"El mundo no se hizo en el tiempo, sino con el tiempo"

San Agustín

sábado, 23 de junio de 2012

El libro de la vida

Una reflexión interesante del crack que es Daniel Franco.
Ahí la dejo.


El libro de la vida

El libro de la vida es tedioso y redundante.

Escrito en letras de lo más minúsculas, enumera datos y cifras, describe rincones escondidos, dibuja mapas olvidados y muestra diagramas de pasos de bailes de moda y de antaño. Tantos detalles abarca que nadie podría siquiera alzarlo de su sitio, por lo voluminoso.

Tiene capítulos enteros dedicados a la música, y se rumorea que toda la música de allí proviene: habrá algunas tonadas que sean casi epifanías, pero en su mayor parte son pavadas de estultos.

Fue escrito hace tanto tiempo que nadie recuerda siquiera haber comenzado a leerlo, y uno siempre termina distraído con esas descripciones de cajitas de obsequios, flores secas prensadas sobre poemas y algunos rizos sedosos atados con listones de colores que aparecen sin motivo entre capítulos; son justo el tipo de pequeños trofeos que todos nosotros somos demasiado chicos para entenderlos…

Y mi único rezo es que quieras leerme más páginas, aunque no puedas saltarte ni un solo renglón.



Daniel Franco

http://levedesliz.blogspot.com.es/

domingo, 10 de junio de 2012

Cuento ratonífero


Un día, mucho antes de que Aladino encontrase la lámpara, el genio de la misma se transportó a un lugar escondido donde pensó jamás sería hollado: un parque cualquiera de Madrid. La ocultó tras unos arbustos, más allá de un arroyo, entre los habitantes típicos del lugar: cristales, papeles, latas, compresas, preservativos, jeringuillas…seguro de que nadie la tocaría y así poder descansar un poco de los que le hacían trabajar.

Pero no contaba con que unos audaces ratoncillos la hallarían, hartos también de que las ratas, palomas y gatos que pululaban por doquier a sus anchas no les dejasen ni a sol ni a sombra. Así que enviaron a uno entre ellos, el más valiente aunque el más pequeño (con unas enormes orejas y medio sordo, pero insisto que osado) en su busca. Como si de Indiana Jones se tratase (con sombrero y todo) este trepó y destrepó, esquivó y saltó sobre toda la porquería existente, con riesgo extremo para su vida, y al final alcanzó su objetivo y se escondió en él para descansar.

Allí despertó al genio, que dormía plácidamente, y lo hizo con genio y carácter. Pero pronto se apiadó del pequeño ser, que temblaba y hacía que la lámpara se moviese con él. Así que optó por concederle un deseo si le dejaba continuar descansando durante un tiempo, a lo que el otro le contó sus penas, que eran las de todos los ratones del jardín.

-        Mmm, interesante -comentó el genio mientras se iba encendiendo una lucecita azul en su interior, lo que consiguió que él mismo se encendiese por dentro y aterrorizase más aún al pobre animalito que trataba de escapar.



Poco rato después los gatos, las ratas voladoras y, sobre todo, las enormes ratas terrestres -que eran tan cobardes como su tamaño por otra parte- vieron aproximarse un extraño artilugio con patas que salió de entre los arbustos, y huyeron asustados en todas direcciones. Sobre la lámpara, agarrado con un pequeño cordel para guiar su montura, marchaba el intrépido ratoncito saludando a sus congéneres, que pronto acudieron extrañados para observar a su salvador.

Y por mucho tiempo el parque se vio libre de indeseables e incluso la suciedad disminuyó a placer. Hasta que el alcalde decidió recalificar el terreno para construir nuevos pisos… aunque esto no sucedió en mucho tiempo, cuando la omnipresente crisis concluyó y de nuevo la burbuja inmobiliaria nos visitó de nuevo.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

sábado, 2 de junio de 2012

El espíritu del lince- fragmento

Después de observar el éxito que está teniendo en sus presentaciones Javier Pellicer, autor de este nuevo libro de corte histórico llamado "El espíritu del lince" (por cierto, título muy acertado y con fuerza, pienso yo), no puedo más que dejaros un pequeño fragmento, que con el prólogo que colgué en su día me quedo corto.
Leedlo porque atrapa.



