"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

domingo, 19 de junio de 2011

Los Caballeros de la Mesa Camilla (Segunda Parte)



—Sooooo —gritó Urgl al borrico, pero éste no le hizo mucho caso y se metió entre los matorrales.

—Yo te ayudaré —dijo Esmit, y saltando se agarró a la grupa del borrico, viéndose arrastrado por una zarza y golpeado en la espalda con una chumbera. Coceaba el borrico con denuedo rebuznando intensamente.

Para evitar problemas como éste, Urgl, llevaba agarrada al cuello de la bestia un garfio de tres puntas y lo lanzó contra un árbol. Al tensarse la cuerda se encabritó el borrico y ambos guerreros cayeron al suelo, recibiendo numerosas coces y pisotones.

—Algo tendremos que hacer con este mal nacido, no hay forma de que obedezca —dijo Esmit escupiendo sangre y lamentándose del dolor en la cara.

—Todo lo que he probado ha resultado peor. Lo único que funciona es atarle las patas y cargarlo encima.

—Podrías subirlo en una carreta y tirar de ella.

—No lo había pensado.

Una vez en pie y andando hacia el borrico con cierta parsimonia, vieron como éste emprendía de nuevo una alocada huida. Apenas se habían girado los dos para observar el origen de esta inconveniencia, que el garfio enganchó a Esmit por los pies y se lo llevó arrastrando hacia el pinar. Intentaba agarrarse al suelo el bravo guerrero mientras gritaba como un poseso. Urgl corría presuroso detrás de su compañero viendo con espanto los golpes y torceduras que se daba contra los árboles, y su cara de angustia y dolor, que parecía estar rezando a la virgen. Un buen trecho recorrió hasta que consiguió liberar un pie y frenar súbitamente la atropellada carrera golpeando en un árbol con la entrepierna. Un estremecedor alarido resonó en las montañas atemorizando a los lugareños en kilómetros alrededor.

Urgl agarró la cuerda y destrozó un pedrusco enorme sobre la cabeza del borrico, que cayó patitieso con el hocico bien abierto. De un solo tirón extrajo Urgl el ancla. Esmit se desmayó tras manifestar un gemido de dolor intenso. Tenía la cara repleta de arañazos y magulladuras por todo el cuerpo.

En ese momento apareció Igner de la Cloaca, el magnífico, el peleón, que se había subido a un árbol para explorar los alrededores.

—No puedo dejaros solos ni un momento. ¿Será posible que en cualquier momento que me despisto hacéis una trastada?

Por su indumentaria se podía ver que se trataba de un gran guerrero. La cacerola de la cabeza, sin ser muy cómoda e impedirle una buena visión, era muy resistente, y las dos asas eran óptimas para colgar de ellas la longaniza y la botifarra. La chaqueta de piel de culo de cerdo estaba repleta de remiendos de todo tipo, proliferando en exceso los de piel de rata, que con cola y cabeza asemejaba un tumulto de éstas en ansiosa vorágine. Dos gallinas deshuesadas adornaban con sus plumas los hombros, colgando sobre el pecho sus decorativas cabezas.

—Confirmado. Nos hemos perdido.

—Ya te decía yo que no podía ser que el perro supiera el camino —dijo Urgl, que intentaba auscultar el corazón de Esmit—. Siendo tan solo una cría mestiza del perro que trajo el brujo, no sé yo cómo iba a saber el camino.

—No me discutas.

—Si yo no discuto. Y por cierto, ¿ha aparecido el perro?

—Guarda tu cinismo para platicar con la burra.

—¡Mirad allí! —gritó de forma sorpresiva Esmit levantando la cabeza y señalando con el dedo—. ¡El curandero está allí!

Al girarse ambos guerreros pudieron ver con claridad que adonde señalaba Esmit había una cabra. Al volver sus miradas hacia Esmit, Igner dijo:

—Qué dices, mamarracho, si es una cabra.

—Sí, ya veo que allí hay una cabra. Pero yo no digo allí, sino allá —dijo Esmit señalando hacia otro lado.

Allí donde señaló podíase ver con claridad que estaba el burro, aparentemente muerto.
—Allí está el burro —dijo Igner.

—Yo digo más lejos.

