"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

miércoles, 8 de agosto de 2012

El puente

Un relatillo oscuro de los que le van a J.J. Hernandez.
Mola, mola, para estas noches veraniegas.
Ahí os dejo un saludo lúgubre...


El puente 


Detuvo el ciclomotor, molesto. El motor se había parado solo y no llevaba el móvil encima. Tendría que empujar durante cuatro kilómetros sin nadie que pudiese ayudarle. Se bajó y suspiró.

Disfrutaba cada vez que le era posible de sus paseos nocturnos, cogía su moto para conducirla por los caminos, abandonados desde que se construyera la carretera nueva.

Hacía frío, una brisa suave que arrastraba perezosas nubes por el cielo, que no llegaban a ocultar la hermosa luna. Se había detenido sobre el puente, un viejo puente romano que ya no usaba nadie. Desde su posición podía ver, a bastante distancia, el puente nuevo que cruzaba el río, ahora seco.

Pocas veces había visto el río, últimamente sólo quedaban matojos y suelo reseco por donde pasaba el agua tiempo atrás. Se acercó a la baranda de piedra y miró hacia abajo en medio de la noche. Habría unos cuatro metros, apenas llegaba a ver un par de matojos y alguna criatura nocturna que correteaba entre estos.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el paquete de tabaco, su último cigarrillo estaba allí, algo arrugado. Se lo llevó a la boca y empezó a fumárselo con calma. Escuchaba el sonido de la naturaleza, a cierta distancia los árboles se alzaban fundiéndose sus copas con la noche, el olor del combustible quemado se perdía para dar paso a un olor que no reconocía, dulzón.

Miró el extremo encendido del cigarro y dio otra larga calada antes de tirarlo por el puente. Se giró para mirar su moto y suspiró, pensando en lo que haría ahora.

-¡Cuidado! –Protestó una voz femenina.

Se quedó helado unos momentos, la voz venía del lecho seco del río. Corrió para asomarse y descubrió el ascua del cigarrillo tirada en el suelo y el reflejo de la luna en dos ojos. Había alguien allí abajo mirándolo. El sonido de pisadas subiendo por una pequeña cuesta de tierra y vegetación lo alarmaron, pero pronto se encontró cara a cara con aquella persona.

Era una chica, tal vez un poco más joven que él. Lo miraba con aquellos ojos, el reflejo de la luna los hacía brillar, pero parecían capaces de brillar por sí solos. Tenía una melena dorada que enmarcaba un rostro delicado de labios carnosos, era hermosa, tan hermosa que miró de nuevo al lecho seco pensando que estaría allí con su novio. No había nadie.

-Lo siento, no sabía que estabas ahí debajo –dijo, avergonzado.

Era una muchacha preciosa y él había estado a punto de quemarla con un cigarro.

-No esperaba encontrarme con nadie en un sitio tan apartado –murmuró ella, pensativa-. No mires más, no hay nadie ahí abajo. Me llamo Ana.

-Yo Diego –respondió.

Estaba tenso, había algo en la mirada de Ana que lo desconcertaba. Era preciosa, pero no se trataba de eso, sino de otra cosa que lo mantenía alerta. Ella se acercó un paso y Diego no pudo evitar apartar ligeramente uno de sus pies, cosa en la que pareció reparar ella.

-Bonita moto –dijo, señalando.

-Bueno, al menos cuando arranca lo es –protestó, acercándose a su ciclomotor.

-¿Has probado a encender el motor de nuevo?

Tenía el extraño deseo de salir pitando de allí, algo en su interior lo hacía preocuparse. Giró la llave y apretó en encendido para escuchar la respuesta del motor en forma de ronroneo suave y constante.

-Me has traído suerte –dijo, mirándola.

La luna se reflejaba en un colgante con forma de colmillo, parecía de metal.

-Bueno, a lo mejor podrías darme un paseo –dijo ella, con tono cauto-, he venido a pasar unos días con mis tíos y este paisaje es bonito.

No se negó, no podía negarse ante un rostro tan agradable. Avanzaron por el camino durante un rato, el motor respondía bien de nuevo y Diego sentía las manos de la muchacha alrededor de su estómago, agarrándose con fuerza con cada bache.

-Este sitio es bonito –susurró ella en alguna parte cerca de su oído.

-Seguro que donde tú vives también hay campos de cultivo, no es para tanto –respondió él, disfrutando-. ¿Quieres que te lleve a alguna parte?

Ella no dijo nada durante un buen rato, luego susurró:

-Me gustaría ver este sitio desde más arriba.

Diego asintió, aceleró y tomó uno de los caminos, en busca de un lugar perfecto. Sabía que ella se refería a la sierra, desde allí se dominaba toda la zona. Cuando detuvo la moto ella no dijo nada, sólo miraba en silencio.

