que comenzaban a saltarle encima desde todos los lados, y de modo raudo los fue esquivando fijos los ojos en su desconcertado combatiente.””
“”El gran astro emergió lentamente ante el joven que se encontraba con los brazos extendidos y el cabello al viento. A sus pies se precipitaba el desfiladero, en su punto más profundo. La brisa se transformó en un vendaval aullador que elevó lejos los susurros del Hechizo más poderoso pronunciado alguna vez en aquellas tierras de nadie y, a la vez, tierra de todos.””
“”—Algo enorme, monstruoso, de largos y afilados colmillos sedientos de sangre, y con una piel correosa y repulsiva. Todo fue muy rápido, no pudimos ver más — masculló como pudo uno de los guardias del mercader, que se desangraba con un salvaje mordisco en el cuello. Después murió en los brazos del enano.””
“”—Necesito que hagas algo por mí —comentaba ella en sus recuerdos, sentada al borde de un pozo en el patio impregnado de aroma a flores primaverales. Colores carmesís alternaban con salpicaduras turquesas y dorados pétalos. Un caprichoso colorido pensado al más mínimo detalle a pesar del falso desorden. Una caótica y vistosa anarquía organizada. Todo para ella…””
“”Se precipitó una nueva descarga, iluminando esta vez el interior del bosque.
—¡No, Etzel! ¡Nadie tiene la culpa! ¡Destruirás su hogar!, ¡tu casa!
—Quiero tu sangre… —dijo el anciano, y abrió de golpe los ojos mientras alzaba su mano derecha con forma de garra y le señalaba al cuerpo.””
“”—¡¡Tabernero!! —gritó nada más entrar y golpear con la puerta al que se hallaba sentado cerca de la salida: cayó de cabeza sobre la mesa de al lado—. ¡Venga esa bazofia de vino para refrescar mi bravo y sediento gaznate o haré puré este tugurio de mala muerte con mi espada!
Se hizo el silencio.
—Ja, este es el listo que faltaba —soltó Orosio, que no podía permanecer callado.””
Si quieres saber más, visita
Y si te decides a adquirirlo (por 0,89€ hasta fin de julio, ojo) solo tienes que dar a http://goo.gl/qLzWeY
Dedicado a todos aquellos que han intentado publicar y han sido rechazados una y otra vez. Pues eso, a gente con más moral que el Alcoyano. Si eres uno de nosotros, acomódate. Y si no...también. Bienvenidos todos a la Generación del Alcoyano
"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"
San Agustín
San Agustín
jueves, 25 de julio de 2013
jueves, 18 de julio de 2013
Esto no es Hansel y Gretel- de Marta Querol
La estupenda Marta Querol nos enseña esta versión epistolar de un conocido cuento. ¿Te atreves a comerte el chocolate de la casita?
Esto no es Hansel y Gretel
Primera cartaNo sé quién eres, pero espero que si encuentras esta carta, nos ayudes. Mi padre es leñador
y vivimos junto a un bosque muy grande. También tengo un hermano, más pequeño que yo,
Hänsel. Bueno, y hay una mujer que debería ser mi madre, pero no lo es. Por cierto, yo me
llamo Gretel. Las cosas están muy mal en casa. Bueno, y en todas partes, por lo que dicen.
Nosotros hace días que no tenemos casi nada para comer. A mi padre lo veo preocupado;
dice que no gana ni para el pan de cada día. Anoche no se podía dormir (¿por el calor? ¿O te
diste cuenta de que tu padre no podía dormir?). Es que la cabaña es pequeña y se oye todo.
Le decía a mi madrastra que no sabía que iba a ser de nosotros, que no quedaba nada para
darnos de comer.
Ella le contestó que lo mejor era llevarnos al bosque, encender un fuego, darnos un
pedacito de pan y luego dejarnos allí solos mientras ellos se van al trabajo. Así seguro que
nos perderíamos, y se librarían de nosotros.
Mi padre es bueno, y eso le pareció horrible. Él no nos quiere dejar allí, porque sabe
que se nos comerían las fieras. Pero ahora manda esa bruja. Le ha dicho que tiene que
hacerlo, o nos moriremos de hambre los cuatro. Le insistió mucho. Incluso le dijo que fuera
aserrando las tablas para los ataúdes. Tengo miedo. Mi padre, al final, ha accedido por ella.
Mi hermano también está muy asustado, porque lo ha escuchado todo, igual que yo.
Me ha dicho que no esté triste, que él me sacará de esta. Es muy listo. Cuando por fin se han
dormido, ha salido al patio por la puerta trasera, y aprovechando que el brillo de la luna
iluminaba unos guijarros blancos que estaban en el suelo, ha recogido un montón hasta
llenarse los bolsillos.
Dice que no nos abandonarán, que esté tranquila, que el encontrará el camino de
vuelta. Yo he preferido escribirlo en esta carta y meterla en un frasco de compota, por si
alguien la encuentra (la carta). Nos buscarás, ¿verdad? Gretel.
Segunda carta
Mi hermano tenía razón. A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, nuestra
madrastra nos despertó de malos modos, diciendo que había que ir al bosque por leña. Nos
dio un pedacito de pan, y nos dijo que podíamos comérnoslo a partir de mediodía. Lo tuve
que guardar yo bajo mi delantal, junto al tarro en que metí mi carta, porque Hänsel llevaba
los bolsillos llenos de piedras. Caminamos hasta el bosque. A cada ratito de andar, mi
hermano se detenía para volverse a mirar hacia la casa. Mi padre le reñía por que se quedaba
rezagado. “¡Atención y piernas vivas!”, le decía.
Cómo Hansel es muy listo, (¿ya lo había dicho?), se inventó que miraba un gatito
blanco, que desde el tejado le decía adiós, pero en realidad no miraba el gato, sino que iba
echando blancas piedrecitas a lo largo del camino. Nuestra madrastra le reprendió, y yo
aproveché para dejar el tarro con mi primera carta en el camino.
Cuando estuvimos en medio del bosque, mi padre nos mandó a por leña. “Para hacer
fuego y que no tuviéramos frío”, dijo. Preparamos una gran hoguera, y cuando ya ardió con
llama viva, nuestra madrastra nos mandó a descansar junto al fuego “porque se iban a cortar
leña”. ¡Con toda la que habíamos cortado nosotros! Dijo que cuándo terminaran, volverían a
por nosotros. Nos sentamos junto al fuego, y al mediodía, cada uno nos comimos nuestro
pedacito de pan. Aún estábamos tranquilos, porque oíamos claramente el ruido de los
hachazos, y eso era que padre estaba cerca. Pero lo que creímos que eran hachazos, era en
realidad una rama que habían atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el
tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, nos quedamos dormidos. Cuando
despertamos ya era noche cerrada. Me eché a llorar. No sabía cómo saldríamos del bosque.
Pero Hänsel me consoló, y me aseguró que cuando brillara la luna, encontraríamos el
camino.