Urgl e Igner forzaban la vista para escrutar la pedregosa ladera que se extendía en aquella dirección.

—¿Más lejos que aquel pino que sobresale?

—Sí, más lejos. Allí en el cielo.

Con dificultad en la lejanía podía detectarse la minúscula silueta de un pájaro volando, posiblemente un aguilucho.

En ese instante, mientras Igner consideraba la posibilidad de que aquello fuera el curandero, unos gritos de auxilio llamaron la atención de los formidables caballeros. De repente salió un individuo de detrás de un árbol y cayó frente a Igner completamente exhausto. Igner lo observó con desconfianza y repasó mentalmente la descripción del curandero. Una argolla metálica en el cuello con dos remaches y otra en los pies con tres palmos de cadena enganchada. Rapado al cero, con heridas y chichones en la cabeza. Un tajo en el moflete. En el momento de la huida se llevó una manta gruesa de lana color marrón. El individuo no llevaba ninguna manta. Esto hizo dudar a Igner y mientras cavilaba apareció en el claro del bosque un oso furioso de casi tres metros de alto. La cabeza del oso no la podrían abarcar dos personas con los brazos.

El primero en darse a la fuga fue el burro, reaccionando con inusitada presteza, pero para su desgracia el garfio había encallado en una raíz y todo esfuerzo resultaba baldío. También Esmit reaccionó con rapidez y corriendo despavorido se subió encima del burro, al que sacudía unos buenos azotes e intentaba incentivar al galope sin ningún efecto. El oso, claro, se quedó unos momentos dubitativo pero no tardó en abalanzarse sobre Igner, dándole el tiempo justo para desenvainar su espada y seccionar el cráneo del oso con un certero golpe. Aquella noche cenaron chuletón de oso a la brasa con el curandero.

—Dime, lacayo ingrato, esta medicina tuya, ¿puede curar cualquier enfermedad? —preguntó Igner.

—¿Qué medicina?

—La medicina que es capaz de retornar a su natural turgencia la nalga del Rey.

—Yo no sé nada de medicinas —dijo el curandero atemorizado. Apenas podía pronunciar correctamente de puro miedo a ser devuelto a su miserable celda. Miraba los rostros de aquellos guerreros curtidos devorando la carne frente al fuego. Aquella mirada escrutadora y fija, sin pestañeo ninguno, del que llamaban Igner, a quien nunca había oído nombrar. La quemadura de su rostro le llamó mucho la atención. No sabía el curandero que fue por culpa de una tortilla que Igner se lanzó a la cara con intención de darla la vuelta, y apreció por este signo una notable fortaleza de carácter. Se fijó entonces en la espada de Igner de La Cloaca. Forjada con sus propias manos fueron necesarios los filos de cinco espadas, para crear la que fue la espada más pesada de toda la Edad Media. Era tan pesada que con ella Igner apenas podía pegar dos golpes, y quedaba desriñonado al cargar con ella por una pendiente.. La llevaba colgada a la espalda, lo que exigía quitársela para sentarse.

—Yo solo soy un humilde campesino que había salido a buscar setas. Quería, de paso, llevarle un tarro de alubias blancas a mi prima. De camino fui apresado y llevado frente al Rey, que en la misma carroza se comió las alubias, y parece ser que le gustaron tanto que me tenía encerrado en los calabozos para preparárselas cuando se les antojaban.

—Pues tus alubias son remedio para la dolencia de nuestro rey.

—Pues es raro. Yo las hago fuertes de picante. Tal vez eso...

Se fijó entonces el curandero en el ansia descontrolada de Esmit al comer. Le vio en un momento ingerir casi sin masticar dos gruesos filetes. Urgl torraba la carne.

—Seas brujo o no espero te esmeres en tu cometido de obedecer la voluntad de tu rey, al que recomendaré que te mantenga con media rebanada de pan diaria mientras vivas —dijo Igner de La Cloaca.

Al oír estas palabras no tardó mucho el curandero en salir corriendo como un rayo y adentrarse en el espeso bosque. Igner se quedó atónito pues había ordenado fuera atado por los pies.

—Esmit, ¿no te había dicho yo que atases al curandero por los pies?

—Sí, y así lo hice. Utilicé una hoja de lechuga.