El espíritu del lince






Mi llegada al mundo se produjo un

 año después del casamiento,

y estuvo rodeada de fenómenos

 intrigantes y señales prodigiosas.

A fuerza de escuchar la narración

de boca de mis padres,

tengo una imagen nítida de cada detalle que acompañó a mi

alumbramiento, a semejanza de alguien que lo hubiese estado

observando.

Nací en el crepúsculo de una jornada de cuarto creciente, a

la luz de una lámpara de barro, sin dar un solo berrido. Al principio

creyeron que estaba muerto, pero cuando me dieron dos

azotes balbuceé y abrí los ojos con calma.

—Icorbeles… —suspiró mi madre, agotada por el esfuerzo.

La cuestión de mi nombre ni siquiera había sido discutida.

Entre los edetanos y otros pueblos íberos existía la tradición de

que los niños heredaran el nombre de sus abuelos maternos. Mi

madre sólo se permitió una pequeña variación en mi caso.

—Así sea —asintió mi progenitor, mientras me alzaba por

primera vez con una enorme sonrisa en los labios—. Inundarás

de alegría mi corazón, primogénito.

Poco después, Argitiker, el capataz del caserío, entró en la

habitación con los ojos desencajados y el rostro lleno de asombro.

—Mi señor Icortas, debéis asomaros a la ventana.

Mi padre torció el gesto con cierto malhumor.

—¿Qué es tan importante como para que tenga que interrumpir

este momento de felicidad, Argitiker?

—El cielo… ¡Algo le está sucediendo!

Desconcertado, mi padre se acercó a la ventana, abrió los

postigos y miró hacia arriba, a un firmamento al que poco le

faltaba para quedar completamente velado por la noche. Se

frotó los ojos ante la inconcebible visión: una tras otra, pequeñas

estrellas caían del cielo, rasgando el velo oscuro en una lluvia

titilante que se perdía más allá de la vista. Parecían gotas de luz

que, fugaces, desaparecían por detrás de las montañas. Los

hombres y mujeres del caserío observaban desde la plazoleta.

Algunas madres sujetaban a sus hijos, atemorizadas por el fenómeno.

Todos se preguntaban si aquello era un buen augurio

o la más terrible de las maldiciones.

—Acercadme a la ventana —pidió mi madre.

Con la ayuda de Argitiker, arrastraron la cama hasta la abertura.

Los ojos de mi madre brillaron de emoción al contemplar

el hermoso prodigio. Lo supo desde el primer momento. Era

una señal que marcaba mi grandeza. Me levantó un poco para

que yo pudiera observar el fenómeno.


—¿Lo ves, Icorbeles? Esa lluvia tan bonita es por ti, mi pequeño.

Serás alguien grande, alguien importante.

Mi padre asintió con la cabeza, dando por buena tal intuición.

Las palabras de una mujer siempre son respetadas. Los

íberos tenemos en gran consideración a la figura femenina por

su condición de creadora de vida. ¿Es que existe algo más

grande que parir a un hijo?

La lluvia de estrellas se prolongó durante casi una hora. Pero

las sorpresas apenas habían empezado. Urcetices, el encargado

de la guardia, nos anunció que un grupo de viajeros solicitaba

audiencia con mi padre en el portón del caserío.

—Son cuatro hombres armados y una mujer con los hábitos

de sacerdotisa.

Puedo imaginar la expresión de asombro de mi padre, tal vez

más profunda que la que le había provocado el portento celeste.

La presencia de una sacerdotisa en un paraje tan escondido rivalizaba

con cualquier acontecimiento. Nuestras mujeres sagradas

son personalidades tan insignes que rara vez se apartan de

sus santuarios.

Llegados a este punto, quizás sea apropiado un apunte sobre

nuestra religión, pues entiendo que estas memorias serán leídas

cuando el recuerdo de mi pueblo se haya desvanecido.

Los íberos no creemos en decenas de dioses como los griegos

y los romanos. Para nosotros, la divinidad está presente en

el mundo que nos rodea: bestias, árboles, montañas, ríos, el Sol,

la Luna… La vida, en toda su extensión. La Gran Madre. La

Madre Tierra. Nuestras deidades, si se las puede llamar así, son

el toro, por su vitalidad; el lince, enlace con los espíritus de los

Antepasados; el caballo, símbolo de la nobleza; y el lobo, que

personifica nuestro carácter indomable. Las fuerzas de la naturaleza

y los espíritus de nuestros ancestros nos apoyan o nos

rechazan, nos alientan o nos ponen trabas, nos marcan el camino

a seguir. Sin embargo, aceptamos que son nuestros pies

los que deben dar los pasos. Nuestros actos nos definen.


