"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

sábado, 2 de mayo de 2015

El triángulo escaleno (un fragmento) - por David F. Cañaveral


Una nueva de fantasía que no parece tal entró con fuerza en el mundo de las publicaciones hace sólo unos meses. Su autor, un joven llamado David F. Cañaveral, ha dedicado varios años de elaboración para este bello escrito, muy bien perfilado y cuidado al máximo. Un autor que en breve, según ha anunciado, hará público otro de sus trabajos. Un autor independiente que, lejos de la etiqueta que muchos dan a los "independientes", autores de baja calidad literaria, ávidos de reconocimiento y de que su obra salga a la luz lo antes posible sin dedicarse a las revisiones oportunas ni a los filtros que (supuestamente) otorgan las editoriales, ha optado por hacer su sueño realidad por sí mismo. Quizás haya que dar más oportunidades a gente de este tipo.
Sin más preámbulos, disfrutad de este fragmento de una historia que son en realidad tres, o de tres historias que confluyen en una única. Tres épocas diferentes y distantes entre sí guardan un nexo común. ¿Cuál es?


El triángulo escaleno

Melchor se inclinó sobre la cama, besó la frente de su benjamín y arropó a sus dos chicos. Apagó la luz de la mesita de noche y corrió tras de sí la cortina que separaba las dos estancias. Se sentó en el suelo, delante del televisor. Lo conectó y puso el volumen al mínimo, lo justo para poder escuchar sus voces extranjeras sin perturbar a sus hijos.
Tardó en asimilar lo que veía. Estaba saliendo en todas las cadenas. Se acercó a la pantalla hasta casi dar con la nariz en ella. Estaban hablando de Alemania. Las fronteras se habían abierto. El muro estaba cayendo. La gente, eufórica, pasaba al otro lado. Era una marea de personas, una riada humana, una cascada de vida.
–Acuario… –murmuró, impresionado.
¿Estaría ocurriendo realmente? ¿Era aquella la señal del comienzo? El cambio se avecinaba. El ciclo se cerraría. Y una nueva era daría comienzo.
Como siempre.
Aquel torrente humano… Los individuos se convertían en colectividad. La fuerza de uno se transformaba en la de todos. Piscis daba paso a Acuario.
Melchor desconectó la televisión y se puso en pie. Se quedó allí parado, flotando en sus pensamientos. Se dio cuenta de que respiraba agitado. Se había puesto nervioso.
Cayó en la cuenta de dónde y cuándo estaban, de adónde había conducido a su familia. A Praga, a Checoslovaquia. La noche de la caída del muro de Berlín.
Tuvo miedo: miedo por Dora; miedo por los niños; miedo por sí mismo.
Melchor tenía cincuenta y tres años. Le llevaba casi quince a su esposa. Era alto y corpulento, de hombros anchos y tórax prominente. Su abundante cabello moreno peinaba ya bastantes canas. Tenía una frondosa barba negra con vetas blancas. Había arrugas de sabiduría en torno a sus ojos oscuros. Era un hombre culto y respetable, como inspiraba su mirada.
Melchor era el padre. Su nombre significaba “rey de la luz”.
Sintió una súbita punzada de dolor en el pecho. Instintivamente, presionó con la mano la zona agarrotada, tratando de calmar tan inesperado malestar. Respiró con calma unos instantes, y logró reponerse. Pues no, todavía no había llegado su hora. Pero Melchor era consciente de la herida centenaria que había arraigado en su corazón; un designio que tarde o temprano le alcanzaría.
Y sintió pena por sus hijos, sabiéndose impotente ante la idea de que, algún día, él ya no estaría a su lado. El día que faltase, ya no sería nada. Nada.
Un ruido le sacó abruptamente de sus cavilaciones: una pisada, fuera en el pasillo. Melchor se puso alerta. Cerró los puños inconscientemente, haciendo acopio de fuerzas, deseando tener algo que utilizar como arma.
Más ruidos, más pisadas. Lentas y cautelosas, procurando pasar inadvertidas, pero indudablemente dirigidas hacia la puerta de aquella habitación. El picaporte se giró con insoportable lentitud, y la puerta se abrió despacio.
Melchor respiró aliviado cuando reconoció a Dora en el umbral. Su mujer le miró en silencio. No sonrió, y Melchor se percató de ello. Parecía consternada, superada por algo que hubiera ocurrido durante su escapada nocturna.
Dora cerró la puerta cuidadosamente y caminó hacia su marido. Se encontraron en mitad de la estancia, contemplándose el uno al otro, con gesto profundo y circunspecto. Melchor no pudo soportar más la incertidumbre, y preguntó:
–¿La has encontrado?
Dora mostró una mirada temblorosa a su marido. Parecía estar a punto de prorrumpir en un desconsolado llanto. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y la extendió ante él, desvelándole lo que guardaba entre sus dedos. Melchor admiró ensimismado el objeto, casi boquiabierto. Era una joya, una joya magnífica. Era un triángulo equilátero, de unos dos centímetros de
lado; grueso y robusto. Estaba hecha de algún material precioso, negro con ribetes marfil. Era una oscuridad que a la vez brillaba. Era fabulosa. Estaba engastada en un triángulo de oro que protegía su reverso y le otorgaba un matiz de majestuosidad.
Melchor puso una mano bajo la de su esposa, como si así la ayudara a sostener el peso de aquella maravilla. Colocó la otra mano por encima, ocultando el curioso brillo que el objeto despedía.
Melchor y Dora se miraron a los ojos. Los dos comprendían el significado de la existencia de aquella gema. Se fundieron en un arrebatado abrazo, conteniendo toda su emoción, perdiéndose cada uno en el pecho del otro, buscando su protección.
Sentían el peso de muchas vidas sobre sus hombros.

David F. Cañaveral (Fragmento de "El triángulo escaleno")


Su novela, en formato digital y en papel, la puedes conseguir aquí

Si quieres saber más sobre el autor puedes hacerlo en su página: davidfcanaveral.es

2 comentarios:

  1. La tiene, Jesús, es verdad. Se lee muy bien. ¡Gracias por comentar!

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