—¿Una hoja de lechuga? ¿No tenias nada más resistente que una hoja de lechuga?
Esmit no contestó y se puso a hacer complicados cálculos numéricos ayudándose con los dedos. No tardó en prorrumpir con un gesto desesperado y salir corriendo hacia el bosque.

—Este chuletón está estupendo —dijo Urgl—. Creo que es la mejor carne que he comido nunca. A las patatas todavía les falta un poco.

—Sí que está buena. Espero que no se le escape a Esmit ese desgraciado. Nadie como Esmit para seguir un rastro de noche en un bosque cerrado como éste. Nunca he puesto en duda su valentía pero me ha sorprendido que con tanto brío saliera a enmendar su error; un error que le podría ocurrir a cualquiera. Comamos y celebremos esta gran hazaña, que matar un oso como éste no es algo que se haga todos los días.

Con la luna llena en el firmamento comían los magníficos caballeros entre tragos de vino jugosa carne, patatas asadas y setas, que cogió Urgl por los alrededores. No tardó en regresar Esmit volviendo a sentarse en su sitio sin mediar palabra.

—¿Y el curandero? —preguntó Igner de La Cloaca.

—Se ha ido corriendo.

—Eso ya le he visto. Pensaba que habías ido tras él.

—No, a mí me ha dado un retortijón y he tenido que salir disparado.
A la mañana siguiente, cuando la gallina que llevaba Urgl en una cesta anticipó el nuevo día, se congregaron en una reunión de los caballeros de la mesa camilla, e Igner les dijo:

—Yo mismo prepararé las alubias picantes que habrán de sanar al Rey.

Toda la corte estaba reunida en palacio para presenciar el momento en que el legendario caballero ofrecería al rey la pócima que pondría remedio a su dolencia. La expectación fue completa cuando al abrirse las puertas de palacio apareció Igner de La Cloaca, con un séquito de monjes y clérigos que habían bendecido la poción.

Esa mañana Igner había estado preparando las alubias procurando que el resultado fuera muy picante. Al menos veinte pimientos rojos picantes, otro tanto de verdes, paprika y guindillas secas a puñados, ajo y pimienta a matar. Todo bien troceado en abundante aceite. A esta cocción le añadió cuatro alubias. Solo con chuparse el dedo Igner sintió un fuerte ardor que se extendía por la garganta. Muy satisfecho con el resultado cogió a Esmit por el cuello y le metió una cucharada en la boca. No tardaron mucho en brotar de sus ojos sendas lagrimas y no había agua capaz de apaciguar la brasa incandescente que parecía tener en la boca. Igner muy satisfecho fue a llevarle la poción al Rey.

Clotildo IV, agonizaba ya en los estertores de la muerte soportando una acuciante artritis y tembleque. Con sus escasas fuerza extendió sus trémulos brazos para alcanzar la cazuela que Igner de La Cloaca, el paladín de la causa cristiana, tendía hacia él. Anhelaba el rey ese cáliz, y en el depositaba su fe. Agarró la cazuela y de un solo trago se metió por el gaznate la sopa explosiva.

La muerte fue casi instantánea. Apenas un ahogado alarido de dolor gritado al cielo, y tal vez sí, una última mirada de reproche antes de convulsionar su enrojecida faz y caer rígido con una expresión de pánico. La guardia del rey cercó a Igner con las lanzas dispuestos a darle muerte. Viéndose en un aprieto, Igner de La Cloaca, zarandeó un poco al Rey y le dio dos buenos puñetazos en el estómago, consiguiendo que el Rey regurgitara gran parte de la sopa y comenzara a solicitar con vehemencia agua. Igner de La Cloaca, con cierta teatralidad, comunicó a todos que el Rey estaba bien.

Peponio II, en nombre de su padre, que ya no se quejaba más de la nalga pero que había quedado convaleciente, manifestó públicamente su gratitud ofreciéndole el ducado de Villa Lentejas y la mano de su sobrina, pero era tal su generosidad que ofreció el ducado a Esmit y a Urgl la mano de la sobrina.