Cuando la luna estuvo alta en el cielo, me agarró de la mano, y gracias a las
piedrecitas que relucían como la plata, fuimos siguiendo la ruta. Tardamos un montón.
Tuvimos que andar toda la noche, y llegamos a casa al amanecer. De camino, recogí mi tarro,
ya que al fin no nos íbamos a perder.
Cuando llamamos a la puerta, nuestra madrastra encima nos regañó, como si nos
hubiéramos quedado allí porque sí. Padre se alegró. Yo creo que le remordía la conciencia
por habernos abandonado. Él no es malo, ¿sabes? No puede serlo. Ahora todo está mejor,
pero seguimos con miedo. Por eso escribo.
Tercera carta
Hemos pasado una época tranquila. Ya ni me acordaba de mi tarro. Pero el hambre ha
vuelto, y la historia se repite. He oído a mi madrastra, mientras estaba en la cama, que le
decía a padre que sólo quedaba media hogaza de pan, y sanseacabó. Otra vez la solución es
deshacerse de nosotros. Nos van a llevar al bosque, pero ahora más adentro, para que no
podamos encontrar el camino.
Padre se ha opuesto al principio, pero ella ni le ha escuchado. Nunca lo hace. Yo
sabía que terminaría por ceder a lo que ella quería. Ya lo hizo una vez, y ahora era más difícil
negarse. Hansel quería salir a por piedrecitas, cómo cuando la primera carta, pero nos han
cerrado la puerta de atrás. Estamos perdidos, aunque mi hermano diga que Dios nos
ayudará. Si encuentras el tarro con las cartas, avisa a alguien para que nos busque. Tengo
mucho miedo. Gretel
………..
Ese día nos despertó temprano, nos dio un pedacito de pan, más pequeño aún que la vez
anterior. Camino del bosque, Hänsel iba desmigando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de
trecho en trecho, dejaba caer pedacitos en el suelo. Padre, nervioso, le empujaba para que
siguiera. Debía tener prisa. Mi hermano volvió a sus excusas. Ahora en lugar de un gato era
una paloma. Pero sólo servían para irritar a nuestra madrastra.
Sembró de migas todo el camino, y yo dejé este tarro, el mismo que ya dejara, y que
ahora encontraron ustedes.
La madrastra nos condujo aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca
habíamos estado. Se repitió el ritual, igual que la vez anterior. La hoguera, la siesta y su viaje a
Nunca Jamás para coger leña y desaparecer.
Casi no comimos. Hänsel había esparcido su pan por el camino y tuvimos que partir
el poco que yo tenía. Despertamos de la siesta al anochecer. Hänsel estaba convencido de
que volveríamos a encontrar el camino gracias a las miguitas de pan. Pero no encontramos ni
una sola. Se las habían comido los pájaros de aquel horrible bosque. Aun así, intentamos
encontrar el camino, pero fue imposible.
Después de un día y medio dando vueltas sin rumbo, y muertos de hambre como
estábamos —hágase cuenta de que sólo habíamos comido unos pocos frutos silvestres
recogidos del suelo y mi trozo de pan—, nos echamos a descansar al pie de un árbol y nos
quedamos dormidos de puro agotamiento.
A la mañana siguiente reanudamos la marcha, pero cada vez nos adentrábamos más
en el bosque. Ya ni hablábamos para conservar el poco aliento que nos quedaba. Tampoco
nos mirábamos, porque en los ojos del otro veíamos el miedo a la muerte cercana.
Fue, creo, hacia mediodía que vimos un hermoso pajarillo, blanco como la nieve,
posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que nos detuvimos a escucharlo.
¿Qué más nos daba ya, si no íbamos a ninguna parte? Cuando hubo terminado, abrió sus alas
y emprendió el vuelo. Parecía una señal, tan blanco, tan bello… lo seguimos. Así llegamos
hasta el lugar en que me han encontrado. Aquí, antes había una casa.
Estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar. Sí,
no les miento. Era un sueño, con el hambre que habíamos pasado.
Hansel se emocionó, y se lanzó a comer, empezando por un pedacito del tejado; yo,
probé los cristales de la ventana. Eran de azúcar, y me supieron a gloria.
Pero enseguida escuchamos una voz suave que procedía del interior: «¿Será acaso la
ratita la que roe mi casita?» Medio idos cómo estábamos, sólo se nos ocurrió decir: «Es el
viento, es el viento que sopla violento», en lugar de salir corriendo. Seguimos comiendo,
ávidos. Devorábamos a dos carrillos cuando la puerta se abrió bruscamente, y salió una
mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Lo recuerdo cómo si fuera hoy. Nos
asustamos hasta el punto de atragantarnos y soltar lo que teníamos en las manos; pero
aquella vieja nos invitó a entrar, hospitalaria.
Nos cogió de la mano, y nos sentó a la mesa, donde había servida una apetitosa
comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. ¡Imagínese, con el hambre que
habíamos pasado! Después nos llevó a dos camitas con ropas blancas, y nos acostamos en
ellas. Estábamos convencidos de que habíamos llegado al cielo. El pájaro blanco, la señal…
La vieja parecía ser muy buena y amable, pero, pronto descubrimos que en realidad,
era una bruja que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con
el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo
comía.
Tenía los ojos rojizos y era muy corta de vista; pero, en cambio, su olfato era muy
fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos sintió nuestra presencia y nos
preparó aquella trampa. Nos acostamos confiados.
A la mañana siguiente, muy temprano, y mientras aún dormíamos, agarró a Hänsel
con su mano seca, lo llevó a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja.
Entonces vino a despertarme a mí, gritando y sacudiéndome con brusquedad.
Quería que fuera a por agua y guisara para mi hermano. Tenía que engordarlo para…
comérselo. Todavía me estremezco al recordarlo.
Lloré amargamente, pero en vano. Tuve que cumplir los mandatos de la bruja.
Mientras a mi hermano le servía comidas exquisitas, yo no recibía más que cáscaras de
cangrejo.
Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía:
—Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo.
Pero Hänsel, que no sé si ya se lo he dicho pero era muy listo, en vez del dedo,
sacaba un huesecito, y la vieja, que apenas se veía, pensaba que era realmente su dedo. Claro
que se extrañaba de que siguiera igual de flaco, pero la trampa coló. Cuando, al cabo de
cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba sin engordar, perdió la paciencia y no quiso
aguardar más tiempo. Decidió comérselo gordo o flaco.
Fui a por agua, con las lágrimas rodando por mis mejillas. «¡Dios mío, ayúdanos!”,
rogaba. Casi prefería que nos hubiesen devorado las fieras del bosque; así habríamos muerto
juntos. Yo era una niña muy romántica, entonces.
A la vieja bruja no le ablandaron mis llantos.
Por la madrugada, tuve que salir a llenar de agua el caldero y encender fuego. Quería
cocer pan, para acompañar, supongo, y había encendido el gigantesco horno. Salían grandes
llamas.
“Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan”, me ordenó. Le vi relamerse
de gusto mientras me lo decía. Estaba claro, que si mi hermano era el primer plato, yo iba ser
el segundo. Pensé rápido. Me hice la tonta, cómo si no supiera como entrar, y ella se brindó
a enseñármelo.
Metió la cabeza en el horno, y la empujé con todas mis fuerzas. Cayó en el interior y,
cerrando la puerta de hierro, corrí el cerrojo. Le aseguro que todavía puedo oír sus gritos por
las noches. Eché a correr, para dejar de oírla y sacar a Hansel del establo donde estaba
encerrado. “¡Estamos salvados!”, gritaba el pobre sin parar, “¡ya está muerta la bruja!”.
Nuestra alegría era inmensa, pero entonces caí en la cuenta. Seguíamos perdidos. Nadie nos
había encontrado. Y quedaba poca comida. Con la bruja muerta, la casa de bizcocho y
chocolate se convirtió en un amasijo de ruinas inmundas, estás que usted ve ahora, sin nada
en ella para comer. Encontramos estas cajas. Están llenas de perlas y piedras preciosas. De
poco nos sirvieron. No se podían comer.
El horno había enmudecido. Nos miramos, y yo le hice un gesto a mi hermano,
señalando la portezuela que lo cerraba. Le juro que él no quería, pero era la única solución en
ese momento.
Mi hermano nunca lo superó. Se dedicó a vagar por el bosque, buscando un camino a casa,
pero siempre terminaba aquí.
Aprendimos a cazar, y gracias a eso sobrevivimos. Pero él… bueno, siguiendo a un pato,
enajenado como estaba, se empeñó en que podría cruzar el río subido en él.
Le intenté disuadir, pero fue inútil, y en un mal paso, el pato se escabulló y
el cayó,… abriéndose la cabeza.
¿Y dice que fue mi padre el que mandó a buscarnos tras morir aquella horrible mujer
que se decía nuestra madrastra? Pues dígale que no quiero verle nunca más. Era malo ¿se lo
había dicho ya? Y después de… ¿cuánto tiempo ha dicho?
Todo esto es mío ahora, el oro, las perlas... Me lo he ganado.
A mi pobre hermano… no lo busque. Es duro sobrevivir en el bosque.
¿Me dará mi tarro de recuerdo?
Marta Querol
http://www.martaquerol.es/
Esto no es Hansel y Gretel
Primera cartaNo sé quién eres, pero espero que si encuentras esta carta, nos ayudes. Mi padre es leñador
y vivimos junto a un bosque muy grande. También tengo un hermano, más pequeño que yo,
Hänsel. Bueno, y hay una mujer que debería ser mi madre, pero no lo es. Por cierto, yo me
llamo Gretel. Las cosas están muy mal en casa. Bueno, y en todas partes, por lo que dicen.
Nosotros hace días que no tenemos casi nada para comer. A mi padre lo veo preocupado;
dice que no gana ni para el pan de cada día. Anoche no se podía dormir (¿por el calor? ¿O te
diste cuenta de que tu padre no podía dormir?). Es que la cabaña es pequeña y se oye todo.
Le decía a mi madrastra que no sabía que iba a ser de nosotros, que no quedaba nada para
darnos de comer.
Ella le contestó que lo mejor era llevarnos al bosque, encender un fuego, darnos un
pedacito de pan y luego dejarnos allí solos mientras ellos se van al trabajo. Así seguro que
nos perderíamos, y se librarían de nosotros.
Mi padre es bueno, y eso le pareció horrible. Él no nos quiere dejar allí, porque sabe
que se nos comerían las fieras. Pero ahora manda esa bruja. Le ha dicho que tiene que
hacerlo, o nos moriremos de hambre los cuatro. Le insistió mucho. Incluso le dijo que fuera
aserrando las tablas para los ataúdes. Tengo miedo. Mi padre, al final, ha accedido por ella.
Mi hermano también está muy asustado, porque lo ha escuchado todo, igual que yo.
Me ha dicho que no esté triste, que él me sacará de esta. Es muy listo. Cuando por fin se han
dormido, ha salido al patio por la puerta trasera, y aprovechando que el brillo de la luna
iluminaba unos guijarros blancos que estaban en el suelo, ha recogido un montón hasta
llenarse los bolsillos.
Dice que no nos abandonarán, que esté tranquila, que el encontrará el camino de
vuelta. Yo he preferido escribirlo en esta carta y meterla en un frasco de compota, por si
alguien la encuentra (la carta). Nos buscarás, ¿verdad? Gretel.
Segunda carta
Mi hermano tenía razón. A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, nuestra
madrastra nos despertó de malos modos, diciendo que había que ir al bosque por leña. Nos
dio un pedacito de pan, y nos dijo que podíamos comérnoslo a partir de mediodía. Lo tuve
que guardar yo bajo mi delantal, junto al tarro en que metí mi carta, porque Hänsel llevaba
los bolsillos llenos de piedras. Caminamos hasta el bosque. A cada ratito de andar, mi
hermano se detenía para volverse a mirar hacia la casa. Mi padre le reñía por que se quedaba
rezagado. “¡Atención y piernas vivas!”, le decía.
Cómo Hansel es muy listo, (¿ya lo había dicho?), se inventó que miraba un gatito
blanco, que desde el tejado le decía adiós, pero en realidad no miraba el gato, sino que iba
echando blancas piedrecitas a lo largo del camino. Nuestra madrastra le reprendió, y yo
aproveché para dejar el tarro con mi primera carta en el camino.
Cuando estuvimos en medio del bosque, mi padre nos mandó a por leña. “Para hacer
fuego y que no tuviéramos frío”, dijo. Preparamos una gran hoguera, y cuando ya ardió con
llama viva, nuestra madrastra nos mandó a descansar junto al fuego “porque se iban a cortar
leña”. ¡Con toda la que habíamos cortado nosotros! Dijo que cuándo terminaran, volverían a
por nosotros. Nos sentamos junto al fuego, y al mediodía, cada uno nos comimos nuestro
pedacito de pan. Aún estábamos tranquilos, porque oíamos claramente el ruido de los
hachazos, y eso era que padre estaba cerca. Pero lo que creímos que eran hachazos, era en
realidad una rama que habían atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el
tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, nos quedamos dormidos. Cuando
despertamos ya era noche cerrada. Me eché a llorar. No sabía cómo saldríamos del bosque.
Pero Hänsel me consoló, y me aseguró que cuando brillara la luna, encontraríamos el
camino.
Cuando la luna estuvo alta en el cielo, me agarró de la mano, y gracias a las
piedrecitas que relucían como la plata, fuimos siguiendo la ruta. Tardamos un montón.
Tuvimos que andar toda la noche, y llegamos a casa al amanecer. De camino, recogí mi tarro,
ya que al fin no nos íbamos a perder.