A lo lejos el pueblo rompía la oscuridad, al igual que montones de puntos luminosos dispersos por los campos. El frío atravesaba su piel para morderle en los huesos, pero estaba a gusto allí, al lado de aquella joven.

-Gracias, al principio no estaba segura de si podía fiarme de ti, pero veo que sí –dijo Ana empleando un tono pensativo-. ¿Podríamos volver? Se hace tarde.

-¿Dónde viven tus tíos?

-No, a casa de mis tíos no, al puente –pidió.

Se giró para mirarla, parecía tremendamente triste, sus ojos eran bonitos pero por el brillo de la luna apenas lograba ver su color, parecían verdes.

-No creo que sea un buen lugar para dejarte.

-Por favor –insistió ella.

Asintió, dispuesto a llevarla de vuelta.

Hacía mucho más frío ahora, pero la chica contemplaba el puente, más cercano cada vez, apretó con más fuerza al muchacho.

-Gracias por ser bueno conmigo –dijo en un susurro.

Detuvo la moto y ella se bajó, sonrió con tristeza y miró al cielo.

-Ahora tengo que irme –suspiró-, toma, quiero darte esto como regalo por haberte comportado tan bien conmigo.

Le ofrecía algo pequeño que brillaba en su mano, un colmillo de metal, su colgante. El viento se detuvo y de nuevo aquél olor dulzón, parecía más fuerte ahora.

-Lo dices como si no nos fuésemos a cruzar más –respondió, preocupado por aquella mirada.

Se lo puso en las manos y sonrió.

-Tal vez no –dijo, caminando de espaldas-. Ahora vete, no quiero que me sigas.

Miró el colgante, suspiró al ver cómo bajaba de nuevo por la cuesta y negó lentamente, sin entender nada de lo sucedido. Guardó el colgante en el bolsillo de su chaqueta y se dispuso a marcharse.

Escuchaba algo, un lamento que venía del lecho seco, un llanto que rompía la armonía de la noche. Ana estaba llorando. Bajó de la moto y se asomó, debía estar debajo del puente. Se acercó a la cuesta para bajar y sintió el olor, más fuerte aún. Bajó con cuidado para evitar caerse, ayudándose con algunas ramas. El sonido del llanto cesó.

-¡No debes seguirme! –Protestó ella.

No le importaba, estaba llorando y quería saber qué pasaba allí.

Asomó para descubrir a la chica, sus ojos brillaban aún aunque no había luna que se reflejase en ellos, estaba agazapada en el suelo al lado de un bulto oscuro. El olor era ya insoportable, el de la carne en descomposición. Un paso adelante y pudo entender que Ana estaba incorporada delante de su propio cuerpo.

Lo miraba, furiosa.

-No debiste seguirme –lamentó, levantándose.

Su rostro ya no era hermoso, ahora se trataba del rostro del cuerpo tirado en el suelo. Diego dio media vuelta y subió corriendo la cuesta, sabía que estaba tras él. Arrancó la moto y aceleró.

Sintió unos dedos fuertes que se clavaban en su brazo, estaba en la moto, tras él, lo arañaba con fuerza y el olor empezaba a marear a Diego. El dolor, el miedo…

Rodó por el suelo, escuchando en sus oídos el llanto de Ana.





Despertó rodeado de gente, el sol había salido y había gente allí. Un enfermero lo miraba con ojo crítico, atento a sus heridas.

-Has tenido suerte, no parece que te hayas caído desde el puente.

No lo creía, no se había caído del puente, lejos, cuando perdió el control de la moto y cayó a la cuneta.

-La moto está allí arriba, destrozada, me alegro de que hayas corrido mejor suerte –dijo el enfermero-. La policía quiere hablar contigo, parece que has caído cerca de un cuerpo, una pobre chica que lleva días desaparecida.

No era posible, miró hacia la gente y pudo ver cómo levantaban un bulto cubierto con una tela blanca para apartarlo.

-Pero no puede ser…

-Tranquilo, sabemos que no has tenido nada que ver, te has pegado una buena.

Negó, no podía ser real, todo lo de aquella noche…
 
Rebuscó en su bolsillo y sacó el colgante de Ana, estaba allí, el colmillo de metal. Todo había sido real. Miró entre la gente, policía y curiosos que pasaban por la zona. La vio allí, caminando entre la gente, sonrió a Diego y, como si nunca hubiese existido, desapareció.

J.J. Hernandez

2 comentarios:

  1. Siempre es un placer ver un relato mío en tu blog.
    Saludos.

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  2. Y a mí publicarte, J.J.
    Un abrazo y a seguir escribiendo.

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