Rafael Homar

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domingo, 12 de junio de 2011

Los Caballeros de la Mesa Camilla (Primera parte)


Os presento aquí la primera parte de un relato con un toque digno de los Monthy Python. Cuando lo leí caí en sus garras, al igual que muchos otros hicieron.
Su autor es Rafael Homar y el humor absurdo cautiva y nos envuelve a la vez en un relato medieval muy bien escrito, por otra parte.
Para empezar estos calores de verano que se nos avecinan. Que os refresquéis.

Los Caballeros de la Mesa Camilla (Parte I)

En el periodo más oscuro, pobre y macilento de la Edad Media, en la llanura central de Catapof, se forjó una leyenda. Una persona, un guerrero, un líder sobresaliente aclamado por la gente llegó a acaparar toda conversación más allá de las fronteras del reino.

Quien hubiera tenido oportunidad de conocer a Igner de La Cloaca no dudaría en calificar su aspecto de imponente. En sus facciones se percibía el carácter impetuoso y expeditivo de una persona temeraria. Su trato era afable y muy dado al contacto físico, algo no muy bien visto en la corte, abrazando con efusión y dando notables manotazos, sino agarrando por el cuello, a sus recién conocidos.

Cierto es que la maledicencia pueblerina difundía falsedades por puro anhelo de hacer burla y reír. Decían las gentes que su aliento era mortal, y que no era de pasión que las doncellas se desmallaban en su presencia. Se rumoreaba que nunca en la vida se había pasado por agua, que le crecían setas en el sobaco y que una lagartija vivía entre sus nalgas, alimentándose de los bichos que poblaban su cuerpo. Se contaba también que una vez mató a un contrincante de un escupitajo en un ojo.
En combate a toda ultranza con el Marqués del Rabanito, en las justas organizadas para los esponsales del príncipe heredero, Peponio II, hijo de Clotildo IV, Igner de La Cloaca, tras acumular una notable cantidad de mucosidad en la boca, lanzó una generoso gapo a la cara de su oponente, que no es cierto que murió, aunque sí que tuvieron que extraerle el ojo, pues comenzó a hincharse de forma alarmante. El pobre Marqués gritaba que por favor se lo sacasen que no podía soportar más el dolor.
Igner de la Cloaca fue elegido campeón del torneo y se le hicieron los honores frente al Rey, que posteriormente lo hizo venir a su presencia para decirle:

—Por la virtud, inusitada en mortal, que en ti tengo conocida y admirado por las gestas de perpetuo recuerdo que ensalzan el honor y renombre de tu persona y familia, me complace someter mis esperanzas de recuperación al buen termino de la misión que solo puede ser encomendada al más sagaz. Gustaría te fuera grato atender la voluntad de tu rey y estar dispuesto a enfrentarte al reto que habrá de aumentar la gloria de tu virtud y la fe cristiana.

—Disculpad, Majestad, pero no sé bien qué me quiere decir —dijo Igner de La Cloaca, que acompañó su genuflexión con un pavoroso estruendo totalmente involuntario que aromatizó la estancia con una peste insoportable.

Se acercó entonces el cardenal Peperoni Boñigui, emisario de la Santa Sede y consejero del Rey, y frente a Igner, que se hurgaba la nariz, dijo:

—Hijo, tu misión es la de conseguir de un curandero el remedio a la enfermedad del Rey. En algún lugar de las montañas se esconde, es huraño y reservado, pero ya tiene conocimiento de la enfermedad y de su cura.

“Unos años atrás, sufriendo Nuestra Majestad los primeros síntomas de un deshinchado anormal de la nalga izquierda, y comprobando cada mañana al despertar el avance de la enfermedad, con una comitiva se adentró en el bosque en busca de un curandero del que había oído hablar, pues ningún médico de la corte dio remedio efectivo a este mal. Unas dolorosas inyecciones de grasa de burro mitigaban el aspecto, pero no la atrofia provocada por la perdida de masa muscular.

“En un claro del bosque se les apareció el curandero con un remedio de su invención, pues sabía de la visita del Rey y el motivo de ésta. Rápidamente fue apresado y desde entones, en una de las celdas de palacio, ha sido obligado a fabricar la pócima. Hace tres días que se ha escapado y el Rey vuelve a manifestar los síntomas de su dolencia.”
Para mayor constatación y espanto el rey hizo oportuna muestra de su afección, inclinándose y levantando su capa con majestuoso gesto.