Las sacerdotisas nos representan ante dichas presencias.

Siempre son mujeres, pues su enlace con la vida es más firme.

Se requiere también sabiduría y una completa entrega al ejercicio

de sus funciones. Estas siervas devotas renuncian incluso a su

propio nombre: se convierten en madre, esposa, hermana e hija

de todo aquel que es leal a las creencias íberas. Sus ropajes son

adecuados a tal distinción: visten una túnica azul de exquisito

lino y una mantilla carmesí sobre el pecho; por encima suelen

portar un grueso manto marrón, como protección ante las inclemencias

del tiempo; sus adornos son muy llamativos, pues

además de las joyas en forma de collares lucen dos grandes rodelas

laterales sobre el tocado de la cabeza, sujetas a una tira

afianzada a la frente gracias a unas finas cadenas.

Mi padre recibió a la sacerdotisa con grandes honores, como

correspondía. La mujer, que parecía más anciana que las montañas,

venía de la ciudad sureña de Ilici, en pleno territorio contestano,

a muchos días de marcha. Aunque estaba agotada por

el viaje, no aceptó la hospitalidad de mi padre sin antes nombrar

el motivo de su presencia en Etemiltir.

—Hace varias semanas tuve una visión en la que se me anunciaba

el nacimiento de un elegido de los Antepasados —explicó,

mientras los sirvientes de mi padre le ofrecían un caldo caliente—.

Los espíritus me dijeron que debía partir al norte de

inmediato, y sólo detenerme cuando la señal se manifestara.

—La lluvia de estrellas... —apuntó mi padre, con tono solemne.

—Así es. ¿Es aquí donde encontraré a quien busco? —preguntó

la mujer.

Icortas no habría dudado al responder, pues para los íberos

resulta impensable mentir a una sacerdotisa. Pero antes de que

sus labios hablaran de nuevo, se alzó un berrido desde los aposentos

de mi madre. Yo mismo me anuncié.

Condujo a la mujer hasta la habitación, donde mi madre me

amamantaba por primera vez. Aretaunin la miró con gran respeto,

pero la sacerdotisa apenas reparó en ella. Su destino no

era atender a la joven madre, sino al hijo. Sin pedir permiso

—su posición social se lo permitía—, me tomó en brazos y me

examinó con gestos inquisitivos. Supongo que buscaba alguna

señal que me identificara como el protagonista de su visión. No

me observaba como a un niño recién nacido, sino como el motivo

del trabajo más importante que jamás afrontaría. Me inspeccionó

concienzudamente, pero no halló en mí más que piel

blanca.

—Hay que someterlo a una prueba —dijo, tras meditar un

momento.

Mi padre, que jamás habría osado contradecirla en circunstancias

normales, no pudo evitar replicar.

—¿Qué tipo de prueba?

—De reconocimiento —respondió—. No hay señales que

me indiquen que éste es el niño que busco.

—¿Acaso no basta con la lluvia de estrellas? —arrugó la nariz.

—No. El fenómeno celeste abarca una gran región del firmamento.

Podría deberse al nacimiento de cualquier otro niño.

Si me detuve aquí fue porque era el lugar habitado más cercano

cuando comenzó. Así pues, el niño debe pasar por la prueba.

Me lo entregarás para que lo deje en el bosque, donde permanecerá

hasta que amanezca. —Mi madre lanzó un gemido—.

Si sobrevive al frío de la noche y a los animales, será la señal de

su grandeza.

Icortas se frotó el rostro con la esperanza de que todo fuera

un mal sueño. Pero al apartar las manos nada había cambiado.

—Se trata de una injusticia —replicó, tratando de sonar respetuoso

a pesar de su creciente enojo—. Si el niño no resultara

ser ese elegido, nos habrás arrebatado a nuestro hijo.

—¿Acaso contradices la voz de los Antepasados? —A pesar

de que mi padre había mostrado sin reparos su disconformidad,

la mujer no parecía enfadada... todavía—. Tu esposa es joven,

puede darte otros retoños. Sea como sea, es mi dictamen, y no

puedes oponerte a él sin sumirte en el total desprestigio.