Cuando llamamos a la puerta, nuestra madrastra encima nos regañó, como si nos
hubiéramos quedado allí porque sí. Padre se alegró. Yo creo que le remordía la conciencia
por habernos abandonado. Él no es malo, ¿sabes? No puede serlo. Ahora todo está mejor,
pero seguimos con miedo. Por eso escribo.
Tercera carta
Hemos pasado una época tranquila. Ya ni me acordaba de mi tarro. Pero el hambre ha
vuelto, y la historia se repite. He oído a mi madrastra, mientras estaba en la cama, que le
decía a padre que sólo quedaba media hogaza de pan, y sanseacabó. Otra vez la solución es
deshacerse de nosotros. Nos van a llevar al bosque, pero ahora más adentro, para que no
podamos encontrar el camino.
Padre se ha opuesto al principio, pero ella ni le ha escuchado. Nunca lo hace. Yo
sabía que terminaría por ceder a lo que ella quería. Ya lo hizo una vez, y ahora era más difícil
negarse. Hansel quería salir a por piedrecitas, cómo cuando la primera carta, pero nos han
cerrado la puerta de atrás. Estamos perdidos, aunque mi hermano diga que Dios nos
ayudará. Si encuentras el tarro con las cartas, avisa a alguien para que nos busque. Tengo
mucho miedo. Gretel
………..
Ese día nos despertó temprano, nos dio un pedacito de pan, más pequeño aún que la vez
anterior. Camino del bosque, Hänsel iba desmigando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de
trecho en trecho, dejaba caer pedacitos en el suelo. Padre, nervioso, le empujaba para que
siguiera. Debía tener prisa. Mi hermano volvió a sus excusas. Ahora en lugar de un gato era
una paloma. Pero sólo servían para irritar a nuestra madrastra.
Sembró de migas todo el camino, y yo dejé este tarro, el mismo que ya dejara, y que
ahora encontraron ustedes.
La madrastra nos condujo aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca
habíamos estado. Se repitió el ritual, igual que la vez anterior. La hoguera, la siesta y su viaje a
Nunca Jamás para coger leña y desaparecer.
Casi no comimos. Hänsel había esparcido su pan por el camino y tuvimos que partir
el poco que yo tenía. Despertamos de la siesta al anochecer. Hänsel estaba convencido de
que volveríamos a encontrar el camino gracias a las miguitas de pan. Pero no encontramos ni
una sola. Se las habían comido los pájaros de aquel horrible bosque. Aun así, intentamos
encontrar el camino, pero fue imposible.
Después de un día y medio dando vueltas sin rumbo, y muertos de hambre como
estábamos —hágase cuenta de que sólo habíamos comido unos pocos frutos silvestres
recogidos del suelo y mi trozo de pan—, nos echamos a descansar al pie de un árbol y nos
quedamos dormidos de puro agotamiento.
A la mañana siguiente reanudamos la marcha, pero cada vez nos adentrábamos más
en el bosque. Ya ni hablábamos para conservar el poco aliento que nos quedaba. Tampoco
nos mirábamos, porque en los ojos del otro veíamos el miedo a la muerte cercana.
Fue, creo, hacia mediodía que vimos un hermoso pajarillo, blanco como la nieve,
posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que nos detuvimos a escucharlo.
¿Qué más nos daba ya, si no íbamos a ninguna parte? Cuando hubo terminado, abrió sus alas
y emprendió el vuelo. Parecía una señal, tan blanco, tan bello… lo seguimos. Así llegamos
hasta el lugar en que me han encontrado. Aquí, antes había una casa.
Estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar. Sí,
no les miento. Era un sueño, con el hambre que habíamos pasado.
Hansel se emocionó, y se lanzó a comer, empezando por un pedacito del tejado; yo,
probé los cristales de la ventana. Eran de azúcar, y me supieron a gloria.
Pero enseguida escuchamos una voz suave que procedía del interior: «¿Será acaso la
ratita la que roe mi casita?» Medio idos cómo estábamos, sólo se nos ocurrió decir: «Es el
viento, es el viento que sopla violento», en lugar de salir corriendo. Seguimos comiendo,
ávidos. Devorábamos a dos carrillos cuando la puerta se abrió bruscamente, y salió una
mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Lo recuerdo cómo si fuera hoy. Nos
asustamos hasta el punto de atragantarnos y soltar lo que teníamos en las manos; pero
aquella vieja nos invitó a entrar, hospitalaria.
Nos cogió de la mano, y nos sentó a la mesa, donde había servida una apetitosa
comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. ¡Imagínese, con el hambre que
habíamos pasado! Después nos llevó a dos camitas con ropas blancas, y nos acostamos en
ellas. Estábamos convencidos de que habíamos llegado al cielo. El pájaro blanco, la señal…
La vieja parecía ser muy buena y amable, pero, pronto descubrimos que en realidad,
era una bruja que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con
el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo
comía.
Tenía los ojos rojizos y era muy corta de vista; pero, en cambio, su olfato era muy
fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos sintió nuestra presencia y nos
preparó aquella trampa. Nos acostamos confiados.
A la mañana siguiente, muy temprano, y mientras aún dormíamos, agarró a Hänsel
con su mano seca, lo llevó a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja.
Entonces vino a despertarme a mí, gritando y sacudiéndome con brusquedad.
Quería que fuera a por agua y guisara para mi hermano. Tenía que engordarlo para…
comérselo. Todavía me estremezco al recordarlo.
Lloré amargamente, pero en vano. Tuve que cumplir los mandatos de la bruja.
Mientras a mi hermano le servía comidas exquisitas, yo no recibía más que cáscaras de
cangrejo.
Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía:
—Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo.
Pero Hänsel, que no sé si ya se lo he dicho pero era muy listo, en vez del dedo,
sacaba un huesecito, y la vieja, que apenas se veía, pensaba que era realmente su dedo. Claro
que se extrañaba de que siguiera igual de flaco, pero la trampa coló. Cuando, al cabo de
cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba sin engordar, perdió la paciencia y no quiso
aguardar más tiempo. Decidió comérselo gordo o flaco.
Fui a por agua, con las lágrimas rodando por mis mejillas. «¡Dios mío, ayúdanos!”,
rogaba. Casi prefería que nos hubiesen devorado las fieras del bosque; así habríamos muerto
juntos. Yo era una niña muy romántica, entonces.
A la vieja bruja no le ablandaron mis llantos.
Por la madrugada, tuve que salir a llenar de agua el caldero y encender fuego. Quería
cocer pan, para acompañar, supongo, y había encendido el gigantesco horno. Salían grandes
llamas.
“Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan”, me ordenó. Le vi relamerse
de gusto mientras me lo decía. Estaba claro, que si mi hermano era el primer plato, yo iba ser
el segundo. Pensé rápido. Me hice la tonta, cómo si no supiera como entrar, y ella se brindó
a enseñármelo.