—Súbdito desleal, ya le enseñaré la sumisión que le debe a su señor —gritó Igner desenvainando la espada y haciendo unos aspavientos que asustaron notablemente al cardenal, que vio pasar el filo de la espada muy cerca de su barriga—. Por mis huevos que le haré pagar bien cara esta villanía. Se lo traeré a trocitos metido en una cesta.

—Disculpa, pero no es ésta la idea. Debes traerlo vivo para que pueda seguir preparando la poción.

—Entiendo. Me llevaré la porra.

—Recuerda, nadie debe saber nada. Recurrir a los servicios de un curandero es herejía y pondrías al Rey y a mí en una situación delicada.

Aquella noche, en la cabaña de Igner de La Cloaca, se reunieron con él dos grandes guerreros con sangre de noble estirpe, que tras la estela de su sin igual resplandor formaron la fulgurante constelación que desde entonces guía los designios del espíritu humano. La incandescencia de unas brasas templaron las pantorrillas de quienes crearon el vínculo de lealtad que con el tiempo se daría a llamar “Los caballeros de la mesa camilla”. No tan conocidos como sus coetáneos “Los caballeros de la mesa redonda” fueron también ejemplo inspirador y muy admirados entre las gentes de la época


Rafael Homar

http://rafaelhomar.blogspot.com/

jueves, 2 de junio de 2011

Una reunión muy esperada...El Cenáculo de las letras


Hace ya varios años que no asistía a una tertulia literaria. Ni siquiera a una improvisada como aquella.
Todo comenzó cuando un colega anunció por el facebook una reunión en La morada de Álive, un lugar que presentó cargado de magia literaria, ilusión, patatas fritas y música, incluso por parte de los presentes si llegaba el caso. Lo describió todo de manera bastante poética. Y lo hizo tan bien que captó mi atención y la de bastantes otros. A pesar de mi falta de tiempo actual por diversos asuntos, hice hueco en la agenda y me planté tan sólo de “miranda”, como después le comenté. Vamos, pa cotillear.
Mi primera sorpresa fue que el lugar, que yo me había planteado como un nuevo pub, se trataba de un piso en pleno centro. Y encima no sabía el número… Me lié a llamar a varios hasta que di con él. El último, por supuesto. Pues sí que…
Me recibió de los primeros. Ya se sabe que la puntualidad en los artistas es algo ajeno y lejano…No nos veíamos desde hacía años, así que entre dimes y diretes y envueltos en una agradable música (de cd, eso sí) comenzaron a llegar con cuentagotas un enjambre de poetas y narradores varios, gente bastante sana, la verdad. Y al rato, con cervezas, sillas extrañas (ver foto), cocacolas y algún pacharán (casero) que otro, nos lanzamos a presentarnos y a comentar temas de todo y de nada, de cultura e incultura.
Antes dije que llegaban poetas, y es que así fue. Me sentí acorralado (no soy poeta y ellos eran mayoría), y humilde. Periodistas, maestros, ingenieros, policías, etc…De lo más variopinto se reúnen en asambleas con algo en común como es la escritura. Algo que apasiona y une como pocas cosas he visto. En general todo el arte es así, en mi opinión.
La velada se prolongó hasta la medianoche, con sus bajas incluidas, pero resistiendo hasta el final. Para mí, que me encuentro en sequía, ha sido un impulso largamente esperado. Para otros, quizá, solo una congregación más de amigos y conocidos.
Lo que no hay duda es que se trató de una reunión de Alcoyanos de amplia generación, de personas que nunca publicaron (y algunos ni pretenden hacerlo) a pesar de que sus obras rezuman calidad, de gente que solo lo ha conseguido mediante autoedición, de otros tantos que han logrado vencer en concursos pero que continúan en la brecha, luchando por mantenerse y hacerse un hueco que a veces se cierra demasiado rápido. Y digo yo: ¿Quién deja de estar en esta Generación?

