"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

jueves, 8 de diciembre de 2016

Trébol de madera-de David Cañaveral

Aprovechando la presentación de su tercera novela (segunda de la saga Ciudad Fortuna) llamada Trébol de madera, os dejo un fragmento en exclusiva que gustosamente nos cede su joven autor, David F. Cañaveral. El próximo sábado 10 de diciembre se da a conocer este segundo libro de corte fantástico pero de tono tan especial. A las 19:00 horas en Freaklances Project (Aranjuez)
La protagonista de la novela: la suerte y la falta de ella.
¿Qué le ocurrirá esta vez a Alexander Berkel? ¿Continuará siendo tan gafe?


TRÉBOL DE MADERA (fragmento)


35 AÑOS DESPUÉS



Ciudad Fortuna es recóndita, laberíntica, hechizante, insondable y soñadora; cómplice de pensamientos

no pronunciados y sentimientos no mostrados. Contiene luz y oscuridad, palabra y silencio, verdad y

mentira. Es el vórtice alrededor del cual orbitan constelaciones desconocidas.


Sus vías urden entramados para el perpetuo extravío. Sus habitantes siguen un ritmo incógnito. Hay

mentes aletargadas. Hay corazones destrozados. Los días relucen con ímpetu. Las noches se prometen

interminables.

En el verano del año catorce, un polvo rojizo se sublima en un hálito escarlata. Y los horizontes de la

ciudad adoptan un amenazante, mas desapercibido, color encarnado.


Alexander Berkel respiró hondo el aire de la desértica madrugada. Se mimetizaba con lo nocturno, con lo

tenebroso. Nadie le veía, ni siquiera quienes tanto pretendían descubrirle. Le aliviaban aquellos ratos,

durante los cuales tan solo escuchaba sus pisadas y el único rostro que vislumbraba era el suyo, reflejado

en los escaparates de las tiendas cerradas. Por un instante, llegaba a creer que era libre, que la ciudad

entera podía pertenecerle.

Luego, no tardaba en recordar cuál era su vida actual. Disfrutaba de un refresco, sentado en la acera,

junto al portal de un elevado y vetusto bloque de viviendas. Era el único en la calle a esas horas.

No oía nada. No circulaba ningún coche. Los que estaban aparcados habían aprovechado el mínimo

hueco posible. Los árboles lucían longevos y frondosos. Los bancos se veían desgastados. Los edificios

eran elevados.

A su lado, se hallaba una panadería de aspecto moderno; al otro lado, una tienda de telas. Las farolas

escaseaban. La quietud y la penumbra lo envolvían todo.

Aquella era una calle secundaria, otra de las muchas que recorrían la ciudad. Se situaba entre las avenidas

Majstro y Fabriko, en el difuso linde entre el centro y el barrio obrero. Era el tipo de vía discreta y vacía
 
que él ahora transitaba. Para Alexander, el sigilo y la prudencia se habían convertido en requisitos

inexcusables para sobrevivir.

Pero, por secundaria que fuera, tan inadvertida en la urbe como sí mismo, él conocía aquella calle. De

hecho, recordaba momentos vividos en ella. En efecto, sabía que, a pocos metros hacia su izquierda, en

la acera opuesta, se ubicaba un centro municipal de salud. El sitio era conocido por no solicitar

documentación alguna a quienes se atendía. En una ocasión, tres o cuatro años antes, Alexander había

llevado allí a su hermana, que se había cortado con una herramienta oxidada y temía que su vacunación

contra el tétanos no estuviese al día. Su padre les acercó en una furgoneta del empleo que tenía por aquel

entonces.

Alexander jamás dejaría de asombrarse ante lo irregular y tornadiza que era su memoria. Mientras era

incapaz de recapitular tantos y tantos episodios de su infancia, se acordaba de una escena en apariencia

insignificante como esa, cuando llevó a su hermana a curarse y vacunarse.

Esto se debía a que, en realidad, tales vivencias poseían gran valor simbólico. Al menos, para él, suponían

una muestra de todo cuanto ya no recuperaría. Le mostraban otra vida, la que pertenecía al pasado, la que

había perdido.

La silueta de su sombra sobre el adoquinado le sobresaltó. Se había encendido la luz en el interior del

edificio. Alguien se encaminaba al portal, de modo que se puso en pie, tiró la lata de refresco en una

repleta papelera y echó a andar hacia su derecha, en dirección al noreste. No tenía por qué ocurrir nada,

pero era mejor prevenir, ya que ahora era un proscrito. Nunca se sabía dónde podían reconocerle.

Era muy extraño. A pesar del tiempo, no se acostumbraba. Siempre se supo maldito, un excluido. Había

experimentado el rechazo en su piel, pero jamás había sido perseguido. Nunca había sido objeto del

repudio y el acecho. Ahora, lo era. Se le acusaba de dos asesinatos; dos que no había cometido. Él era

inocente, si bien a alguien con su tara, a un portador del infortunio, nadie le creía, ni siquiera cuando muy

pocos eran conscientes del significado e influjo de la verdadera suerte.

Trébol de madera
David F. Calaveral



Biografía de David F. Cañaveral
David F. Cañaveral nació en 1983 en Madrid y es Técnico Superior en Imagen para el Diagnóstico, campo de profunda vocación personal en el que actualmente tiene la suerte de trabajar. Es escritor sobre todas las cosas. Desde siempre, en su mente coexisten la fantasía, los universos y los horizontes. Imagina números, polígonos, personajes y destinos por doquier. Entre 2008 y 2012, escribió su primera novela de fantasía, “El triángulo escaleno”, la cual publicó por sí mismo a finales de 2014. Ahora se encuentra inmerso en su saga Ciudad Fortuna, cuyo primer volumen, "Dados de cristal", salió a la luz en 2015, y ahora lo hace el segundo, "Trébol de madera"
Si quieres saber más de él y/o su obra, visita http://davidfcanaveral.es/

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