Metió la cabeza en el horno, y la empujé con todas mis fuerzas. Cayó en el interior y,
cerrando la puerta de hierro, corrí el cerrojo. Le aseguro que todavía puedo oír sus gritos por
las noches. Eché a correr, para dejar de oírla y sacar a Hansel del establo donde estaba
encerrado. “¡Estamos salvados!”, gritaba el pobre sin parar, “¡ya está muerta la bruja!”.
Nuestra alegría era inmensa, pero entonces caí en la cuenta. Seguíamos perdidos. Nadie nos
había encontrado. Y quedaba poca comida. Con la bruja muerta, la casa de bizcocho y
chocolate se convirtió en un amasijo de ruinas inmundas, estás que usted ve ahora, sin nada
en ella para comer. Encontramos estas cajas. Están llenas de perlas y piedras preciosas. De
poco nos sirvieron. No se podían comer.
El horno había enmudecido. Nos miramos, y yo le hice un gesto a mi hermano,
señalando la portezuela que lo cerraba. Le juro que él no quería, pero era la única solución en
ese momento.
Mi hermano nunca lo superó. Se dedicó a vagar por el bosque, buscando un camino a casa,
pero siempre terminaba aquí.
Aprendimos a cazar, y gracias a eso sobrevivimos. Pero él… bueno, siguiendo a un pato,
enajenado como estaba, se empeñó en que podría cruzar el río subido en él.
Le intenté disuadir, pero fue inútil, y en un mal paso, el pato se escabulló y
el cayó,… abriéndose la cabeza.
¿Y dice que fue mi padre el que mandó a buscarnos tras morir aquella horrible mujer
que se decía nuestra madrastra? Pues dígale que no quiero verle nunca más. Era malo ¿se lo
había dicho ya? Y después de… ¿cuánto tiempo ha dicho?
Todo esto es mío ahora, el oro, las perlas... Me lo he ganado.
A mi pobre hermano… no lo busque. Es duro sobrevivir en el bosque.
¿Me dará mi tarro de recuerdo?
Marta Querol
http://www.martaquerol.es/
martes, 9 de julio de 2013
Los restos del abuelo- de Boris Rudeiko
Primer relato del verano que pongo en el blog: Los restos del abuelo, de un escritor amante de los cuentos y antologías varias. Lo poco que he leído de Manuel Navarro, alias Boris Rudeiko en bastante de lo que he leído suyo en foros, denota, como poco, calidad literaria y cultura. Guste o no, lo anterior es innegable.
Sea pues, aquí lo dejo, un relato curioso y probablemente con visos de verdad (o verosímil, al menos) y perteneciente a la novela publicada "Otras cosas que no te conté" del mismo autor.
Los restos del abuelo
El abuelo murió de un infarto un día de febrero de 1941. Había ido a La Alberca de Segura, un pueblecito de la provincia de Jaén, a comprar ganado. Mientras tomaba un plato de lentejas en la pensión donde se hospedaba, sintió una opresión en el pecho, mareos y dolor en el brazo izquierdo. El mesonero acudió a socorrerlo y al comprobar su estado llamó al veterinario. No porque mi abuelo fuera un animal, claro, sino porque el médico que tenía que sustituir al titular del pueblo, que murió de cirrosis, no se había incorporado aún a su nuevo destino. El veterinario, que estaba ayudando a parir a una vaca en una finca situada a una media hora en coche del lugar donde padecía mi abuelo, dejó la vaca a medio alumbrar ante la porfía del posadero. Pese a la prisa que se dio, cuando llegó mi abuelo estaba medio muerto. Le masajeó el pecho con las dos manos, una sobre la otra, le practicó el boca a boca y lo llevó, al fin, en un coche de punto al hospital más cercano, en la ciudad de Jaén. Al ingresar en el servicio de Urgencias, el abuelo estaba más blanco y frío que el mármol de Novelda. Así que el doctor que lo atendió dijo que lo único que se podía hacer por él era la autopsia.
A mi abuela, que lloró y suspiró profundamente cuando le dieron la noticia por teléfono, le entró un hipo que le duró dos semanas, a pesar de la cantidad de agua que bebió aguantando la respiración. Como los trámites administrativos y el coste del viaje eran descomunales para sus escasos recursos económicos, se negó en redondo a trasladar el cuerpo a su ciudad natal y decidió que lo enterraran en el cementerio de Jaén.
Cada año, el Día de Todos los Santos, mi abuela acompañada por mi madre, que tenía a la sazón doce años, tomaban un autobús hasta Jaén. Nada más llegar las dos se dirigían al cementerio, limpiaban la lápida, dejaban un ramo de flores frescas en el suelo, junto a la colmena de nichos, y después de rezar un rosario volvían a casa.
En uno de aquellos viajes mi abuela conoció a Fidel Cuartel, un militar retirado, que perdió un ojo en la batalla del Ebro y a su mujer en un viaje a Palma de Mallorca. Según su versión de los hechos, ella se cayó del barco por el costado de estribor después de vomitar toda la cena, pero mi madre, no sé si por la manía que le tenía a Fidel o porque la historia de la caída al mar no le resultó convincente, pensaba que había sido él quien la había empujado para deshacerse de ella. Fidel Cuartel, que era natural de Jaén, iba también al cementerio cada año, el Día de Todos los Santos. Había hecho construir un panteón de granito y mármol para su difunta esposa, aun cuando el cuerpo de ella habría sido devorado por los peces. Mi madre pensaba que erigió la ostentosa tumba para aliviar sus remordimientos.
Pasados diez años de la muerte del abuelo, este, o lo que quedara de él —es decir, los huesos— debía ser trasladado a una fosa común del mismo cementerio de Jaén, como estipulaba la ley, y así se lo comunicaron a mi abuela por carta certificada por si disponía otra cosa. Ella decidió recuperar los restos y trasladarlos al pueblo para enterrarlos en el panteón familiar, como debía haber hecho cuando murió el abuelo. Tomó el autobús, acompañada como siempre por mi madre, y metió los huesos del abuelo en una maleta de madera de pino que hizo el camino de vuelta en la baca. Nadie conocía el contenido de aquella maleta excepto mi abuela, mi madre y el enterrador de Jaén, que accedió a tal compostura a cambio de unos billetes. Ni siquiera Fidel Cuartel, que se carteaba con mi abuela y la visitaba a menudo, estaba informado de aquel viaje de las dos mujeres y los huesos de mi abuelo.
El autobús fue dejando pasajeros en cada parada a lo largo del camino. Otros subían y se acomodaban en los asientos libres. Mi madre y mi abuela rezaban un rosario tras otro por el alma del difunto abuelo, pues era lo que mandaba el largo luto, y para rogarle a Dios que nadie descubriera el contenido de la maleta de madera de pino. Cuando llegaron al pueblo, después de horas de caminos polvorientos y paradas interminables, marcharon a casa con la susodicha valija. La dejaron en el sótano hasta que hablaron con Don Alejo, el párroco, quien no exigió ningún requisito; les indicó que fueran a ver directamente al sepulturero. Este, un hombre amable a pesar de su desagradable oficio, les propuso que le llevaran la maleta cuando ellas quisieran, que él se ocuparía de todo.