Espero que sea la primera de muchas reuniones en el Cenáculo de la Letras, como lo ha bautizado el instigador de la tertulia. La impresión así ha sido, y pienso que no ando equivocado. Ya veremos, dijo un ciego.

viernes, 20 de mayo de 2011

El Cenáculo de las Letras

Aunque hace tiempo que no pongo nada por estos lares debido a otros muchos temas que me ocupan, no olvido a los lectores que se aventuran en esta página Alcoyana. Os pido perdón, y prometo volver en breve.
Por ahora (y aunque tarde) os anuncio algo que ocurrirá hoy mismo, y que se propone como algo innovador en la escritura aunque sea a nivel local. Una reunión fresca y original para todos aquellos amantes de la escritura y la música.
Pero leed lo siguiente...



El Cenáculo de las Letras
La Morada de Álibe es el hogar de la cultura, de la lectura, del encuentro con amigos que gestan la pasión creativa como bálsamo fundamental para el crecimiento y desarrollo personal. La Morada de Álibe es ese espacio hospitalario donde cristalizar ilusiones, compartir el nutricional alimento de los sueños, donde sembrar el impulso poético en sus múltiples cristalizaciones como razón de plenitud y veracidad.

Recomendado: para todos aquellos músicos, poetas, narradores, trovadores de la fantasía, pensadores que deseen marcar una bitácora de viaje, acompañados por el sentimiento de grupo y la causa de la amistad.

Desaconsejable: para las personas funestas, intolerantes, sectistas en su peor acepción, para aquellas aquejadas por la infección de la opresión y el narcisismo delirante y perturbador.

Contenidos:

1.- Exposición de trabajos de los asistentes. (Lectura de relatos cortos, poemas, minificciones de los amigos de la escritura. Actuación interpretativa de los músicos o cantantes).

2.- Aperitivo.

3.- Juegos lúdicos. (Recreación lúdicas de ejercicios literarios donde derrochar humor, juego y experimentación.

4.- "El Trapecio". Espacio donde los más atrevidos podrán, sin red bajos sus pies, improvisar versos, frases, pensamientos, crear monólogos y no sentirse desamparados por el intento.




Requisitos:

Cantidades ingentes de entusiasmo y deseo creador. Simpatizante de las actividades de grupo. Carácter afable, comunicativo, conciliador.


Recomendaciones: Si entre tu texto y tus papeles, si entre tu instrumento musical y tu lado más cautivador nos obsequias con algo de bebida o destreza culinaria, todos nos sentiremos agradecidos, congraciados en el aperitivo que, a buen término, daremos cuenta.


Viernes, 20 de Mayo. 18.00 horas

Aranjuez (Madrid)

La Morada de Álibe.

C/Stuart- 43




Ángel Fdez. de Marco. alfemarco@hotmail.com

domingo, 24 de abril de 2011

Sé sauce (parábola)

Os voy a presentar un texto de uno de los foreros de los que soy fan desde que lo conocí. Tiene una facilidad con el lenguaje pasmosa, dando giros y regiros y utilizando las palabras como quiere. La verdad es que, aunque supongo que él mismo dirá que me he pasado tres pueblos, lo compararía con Borges por el dominio de las letras y con textos, relatos o impresiones que muchas veces no alcanzo a entender en mi gran incultura. Pero que me absorbe.
Se llama Dnaz (D en foros varios), vive al otro lado del charco, y creo que merece la pena echar un vistazo a su blog para ver de qué estoy hablando.
El texto escogido no es de lo más "complicado" que le leí, pero merece la pena y sirve de aperitivo hacia otros más profundos.
Disfrutadlo



Sé sauce (parábola)
—¿Es que no te vas a venir a acostar todavía? —El comentario flota desde el rellano de la escalera hasta la estancia iluminada por ese parpadeo enfermizo del monitor de la computadora, en las pequeñas horas de la madrugada.

—Ya pronto… —miente por enésima vez Gonzalo, obstinado en transformar este maleficio de insomnio en algún sortilegio de letras. Tiene la ridícula creencia de que la falta de sueño es el conducto por donde se puede colar esa musa resbaladiza de la Literatura.

Pero ahora Gonzalo ya no puede pensar mas que en todas esas ocasiones cuando su abnegada Marcia pregunta cuándo fue la última vez que él durmió bien.

Entre refunfuños, Gonzalo estira los brazos por encima de la cabeza y arquea la espalda, escuchando con satisfacción todos esos pequeños chasquidos ascendentes en las vértebras, que así comunican su alivio de la posición encorvada tan fastidiosa que Gonzalo siempre adopta frente a la computadora mientras cavila.