Desesperado, buscó con la mirada a mi madre. Ella nunca

olvidaría lo que vio en sus ojos: un amor absoluto. Una palabra

suya habría bastado para que se enfrentara a la sacerdotisa, un

delito que habría supuesto su inapelable ejecución. Aretaunin
solía decir que aquél fue el día en que se enamoró de su esposo.

Si aceptó entregarme a la sacerdotisa fue sólo para que él no

cayera en desgracia.

La mujer me tomó sin atender al angustioso llanto de mi

madre y me llevó con ella. Los habitantes del caserío la vieron

salir por el portón y adentrarse en el bosquecillo cercano. Volvió

poco después, sola. Mi padre tuvo que tragarse la rabia. Si no

hubiera sido por las leyes, estoy seguro de que la habría arrojado

por encima de los murallones y habría marchado a buscarme.

Pero aquella era una prueba tanto para mí como para él.

Fue una noche muy larga. Los escoltas de la sacerdotisa se

turnaron para vigilar el portón en previsión de que alguien pretendiera

salir a recogerme. Con las primeras luces, mi padre fue

el primero en salir del caserío. Siempre lo he visto como un

hombre dueño de sus actos e impulsos, pero aquel día estaba

tan exaltado que se lanzó a la carrera, cruzando la maleza sin

saber siquiera hacia dónde dirigirse. No tuvo más remedio que

esperar a la sibila y seguir su paso cansino, que no hizo más que

aumentar su crispación.

Al fin llegaron a un pequeño claro. Allí, iluminado por un

mañanero haz de luz, estaba yo, sobre el mismo tocón en el que

me había dejado la mujer. Supieron de inmediato que estaba

vivo porque movía los bracitos y las piernas. Pero lo más sorprendente

fue que, junto al muñón, había un magnífico lince de

pelaje leonado. Estaba recostado en el suelo, en actitud calmada

pero vigilante, atento a la diminuta criatura rosada. Cuando advirtió

a mi padre y a la sacerdotisa no reaccionó con agresividad;

se levantó, se desperezó y luego se acercó a mí. Mi padre estuvo

a punto de lanzarse contra el felino, pero la sacerdotisa lo retuvo

del brazo el tiempo suficiente para que ambos comprobaran las

intenciones del lince. La bestia me lamió como lo haría con una

de sus crías. Luego alzó la mirada hacia Icortas un momento

antes de saltar hacia los matorrales y perderse.

A partir de ese día, mi familia adoptó el emblema del lince:

mi protector.




martes, 22 de mayo de 2012

La Historia según los americanos (del Norte, ¿de dónde si no?)


La historia siempre me ha llamado la atención porque es algo de lo que se aprende, desde el hecho más loable y alentador hasta la catástrofe o atrocidad más horrorosa. Está ahí y debería hallarse como referencia para el presente y futuro. Al menos así lo veo yo.

Sin embargo a mucha gente le aburre soberanamente leer sobre ella. Algunos se conforman con ver películas o leer novelas supuestamente históricas. Total, “da igual y es más entretenido”.  Lo malo de esto es creerse lo que no deberían, y de ahí surgen las manipulaciones de las masas, jugando con la incultura, y las famosas “leyendas Negras” o “mentiras históricas comúnmente creídas”, como anunciaba algún que otro libro.

Pero centrémonos en algunas, para aclararlo. Por ejemplo, y refiriéndonos al título de esta entrada, en muchas películas que Hollywood  nos vende, los personajes y hechos se tergiversan según intereses propios o para adaptarse a los gustos de una época o región del mundo (y vender más, claro).

Lo primero que suelto: cualquiera puede pensar, después de haberse tragado cientos de películas de vaqueros, que los caballos de manchas son originarios de los indios norteamericanos. Nada más lejos de la verdad: los caballos se introdujeron en el continente americano con la llegada de los españoles en 1492. Al igual que los perros de gran tamaño (alanos, por ejemplo), que no existían tampoco (los que había en el continente americano eran de pequeño tamaño y no ladraban).