Los restos del abuelo recibieron, al fin, cristiana sepultura en el panteón familiar, donde los bisabuelos ya se habrían convertido en polvo.
Ese mismo día apareció en la casa una mujer, portando una maleta de madera de pino exactamente igual a la que trajeron mi abuela y mi madre en la baca del autobús. Llevaba una etiqueta con el nombre de la abuela y su dirección. Aquella mujer reclamaba la suya, que contenía los restos de su marido. Mi abuela le explicó la situación y ella, una mujer de ojos negros, delgada como una niña, derramó una lágrima y dijo que estaba bien, que después de tanto tiempo mejor se llevaba de nuevo los restos de mi abuelo para enterrarlos en su cementerio, como si fueran los de su propio esposo, y prometió llevarle flores cada año por Todos los Santos. Mi abuela le dijo que haría lo mismo. Y la mujer de ojos negros y cuerpo de niña se marchó con su maleta.
Considerando que después de diez años había guardado el luto debido y cumplido con sus obligaciones cristianas, mi abuela se casó por la Iglesia con Fidel Cuartel. El exmilitar gastó un dineral en la celebración y en el viaje de novios. Según decía mi madre, había heredado una ingente fortuna de su mujer y por eso y porque no la quería la había arrojado al mar Mediterráneo.
Mi abuela tuvo un niño, mi tío Fidel. Dos años después nací yo. Mi madre nos cuidó a los dos como si fuéramos hermanos, mientras la abuela dilapidaba la fortuna de Fidel en viajes al extranjero, ropa, joyas y cruceros, desoyendo los consejos de mi madre de que no subiera a un barco con su nuevo esposo. La abuela decía que quien tenía que llevar cuidado era él, no fuera a caer por la borda.
Fidel no murió en el mar, sino en la cama, de una larga enfermedad. Mi abuela lo enterró en el panteón familiar y, como el cuerpo de su primer marido ya estaba siendo llorado por otra viuda y por el segundo había derramado abundantes lágrimas durante su enfermedad y disponía de su fortuna, no encontró motivos ni tiempo para dejar flores el Día de Todos los Santos, ni a uno ni a otro. Según las malas lenguas, que la señalaron como responsable de la enfermedad fatal de Fidel, murió en alta mar mientras cenaba con su nuevo acompañante, dueño de una cadena de supermercados. Mi tío Fidel y yo crecimos ignorando la complicada saga familiar de viudos y viudas, entremezclados en la vida y en la muerte, pero no nos faltó dinero para disfrutar de los mejores colegios privados.
Manuel Navarro Seva. Relato perteneciente a la novela "Otras cosas que no te conté"
Si te interesa puedes adquirir el libro en fomato digital en http://goo.gl/tg7au
Sea pues, aquí lo dejo, un relato curioso y probablemente con visos de verdad (o verosímil, al menos) y perteneciente a la novela publicada "Otras cosas que no te conté" del mismo autor.
Los restos del abuelo
El abuelo murió de un infarto un día de febrero de 1941. Había ido a La Alberca de Segura, un pueblecito de la provincia de Jaén, a comprar ganado. Mientras tomaba un plato de lentejas en la pensión donde se hospedaba, sintió una opresión en el pecho, mareos y dolor en el brazo izquierdo. El mesonero acudió a socorrerlo y al comprobar su estado llamó al veterinario. No porque mi abuelo fuera un animal, claro, sino porque el médico que tenía que sustituir al titular del pueblo, que murió de cirrosis, no se había incorporado aún a su nuevo destino. El veterinario, que estaba ayudando a parir a una vaca en una finca situada a una media hora en coche del lugar donde padecía mi abuelo, dejó la vaca a medio alumbrar ante la porfía del posadero. Pese a la prisa que se dio, cuando llegó mi abuelo estaba medio muerto. Le masajeó el pecho con las dos manos, una sobre la otra, le practicó el boca a boca y lo llevó, al fin, en un coche de punto al hospital más cercano, en la ciudad de Jaén. Al ingresar en el servicio de Urgencias, el abuelo estaba más blanco y frío que el mármol de Novelda. Así que el doctor que lo atendió dijo que lo único que se podía hacer por él era la autopsia.
A mi abuela, que lloró y suspiró profundamente cuando le dieron la noticia por teléfono, le entró un hipo que le duró dos semanas, a pesar de la cantidad de agua que bebió aguantando la respiración. Como los trámites administrativos y el coste del viaje eran descomunales para sus escasos recursos económicos, se negó en redondo a trasladar el cuerpo a su ciudad natal y decidió que lo enterraran en el cementerio de Jaén.
Cada año, el Día de Todos los Santos, mi abuela acompañada por mi madre, que tenía a la sazón doce años, tomaban un autobús hasta Jaén. Nada más llegar las dos se dirigían al cementerio, limpiaban la lápida, dejaban un ramo de flores frescas en el suelo, junto a la colmena de nichos, y después de rezar un rosario volvían a casa.
En uno de aquellos viajes mi abuela conoció a Fidel Cuartel, un militar retirado, que perdió un ojo en la batalla del Ebro y a su mujer en un viaje a Palma de Mallorca. Según su versión de los hechos, ella se cayó del barco por el costado de estribor después de vomitar toda la cena, pero mi madre, no sé si por la manía que le tenía a Fidel o porque la historia de la caída al mar no le resultó convincente, pensaba que había sido él quien la había empujado para deshacerse de ella. Fidel Cuartel, que era natural de Jaén, iba también al cementerio cada año, el Día de Todos los Santos. Había hecho construir un panteón de granito y mármol para su difunta esposa, aun cuando el cuerpo de ella habría sido devorado por los peces. Mi madre pensaba que erigió la ostentosa tumba para aliviar sus remordimientos.
Pasados diez años de la muerte del abuelo, este, o lo que quedara de él —es decir, los huesos— debía ser trasladado a una fosa común del mismo cementerio de Jaén, como estipulaba la ley, y así se lo comunicaron a mi abuela por carta certificada por si disponía otra cosa. Ella decidió recuperar los restos y trasladarlos al pueblo para enterrarlos en el panteón familiar, como debía haber hecho cuando murió el abuelo. Tomó el autobús, acompañada como siempre por mi madre, y metió los huesos del abuelo en una maleta de madera de pino que hizo el camino de vuelta en la baca. Nadie conocía el contenido de aquella maleta excepto mi abuela, mi madre y el enterrador de Jaén, que accedió a tal compostura a cambio de unos billetes. Ni siquiera Fidel Cuartel, que se carteaba con mi abuela y la visitaba a menudo, estaba informado de aquel viaje de las dos mujeres y los huesos de mi abuelo.