En lo que restriega los ojos para disipar esa sensación de tenerlos llenos de arena, una vocecilla en el centro de su cabeza murmura…


La última vez que dormí a gusto ha de haber sido hace como dos…, no, más bien hace unas tres vidas anteriores, cuando era herrero, y al final de una larga jornada yacía a la vera del riachuelo favorito, sobre el regazo de mi amada. Recostado sobre sus rodillas, sentí sus dedos revolotear sobre mis sienes y mi frente, frescos, fuertes, largos, tiernos, confiados, serenos. El sueño conciliado a caricias me transportó a la plenitud del descanso. Nunca antes, ni desde ese entonces, he dormido mejor. Pero al despertar, en lugar de mi amor, me encontré bajo la sombra de un enorme sauce, que con sus largas ramas colgantes bailaba en la fresca brisa mañanera, coqueteando conmigo con el juego de rayos de sol que se escabullían por entre sus ramas ondeantes, como las miradas de mi amada durante bailes en las Ferias de Mayo…


Gonzalo despierta sobresaltado. Había cerrado los ojos y dormitado por unos instantes sin percatarse de haberlo hecho. Mira la pantalla, confundido de encontrar dos palabras donde antes había solo una página en blanco; ese vacío que es congoja y reto para quien escribe.

Comprendido el mensaje, Gonzalo abandona la computadora en el acto y, sin despojarse de sus prendas, se apresura a escabullirse entre las sábanas frías que ya lo extrañaban. Se aferra a Marcia; se aferra.

En la pantalla de la computadora abandonada, el cursor parpadea, atónito:

«Sé sauce», dice allí.


D

http://levedesliz.blogspot.com

sábado, 16 de abril de 2011

POR EL PLACER DE LA LECTURA

La SGAE (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo.

Escrito y firmado por José Luis Sampedro, escritor.

POR LA LECTURA

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro
a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas.

Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados,
paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?. ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?. Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

martes, 5 de abril de 2011

Corazones solitarios


Blanca Miosi es una escritora de los pies a la cabeza. Con varios libros a la espalda y presente en diversos foros literarios no quería dejar de crear una primera entrada dedicada a ella y a los duros días que está pasando. Ella sabe por qué, y que me perdone por el relato de su autoría que he elegido (el mismo que hoy tiene colgado en su propio blog, por otra parte). Mucho ánimo, Blanca.


Corazones solitarios
Rodeada del silencio roto por el sonido de los coches once pisos abajo, en la avenida, transcurre esta mañana. Un amanecer solitario impregnado de la atmósfera de otros domingos en los que la alegría dejaba su rastro en las horas, los minutos, los segundos cambiantes, de un tiempo que pasa inmutable, contemplando sin opinar, sin condolerse, sin esperar. Si pudiera pedir un deseo, sería: que se hubiera hecho eterno un segundo de mi dicha.
Una dicha que se escapa como el agua cuando quieres retenerla entre las manos. La soledad aplasta mi vida esta mañana que se va convirtiendo en tarde, calurosa, de las que antes disfrutaba contigo, cuando compartíamos la frescura del aire acondicionado, encerrados en la habitación, mirando una película, que muchas veces quedaba en la bruma de los sueños. Estiraba la mano y estabas ahí, siempre, junto a mí.


Desde mi atalaya soy testigo de lo que mis sentidos percibieron antes y ya nada es igual. Ni siquiera el sonido del cucú que ahora dicta las horas a su antojo, como si se hubiese confabulado con el tiempo para decirme que nada es determinante. ¿Acaso la vida lo es? ¿Qué sucedería si cierro los ojos y vuelvo a abrirlos? Todo estaría igual que antes, pero sería un momento diferente. Oye, ¿me escuchas?, ¿puedes verme?, ¿acaso puedes sentir cómo mi pecho se quiebra? No. Aunque desee creer que sí lo haces, sé que no es así. Fui a ver la placa de bronce que pusieron sobre tu lápida y no sentí nada. Era un lugar ajeno, rodeado de otros cuerpos en la misma situación. Es aquí, en la atmósfera impregnada de otros domingos en tu compañía, donde tengo ganas de llorar.

Blanca Miosi
http://blancamiosiysumundo.blogspot.com