Ahora con Mel Gibson me meto, que últimamente está que se sale, el pobre. William Wallace, el héroe de “Braveheart” era un caballero de noble familia y a su padre no lo mataron los ingleses, sino que luchó para Inglaterra a cambio de un favor político. Por otra parte, las faldas escocesas que lucen en la película con tanta falta de pudor no se utilizaron hasta varios siglos más tarde. O hablando de Benjamín Martin, de “El patriota”, basado en un personaje real llamado Francis “Zorro de los pantanos” Marion. Por lo visto nunca mató él solo a un pelotón de soldados británico. Y sin embargo sí se dedicó a cargarse a docenas de indios Cherokee y violar a sus mujeres. Pequeños cambios de guión para hacer más simpático un personaje.

Hablando ahora de fimosis…(¡¡¡¡????)

Me refiero a lo que quedaría mejor en una historia: que un personaje no pueda hacer el amor por problema de fimosis o que no le de la gana y así especular con problemas más serios con el sexo, inclinación sexual, etc.  Pues eso primero era lo que realmente le ocurría a Luis XVI de Francia, casado con María Antonieta. En la película de Sofía Coppola del mismo título se baraja, entre otras cosas, el conflicto que tuvieron los reyes para tener descendencia, centrándose en el “miedo al sexo” del rey, cuando el pobre debía ver las estrellas cada vez que realizaban el coito…Pero, evidentemente, ese tema no quedaría bien en una película (¿o sí?) Para los que tengan curiosidad, los reyes ciertamente solucionaron el problema unos ocho años después, cuando el “miedoso” rey aceptó operarse.

Y si comentamos de Charton Heston (dejamos la fimosis a un lado) y el Cid Campeador…¿alguien sabe cómo murió este personaje tan hispano? Le mataron en Valencia de un flechazo, ¿no?, como dice la película...pues, evidentemente no. Murió años después de la toma de Valencia, aunque es verdad que en la misma ciudad.  Cosas del cine. Es curioso que además, en este caso, el director contó con la ayuda del historiador Ramón Menéndez Pidal, aunque se ve que no sirvió de mucho en el rigor histórico.

            Llegando, cómo no, a la Leyenda Negra que tristemente acompaña a los españoles y que nos afamamos por seguir manteniendo. Felipe II es retratado en la mayor parte de los filmes extranjeros- y algún español- como un monarca fanático religioso, oscuro, feorro y hasta encorvado y con voz aflautada. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, y en pleno siglo XXI, con la película “Elisabeth”. Quizás este tipo de cine se acerca bastante a lo que comenté al principio, ya que, si lo tomamos como lección de historia, el Imperio español de la época sería el Mal Absoluto, al más puro estilo de la Leyenda Negra, mientras que Isabel I y su corte serían el bien que debe defenderse de los “malditos invasores”. Según la historia, afortunadamente, ni Felipe II era tan malo (ni tan feo, lo que no ocurre con la reina Isabel I) ni vestía de negro de forma continua (por lo visto solo lo hizo al final de su vida), ni la intolerancia religiosa de, en este caso, los ingleses, era mucho menor que la de los hispanos. Pero ale, sigamos tragándonos la “historia” que les convenga a los demás, que así nos va.

Continuando con Spain pero en época diferente: en Gladiator el emperador Cómodo mata a su padre, Marco Aurelio, pero en la realidad no fue así: Marco Aurelio proclamó a su hijo Cómodo su sucesor, y no murió de forma violenta (probablemente de peste). Aunque es verdad que Cómodo era un poco “rarito” y que murió después asesinado…aunque unos trece años después. Evidentemente no hay paciencia humana para esperar tantos años a que Russell Crowe acabe con él.

Y en cuanto a la famosísima bandera pirata… ¿una calavera con dos tibias cruzadas? ¿Verdad que sí? Pues parece que no, ya que la bandera que más utilizaban estos hombres intrépidos y de no tan buen corazón como nos hacen parecer en las pelis, era de color rojo, mucho más vistosa que la negra. La bandera roja significaba que se habían acabado las ofertas (si es que había existido alguna) y que era tiempo de atacar sin piedad. Lo que ocurre es que en el cine quedaba mejor y más tenebrosa una con huesos de por medio…
Por cierto, los barcos piratas en realidad eran de pequeño tamaño, no los galeones con que nos deleitan en el cine épico. El motivo no era otro que la mayor movilidad para una rápida y veloz fuga si la cosa se ponía mal. Pero mira, disfruto más viendo unos tremendos abordajes a cañonazo limpio que desde un barquichuelo de tres al cuarto. ¿Vosotros no?