El autobús fue dejando pasajeros en cada parada a lo largo del camino. Otros subían y se acomodaban en los asientos libres. Mi madre y mi abuela rezaban un rosario tras otro por el alma del difunto abuelo, pues era lo que mandaba el largo luto, y para rogarle a Dios que nadie descubriera el contenido de la maleta de madera de pino. Cuando llegaron al pueblo, después de horas de caminos polvorientos y paradas interminables, marcharon a casa con la susodicha valija. La dejaron en el sótano hasta que hablaron con Don Alejo, el párroco, quien no exigió ningún requisito; les indicó que fueran a ver directamente al sepulturero. Este, un hombre amable a pesar de su desagradable oficio, les propuso que le llevaran la maleta cuando ellas quisieran, que él se ocuparía de todo.
Los restos del abuelo recibieron, al fin, cristiana sepultura en el panteón familiar, donde los bisabuelos ya se habrían convertido en polvo.
Ese mismo día apareció en la casa una mujer, portando una maleta de madera de pino exactamente igual a la que trajeron mi abuela y mi madre en la baca del autobús. Llevaba una etiqueta con el nombre de la abuela y su dirección. Aquella mujer reclamaba la suya, que contenía los restos de su marido. Mi abuela le explicó la situación y ella, una mujer de ojos negros, delgada como una niña, derramó una lágrima y dijo que estaba bien, que después de tanto tiempo mejor se llevaba de nuevo los restos de mi abuelo para enterrarlos en su cementerio, como si fueran los de su propio esposo, y prometió llevarle flores cada año por Todos los Santos. Mi abuela le dijo que haría lo mismo. Y la mujer de ojos negros y cuerpo de niña se marchó con su maleta.
Considerando que después de diez años había guardado el luto debido y cumplido con sus obligaciones cristianas, mi abuela se casó por la Iglesia con Fidel Cuartel. El exmilitar gastó un dineral en la celebración y en el viaje de novios. Según decía mi madre, había heredado una ingente fortuna de su mujer y por eso y porque no la quería la había arrojado al mar Mediterráneo.
Mi abuela tuvo un niño, mi tío Fidel. Dos años después nací yo. Mi madre nos cuidó a los dos como si fuéramos hermanos, mientras la abuela dilapidaba la fortuna de Fidel en viajes al extranjero, ropa, joyas y cruceros, desoyendo los consejos de mi madre de que no subiera a un barco con su nuevo esposo. La abuela decía que quien tenía que llevar cuidado era él, no fuera a caer por la borda.
Fidel no murió en el mar, sino en la cama, de una larga enfermedad. Mi abuela lo enterró en el panteón familiar y, como el cuerpo de su primer marido ya estaba siendo llorado por otra viuda y por el segundo había derramado abundantes lágrimas durante su enfermedad y disponía de su fortuna, no encontró motivos ni tiempo para dejar flores el Día de Todos los Santos, ni a uno ni a otro. Según las malas lenguas, que la señalaron como responsable de la enfermedad fatal de Fidel, murió en alta mar mientras cenaba con su nuevo acompañante, dueño de una cadena de supermercados. Mi tío Fidel y yo crecimos ignorando la complicada saga familiar de viudos y viudas, entremezclados en la vida y en la muerte, pero no nos faltó dinero para disfrutar de los mejores colegios privados.
Manuel Navarro Seva. Relato perteneciente a la novela "Otras cosas que no te conté"
Si te interesa puedes adquirir el libro en fomato digital en http://goo.gl/tg7au
miércoles, 26 de junio de 2013
La leyenda del bosque que nunca existió-(un fragmento)
El mismo día en que el mago cambió sus cachivaches a su nuevo hogar, decidió realizar una de sus largas caminatas junto al pequeño Dámerfel. En cierto momento, el chico se alejó demasiado y acabó descubriendo unas ruinas, una especie de pueblo abandonado del que no había tenido noticias por lo escondido del lugar, aunque no por lo lejano, que no lo estaba. Se trataba de restos de procedencia romana, sin duda. Una de las casas parecía, sin embargo, estar más en pie que las demás. Incluso hallaron un antiguo camastro y varios restos de zurrones que se les deshicieron entre los dedos. Excepto uno que contenía varias bellotas.
Mientras Dédalo deambulaba por el sector, el crío se alejó correteando, ya aburrido, y cayó sin peligro por un terraplén hasta la entrada de una cueva. Una antigua mina abandonada. Cuando el mago se acercó poco después, encendió una antorcha que portaba y descubrió multitud de túneles que se bifurcaban en todas direcciones. Salió por temor a perderse, además de que su interés por las cavernas era mínimo. Sin embargo, antes de alejarse captó algo que solo la magia que llevaba consigo podía anunciarle. Un sentimiento casi imperceptible, algo que había aprendido muchos años antes, en una congregación de brujos allá por los Pirineos. Su mente voló rápida, aunque no logró recordarlo. Sí evocó, de todas formas, cómo había escapado de ellos tras tacharle de renegado por oponerse a aceptar unas prácticas necrománticas.
Esbozó una sonrisa y miró a Dámerfel, quien le observaba de manera atenta. Meneó la cabeza acariciándole el cabello.
—Qué tiempos aquellos, Dam.
Durante el viaje de regreso, el niño le recitó de memoria algunos encantamientos que había aprendido, en latín la mayoría. Gozaba de una retentiva prodigiosa, se decía Dédalo.
—Maestro —dijo al rato—, me he fijado en que nunca me enseñas el libro negro que guardas en el bolsillo.
El otro sonrió al oírse llamar de ese modo.
—Te mostré algunos hechizos de él, ¿no lo recuerdas, Dam? El que hice del agua lo escogí de estos.
—Pero yo los puedo aprender también. Sé que son poderosos y sé que puedo aprenderlos.
Dédalo sonrió, aunque en su interior se encontraba inquieto. Aceleró el paso.
—Todo llegará, no te preocupes.
"La leyenda del bosque que nunca existió"- Javier G. Valverde
Si quieres puedes comprar la novela en: http://goo.gl/Pg4pa
viernes, 21 de junio de 2013
¡Ya está aquí "La leyenda del bosque que nunca existió" !
Ayer día 20 de junio se ha publicado en Amazon para formato kindle mi primera novela...
Tras muchas dudas y revisiones múltiples me he decidido a lanzarla en solitario y este es el resultado: "La leyenda del bosque que nunca existió" ha salido directo a Amazon en formato digital. Una novela plagada de mitología y leyenda, de historia y fantasía, de naturaleza, vida y...muerte.
Una novela corta hecha sencillamente para disfrutar en estos tiempos tan convulsos que vivimos.
Sinopsis:
"En un lugar olvidado del centro de la península Ibérica, a finales del Imperio romano tiene lugar el nacimiento y evolución de una villa, un lugar que se transforma en vergel por medio de varios elementos, muchos de ellos mágicos.