domingo, 13 de mayo de 2012

Presentación de "Numancia contra el tirano"

Alberto Lominchar es una de esas personas  que tengo el placer de conocer de manera viva. Con esto me refiero a "no virtual", como ahora viene a ser lo habitual cuando se frecuenta blogs, foros y facebooks varios. Con varios libros de poesía a sus espaldas y ya su segunda novela, es uno de estos escritores que promete. Humor, cultura, crítica social y ahora historia- en el  libro que se va a presentar al público en breve- se encuentran mezclados de forma amena en casi todo lo que he leído de él hasta ahora. Sin embargo, que yo sepa, Alberto no espera a que una editorial se fije en él para publicar- y menos en estos momentos. Desde el principio lo está haciendo de modo virtual y con presentaciones ocasionales. Lo que le importa es escribir, y eso lo lleva realizando desde hace años por puro placer. Sinceramente animo al público a que eche un corto vistazo a alguno de sus escritos si tiene la ocasión, y que compruebe por sí mismo.

Por lo pronto, el próximo viernes día 25 de mayo, a las 20:00 horas, en el bar la Tetería de la localidad de Aranjuez realizará la presentación de su nuevo libro "Numancia contra el tirano", un ameno escrito de corte histórico sobre la figura de un joven y desconocido Espronceda que sorprenderá a más de uno. Fielmente documentado, difícil por cierto según me comentó por la escasez de documentos que retratan el tema de la juventud del escritor romántico, y con pasajes que sorprenderán a más de uno y que son dignos de película, invito a los que puedan a pasarse y escuchar a este joven escritor hablar de un personaje que le obsesiona más y más según descubre nuevos datos sobre su apasionante vida y la de sus coetáneos.

Aquí dejo un corto fragmento.

Numancia contra el tirano- fragmento

Espronceda dejó aparecer su figura por el corredor abalconado del tercer piso de la casa de vecinos. Antes de que los de abajo pudieran interrogarle, Pepe Espronceda –todo cabellera oscura y rizada- exclamó:
- ¡Allá que voy!
Cabalgó sobre la barandilla del balcón y de ahí, con agilidad animal, se abrazó a un canalón de hojalata que desde el tejado bajaba al patio. El canalón crujió y se cimbreó, pero el muchacho llegó al final del descenso sano y salvo, para asombro del par que en el suelo le esperaba.
Saludó a Valls con un movimiento de cabeza y una radiante sonrisa, tendiendo después a Escosura ambas manos. Con doce años recién cumplidos, examinó a Patricio con una mirada penetrante y profunda que surgía de unos ojos negros, rasgados y exultantes.
En la forma de acceder a la cita, Patricio cayó en la cuenta de que Espronceda no era joven que gustara seguir los caminos trillados, las convenciones vulgares; necesitaba la atracción fascinadora del peligro. En él pudo ya adivinar al muchacho inclinado más hacia la acción que hacia la contemplación, gentil, amable, simpático y de reflejos felinos. La sinceridad de su amplia sonrisa le revelaba al zagal entrañable y más que constante en los afectos.
Superada la inicial sorpresa, Pepe explicó a los que le esperaban:
- He llegado a la cita antes de tiempo y, harto de esperar, me he puesto a trepar por el canalón para hacerle una visitilla a Antonio, el amiguete del tercero. ¡Qué se le va a hacer, no puedo parar quieto! En cuanto os he oído, me he dicho: “Pepe, muchacho, haz una entrada triunfal”. Y aquí me tenéis, dispuesto a lo que sea.
- ¿Lo ves, Patricio? –preguntó Valls-. ¿No te dije que aquí Pepito no nos iba a defraudar?
- ¡Ya lo creo! ¡Menuda entrada en escena! –exclamó Patricio-. A fe mía que nuestra espera ha merecido la pena.
- Pepe Espronceda –añadió el recién aterrizado, alargando su mano derecha hacia Patricio-. Para servirte en lo que gustes.
- Patricio de la Escosura –dijo, estrechando con firmeza la mano tendida-. Tu fiel camarada desde este momento.
Éste fue el curioso inicio de una amistad profunda y leal, que sólo la muerte pudo llegar a deshacer.



Alberto Lominchar Pacheco

http://erratico.bubok.es/