Novela coral, donde la historia, el humor, la leyenda y la misma magia se mezclan a partes iguales; la epopeya fundacional de un conjunto muy heterogéneo de gentes que vivieron una época oscura y desconocida, un enclave cargado de misterio en el cual se fundió la última etapa de un decadente Imperio romano con el inicio de la Edad Media."
Acabo de descubrir una nota de prensa salida hoy mismo en una página llamada precisamente "Notas de Prensa", un conocido lugar internauta donde se distribuyen nuevas noticias. Me he quedado sin palabras, pero juzgar vosotros mismos. Aquí la añado, en el enlace siguiente: http://www.notasdeprensa.es/rotundo-exito-en-amazon-de-la-obra-de-javier-g
El lugar de venta es
Por 0,89 € puedes disfrutar del libro en tu lector Kindle. ¿Te lo vas a perder?
lunes, 17 de junio de 2013
Llega...La leyenda del bosque que nunca existió
En esta semana llega una novela corta cargada de imaginación y mito, de naturaleza e historia, de humor y guerra.
Este es un primer adelanto que ya está dando qué comentar.
Estad preparados.
La leyenda del bosque que nunca existió, la novela de Javier G. Valverde que aparece esta semana a la venta en Amazon.
Preparáos para la leyenda...
Este es un primer adelanto que ya está dando qué comentar.
Estad preparados.
La leyenda del bosque que nunca existió, la novela de Javier G. Valverde que aparece esta semana a la venta en Amazon.
Preparáos para la leyenda...
lunes, 3 de junio de 2013
La predicción del astrólogo (fragmento) - Teo Palacios
Para quien quiera conocer un poco más cómo escribe el señor Teo Palacios y por qué va arrasando con los pocos libros (todavía) en su haber. Un fragmento de su última novela de corte histórico que domina a la perfección.
(Por cierto, en poco más de tres meses va por la segunda edición...no quiero decir nada...)
La predicción del astrólogo (fragmento)
—Ah, hijo mío… Las rutas de las
caravanas no sólo llevan esclavos, oro y sal. También transportan noticias a
través del desierto. Por ejemplo, ¿has oído hablar de Sijilmasa?
Pensé durante unos momentos
mientras masticaba el cordero que, aunque sabroso, estaba un poco duro, y al
fin negué con la cabeza.
De nuevo me regaló aquella risa
franca y supe que había errado por completo, aunque era evidente que no se reía
de mí, y por tanto no pude tomarme a mal aquel estallido.
—No, no… Se trata de una ciudad.
Una ciudad preciosa y grande, justo al norte del Gran Desierto. Es desde allí
desde dónde salen las caravanas que se dirigen al sur, hacia Ghana, atravesando
el desierto, tomando la sal de las minas y regresando con los camellos cargados
de oro y cientos de esclavos. No he estado nunca allí, pero sí tengo un amigo
de hace muchos años que la visita con frecuencia. Vive en Fez y es comerciante
de cerámica.
—¿De cerámica? —La sola mención
de la palabra le había dado un giro completo a la conversación—. ¿Qué hace un
comerciante de cerámica en Fez?
—Pues comerciar, claro. Sijilmasa
tiene una industria cerámica de gran calidad. ¿Por qué? ¿Te interesa
convertirte en comerciante? —preguntó con su buen humor.
Negué con la cabeza mientras
tragaba un trozo de pan antes de contestar.
—Soy ceramista.
Continuó hablando durante un
rato, pero apenas pude prestarle atención, pues en mi mente comenzaba a
formarse una alocada idea. Dejé el plato sin tocar, se me había cerrado el
estómago, y en un momento concreto lo interrumpí.
—¿Podrías escribir una carta en
la que me recomendaras a ese amigo tuyo?
Al-Bacri me miró fijamente, los
ojillos hundidos se cerraron casi por completo, como si quisiera ver algo que
se encuentra a una enorme distancia. Al fin habló:
—Estás huyendo de algo.
—No… yo…
Mi voz debió sonar aguda y
alarmada, porque de inmediato alzó una mano y me detuvo.
—No me mal interpretes: un ladrón
o un bandido no llega a una ciudad como esta y lo primero que hace es sentarse
en una posada a comer mientras habla con un desconocido. Pero eso no es
impedimento para que huyas. Conozco muy bien a las personas, recuerda que hablo
con cientos. Con el tiempo, aprendes a leer en el corazón y los ojos de la
gente. Has llegado desde Silves sin saber muy bien por qué y qué buscas, y ante
la primera mención de poder continuar tu camino hacia un lugar aún más
recóndito y alejado, te lanzas a ella como el lobo hambriento al cabritillo. Y
eso sólo lo hace alguien que huye. Eres joven, y veo que el color prende en tu
rostro, y eso sólo puede querer decir una cosa: detrás de tu huida hay una
mujer. ¿Me equivoco?
Lo miré profundamente,
sorprendido por su sagacidad, pero no pude mentirle. Ahogando un suspiro afirmé
quedamente:
—llevas razón.
—Si lo deseas, te escribiré esa
carta. Pero, antes, deja que te diga algo. Tal vez ahora sientas que el mundo
no tiene sentido, que tu vida misma no tiene razón de ser, que todo se ha
perdido.
»Escúchame bien, Ibn Abdūn,
porque lo que voy a decirte es una verdad tan grande como las que dejó escritas
el profeta: cuando un hombre se enamora, su corazón se convierte en un odre de
agua fresca y pura que está deseando entregar a la mujer que ama, a aquella que
muestra su sed por pasar el tiempo junto a él. Si en algún momento ese
sentimiento deja de ser correspondido, el odre se rompe y pierde ese líquido
vivificante que es el amor. Es entonces cuando se produce el duelo y el dolor,
cuando sufrimos. Pero, poco a poco, nuestro odre se repara; mucho mejor de lo que
podría hacerlo cualquier ceramista. Y, sin que nos demos cuenta, comienza a
almacenar nuevamente el agua fresca y pura en su interior. Siempre tiene que
volver a llenarse por sí solo antes de poder derramarse en otra persona. Y tú
tal vez no me creas ahora, porque eres joven y estás sufriendo, pero esa es
otra de las grandezas de esa agua que nos da la vida, joven amigo: el amor
siempre duele, tanto cuando lo encuentras, como cuando lo pierdes.
No dijimos una palabra más aquel
día, pero, una semana más tarde, subía en una barca de pescadores que me
llevaría a la costa africana.
La Predicción del Astrólogo
Teo Palacios
PD: estos días en la Feria del Libro de Madrid, por si quieres conocerle. (días 7 y 8 de junio)
http://www.edicionesb.es/catalogo/autor/teo-palacios/1055/libro/la-prediccion-del-astrologo_2617.html
http://teopalacios.com/
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





